
- 192 páginas
- Spanish
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eBook - ePub
Reestrénate
Descripción del libro
¿Cómo combatir el miedo y la inseguridad hacia el futuro? Los cambios sociales y económicos que se producen constantemente en nuestra sociedad pueden generar una enorme incertidumbre. Nos desestabilizan y nos impiden avanzar. Con la sensibilidad que lo caracteriza, Josep López muestra como adaptarse a esos cambios a través de gestionar nuestras emociones. Reinventarnos para podernos adaptar al futuro y así tener más confianza, recuperar la ilusión y vivir, en definitiva, una vida más plena.
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Desarrollo personalCategoría
Superación personal1. Conciencia
La escucha activa
Vivimos acelerados. Nos pasamos el día haciendo mil cosas que tenemos que hacer o pensando en las que haremos más tarde o mañana o dentro de una semana. Apostaría algo a que tienes la mente permanentemente ocupada con pensamientos sobre lo que hiciste o lo que harás, sobre lo que sucedió o lo que podría suceder. Es como tener la radio permanentemente encendida. Blablá, blablá, blablá... Y con tanto ruido es imposible que escuches la voz más importante que necesitas escuchar para decidir hacia dónde llevar tu vida: tu propia voz.
Cuidado: no se trata de que te encierres en tu mundo o te pases el día mirándote en el espejo. No estoy hablando de egocentrismo, sino de escucha activa de uno mismo. Se trata de que, si estás en un momento difícil, si quieres cambiar de vida y notas que te encuentras en una encrucijada, si crees que las decisiones que tomes ahora condicionarán el resto de tu vida, tienes que poder calmarte, respirar profundamente y elegir con conciencia. Esto no te garantiza que no vayas a equivocarte, pero sí que en caso de equivocarte serás tú quien lo haga, lo cual significa que también serás tú quien tenga la oportunidad de aprender de tus experiencias.
Lo que quiero decirte es que tienes que acallar la olla de grillos que probablemente es tu mente en estos momentos y concentrar tu energía mental en aquellos pensamientos que te conduzcan a la acción, y no en aquellos que te confundan o te provoquen dispersión. Si pudiéramos realizar una grabación todos los pensamientos que tenemos durante un día y luego los analizáramos, nos daríamos cuenta de que más de la mitad de ellos son mero ruido que sólo intoxica nuestra necesidad de silencio interior: “cuando llegue al despacho... mira qué chica... se parece a la novia de Pepe... no me acaba de gustar esta cazadora... no es como aquella que vi en la serie aquella el domingo... no me acuerdo ahora... pero no importa espera... ah sí bueno... pero qué día más asqueroso con esta lluvia... a ver si llamo a mi madre que...”.
Esta “musiquilla” es permanente y nos impide pensar con claridad. Nos enmaraña de tal manera que no podemos acceder a nuestro interior, aunque también es verdad que a muchas personas ya les va bien, pues las protege de su propia voz, que temen escuchar. Se trata de personas que no dejan de hacer cosas, o de hablar, por no escucharse, porque si se paran y empiezan a dialogar consigo mismas se agobian, se angustian, como si no supieran qué decirse o temieran escuchar lo que su interior les reclama y cuya atención supondría una incomodidad o un sacrificio que no están dispuestas a asumir.
Por tanto, ese “ruido” improductivo supone de media el 50% de nuestra actividad mental. Al menos otro 30% estaría compuesto de materia mental especializada en pelear y discutir con la realidad, con el resultado de angustia y sentimientos que tensan el cuerpo. Como: “no puede ser que quiera dejarlo, llevamos 20 años juntos”, o “¿cómo es posible que estemos atascados si en esta autopista nunca hay tráfico a estas horas?” o “qué asco de día, no para de llover”. Me refiero a pensamientos cuyo propósito es tener razón y demostrar que las cosas deberían de ser de un modo distinto a como son. Pero los hechos siempre se imponen, y nosotros nos sentimos mejor cuando fluimos con ellos en lugar de oponernos, cuando aceptamos lo que hay en cada momento sin pretender imponer nuestra voluntad o nuestros deseos. En el origen de la enfermedad suele encontrarse cierta oposición a la vida, cierto rechazo o intolerancia de la realidad.
Sólo el 20% del pensamiento, o incluso menos, según los días y las personas, sería pensamiento útil y funcional. ¿Qué quiere decir funcional? Quiere decir que está al servicio de la acción, que nos lleva a hacer algo real, que genera movimiento, que mueve la vida, que nos hace sentir bien y hace sentir bien a los demás.
Permíteme que me ponga un poco “acaramelado” durante un párrafo para reproducir un fragmento de un libro mío anterior, El valor del samurái. Dice así: “Cuando las voces se agolpen en vuestra cabeza, cerrad los ojos y pacificad vuestra mente. No luchéis contra el ruido, simplemente ignoradlo y abandonaos. Sólo así escucharéis la voz de vuestro corazón, que es la más importante”. Y es que, aunque te pueda parecer una frase facilona de libro de autoayuda, hay una cosa cierta: solo puedes renacer de verdad desde tu silencio interior, de lo contrario escucharás todas las voces menos la tuya. Y ¿cómo sabrás que has elegido tú si ni quiera te escuchas?
Tenemos que elegir constantemente, tomar decisiones. Y por eso el silencio es importante, porque solo a partir del silencio puedes conocerte a fondo, conocer tus miedos y también tus ilusiones, tus cargas inconscientes, pero también tu capacidad de sentir y de hacer cosas con sentido.
Cuando nos conocemos, podemos identificar las cargas que otros han puesto sobre nuestros hombros y que en realidad no nos pertenecen (lo que otros desean que hagamos o seamos). Y hablo principalmente de nuestros padres, que con la mejor intención del mundo nos dieron mensajes que calaron en nuestra mente y que aparecen de forma inconsciente en nuestra vida adulta. Así que debes conocerte e identificar esas cargas que te impiden ejercer la libertad de elegir. Parafraseando la mítica frase del templo de Delfos: “Conócete y sé libre”.
PRÁCTICA 11
Seguro que me dirás: “¿Y esto qué supone, a efectos prácticos? ¿Me voy a un monasterio y me entrego a la vida contemplativa? ¿Ingreso en un ashram de la India y no vuelvo hasta que tenga las cosas claras? ¿Hago el Camino de Santiago sin hablar con nadie? ¿Apago la tele y no la vuelvo a encender hasta que haya escuchado eso que llamas “mi voz interior”?”.
Veamos, cada persona necesitará algo distinto y contará con una serie de recursos, siempre limitados (y no me refiero tanto al dinero como al tiempo o la disponibilidad física). Por tanto, cada un@ hará lo que buenamente pueda. Pero te diría que lo ideal, si te lo puedes permitir, es hacer un paréntesis importante en tu vida, por ejemplo cogerte dos semanas de vacaciones solo para estar contigo. Es mejor que te alejes de tu entorno habitual, familiar, social, laboral, pero que estés cómod@, que el entorno no sea ni un estímulo ni un estorbo, sino más bien neutro. El lugar tiene que ser tranquilo y a ser posible debes tener solucionada la intendencia. Puede ser un monasterio cisterciense, un centro de meditación o la casa de un amigo en la montaña o en la playa. Puede ser incluso, si te lo puedes permitir, una cabaña en una isla del Caribe o un hotelito en Chiang Mai, Tailandia, pero no para hacer turismo o entregarte a los placeres del cuerpo, sino para recogerte y conectar con tu silencio interior. En cualquier caso, basta con un lugar tranquilo y silencioso, comida, un techo bajo el que cobijarte y un colchón en el suelo.
Llévate tu libreta, pero no la mires durante los primeros días. Limítate a vaciar la mente, a pasear, a sentarte sin hacer nada, a contemplar, a sentir la naturaleza a tu alrededor, a percibir tu cuerpo. Si sabes meditar o practicas yoga, hazlo varias veces al día. Si estás en un monasterio y puedes asistir a los rezos, hazlo. Si estás en un ashram y puedes recitar mantras, participa y déjate llevar, aunque no sepas lo que estás haciendo. Se trata, al final, de que llegues a un estado de paz mental y conexión con tu esencia (no con tus pensamientos, sino con tu ser) que te permita ver con claridad. Es entonces cuando, con la perspectiva de la distancia y la conexión con la sabiduría innata que tenemos todos los seres, empezarás a ver claro el camino.
Es posible que necesites en el futuro nuevos retiros de este tipo, de la misma duración o más breves, para reconectar con tu interior y reafirmar tus propósitos vitales.
Desenmascarar el inconsciente
Los sabios orientales defendían que es lícito emplear parte de la energía en mejorar la calidad de vida externa (tu casa, tus relaciones, tu aspecto), pero sobre todo hacían hincapié en que es preciso reservar tiempo y energía para mejora la “calidad de vida interior”. En esta línea, Ramiro Calle, introductor del yoga y la meditación en España, dice que “esto nos lo deberían enseñar desde niños, pero como estamos en una sociedad donde sólo se valora lo que es aparentemente productivo, nadie da valor a algo que es mucho más provechoso: nuestro propio bienestar interior y nuestra propia realización”.
Yo también creo que debemos dedicar cierto tiempo diario a nuestra “calidad de vida interior”, pero sin mirarnos demasiado el ombligo. Insisto en lo que te decía hace un momento: no se trata de estar siempre pendiente de ti mism@ ni de fomentar un egocentrismo por otra parte demasiado extendido, sino de aprender a escucharte para que tu nueva vida tenga unos fundamentos sólidos y para que sepas detectar a tiempo lo que funciona y lo que no. Y para que los que están a tu alrededor se beneficien, claro, pues el objetivo final, como veremos, no es solo tu bienestar individual, sino el de la sociedad de la que formas parte (hablaremos más adelante de la alteridad y de la entrega a los demás).
Hemos visto en el apartado anterior que tenemos la mente permanentemente ocupada en mil y un asuntos, pero que de toda esa actividad mental solo una pequeña parte da como resultado acciones positivas. Para aumentar ese porcentaje e impedir que nuestra propia mente nos limite y nos boicotee debemos practicar la conciencia, o sea, tenemos que ser personas conscientes. Como dice Gao Xingjian, premio Nobel de Literatura, con clarividencia confuciana: “Si uno no es consciente, es siempre desgraciado; si es consciente, tiene la posibilidad de cambiar y ser feliz”.
En diferentes pasajes del libro he hablado de la consciencia, por lo que probablemente a estas alturas ya sepas en qué consiste eso de “ser consciente” o “poner consciencia”, pero creo que una explicación al respecto no estará de más. De una forma sencilla, la consciencia sería la iluminación de la inconsciencia, algo así como el poder de “revelar” el inconsciente, de una manera análoga a lo que se hacía hasta hace poco al pasar los negativos fotográficos a papel (un proceso que, curiosamente, se llama “positivizar”, o sea, poner en positivo los negativos). Claro que, para revelar el inconsciente tenemos que saber qué es exactamente eso.
Seguro que más de una vez has escuchado “¡es un inconsciente!” para referirse a alguien que actuaba sin pensar mucho lo que hacía o que se dejaba llevar por sus impulsos. Como suele suceder, la sabiduría popular es certera en sus definiciones. De hecho, el diccionario da tres acepciones de “inconsciente”:
- “1. Que no se da cuenta del alcance de sus actos.
- 2. Que está privado de sentido (“se dio un golpe y se quedó inconsciente”, por ejemplo).
- 3. (En psicología) Sistema de impulsos reprimidos, pero activos, que no llegan a la conciencia.”
Todas ellas son interesantes y darían para una tesis o una novela. La primera es muy clara y contiene la expresión “no se da cuenta”, que tomada al revés es la mejor y más sencilla defición de conciencia que podemos encontrar: “darse cuenta”. Efectivamente, tomar consciencia es “darse cuenta”: darnos cuenta de lo que somos, de lo que pensamos, de lo que sentimos y de lo que hacemos. Y darnos cuenta de cómo es la realidad y cómo podemos incidir en ella. ¿Cómo se adquiere esto? A base de ejercitar la mente. El yoga y la meditación, como ya te he apuntado, ayudan a esta gimnasia mental.
También hay un sencillo esquema que lo explica:
La consciencia sería observar desde el “ser” todo ese proceso en el que nuestros pensamientos, sentimientos y acciones interactúan en todas direcciones, pero de alguna manera tomando distancia, entendiendo que nosotros no somos en realidad esos pensamientos ni esos sentimientos, ni siquiera nuestros actos (lo cual no quita que debamos responsabilizarnos de ellos).
La segunda acepción de “inconsciente” que figura en el diccionario tiene un aspecto interesante en la polisemia de “sentido”: cuando aquí dice “está privado de sentido” se refiere a la capacidad de discernir o razonar, pero a mí me gusta pensar que también podría referirse a la “razón de ser” de una persona. Bajo esta interpretación, estar privado de sentido sería carecer de una razón de ser, o sea, tener una vida sin sentido. Por tanto, ser un inconsciente equivaldría a vivir sin que tu vida tenga un propósito, una dirección, un sentido. Con la consciencia, por el contrario, puedes dotar de sentido a tus actos y, de una forma más amplia, al conjunto de tu vida.
La tercera, “sistema de impulsos reprimidos, pero activos, que no llegan a la conciencia”, es la que se aplica en psicología, pero que cada vez está más extendida, de modo que cualquiera que haya visitado regularmente un diván o visto un par de películas de Woody Allen puede entenderla. A esta tercera acepción me he referido hace unos capítulos, cuando te he hablado de las creencias limitantes y de cómo desactivarlas a base de poner conciencia sobre ellas. Se trata de respuestas automáticas que nuestra mente ha configurado para determinadas situaciones en función de la experiencia emocional con situaciones similares en el pasado, y que tienen la función de evitar que cada vez que nos encontramos ante una situación nueva tengamos que dedicar tiempo y energías a decidir cómo reaccionar. Lo malo de estas “respuestas automáticas” es que se conciben en base a algo que sucedió en el pasado, pero cada momento es nuevo y cada situación con que nos encontramos puede ser vivida de una forma nueva. Dejaré de hablarte en abstracto y te pondré un ejemplo. Supongamos que de pequeñ@ te mordió un perro pastor alemán. Esa experiencia negativa hizo que tu respuesta automática hasta el día de hoy cuando ves un perro suelto, especialmente un pastor alemán, sea salir huyendo (o exigirle al dueño que lo ate, eso sí, desde una distancia prudencial). Un buen día te enamoras de otra persona a la cual, oh Dios, le encantan los perros, es más, tiene... ¡un pastor alemán! Menudo problema, ¿no? Ante esta situación tienes varias opciones:
- Envenenar discretamente al chucho, lo cual no me parece propio de un ser humano sensible y amoroso como tú.
- Dejar a esa persona y buscarte una pareja que prefiera los gatos o, mejor aún, que te quiera a ti por mascota.
- Tratar de vencer tu impulso inconsciente de huir y, mediante acercamientos progresivos al cánido en cuestión y pensamientos realistas (como que no todos los perros muerden en todas las circunstancias), ir venciendo el trauma.
Esto, en definitiva, es la conciencia: no solo la escucha activa de ti mism@, sino tratar de que esa escucha y tus acciones posteriores te permitan desactivar las respuestas automáticas e interiorizar nuevas y más beneficiosas respuestas. El escritor y conferenciante Alex Rovira me dijo en cierta ocasión que “la vida en un viaje de la inconsciencia a la consciencia”. Estoy de acuerdo. El doctor Mario Alonso Puig, en su libro Reinventarse, añade que después de poner conciencia sobre nuestros pensamientos o comportamientos, tenemos que modificarlos con nuestra voluntad hasta que regresen a nuestro inconsciente de una forma favorable, es decir, hasta convertirlos en nuevos automatismos, pero útiles para nuestra vida presente. En concreto, Puig habla de varias fases en este proceso: “Primero pasar de la incompetencia inconsciente a la incompetencia consciente. Ello implica una elevación del nivel de consciencia (...). El segundo paso es de la incompetencia consciente a la competencia consciente. Aquí lo que hacemos es usar nuestra fuerza de voluntad y nuestro compromiso para hacer lo que hemos decidido hacer aunque nos cueste. Esta es una fase muy dura porque hay que estar en lucha permanente para evitar que los viejos automatismos nos apresen. El tercer y último paso es el de la competencia consciente a la competencia inconsciente, es decir, cuando ya se ha creado un hábito mucho más beneficioso y saludable”.
La conciencia, de uno mismo y de sus creencias, se adquiere mediante la observación y...
Índice
- Reestrénate
- Copyright
- Other
- El milagro es el trabajo (a modo de introducción)
- La gestión del cambio
- ¿Cómo quieres ser?
- 1. Conciencia
- 2. Confianza
- 3. Creatividad
- 4. Corazón
- Epílogo
- El autor
- Sobre Reestrénate
Preguntas frecuentes
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