El valor del samurái
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El valor del samurái

  1. 222 páginas
  2. Spanish
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  4. Disponible en iOS y Android
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El valor del samurái

Descripción del libro

¿Qué podrías llegar a hacer si no tuvieras miedo? El miedo es cada vez más frecuente en nuestra sociedad: nos paraliza, nos hace tomar malas decisiones, nos frena. En este libro el lector descubrirá una guía para viajar por su interior, redescubrirse y hacer que florezcan unos valores para combatir ese terror. A través de la historia de un samurái que tiene que recuperar su valor perdido, el lector podrá analizar sus propios miedos.

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Información

Editorial
SAGA Egmont
Año
2022
ISBN del libro electrónico
9788728044803
Categoría
Psicología

Segunda parte

LA HISTORIA DE KY□

La duda

La historia que voy a explicarle arranca en un campo de batalla, en concreto en los jardines que rodeaban el mítico castillo de Kin, una bellísima construcción encaramada en lo alto de un monte que una vez existió, o por lo menos eso cuentan, allá en mi país.
El castillo de Kin, residencia de la emperatriz Shizu, estaba siendo duramente atacado por las huestes del temible Kura, un señor ambicioso y despiadado a cuyas órdenes luchaba nuestro protagonista, un joven samurái llamado Ky□.
En el momento en que arranca esta historia, Ky□ llevaba dos días y dos noches de luna llena luchando sin descanso contra los soldados de la emperatriz Shizu, que defendían la fortaleza de Kin con todas sus fuerzas. Había logrado franquear el foso y la muralla perimetral y había ascendido hasta la cima, donde se alzaba imponente el castillo a través de un zigzag de callejas empinadas.
En esos dos días de lucha sin pausa, Ky□ había empleado su fiel katana ante más de cien adversarios enfurecidos, a los que había atravesado, decapitado o mutilado sin apenas inmutarse. No se trataba de un soldado excepcionalmente fuerte o habilidoso, pero sí mostraba una determinación fuera de lo común, lo cual era sin duda su principal arma.
Igual que en batallas anteriores, Ky□ se sentía en trance, como si ejecutara una danza de pasos irregulares, pero perfectamente planificados, diseñada por algún caprichoso coreógrafo divino. No notaba el cansancio, que había quedado relegado por la obstinación y el instinto de supervivencia. Y, por supuesto, no sentía miedo, pues como buen samurái había sido adiestrado para la muerte y no la temía; más aún, en cierta forma la anhelaba.
Ky□ y sus compañeros estaban ya frente al último obstáculo, la base de piedra del castillo, en cuyas paredes blancas se reflejaba la luz lunar que iluminaba un gran talud ajardinado donde tenía lugar la escena. El suelo estaba sembrado de cadáveres que dificultaban los movimientos de los pocos guerreros que quedaban en pie, apenas media docena por cada bando. Él era uno de ellos y, a pesar del agotamiento, seguía blandiendo la katana y el wakizashi con un arrojo extraordinario, siempre bordeando la temeridad, pero sin dejarse arrastrar por ella.
Hacia el final de esa segunda noche Ky□ fue consciente de que la batalla estaba perdida para él y los suyos, pues incluso en el caso de que pudieran acceder al interior del castillo, allí dentro habría más soldados de Kin esperándoles con las katanas afiladas y las fuerzas intactas. Sin embargo, siguió luchando sin siquiera pensar en la derrota, retrocediendo sólo lo justo para tomar impulso y avanzar de nuevo.
Cuando despuntaba el sol del tercer día, justo en el momento en que los primeros rayos atravesaron la penumbra lunar, sucedió algo que lo cambió todo. Fue un instante, un fogonazo, un brillo sin brillo, un pinchazo en el corazón. Ky□ estaba armando la guardia para defender el ataque enloquecido de un guerrero rival cuando vio algo sumamente extraño. El soldado, en lugar de abalanzarse, se frenó a un par de metros de distancia y armó la guardia de la misma forma que él. Cuando se fijó, Ky□ se dio cuenta de que aquel soldado, a pesar de ser inequívocamente un enemigo, vestía la misma armadura que él. Y no sólo eso: tenía su misma altura y su mismo porte y flexionaba las piernas y los brazos de la misma forma que él.
Ky□ se mantuvo unos segundos inmóvil, tratando de entender qué estaba sucediendo. Durante un brevísimo instante sospechó que estaba frente a un espejo, pero pronto comprendió que no podía ser, pues el contrincante ofrecía su misma pose no como si fuera el reflejo de un espejo, sino como si él mismo girara ciento ochenta grados sobre sus pies.
En ese momento intuyó que aquello sólo podía ser una alucinación producto del esfuerzo extremo a que se estaba viendo sometido. Entonces sacó fuerzas de donde apenas quedaban y con un movimiento diestro y veloz lanzo un ataque con su katana a la altura del cuello del enemigo. Aquello, pensó fugazmente, le sacaría de dudas sobre si la figura plantada frente a él era un fantasma o un simple hombre de carne y hueso.
Pero cuando el filo del sable estaba a apenas unos centímetros de su objetivo, observó sobrecogido algo todavía más insólito que el hecho de estar luchando contra una réplica de sí mismo: su opuesto había realizado, al mismo tiempo que él, un movimiento idéntico, de modo que la katana del otro estaba a punto de rebanar su cuello y acabar con su vida.
Tuvo el tiempo justo, iluminado por un chispazo de lucidez, de desviar con un giro de muñeca la trayectoria de la espada, que pasó rozando el casco de su oponente exactamente al tiempo que la otra espada rozaba el suyo.
Entonces retrocedió y se detuvo, jadeante y perplejo, y bajó los brazos por primera vez en dos días. Sintió algo que no era exactamente miedo, pero que se le parecía. Se quedó unos segundos mirando a su gemelo, a su otro yo, todavía sin saber si aquello que le pasaba era real o sólo un espejismo.
Por primera vez en mucho tiempo dudó sobre qué hacer a continuación. Y entonces, aprovechando su inmovilidad y su indecisión, uno de los arqueros de la emperatriz Shizu, ubicado en la parte baja de las dependencias del castillo, afinó su puntería y lanzó una flecha que apareció, de pronto y como surgida de la nada, en el pecho de Ky□, atravesando su armadura de un lado a otro a la altura del corazón.
Ky□, tocado por lo que parecía una herida mortal, echó a un lado la espada corta y empuñó con ambas manos la katana, dispuesto a seguir luchando hasta exhalar el último aliento. Pero al instante sintió que las piernas no lo sostenían, así que clavó la punta de la katana en el suelo y, como si fuera un bastón, apoyó sobre ella todo su peso.
Resistió así unos segundos, tratando sin éxito de discernir, entre las imágenes borrosas que ahora veía, la figura del otro, con la intención de comprobar si también él había sido herido y se cumplía así la lógica indescifrable de aquella visión mágica.
Y así permaneció un buen rato, hasta que la espada cedió y su hoja se partió en dos. Y en ese instante final, mientras se desvanecía el mundo y se derrumbaba su cuerpo, Ky□ sólo alcanzó a pensar que le habían roto el alma.

Kib□

El valor de la vida por sí misma
Pero volvió en sí, y la primera imagen que vio fue el rostro de una joven. Eso, y el convencimiento de que estaba soñando o viviendo una experiencia extraterrena, hizo que el despertar de Ky□ fuera suave, confiado, algo que jamás le había sucedido en su vida como samurái.
-¿Quién sois, bella dama? –preguntó, sorprendiéndose de poder hablar.
-Me llamo Kib□ –respondió sonriendo la joven- y soy hija de la emperatriz Shizu. Me alegra ver que por fin os recuperáis.
Al oír esas palabras, Ky□ entendió que no estaba muerto y que aquella mujer vestida con un elegante kimono azul no formaba parte de un idílico más allá. Entonces, como en una cascada, le asaltaron varios sentimientos encadenados: primero una alegría primaria por el hecho de seguir con vida; inmediatamente después, y como rechazo al anterior, una inmensa vergüenza ante la evidencia de que no había cumplido con su destino de samurái, que no era otro que el de morir en el campo de batalla sirviendo a su señor, y, finalmente, una dolorosa sensación de miedo por estar en manos de sus enemigos, un temor que, por el simple hecho de existir, agudizaba y amplificaba el sentimiento de vergüenza.
Antes de que pudiera reaccionar a aquella avalancha de emociones, la princesa Kib□ inició la explicación de lo que había sucedido:
-Una flecha os hirió justo a la altura del corazón cuando ya sólo quedabais vos en pie en el campo de batalla. Fue un espectáculo asombroso, según cuentan quienes lo presenciaron. Nunca antes habían visto a un hombre con una determinación y un arrojo como el que vos mostrasteis durante la batalla. Pero al final debía de ser tal vuestro cansancio que os quedasteis quieto, erguido en medio del campo de batalla y con los brazos caídos. Y fue entonces cuando unos de nuestros arqueros os acertó en el pecho.
La princesa Kib□ hizo una pausa, miró los ojos turbios de Ky□ y prosiguió su explicación:
-Después del amanecer, los sirvientes y los soldados bajaron a recoger los cuerpos sin vida que reposaban esparcidos por los alrededores del castillo. Y entonces uno de mis guardianes, al intentar levantar el vuestro, vio que aún os quedaba aliento. Os llevó a la enfermería, donde os extrajo la flecha del pecho y os cosió la herida, sin entender que todavía respirarais. Luego, al ver que vuestro corazón se obstinaba en seguir latiendo, le dije que os trajera aquí, a estas dependencias, en las que mis damas os han estado cuidando durante siete días y siete noches. Es realmente un hecho milagroso y mágico que sigáis con vida. Ninguno de nuestros médicos se lo explica. Opinan, como yo, que sólo alguien con unas extraordinarias ganas de vivir podría superar una prueba tan dura como ésta.
-¡Pero qué decís, señora! –exclamó indignado Ky□ -. Yo soy un samurái, y los samuráis no deseamos otra cosa que morir. Eso sí, de acuerdo a nuestros principios, es decir, con dignidad. Y por desgracia eso no ha sido posible en mi caso.
Se detuvo y miró con rabia a la princesa.
-Habéis sacado una conclusión precipitada. Yo debería haber muerto con esa flecha clavada en el pecho. Soy una vergüenza y un deshonor para los de mi casta.
-Perdonad que os lo diga, soldado insolente –replicó la joven Kib□ -, pero sé de lo que hablo, pues en mi condición afortunada de princesa he dispuesto de todo mi tiempo para observar a las personas, y sé perfectamente cuándo alguien desea vivir y cuándo no. Me he pasado mis veinte años de vida observando a los que me rodean y os puedo asegurar que en vuestro interior late con inusitada fuerza el deseo de seguir viviendo.
Ky□ apartó la vista de los ojos de Kib□ y miró a su alrededor con detenimiento. Estaba en una sala tenuemente iluminada, adornada con sobriedad, pero con extraordinario buen gusto. Sin duda se encontraba en la zona noble del castillo, que a juzgar por lo que veía debía de ser de una gran belleza.
-Señora –prosiguió-, creo que no lo entendéis. Vuestros soldados tenían que haberme rematado en el campo de batalla. Eso habría sido un acto de nobleza por su parte. Pero decidieron dejarme con vida para que despertara y sintiera la infinita vergüenza de seguir con vida. Lo cual es de una crueldad tal que empiezo a hacerme una idea de en qué manos estoy.
-El que no entiende nada sois vos –replicó de nuevo la princesa, esta vez muy sobresaltada-. En Kin amamos la vida, no la destrucción. Y si os hemos curado es para que podáis seguir vuestro camino y cumplir con un destino algo más constructivo que el de matar y morir. Por lo que veo, vuestro señor Kura no comparte estos principios tan elementales.
Ky□ volvió a mirar a su alrededor y vio, colgada de un gancho en la pared, su armadura agujereada y todavía manchada de sangre. En el suelo, a los pies de la armadura, reposaba su amada katana, pero no como la recordaba, sino partida en dos pedazos de similar longitud. Al verla, sintió una fugaz y dolorosa punzada en el pecho. La causa no era la herida, que había cicatrizado con una rapidez insólita, sino la emoción de ver la expresión material de su alma rota. Entonces decidió lo que haría a continuación.
-Os ruego, señora, que me dejéis solo –dijo-. Vuestros soldados no han tenido la honradez de actuar conmigo como samuráis, así que tendré que ser yo quien haga el trabajo.
La princesa Kib□ lo miró intensamente, pero más con pena que con desafío. Se limitó a levantarse y a caminar lentamente hasta la puerta, dando la espalda a Ky□.
-Ah, y no aviséis a vuestros sirvientes para que traten de impedirlo –añadió el samurái-. Si lo hacéis, os aseguró que alguno de ellos me acompañará en este viaje.
Kib□ se giró y volvió a mostrar una expresión apenada.
-En verdad sois altivo y pretencioso, señor guerrero –le lanzó-. En Kin amamos la vida, pues se trata de un gran regalo de la Naturaleza, pero aceptamos que cada cual disponga libremente de la suya. Si habéis decidido contradecir a vuestro corazón y acallar su voz en nombre de no sé qué extraño y obsoleto código de conducta, allá vos. Sólo puedo deciros que me entristece profundamente vuestra decisión.
Y dicho esto descorrió la puerta, salió y volvió a correrla tras de sí.
Sospechando, a pesar de todo, que Kib□ mentía y que correría a buscar ayuda para impedirle cumplir con su objetivo, Ky□ se incorporó y gateó apresuradamente sobre el tatami hasta alcanzar la katana partida, que había quedado reducida al tamaño de una espada corta, más o menos un wakizashi. Con ella en las manos, se movió en la dirección opuesta, hacia una ventana por la que entraba la claridad del día. La abrió y miró brevemente el paisaje, en el que destacaba en primer plano un jardín poblado de cerezos desnudos, atravesado por un serpenteante camino de piedra. Entró una brisa ligera, preludio de una nueva primavera que estaba a punto de llegar.
Se volvió y, sin mayores ceremonias, se arrodilló, apoyó las caderas sobre los talones y se dispuso a practicar el seppuku. Como era preceptivo, envolvió...

Índice

  1. El valor del samurái
  2. Copyright
  3. Other
  4. Nota del autor
  5. Primera parte
  6. Segunda parte
  7. Tercera parte
  8. Los diez valores del valor
  9. Ell@s hablaron sobre el miedo y el valor
  10. Gracias a…
  11. Sobre El valor del samurái