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Piemburgo engaña. Nada de cuanto a ella se refiere es enteramente lo que parece ser. Encogida en las faldas de los Drakensberg y agazapada a los pies de un gran cerro de cumbre plana, apenas posee las características de una capital. Los viajeros cuyos trenes a Johannesburgo paran, si se molestan en hacerlo, bajo la cursilada de plancha metálica oxidada del tejado de su estación, o aquellos que pasan veloces por la carretera nacional, vislumbran un pueblecito que parece muerto y embalsamado. Porque Piemburgo es, según el dicho popular, una ciudad muerta del todo. Agujero Dormido, lo llaman, y dicen que un visitante norteamericano contempló Piemburgo y dijo: «Es como la mitad del cementerio de Nueva York en tamaño y el doble de muerta.» Y desde luego, a primera vista, la ciudad parece carecer por completo de animación. Yace enroscada en su valle bajo el sol africano y duerme. Los tejados rojizos de hierro y los balcones de hierro forjado hablan de una remota época de objetivos ya hace mucho olvidados. Se alinean en sus calles los jacarandás y abundan en sus jardines las oscuras enramadas floridas. Todo crece inmediatamente y con la misma rapidez se queda inmóvil. Tiempo y clima se unen para producir el crecimiento y la suspensión del crecimiento.
Y Piemburgo creció con la guarnición y murió cuando ésta se marchó. O está dormida. Capital de Zululandia, surgió al conquistar el Imperio Británico la nación zulú. En el primer ardor de aquella victoria memorable, Piemburgo dejó de ser un pequeño asentamiento abandonado por sus fundadores afrikáners para convertirse en capital. Se multiplicaron los edificios públicos en una erupción de columnatas y de rojo ladrillo victoriano. La mansión del gobernador lució suelos de mármol italiano, cristal veneciano y todos los artilugios del esplendor imperial. La estación de ferrocarril, todo un modelo de relieves metálicos y mayólica, proporcionó una escala adecuada a los trenes virreinales que cruzaban Piemburgo camino de otros dominios imperiales más lejanos y menos atractivos del interior de África. Y mientras las grandes locomotoras de vapor subían resoplando la tortuosa cuesta hacia Empire View, el cerro que domina Piemburgo, llevando su augusta carga camino de una muerte prematura por la tse-tse o el mosquito de la malaria, hombres de monóculo y mostacho miraban serenos hacia abajo, contemplaban la capital de Zululandia y murmuraban, «Una gema, una gema engastada en un anillo amarillo y verde», y luego le volvían la espalda y se ponían a estudiar unos mapas totalmente inexactos de sus nuevos territorios.
Piemburgo saludaba su paso con una recepción del gobernador en el andén de la estación y un intercambio de consejos políticos que la banda militar, tocando bajo el techado de hierro, hacía inaudibles. Y Piemburgo rendía también honores unos meses más tarde, cuando el ataúd virreinal colocado en un vagón tapizado de negro y arrastrado por una locomotora adornada con guirnaldas y coronas de flores, paraba un momento y la banda interpretaba una marcha fúnebre con un vigor que una vez más hacía inaudibles las condolencias del gobernador al ayudante de campo. Y, en los intervalos entre avances imperiales y retrocesos del imperio, la capital de Zululandia se adornaba con nuevos quioscos de música y jardines botánicos y con todas las atracciones de una pequeña metrópoli. La gran zona de desfile de Fort Rapier resonaba con las órdenes que gritaban los sargentos. Miles de piernas empolainadas daban taconazos, giraban, y las relumbrantes bayonetas remolineaban a un lado y a otro por la deslumbrante plaza.
En la ciudad propiamente dicha las calles estaban llenas de bigotes encerados. El betún y el blanco España figuraban en lugar prominente en la lista de necesidades vitales. En el Hotel Imperial las mañanas y las tardes fluían plácidamente entre macetas con plantas y sillas de mimbre, al compás de la música de una orquesta de Palm Court. Las cananas en bandolera y las ballenas enfajaban a los oficiales y a sus esposas, que al oír el gemir de los violines recordaban con agradecida melancolía condados y aldeas de Inglaterra. Muchos jamás volverían, y los que se quedasen y no recibiesen sepultura en el cementerio militar de Fort Rapier, construirían sus casas lo más cerca de la mansión del gobernador que les permitiesen su categoría y sus sobregiros bancarios.
Piemburgo prosperó mientras permaneció la guarnición. Piemburgo fue incluso, brevemente, alegre. El Teatro Garrison floreció con las representaciones de obras dramáticas y revistas que creaba un gran actor y dramaturgo inglés y que encantaban al gobernador y a su esposa. Las tómbolas benéficas y las fiestas campestres eran muy brillantes, llenas de sombrillas y polisones de las esposas que habían sido desplazadas de los suburbios con terraza y las casas semiindependientes del sur de Londres a la majestuosidad de los prados y frondas de Piemburgo, por la sorprendente buena suerte de haberse casado con maridos cuya mediocridad les otorgaba la recompensa de un puesto en aquel rincón lejano del imperio. El gusto de la clase media baja victoriana se impuso de modo indeleble en Piemburgo y se ha mantenido hasta el presente. Y con ese gusto se impuso también un sentido inmutable de la jerarquía. Virreyes, gobernadores, generales, subgobernadores, coroneles, y así hacia abajo, ensanchándose las filas a medida que se baja, con matices demasiado sutiles para que puedan enumerarse, en un contexto en el que los colegios y las profesiones de los padres de las esposas y una vocal aspirada o una g retenida podían hacer que un comandante se situase en un instante por encima de un teniente coronel. Al final de la escala se hallaban los soldados del cuerpo de pago. Por debajo de tales parias no había nada. Los zulúes competían con los pondos, los coloureds con los hindúes. Lo que pasaba por allá abajo era algo que sencillamente no le preocupaba a nadie. Lo único que había que tener en cuenta era que en algún nivel situado más abajo incluso que los zulúes leales y los pondos traidores se hallaban los bóers. Y así continuaron las cosas hasta la guerra. Los bóers no se lavaban. Los bóers eran cobardes. Los bóers eran estúpidos. Los bóers eran una excrecencia que bloqueaba el camino hacia El Cairo. Piemburgo ignoraba a los bóers.
Y luego vino la guerra de los bóers, y los bóers les volaron a tiros el monóculo de los ojos a los oficiales de Fort Rapier, esperando parsimoniosamente a que un reflejo semafórico del sol revelase un objetivo monocular propicio, y nació entonces en Piemburgo un respeto nuevo. Los bóers tenían buena puntería. Los bóers eran astutos. Los bóers eran ahora el enemigo.
Y sólo un momento después el bóer ya no fue el enemigo. Eliminado por completo el obstáculo que impedía llegar hasta El Cairo y las minas de oro, Piemburgo inició su rápida decadencia. Cuando partió la guarnición y las bandas tocaron por última vez «Goodbye Dolly Gray», Piemburgo se quedó dormida. Lo mismo que una víbora del desierto ahíta yacía enroscada e hinchada bajo el sol africano soñando con sus breves días de gloria. Persistió sólo un sentimiento de prioridad que se multiplicó en el clima fecundo de su propia mediocridad. Las casas se erguían contemplando el anillo de cerros y en sus stoeps (o verandas) los hijos y nietos de los sargentos mayores, de los sargentos de intendencia y de los suboficiales fingían una grandeza que jamás conocieron sus ancestros. En Piemburgo el tiempo se mantenía inmóvil, sólo indicaba su paso el polvo que se acumulaba en las cabezas de los leones disecados que se pudrían en el Club Alexandra, y el goteo de la presunción. La mediocridad de Piemburgo era ponzoñosa y esperaba tranquilamente acontecimientos.
2
El Kommandant Van Heerden se hacía pocas ilusiones sobre él mismo y muchas sobre todo lo demás. Y por sus ilusiones se hallaba al cargo de la comisaría de policía de Piemburgo. No era un cargo muy oneroso. La mediocridad de Piemburgo no engendraba más que delitos menores, y en la jefatura de policía de Pretoria habían pensado que, si bien el nombramiento del Kommandant Van Heerden podría elevar el índice de delincuencia de la ciudad, dicho nombramiento aplacaría al menos la oleada de violencia y robos que habían seguido a su actuación en otras poblaciones más emprendedoras.
Además, Piemburgo se merecía al Kommandant. Era la única ciudad de la República en que aún ondeaba la bandera inglesa en el ayuntamiento, y necesitaba enterarse de que no se podía desafiar así por las buenas al gobernador sin que ello acarreara consecuencias.
El Kommandant Van Heerden sabía que su nombramiento no se debía a su éxito en el campo de la investigación criminal. Se imaginaba afablemente que se debía al hecho de que entendía el inglés. Pero en realidad se debía a la reputación de su abuelo, Klaasie Van Heerden, que había servido a las órdenes del general Cronje en la batalla de Paardeberg y a quien habían abatido los ingleses por negarse a obedecer la orden de rendirse dada por su superior jerárquico. En vez de rendirse, se había apostado en un agujero en la orilla del río Modder y liquidado a doce soldados del regimiento de Essex que se estaban solazando allí unas cuarenta y ocho horas después del cese de las hostilidades. El hecho de que Klaasie hubiera estado dormido como un tronco durante toda la batalla y no se hubiera enterado de la orden de cese el fuego no lo tuvieron en cuenta durante el juicio los ingleses ni las generaciones posteriores de historiadores afrikáners. Se le consideró, por el contrario, un héroe que había padecido martirio por su lealtad a las repúblicas bóers, héroe reverenciado por los nacionalistas afrikáners de toda Sudáfrica.
Había sido esta leyenda la que había ayudado al Kommandant Van Heerden a alcanzar el rango que ostentaba. Había sido necesario mucho tiempo para que su incompetencia eclipsase la reputación de astucia e inteligencia que le había legado su abuelo, y cuando llegó el momento en que dicha incompetencia se hizo evidente era ya demasiado tarde para que los altos cargos pudieran hacer otra cosa para defenderse de ella que ponerle al mando de las fuerzas policiales de Piemburgo.
El Kommandant Van Heerden creía que había conseguido el puesto por tratarse de una ciudad inglesa y éste era, desde luego, exactamente el puesto que él quería. El Kommandant creía ser uno de los pocos afrikáners que entendía realmente la mentalidad inglesa. Pese al tratamiento que los ingleses habían dado a su abuelo, pese a la brutalidad que habían mostrado con las mujeres y los niños bóers en los campos de concentración, pese al sentimentalismo que mostraban los ingleses con sus criados negros, pese a todo, el Kommandant Van Heerden admiraba a los ingleses.
Había algo en la increíble estupidez de los ingleses que al Kommandant Van Heerden le resultaba atractivo. Apelaba a algo profundamente enraizado en su propio ser. No podía decir exactamente qué era, pero lo profundo llamaba a lo profundo, y si el Kommandant hubiera podido elegir su lugar de nacimiento, la época y la nacionalidad, sin duda habría elegido Piemburgo, el año 1890, y el corazón de un caballero inglés.
Si había algo que lamentara, era que su propia mediocridad nunca había tenido oportunidad de expresarse con nada parecido al nivel de éxito que habían logrado la mediocridad y la estupidez de los gobernantes del Imperio Británico. Si hubiera nacido caballero inglés en la Inglaterra victoriana, podría haber alcanzado muy bien el rango de mariscal de campo. Su ineptitud militar habría sido recompensada, sin duda, con un ascenso rápido y constante. Estaba seguro de que podría haberle ido tan bien como a Lord Chelmsford, cuyas fuerzas habían liquidado a los zulúes en Isandhlwana. Stormberg, Spion Kop, Magersfontein, podrían haber sido desastres muchísimo más impresionantes si hubiera estado él al mando de las tropas. Al nacer, el Kommandant Van Heerden se había equivocado de nación, de época y de lugar.
No podía decirse lo mismo del segundo del Kommandant, el Luitenant Verkramp, ni del Konstabel Els. Que no hubieran nacido jamás o, de no poderse abortar sus nacimientos, que su nación, lugar y época hubiesen quedado lo más lejos posible de los suyos era el deseo más frecuente y fervoroso del Kommandant Van Heerden.
El Luitenant Verkramp odiaba a los ingleses. Su abuelo no había sufrido como el del Kommandant por las repúblicas bóers. Había proclamado, por el contrario, paz y amistad para el Imperio Británico desde el púlpito de su iglesia de El Cabo y al mismo tiempo había hecho una pequeña fortuna suministrando al ejército británico los caballos basutos que necesitaba para su infantería montada. La niñez de Verkramp había transcurrido a la sombra de aquel púlpito, y el pequeño Verkramp había heredado una notable tendencia escatoló...