
- 144 páginas
- Spanish
- ePUB (apto para móviles)
- Disponible en iOS y Android
eBook - ePub
El mar interior
Descripción del libro
El mar interior comienza con una bicicleta chocando contra un tranvía. El ciclista es Milton, un joven periodista
argentino. «Con una buena indemnización, desempleado, una profesión en vías de extinción y un pasaporte
europeo», Milton acaba de instalarse en Ámsterdam con su pareja, una música becada en un prestigioso
conservatorio. Mientras ella pasa los días afuera, él sostiene una rutina solitaria: se ocupa obsesivamente de las
tareas domésticas, cuida la planta monstruosa con la que están obligados a convivir, practica natación varias
veces por semana y pedalea por la ciudad mientras observa el nuevo mundo que los rodea.
Arrojado a una tierra extraña en la que todavía no logra echar raíz, Milton no solo tiene que lidiar con sus
prejuicios hacia el país que mal o bien lo ha recibido, con las dificultades idiomáticas y la necesidad de conocer
gente y hacerse amigos. También necesita, con urgencia, conseguir un trabajo, ahora que los medios argentinos
se muestran cada vez más renuentes a publicar sus artículos.
Matías Capelli combina sus grandes dotes de narrador y de cronista para proponer una reflexión sobre la
intimidad y los registros de lo íntimo, una de las tantas máscaras que puede adoptar la literatura. Como un
etnógrafo alucinado, en su segunda novela cuenta con humor e inteligencia la historia de un personaje que
encuentra, en el corazón de la extranjería, una inesperada forma de liberación.
Preguntas frecuentes
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Información
Categoría
LiteraturaCategoría
Literatura generalTERCERA parte
Otra vez nosotros
17
Bajaban de los trenes entre agotados, temerosos y levemente aliviados por haber llegado, aunque muchos tuvieran como destino final un país escandinavo. Bajaban de los vagones verdaderos viajeros que habían atravesado medio mundo hasta llegar ahí. Que habían visto de todo, y sobre todo lo peor. No tenían nada en común con el resto de los pasajeros de la estación; ni con los holandeses que venían del trabajo, de la universidad, o del resto del país para pasar unos días en la capital, ni con los extranjeros que cargaban valijas y mochilas desde el aeropuerto.
Estas caras que bajaban de los trenes no tenían nada que ver con esas otras; eran la encarnación del espíritu de la historia desfilando nuevamente por este decorado. Escapaban de la guerra; eran los afortunados que habían podido hacerlo. Habían dejado todo atrás: ciudades bombardeadas, proyectos de vida mutilados, propiedades vendidas de apuro para juntar efectivo, los ahorros de toda una vida pegados al cuerpo, compra de pasaportes, coimas a traficantes de personas y autoridades fronterizas. Era desolador.
La organización de Paola los esperaba con carteles en varios idiomas, les daban algo caliente de comer, trataban de entablar un diálogo en árabe o en inglés. Estando ahí se sentía real, se sentía como si la historia del mundo fuera un temporal del que estaban protegidos al igual que de las inundaciones del Mar del Norte, y de repente empezara a filtrar, a irrumpir algo, cientos de miles de desplazados haciendo presión sobre los diques.
A Milton le había dado ganas de escribir una nota y el editor del diario aceptó enseguida. Ahora, estando ahí junto a los voluntarios, con un objetivo propio inconfeso, se sentía un farsante. A Paola se la veía aplomada, lejos de estar invadida por ánimos heroicos. Era más como si estuviera cumpliendo gustosa con algo que consideraba un deber.
Una vez que terminaron, Milton la invitó a cenar a su casa. Paola todavía no conocía a Rut. Pedalearon hasta el departamento de Zaandijk y al llegar descubrieron que no tenían vino. Milton salió en bicicleta hasta el supermercado, que estaba por cerrar. Sobre la hora de cierre el negocio adoptaba un estado más descuidado, había en oferta pilas de productos que estaban por caducar. Hasta deberían ser más flexibles si alguno incapaz de ceder a la tentación se llevaba algún alimento a la boca o se guardara en el bolsillo panificados del día anterior.
Cuando volvía por la avenida Spaarndammer, un auto empezó a doblar hacia la derecha en la intersección, muy despacio, a paso de hombre, pero justo al mismo tiempo en que Milton cruzaba. Apenas lo tocó y él trastabilló, perdió el equilibrio y se fue al suelo. Fue una caída de lo más extraña; una de las botellas de vino dio contra el pavimento y no se rompió. La otra ni siquiera salió de la canasta.
En el auto venían dos jóvenes y al principio Milton temió que se tratara de un par de pandilleros que lo increparían o hasta golpearían por el incidente, pero los vio bajar atemorizados. Eran dos que venían claramente fumados dando una vuelta por el barrio. Estaban perseguidos y le preguntaron, en holandés, si se había lastimado. Se interrumpían uno a otro intentando justificarse, aunque el más afectado era el que conducía. Se sorprendió mientras lo decía; no sabía de dónde le salió, pero les dijo que le dolía el brazo por la caída, temía haberse quebrado, que iba a llamar a la ambulancia y a la policía. Le sacó una foto a la patente y los apuró un poco. El que manejaba suplicó tratando de convencerlo, pero sin demasiado énfasis, sabiendo que era él el que estaba en falta. En un acto de magnanimidad lumpen, les dijo que no iba a llamar a la policía, que le dieran cien euros. «Para el dolor», dijo en inglés. Entre los dos juntaron ochenta y Milton dijo que estaba bien. Se quedaron los dos parados esperando un movimiento del otro hasta que les dijo que podían ir. Milton volvió para el departamento por Spaarndammer con las dos botellas, la bicicleta indemne, la plata en el bolsillo y el corazón acelerado.
Llegó a la casa contento, orgulloso de sus reflejos de supervivencia. Paola estaba en la sala con Rut, hablando sobre la planta, el tamaño que había adquirido, el sistema de tanzas que sostenía las ramas erguidas para que no se propagaran al ras del piso.
Al día siguiente Milton salió a la calle con dos bolsas cargadas de hojas y ramas de Esthercita, como había empezado a llamar a la planta. Seguramente era una infracción y había un día o un lugar especial, un sistema ideado para gestionar los desechos vegetales, pero no importaba. Pensaba tirar las dos bolsas en el compartimento de los residuos generales, no había forma de que pudieran identificarlo. Cuando volvió se cruzó con la pareja de vecinos del departamento que daba a la calle. Lo estaban observando. ¿Y si lo denunciaban? La última vez que había hablado con ellos Milton se había mostrado intolerante. La mujer quiso saber de dónde eran él y Rut, si es que eran italianos o qué, porque los habían escuchado hablando en español. O al menos no en italiano. ¿O eran españoles? De familia italiana pero habían nacido en Argentina, dijo Milton. Ella le preguntó qué idioma hablaban en su país, y él dijo: debería saberlo, es el país de su reina. Lo había dicho de mala manera y desde entonces notaba que la relación había quedado resentida, que ahora ella lo miraba con la misma aprensión y hostilidad con que miraba a los marroquíes del segundo piso.
Pero no podían denunciarlo, decir qué; era una planta, el cadáver de una planta, de un yuyo que había crecido desproporcionadamente. Había empezado a crecer y a Esther debió de darle alegría, pero esa tarde Milton la vio como si estuviera hipertrofiada. Antes de asestarle el golpe pensó que para Esther debía de ser una compañía. Sin embargo ellos, al ser dos, la padecían, era casi como un sometimiento, una condición perversa que Esther les había puesto a cambio de cobrarles el precio subsidiado. Pasaba mucho tiempo en la casa y estaba cansado de verse limitado en sus movimientos en la sala. Suponiendo que la planta siguiera creciendo y llegara, digamos, hasta el baño o la cocina, que no se pudieran cerrar las puertas, ¿deberían acaso reprimirse el reflejo de podarla? Era ridículo. Ella les había pedido que la cuidaran, pero si resultaba necesario podarla, cuál era el problema.
Las tanzas habían quedado colgando en el aire. Había sido un rapto y después ya no supo qué hacer, si cortar las tanzas o no, le pareció que tenía que esperar a que Rut volviera para decidir qué era lo mejor. Podía parecer una tragedia, una mutilación a sangre fría, pero era simplemente una planta podada, nadie había muerto, nadie había sido sacrificado.
Con la tijera en la mano había empezado cortando unas hojas que estaban amarillentas, después una rama que le molestaba para pasar, después algunas hojas más, y ya no pudo refrenarse, se descontroló, sintió que Esthercita le pedía que la cortara, que la ayudara a volver a su tamaño de planta de departamento.
Haber podado a Esthercita había sido una especie de sacrificio; matar para que naciera algo nuevo, un sacudón necesario, pensaba Milton con la tijera sucia y pegajosa de savia, sin poder contenerse, cortando la planta hasta reducirla al mínimo. No era algo de lo que pudiera arrepentirse. ¿Qué pensaría Rut cuando volviera al departamento? Seguro al principio iba a parecerle un horror, iba a espantarse, pero después iba a entenderlo. La planta seguía viva, incluso tal vez fuera a crecer con más fuerza.
18
En el siglo xvii, con un millón y medio de habitantes, la república de las siete provincias unidas era una de las naciones más prósperas del planeta, regida por una liga de burgueses hábiles y despiadados que habían acumulado grandes capitales a partir del dominio comercial y la piratería naval. De la mano de esos señores que posaban vestidos de negro en los retratos, con cuello de volado blanco y sombrero, muchos con largas cabelleras, el fondo oscuro confundiéndose con la vestimenta que resaltaba especialmente los rostros, de la mano de esos señores Ámsterdam había desplazado a Amberes como nodo donde los bienes convergían para volver a ser distribuidos: los granos y la madera del norte se intercambiaban por los vinos, las especias y los metales preciosos del sur. Detrás de la prosperidad de pescadores, marinos y comerciantes, en las ciudades holandesas había una industria robusta y en el campo, una agricultura próspera como hasta hoy.
El autor del libro era un tal Joachim Jansen. Había sido profesor emérito y ahora estaba jubilado y vivía en la pequeña ciudad de Urk. Sonreía con su abundante pelo canoso en una foto en la contratapa. El texto era una versión reducida en inglés de una biografía de seiscientas páginas de Johan de Witt publicada en neerlandés. A través de los ingleses podía llegar a entender a los holandeses, porque desde la isla siempre le habían prestado atención.
La rivalidad con Inglaterra por el control de las rutas comerciales y zonas de pesca, por el dominio del mar y de los territorios coloniales era despiadada. Las provincias unidas tenían una de las flotas navales más poderosas; por mar podían pelearle de igual a igual a Francia, España o Inglaterra, pero por tierra llevaban las de perder. Por una cuestión de tamaño, de magnitud vital, con las grandes potencias europeas era una batalla perdida. La cantidad de hombres disponibles para conformar un ejército limitaba el horizonte de poderío, un ejército ya de por sí sin mucha preparación ni entrenamiento, equipado con negligencia, compuesto en gran parte por mercenarios y comandantes militares extranjeros.
De Witt se la había pasado haciendo equilibrio en un delicado sistema de alianzas y rivalidades, hasta que Francia, Inglaterra y los príncipes de Múnich y Colonia se aliaron y le declararon la guerra en 1672: het raampjaar, el año del desastre. Ante la invasión de los ejércitos extranjeros se abrieron las compuertas y se materializó la línea de agua: la provincia de Holanda, el pedazo de territorio más rico y desarrollado del mundo por esos años, quedó a salvo, pero por poco tiempo.
A finales de la primavera arreciaba en La Haya un vendaval de calumnias y vilipendios contra Johan de Witt y su hermano y socio político, Cornelius. Panfletos que parecían llover del cielo, como dijo un historiador de aquel entonces, encontraban miles de formas de culpar a De Witt por la catástrofe, y pedían que el poder militar fuera asumido por Guillermo, el joven príncipe de la familia Orange. Algunos iban más allá de la denuncia y llamaban a actuar: el gran pensionario y su hermano debían ser quemados vivos, decapitados o, como en el cuadro, terminar colgando desnudos boca abajo y destripados.
Si se lo mata, estaremos a salvo. La campaña contra Johan seguía escalando y el tono de los panfletos se volvía más y más agresivo. Según el libro de Joachim Jansen, la noche del 21 de junio en La Haya Johan fue acuchillado por un grupo de orangistas. Aunque se recuperó en un par de semanas, no volvió a ocupar su cargo. Su tiempo político estaba terminado y presentó la renuncia; pidió un asiento en el Gran Consejo, que era más un refugio de la política que una continuación.
Mientras tanto, a Cornelius lo acusaron sin pruebas de estar detrás de un complot para asesinar al príncipe Guillermo I. Fue condenado al exilio. La sentencia le prohibía volver a ejercer cargos públicos y lo obligaba a pagar los costos del juicio. La turba enfurecida porque Cornelius no había sido condenado a muerte empezó a congregarse en las afueras de la prisión de Gevangenpoort. A pesar de las advertencias, Johan se dirigió hacia la cárcel a buscar a su hermano para llevarlo lejos.
A las once de la mañana, una vez que Johan pagó las costas legales, se aprestaron a salir. Pero no podían hacerlo por la entrada principal. Le preguntaron al guardiacárcel si había otra salida. Aunque había una, dijo que no. Estaba seguro de que Jansen debía de ser un historiador serio pero no podía imaginarse de qué forma había llegado a recabar un dato como ese, o si al relatar una escena así se le escaparon los estribos del novelista de aventuras.
La multitud, cada vez más inquieta, mandaba emisarios para chequear que los hermanos De Witt siguieran ahí. Empezaron a tirar piedras, se escuchaban disparos, escribía Jansen. Todavía no habían dado las cuatro de la tarde cuando la turba hizo saltar los goznes de la puerta y rompieron la cerradura a martillazos. Subieron corriendo a la habitación por la escalera angosta y encontraron a los dos hermanos leyendo: Cornelius en la cama y Johan a sus pies. Existen unos dibujos de Romeyn de Hooghe en los que se veía a la turba enardecida, empuñando lanzas, dispuesta a ajusticiar a unos hermanos De Witt con pelo largo, algo enrulado, las capas y el atuendo típico de los retratos de Rembrandt de sacerdotes de la burguesía.
Golpearon a Cornelius. Por qué toda esta violencia, preguntó Johan. Tienen que ir abajo. Para qué. Para ser asesinados. Háganlo acá. No, deben morir a la vista de todos. Cornelius fue arrastrado de su cama, y su hermano lo acompañó. A mitad de camino, Johan abrazó a su hermano. La idea era colgarlos del cadalso en la plaza, pero no llegaron con vida al patíbulo. Murieron rodeados por la turba; Cornelius primero, víctima de mosquetes, estocadas y espadazos. Johan fue puesto de rodillas, mientras exclamaba: «¡Hombres, ciudadanos! ¿Qué están haciendo?». Cubrieron con su propia capa el cráneo para que no pudiera ver la pistola que le disparó. Siguieron disparándole incluso muerto, alentados por una turba integrada por muchas personalidades de la ciudad, sacerdotes inclusive.
Los cadáveres fueron llevados hasta el patíbulo y colgados de los pies. Para muchos, el asesinato no había sido suficiente. Se subieron al cadalso apenas la guardia civil se retiró y comenzaron a atacar los cuerpos colgantes. Los desnudaron, arrancaron miembros, incluyendo los genitales, el corazón y las vísceras, como si fueran reses, escribiría un testigo más tarde. Algunos participantes incluso asaron partes y las comieron. Se decía que había quienes conservaron en formol restos mortales de los hermanos De Witt. Los verdugos completamente desquiciados, embriagados, arrancando las vísceras de los hermanos, como bestias despedazando sus presas, el ruido de la piel al abrirse, de la carne desmechada, la sangre y tejidos por doquier, los gritos de la turba, las palabras balbuceadas en esos instantes, cómo se destripaba un cuerpo, cómo se empezaba semejante acción, ¿era con las manos o con algún instrumento?, habrá distintas técnicas para destripar un cuerpo, la técnica flamenca, la antillana, la marroquí.
En la historia política holandesa tratar a alguien como si fuera De Witt significaba amenazar a una personalidad política con la violencia mortal de la multitud. Lo dewittearon, lo psicodewittearon. En qué medida estaba todavía presente eso en el pueblo, aunque fuera de forma latente, residual, esa violencia y barbarie, aunque barbarie no era la palabra correcta, o en realidad sí, porque los pueblos originarios del territorio fueron tribus germánicas. Lo que nosotros, descendientes de los romanos cristianos, llamábamos «las invasiones bárbaras», entre los germánicos se llamó «el movimiento de los pueblos». Lo apocalíptico del término «invasión»; lo inexorable de la perífrasis germánica. Lo que nosotros conocemos como Segunda Guerra Mundial, para los rusos fue la «Gran Guerra Patriótica». Y así. Cómo será nombrado en el futuro el actual movimiento de los pueblos en el continente y qué...
Índice
- Primera parte. Nuestro clima
- Segunda parte. Línea de agua
- Tercera parte. Otra vez nosotros
- Sobre el autor