Del saber colaborativo al procomún
Los conocimientos secretos son la clave de todo sistema de control totalitario. Hasta que se inventó la imprenta, la palabra escrita se mantuvo durante siglos como el monopolio de una sola clase social; y hoy, el lenguaje de la matemática superior, más las misteriosas claves de las computadoras, están restaurando el secreto y el monopolio de tal saber [...] con las consiguientes consecuencias totalitarias.
Lewis Mumford, El mito de la máquina
Introducción
La funcionalidad del saber colaborativo a partir del trabajo en redes modificó la metodología del trabajo científico y el desarrollo de tecnologías. La capacidad de compartir, intercambiar, completar, trastocar, criticar, resumir y publicar en un ámbito de pensamiento global configuró la base del gran desarrollo informático y técnico de mediados del siglo XX. El código abierto fue la consigna que guió el horizonte de acción y las señas de identidad de este saber colectivo que se desarrolló en forma de red, en principio, sin centralismos institucionales y sin censura a la transmisión de datos y saberes, en un proceso crucial de socialización de la ciencia, la tecnología y el conocimiento.
Este desarrollo del saber en red se fue trasladando a otras dimensiones del conocimiento al compartir las mismas infraestructuras. El lenguaje HTML [HyperText Markup Language] que estructura la web, el copyleft y el Creative Common fueron algunas de las plataformas herederas de la lógica del código abierto que figuran como ejemplo de operatividad compartida.
El procomún es heredero de esta socialización del conocimiento, de esta red en expansión del saber colaborativo que se constituye a partir de la participación de «públicos recursivos» en la construcción de contenidos y el desarrollo de sus infraestructuras. ¿Pero qué define al procomún? ¿Es una ética, una moral de carácter humanista? ¿Una respuesta de urgencia para corregir los estragos sistémicos del capitalismo avanzado? ¿Un modo de producción colectivo?
Este texto indaga sobre las premisas que catalizan la socialización de la tecnología y sobre los puntos de vista de autores que en las últimas décadas han remarcado la importancia del bien común como un modo revulsivo de entender las relaciones de producción en el capitalismo cognitivo.
Especulación financiera y capitalismo cognitivo
En el siglo XVII los Países Bajos vivieron la furia especulativa de la tulipanomanía. Durante la década de 1630 parecía que el precio de los bulbos crecería de manera ilimitada y todo el país invirtió cuanto tenía en el comercio especulativo de tulipanes. Los beneficios llegaron al quinientos por ciento e incluso se generó un mercado de futuros de tulipanes que aún no se habían cosechado, ni aún siquiera plantado. La explosión posterior de la burbuja del tulipán llevó a la economía holandesa a la quiebra. La fantasía especulativa duró menos de un año.
Roma ya había paseado por medio mundo sus monedas con la efigie de los césares imponiendo sus símbolos, pero recién en la época dorada del oro fue cuando se terminó por establecer un patrón internacional de valor. El patrón del oro, especulativo como todos los valores impuestos, no era tan exótico como el de los tulipanes que adquirían valor en razón de las transformaciones que sufrían a causa de un parásito que lo habitaba. El oro es poco susceptible de sufrir transformaciones, es muy inerte químicamente, por lo tanto más estable y seguro, de ahí que se le denomine como un mineral noble. Es conocido que antiguos señores feudales japoneses comerciaron mucho antes que el oro, con sal y arroz como patrón de cambio, pero en el siglo XIX el mineral oro se constituyó como un valor más seguro. Se podía almacenar y guardar muchos años. La inversión en oro se demostró suficientemente seductora para no generar una burbuja que eclosione en corto tiempo. Así y todo, en la Primera Guerra Mundial los gobiernos europeos quebraron la relación de emisión de moneda local con su respaldo en oro. En Bretton Woods, en 1944, los países industrializados establecieron nuevos acuerdos internacionales por lo que desde entonces el patrón es el dólar.
El secuestro de reyes indígenas intercambiados por montañas de oro, lucrativa actividad extractivista que practicaron los ejércitos de los países coloniales, constituye una triste imagen tópica en la conciencia popular. El oro, a diferencia de los tulipanes, se puede saquear con relativa facilidad. Se puede extraer de la tierra con trabajadores esclavos, para lo cual hay que estructurar ejércitos que controlen a esos trabajadores. Se les paga a los ejércitos que controlan a la mano de obra local con el mismo oro que se extrae. Es cierto que además hay que crear toda una ingeniería social de producción y prostitución para alimentar a los ejércitos, junto a toda una enorme maquinaria que sostenga al conjunto del aparato extractivo. Lewis Mumford en su obra El mito de la máquina (1967), realizó una brillante descripción de la génesis histórica de este aparato social de control y del encadenamiento del sujeto a la máquina, un relevante alegato a las dinámicas represivas que anudan técnica y civilización.
Tras la crisis económica de los años setenta en Occidente, el oro, a pesar de no ser ya el patrón de valor estándar, pasó a ser un valor refugio, una inversión segura. Sucede ahora desde hace unos años que el valor del conocimiento y la información, los datos, han venido a superponerse al del oro. Los datos, un valor abstracto, es decir, no una materia mensurable, pasan a constituir un valor que actúa como pieza de intercambio, inversión y generador de bienes en el capitalismo cognitivo.
Las grandes corporaciones contemporáneas que dominan el tablero de las tecnologías, la información y las telecomunicaciones, almacenan una cantidad ingente de información y datos. A la vez proporcionan la información que nos permite intercambiar bienes, y si bien el conocimiento en sí mismo no actúa como un valor mensurable de poder, sirve como mediación necesaria para que el proceso de lucro económico se haga efectivo. Es lo que ahora se denomina como el capitalismo cognitivo, una nueva capa generadora de ganancias que se sustenta sobre otras capas temporales donde la forma de lucro del capital ha ido abriendo nuevos cauces. Es decir que el capitalismo cognitivo no anula otras formas de lucro aún existentes como la esclavitud en el trabajo, o el tráfico y extracción de petróleo, sino que la utiliza en la medida en que le sirva de base a nuevas formas de invención de lucro, de inversión y de movimiento especulativo.
Lo que hace original a esta nueva etapa del capitalismo es que la base del conocimiento no preexiste como materia, sino que tiene que ir creándose, tiene que ir gestándose en gerundio aquí y ahora, y aquellos sujetos encargados de poner en circulación estos conocimientos configuran una élite de profesionales técnico/científicos.
El código es un lenguaje artificial, un lenguaje numérico que permite realizar todo tipo de acciones informáticas mediante frases de bits. Configura programas de trabajo para las máquinas y además crea una serie automática de funciones entendidas como algoritmos. Hoy en día el algoritmo permite ya predecir el comportamiento de los mercados, el tiempo, el cambio climático y las guerras. Esta voluntad predictiva se está expandiendo a todo tipo de fenómenos, desde los astronómicos hasta los específicamente privados y emocionales que en apariencia son aleatorios, aunque de todas formas sospechamos que este intento de la inteligencia artificial de anular la contingencia (o quizás así de multiplicarla hasta el caos) no sea efectivo, ni posible.
En el mundo económico del intercambio de datos del capitalismo cognitivo hay que crear autopistas de información, trabajar en red, corregir y generar modos nuevos de evaluación, a veces más veloces, otras más precisos.
La esencia del dato es su movimiento, su valor de intercambio, su posición como documento y capacidad de cita, su difusión en red, su razón rizomática. La manifestación del dato es el código. Su manera de hacerse presente, su substancia. El código es el corazón que nutre al algoritmo y este el que comanda la potencia del capitalismo cognitivo a través de datos.
El filósofo de la comunicación Vilem Flusser (1967), en una fase inicial de la revolución informática, se refería a los creadores y escribas de estos códigos, a los creadores de vanguardia del algoritmo como los «pontífices», aquellos que «crean puentes» entre diferentes lenguajes y que escriben el código, lo desarrollan, lo protegen, lo expanden. Estos programadores de élite están comandados por una voluntad de conocimiento y de operatividad que a diferencia de lo sucedido en otras fases tecnológicas con la mano de obra barata que operaba la máquina, no trabajan solo por temor al soberano o al patrón, o por un salario, sino que son seducidos por la generación y propagación del código en sus formas abiertas, por la substanciación colaborativa del código entre diferentes pontífices de todo el mundo. Un religare global donde cada trabajador está en contacto continuo con otras decenas de puntos en la red que también hacen posible la órbita del dato y sus consecuencias (Kelty, 2019). Sin lugar a dudas también les tienta el valor del oro y todo aquello que permite continuar teniendo una cuota importante de beneficios y poder, pero su rol se contagia de la potencia rizomática del dato en la red y del conocimiento compartido.
La red como despliegue de saber colaborativo
Desde que la red global de Internet hizo posible el contacto entre millones de usuarios, tanto múltiple como a la vez punto a punto, el paradigma de un conocimiento colaborativo creó nuevas herramientas y formas de trabajo específicas que muchos intuyeron como el gran cambio en las relaciones de producción del capitalismo del siglo XXI.
De alguna manera, el conocimiento colaborativo que surgió a partir del software de código abierto se fue expandiendo en otras esferas de la producción y la creación. Así, este formato de creación colaborativo podía ser susceptible de alterar el mapa de la herencia de las últimas revoluciones industriales, abriendo posibilidades a una utopía de un mundo sustentable y a propuestas económicas como el decrecimiento a partir de la implementación de nuevas arquitecturas en el mundo laboral.
Todas estas crónicas de lo posible surgieron en el lapso de dos décadas donde la irrupción digital propiciaba grandes transformaciones en las relaciones materiales, temporales y espaciales a las que estábamos acostumbrados y donde se propiciaba un nuevo humanismo radical mediante teorías que alertaban sobre el umbral, sobre los límites del progreso y el crecimiento económico. De golpe, aquello colaborativo, la comunidad, lo participativo, el procomún, prácticas tan denostadas por los medios de comunicación tras la caída del muro de Berlín y la URSS, se aupaba nuevamente en el centro del discurso económico y político en busca de alternativas a los procesos destructivos del statu quo neoliberal basado en el progreso infinito.
La comunicación a tiempo real en redes, la instauración de la red global, dispuso a los internautas a utilizar el código de programación de una manera abierta, compartiendo hallazgos y necesidades. Este espíritu de intercambio de saberes había sido desde hace muchos años la base del conocimiento científico y del avance empírico de nuevas herramientas técnicas. El mundo digital y la creación en red, potencian una mente exógena/endógena que se sabe dentro del conjunto que analiza y que a la vez es capaz de observar al conjunto desde fuera como si se tratase de una maqueta (Weibel, 2001). En este sentido crea un «nosotros» que articula comunidad, que aúna a los participantes y motiva a realizar nuevas propuestas y jugadas en una especie de ajedrez múltiple. La potencia de este saber común en movimiento transformó a toda la comunidad científica y ha trastocado los roles y dimensiones del saber y del conjunto de las ciencias orgánicas e inorgánicas, de las humanidades y de la acción política. El conjunto de lo humano ha sido afectado en estas últimas dos décadas por el saber colaborativo.
En forma veloz y precisa la industria informática y el capitalismo financiero han intentado absorber estas energías creativas de «la red», que crea nuevos modelos de inversión y criptomonedas sin un control centralizado del Estado; que a un mismo tiempo genera instancias de participación democrática entre miles de usuarios y que transparenta instituciones de poder deconstruyendo los modelos y maneras de acción de las grandes corporaciones. Comunidades vinculadas al copyleft, al software de código abierto, plantean una circulación de conocimientos y experiencias que permiten vincular multitud de saberes en el desarrollo de objetivos que van mucho más allá de la informática, contaminando así a todo el sistema. Su potencial operativo es enorme.
La arquitectura abierta de la web representa un espacio sin un control central y no necesita establecer a priori restricciones en las comunicaciones punto a punto, lo que potencia el nacimiento de fenómenos absolutamente innovadores y una transformación permanente que no figura en los planes a largo o corto plazo, de una configuración premeditada. Las conexiones se van sucediendo y encadenando, creando nuevos paradigmas en forma de una semiosis ilimitada, de una transformación permanente.
Sin lugar a dudas el planteamiento de un común en la gestión de objetivos científicos, económicos o políticos, por parte de una inteligencia colectiva que modela continuamente nuevos vectores de acción, tiene consecuencias rupturistas respecto de los beneficios del sector privado. El saber colaborativo no necesariamente va en contra de los beneficios de la propiedad privada, aunque sin duda está más cerca de una utopía social de justicia colectiva que del movimiento económico-especulativo de la bolsa de valores.
La propiedad privada y la patente como cerrojo y límite de la circulación de saberes se ve seriamente afectada por este proceso de diálogo e intercambio entre miles de usuarios. El trabajo en red a causa de su propia infraestructura potencia de manera indefectible lo común. Este aspecto descentralizado y democrático es el rasgo más revolucionario de Internet, y lo convierte en una infraestructura adecuada para el desarrollo de un procomún basado en la autonomía del trabajo cognitivo y la inteligencia colectiva.
El desarrollo de la web desde 1989 a partir del protocolo HTTP [HyperText Transfer Protocol] demostró ser una fuerza inconmensurable que propició la innovación y la colaboración de usuarios, comunidades y agentes de todo tipo, como nunca antes se había hecho previamente en la sociedad, y dio lugar a modelos de innovación abiertos y a una apuesta consciente y radical por el conocimiento compartido.
Las posibilidades de colaboración entre iguales que se generó con la implementación abierta de la web a partir del protocolo de páginas en lenguaje HTML fueron prácticamente inimaginables, sobrepasando cualquier expectativa respecto de la cantidad de personas que se implicaría en este proceso capaz de desarrollar la web como una forma de comunicación universal. La puesta en uso de esta inteligencia colectiva a través de la web es lo que se dio en llamar como un nuevo «excedente cognitivo», en una metáfora que apunta a la generación de riqueza a través de la creación comunitaria de valores y saberes (Shirky, 2010, citado p...