Acto II
Escena I
Sale DON MANUEL por una de las calles, llega a su casa, tira de la campanilla; después de una breve pausa se abre la puerta, entra y queda cerrada como antes.
DON MANUEL.- Abre.
Escena II
DON GREGORIO, DOÑA ROSA. Salen los dos de casa de DON GREGORIO.
DON GREGORIO.- Bien; vete, que ya sé la casa; y aun por las señas que me das, también caigo en quien es el sujeto. (Se aparta un poco de DOÑA ROSA y vuelve después.)
DOÑA ROSA.- ¡Oh!, ¡favorezca la suerte los ardides que me inspira un inocente amor!
DON GREGORIO.- ¿No dices que has oído que se llama Don Enrique?
DOÑA ROSA.- Sí, Don Enrique.
DON GREGORIO.- Pues bien, tranquilízate. Vete adentro y déjame, que yo estaré con ese aturdido, y le diré lo que hace al caso. (Vuelve a apartarse, y se queda pensativo. Entretanto DOÑA ROSA se entra y cierra la puerta. DON GREGORIO llama a la de DON ENRIQUE.)
DOÑA ROSA.- Para una doncella, demasiado atrevimiento es éste... Pero, ¿qué persona de juicio se negará a disculparme, si considera el injusto rigor que padezco?
DON GREGORIO.- No perdamos tiempo... ¡Ah, de casa!... Gente de paz... Ya no me admiro de que el dichoso vecinito se me viniese haciendo tantas reverencias; pero yo le haré ver que su proyecto insensato no le...
Escena III
COSME, DON GREGORIO, DON ENRIQUE.
DON GREGORIO.- Qué bruto de... (Al salir COSME, da un gran tropezón con DON GREGORIO.) ¡No ve usted qué modo de salir!... ¡Por poco no me hace desnucar el bárbaro! (Mientras DON GREGORIO busca y limpia el sombrero que ha caído por el suelo, sale DON ENRIQUE, y durante la escena le trata con afectado cumplimiento, lo cual va impacientando progresivamente a DON GREGORIO.)
DON ENRIQUE.- Caballero, siento mucho que...
DON GREGORIO.- ¡Ah! Precisamente es usted el que busco.
DON ENRIQUE.- ¿A mí, señor?
DON GREGORIO.- Sí, por cierto... ¿No se llama usted Don Enrique?
DON ENRIQUE.- Para servir a usted.
DON GREGORIO.- Para servir a Dios... Pues, señor, si usted lo permite, yo tengo que hablarle.
DON ENRIQUE.- ¿Será tanta mi felicidad que pueda complacerle a usted en algo?
DON GREGORIO.- No, al contrario; yo soy el que trato de hacerle a usted un obsequio y por eso me he tomado la libertad de venir a buscarle.
DON ENRIQUE.- ¿Y usted venía a mi casa con ese intento?
DON GREGORIO.- Sí señor... ¿Y qué hay en eso de particular?
DON ENRIQUE.- ¿Pues no quiere usted que me admire? Y que envanecido con el honor de que...
DON GREGORIO.- Dejémonos ahora de honores y de envanecimientos... Vamos al caso.
DON ENRIQUE.- Pero, tómese usted la molestia de pasar adelante.
DON GREGORIO.- No hay para qué.
DON ENRIQUE.- Sí, sí, usted me hará este favor.
DON GREGORIO.- No, por cierto. Aquí estoy muy bien.
DON ENRIQUE.- ¡Oh! No es cortesía permitir que usted...
DON GREGORIO.- Pues yo le digo a usted que no quiero moverme.
DON ENRIQUE.- Será lo que usted guste. Cosme, volando, baja un taburete para el vecino. (COSME se encamina a la puerta de su casa para buscar el taburete, después se detiene dudando lo que ha de hacer.)
DON GREGORIO.- Pero si de pie le puedo a usted decir lo que...
DON ENRIQUE.- ¿De pie? ¡Oh! ¡No se trata de eso!
DON GREGORIO.- ¡Vaya, que el hombre me mortifica en forma!
COSME.- ¿Le traigo o le dejo? ¿Qué he de hacer?
DON GREGORIO.- No le traiga usted.
DON ENRIQUE.- Pero sería una desatención indisculpable...
DON GREGORIO.- Hombre, más desatención es no querer oír a quién tiene que hablar con usted.
DON ENRIQUE.- Ya oigo. (DON ENRIQUE hace ademán de ponerse el sombrero, pero al ver que DON GREGORIO le tiene aún en la mano, queda descubierto, le hace insinuaciones de que se le ponga primero. DON GREGORIO se impacienta y al fin se le ponen los dos.)
DON GREGORIO.- Así me gusta... Por Dios, dejémonos de ceremonias, que ya me... ¿Quiere usted oírme?
DON ENRIQUE.- Sí por cierto; con muchísimo gusto.
DON GREGORIO.- Dígame usted... ¿Sabe usted que yo soy tutor de una joven muy bien parecida, que vive en aquella casa de las persianas verdes y se llamó Doña Rosita?
DON ENRIQUE.- Sí, señor.
DON GREGORIO.- Pues bien; si usted lo sabe no hay para qué decírselo... ¿Y sabe usted que siendo muy de mi gusto esta niña, me interesa mucho su persona; aun más que por el pupilaje, por estar destinada al honor de ser mi mujer?
DON ENRIQUE.- No sabía eso. (Con sorpresa y sentimiento.)
DON GREGORIO.- Pues yo se lo digo a usted. Y además, le digo que si usted gusta, no trate de galanteármela y la deje en paz.
DON ENRIQUE.- ¿Quién?... ¡Yo, señor!
DON GREGORIO.- Sí, usted. No andemos ahora con disimulos.
DON ENRIQUE.- Pero, ¿quién le ha dicho a usted que yo esté enamorado de esa señorita?
DON GREGORIO.- Personas a quienes se puede dar entera fe y crédito.
DON ENRIQUE.- Pero, repito que...
DON GREGORIO.- ¡Dale!... Ella misma.
DON ENRIQUE.- ¿Ella? (Se admira y manifiesta particular interés en saber lo restante.)
DON GREGORIO.- Ella. ¿No le parece a usted que basta? Como es una muchacha muy honrada, y que me quiere bien desde su edad más tierna, acaba de hacerme relación de todo lo que pasa. Y me encarga además, que le advierta a usted que ha entendido muy bien lo que usted quiere decirla con sus miradas, desde que ha dado en la flor de seguirla los pasos; que no ignora sus deseos de usted, pero que esta conducta la ofende, y que es inútil que usted se obstine en manifestarla una pasión, tan repugnante al cariño que a mí me profesa.
DON ENRIQUE.- ¿Y dice usted que es ella misma la que le ha encargado...?
DON GREGORIO.- Sí señor, ella misma, la que me hace venir a darle a usted este consejo saludable. Y a decirle que habiendo penetrado desde luego sus intenciones de usted le hubiera dado este aviso mucho tiempo antes, si hubiese tenido alguna persona de quien fiar tan delicada comisión; pero que viéndose ya apurada y sin otro recurso, ha querido valerse de mí para que cuanto antes sepa usted que basta ya de guiñaduras; que su corazón todo es mío; y que si tiene usted un tantico de prudencia, es de esperar que dirigirá sus miras hacia otra parte. Adiós, hasta la vista. No tengo otra cosa que advertir a usted. (Se aparta de ellos, adelantándose hacia el proscenio.)
DON ENRIQUE.- Y bien, Cosme, ¿qué me dices de esto?
COSME.- Que no le debe dar a usted pesadumbre; que alguna maraña hay oculta; y sobre todo, que no desprecia su obsequio de usted la que le envía ese recado.
DON GREGORIO.- ¡Se ve que le ha hecho efecto!
DON ENRIQUE.- ¿Conque tú crees también que hay algún artificio?
COSME.- Sí... Pero vamos de aquí, porque está observándonos. (Los dos se entran en la casa de DON ENRIQUE; DON GREGORIO, después de haberlos observado, se pasea por el teatro.)
Escena IV
DON GREGORIO, DOÑA ROSA.
DON GREGORIO.- Anda, pobre hombre, anda, que no esperabas tu semejante visita... Ya se ve, ¡una niña virtuosa como ella es, con la educación que ha tenido!... Las miradas de un hombre la asustan, y se da por muy ofendida. (Mientras DON GREGORIO se pasea y hace ademanes de hablar solo, DOÑA ROSA abre su puerta y habla sin haberle visto; él por último se encamina a su casa y le sorprende hallar a DOÑA ROSA.)
DOÑA ROSA.- Yo me determino. Tal vez en la sorpresa que debe causarle no habrá entendido mi intención... ¡Oh!, es menester, si ha de acabarse esta esclavitud, no dejarle en dudas.
DON GREGORIO.- Vamos a verla y a contarla... ¡Calle! ¿Qué estabas aquí?... Ya despaché mi comisión.
DOÑA ROSA.- Bien impaciente estaba. ¿Y qué hubo?
DON GREGORIO.- Que ha surtido el efecto deseado, y el hombre queda que no sabe lo que le pasa. Al principio se me hacía el desentendido; pero luego que le aseguré que tú propia me enviabas, se confundió, no acertaba con las palabras, y no me parece que te vuelva a molestar.
DOÑA ROSA.- ¿Eso dice usted? Pues yo temo que ese bribón nos ha de dar alguna pesadumbre.
DON GREGORIO.- Pero, ¿en qué fundas ese temor, hija mía?
DOÑA ROSA.- Apenas había usted salido me fui a la pieza del jardín, a tornar un poco el fresco en la ventana, y oí que fuera de la tapia cantaba un chico, y se entretenía en tirar piedras al emparrado. Le reñí desde el balcón, diciéndole que se fuese de allí; pero él se reía y no dejaba de tirar. Como los cantos llegaba...