Breviario antipedagogista
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Breviario antipedagogista

  1. 160 páginas
  2. Spanish
  3. ePUB (apto para móviles)
  4. Disponible en iOS y Android
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Breviario antipedagogista

Descripción del libro

Alberto Royo lleva ya unos años librando la batalla contra la dictadura de la ignorancia y defendiendo una educación sensata, necesaria para todos, pero imprescindible para los más desfavorecidos. Recurriendo, como en sus anteriores libros, a la ironía y el sentido del humor, tampoco en este Breviario antipedagogista elude aquellas cuestiones que siempre han levantado ampollas entre los líderes y seguidores de la pedagogía mainstream. Citando a Montaigne, declara Royo que «no hay victoria posible cuando esta no pone término a la guerra». Y en esa lid se encuentra, convencido de que vale la pena dar la batalla y seguro de la nobleza de su causa.

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Información

Editorial
Plataforma
Año
2022
ISBN del libro electrónico
9788418927959
Categoría
Education

Hoy…

La pedagogía alternativa ya es mainstream.

Justificación

Desde la publicación de Contra la nueva educación, en 2016, he venido reivindicando una educación sensata, ilustrada y auténticamente democrática (cualidad de la que adolece un sistema que renuncia a la excelencia y termina abocando a la búsqueda, fuera de la escuela, del conocimiento que en ella comienza a escasear, una búsqueda que no será fructífera para todos los alumnos y que solo algunos podrán culminar con éxito). Pretendí ampliar mi análisis de la enseñanza, y profundizar en los males de la sociedad actual, en mi segundo ensayo: La sociedad gaseosa (2017), para aportar después una visión muy particular y, quizá, más esperanzada, en Cuaderno de un profesor (2019), que cerraba, en principio, mi trilogía educativa.
Precisamente porque no tenía previsto insistir en mis postulados educativos, debo hablar de «justificación». Pero también porque hoy en día es a los profesores que todavía queremos enseñar a quienes se nos exige probar que nuestros métodos funcionan o que nuestros planteamientos son sólidos o que vale la pena transmitir conocimientos, no así a aquellos que buscan la repercusión masiva por medio de la extravagancia y la popularidad a través del mero ejercicio del entretenimiento, respecto a los cuales el onus probandi ni siquiera se contempla como opción. Este breviario no pretende ser dogmático, sino justamente combatir el dogmatismo pedagogista, aportando argumentos, a veces a vuelapluma, casi siempre sin perder el sentido del humor («Una broma es una cosa muy seria», decía Churchill), proporcionando munición dialéctica que pueda ser utilizada contra el sinsentido educativo. Sigue siendo necesario, puede que lo sea más que nunca, presentar batalla en defensa del conocimiento, ya que seguimos sin poder contar con políticos valientes que apuesten por una educación que ampare el ascenso social de todos, independientemente de su origen y contexto social, cultural o económico. Tampoco los medios ni los personajes supuestamente influyentes parecen estar de nuestro lado, que es, estoy convencido, el justo, el que merecen nuestros alumnos e hijos y el único que puede contribuir a la mejora real de la sociedad. Este compendio de pensamientos, «acaso» caóticos y anárquicos (llamémoslos espontáneos y sinceros, que queda mejor), busca aportar, en el fondo, una visión realista del oficio, contribuir a desmentir los bulos, a reubicar ideas y a clarificar conceptos. Es urgente desmitificar nuestro trabajo, volver a lo sencillo y despojar a nuestra profesión de todo aquello que no necesita y que perjudica a quienes son los auténticos beneficiarios o víctimas de nuestros aciertos y errores: los alumnos. Por lo tanto, recordando a Montaigne, digamos que «no hay victoria posible cuando esta no pone término a la guerra». Pensemos, pues. Escribamos, hablemos, critiquemos y perseveremos en la necesaria contienda que estamos librando. Y no cejemos hasta que hayamos derrotado la ignorancia, el exhibicionismo pedagogista, la superchería y a quienes están poniendo precio a la instrucción pública, que es derecho (y también deber) de todos.

No es magia

Para aprender, no se requieren recursos asombrosos ni el proceso es especialmente complejo ni misterioso. Se necesita interés, atención, concentración (pocos estímulos, pero bien escogidos), una explicación solvente (y, a ser posible, entusiasta), una aceptable comprensión lectora, imaginación para buscar ejemplos y comparaciones, ejercitación de la memoria (para después intentar recordar lo memorizado, comprobar lo que no y completar esos huecos), contextualización y aplicación de lo aprendido a otras situaciones… Nada extraordinario como ven. Pero reconocer que la cosa no es tan compleja dejaría a muchos en el paro (o en el aula, que para ellos sería aún peor). Por eso pocos lo reconocen. No hacemos magia; aplicamos lo que sabemos y nos empeñamos en transmitirlo. No somos héroes, sino simples artesanos. Y no es algo a despreciar en estos tiempos de novolatría histérica lo de ser artesano. Somos artesanos porque pretendemos moldear a nuestros alumnos, sin manipularlos ni aprovecharnos de su bisoñez; al contrario, confiando en su capacidad para llegar más lejos de lo que ellos mismos se plantean, pero sin trucos, provocando su curiosidad y fortaleciendo su carácter. Nada de tretas. La honestidad ha de ser nuestra norma.

Experto

Un profesor ha de ser esencialmente un experto en su materia. Nadie puede ser experto en enseñanza o experto en ser experto, porque probablemente eso querrá decir que no sabe nada. Entiéndanlo: se puede ser experto en resolución de conflictos emocionales (algunos llaman a esta figura «psicólogo») o experto en cómo debemos enseñar los que enseñamos (y ese perfil lleva premio, OIGA, lleva premio) o experto en dinámica de grupos (llámenlo «monitor de tiempo libre») o experto en motivar (¡coach! —tanto ventilar con la COVID-19…) o experto en tratar disfunciones (o sea, terapeuta) o experto en entretener (actor, payaso, humorista…) o experto en empatía (¿trabajador social?) o experto en compasión (¿sacerdote?). Pero, sin desmerecer ninguna de las cualidades mencionadas, la realidad es que no hay ni una sola imprescindible…, excepto SABER. Digo más: recelen del profesor que subraya estas cualidades y no su dominio de la materia que enseña. No somos tan completos, ni en lo profesional ni en lo personal. Tenemos nuestras lagunas, pero son las «epistemológicas» las que más nos deben preocupar. Por eso tenemos la obligación de estar en continua formación y actualización, de saber cada vez más y de estar en disposición de ir adaptando lo que sabemos a las circunstancias que nos encontramos para poder así transmitirlo mejor.

«Conocimientos de pedagogía»

Me sorprende que escueza tanto la supuesta intención del ministerio de contratar profesores «sin conocimientos de pedagogía». Quiero decir que me sorprende entre colegas que apuestan por el conocimiento. Porque, seamos claros, hoy en día el principal enemigo del auténtico conocimiento es el pedagogismo. Lo único malo de esta medida es que sería temporal, pero que por un tiempo los profesionales que accedan al oficio lo hicieran sin exigencias de carísimos y absurdos másteres de docencia y sin limitaciones pedagográticas, qué quieren, a mí me haría como ilusión y me llevaría a soñar con un futuro educativo sin gurús ni singermornings-changemakers, un futuro en el que la didáctica fuera auxiliar del saber y no sustituta, y en el que ningún profesor se avergonzara de enseñar. Intuyo que con esta publicación perderé seguidores, contactos, amigos o como queramos llamarlo. No saben el disgusto que me voy a llevar, pero lo superaré. Por Tutatis que aprenderé a gestionar mis emociones.

Cómo eliminar el fracaso escolar en tres sencillos pasos:

  1. Se reducen los contenidos para que cualquiera pueda alcanzarlos.
  2. Se establecen contenidos «mínimos» para reducir al mínimo las posibilidades de que algún alumno no llegue a alcanzarlos.
  3. Se convierten los contenidos mínimos en contenidos «orientativos» para que sea totalmente imposible que alguien no los alcance.
Ya no hay fracaso porque ya no hay éxito.

Datos

«No solo hay que meter datos en la cabeza», repiten los que nos dicen a los que enseñamos cómo debemos enseñar. Y no, claro que no. Nadie en su sano juicio reduciría la enseñanza a los datos ni defendería una metodología que se limitara a las fechas o los nombres, dejando a un lado toda capacidad de reflexión, de síntesis o de contextualización. Pero tan estúpido es hacer esto como dejar a un lado los datos o quitarles importancia alegando que restan tiempo o esfuerzo (¡o neuronas, a saber!) que podría utilizarse para ¿reflexionar? Porque los datos no restan. Los datos suman. Los datos facilitan la comprensión. Se necesitan los datos para poder reflexionar con rigor sobre los acontecimientos que enmarcan. No puede haber reflexión sin datos, como no puede desarrollarse el espíritu crítico sin conocimientos. No renunciemos a algo que enriquece el aprendizaje porque no esté de moda. Busquemos todas las vías posibles para lograr que nuestros alumnos aprendan. No hay metodología eficaz sin flexibilidad, variedad y seriedad, en el mejor sentido del término. Yo lo tengo claro: estoy decidido a que mis alumnos se conviertan en personas críticas y reflexivas, capaces de cuestionarse las cosas y de extraer conclusiones por sí mismos. Y para eso necesitarán datos.

Sin medias tintas

Si avanza el pedagogismo, retrocede el conocimiento.

Disposición

Escribo estas líneas después de haber vuelto a casa con la sensación de haber dado lo que podría calificar como «una clase de mierda». Y eso que la llevaba muy bien preparada, pero hay días en que uno no está fino. Y eso que tenía la ilusión, como siempre, y estaba más descansado después de unos días festivos, de acercarme lo más posible a lo que otros aborrecen: la clase magistral. Siempre me propongo ir hacia ese ideal, aunque todavía estoy muy lejos. Pensándolo ahora con desapasionamiento, me doy cuenta de que la clase ha sido aprovechable y de que mis alumnos han trabajado bien a pesar de no haber sido mi mejor día. ¿Y saben por qué lo ha sido? En parte, por el valor de los contenidos y los sublimes ejemplos de Garcilaso, Juan del Encina, Botticelli, Janequin, Brunelleschi, Il Perugino, Miguel Ángel, Fra Angelico, Palestrina, Dufay, Victoria, Milán, Dowland… Pero, por encima de todo, por el INTERÉS de mis alumnos. Son ellos los que han salvado esta clase. Han compensado mi poco «duend...

Índice

  1. Cubierta
  2. Portada
  3. Créditos
  4. Dedicatoria
  5. Epígrafe
  6. Prólogo, de Ramon Fontserè
  7. Breviario antipedagogista
  8. Colofón