Sobre humanismos Anotaciones lacanianas
«El francés es la lengua en la que me expreso, no veo por qué no aprovecharla. Si yo hablara otra, encontraría otra cosa».
J. Lacan
Desde el humanismo clásico
Decir en el siglo XXI «Renacimiento italiano» puede parecer una idea vaga, entre el espejismo y la confusión. Sin embargo, Lacan le arrojó un adjetivo preciso: «oscurantista». Lo sabía. Los liceístas de la burguesía europea como Freud y Lacan estudiaban las humanidades que empezaban por ser grecolatinas. No iban a faltar Ovidio, Virgilio, Cátulo o Séneca. A Freud no le faltó Miguel de Cervantes. Después leerían a los grandes clásicos de sus literaturas nacionales. A Lacan, adolescente cuando leía a Spinoza, no se le escapaba que la vuelta renacentista a la antigüedad evitaba la inquietud de las querellas estalladas en París y en Oxford; los nuevos problemas lógicos anunciaban el quiebre luterano, luego cartesiano. ¿Qué de eso nos llega a nosotros? Nada. Me vuelven las clases de latín idealmente incrustadas en la escuela secundaria; ¿qué recuerdo de las cartas de Cicerón salvo el saludo a su mujer Terencia? Dice Rodolfo Kusch: «La Universidad fabrica lo Occidental en nosotros, pero al fin en Latinoamérica somos occidentales que olvidaron lo aprendido».
Cuando el Imperio romano agregó Grecia a sus conquistas (en 148 a. C.), el latino hizo inmediato uso práctico de su deslumbramiento absoluto ante la cultura griega. Obras y artistas, filósofos y sofistas, textos, traductores, maestros y retóricos se derramaron por todo el Imperio. Unas décadas después de Ovidio, Séneca escribía su prosa moral, cuyo estoicismo pasaría al humanismo italiano del siglo XIV. Hubo una gran literatura greco latina. Y esta fascinó a unos medievales cultos, como Dante y Petrarca; eran exquisitos, ricos, hartos de la obediencia a la Iglesia medieval aunque sin abandonarla. Después de todo la Iglesia les había enseñado el examen de conciencia, y ellos, precursores de los humanistas por venir, cultísimos, hábiles en todos los campos de la palabra erudita, bien podían examinar su rica subjetividad y usar la introspección, sincera y dramática, para contemplarse a sí mismos y encontrar en sí mismos toda la grandeza humana, y en la intersubjetividad el sueño: «¡Ah! ¡Ojalá tú hubieras vivido conmigo en la ciudad! El trato continuado contigo habría hecho mis estudios más livianos…» ¿Y qué decir del amor? Errore giovannile…
Dante (1205-1321) con La vita nuova, poesía lírica, inventaba el «primer diario sentimental de la historia». Junto con Petrarca, fueron los poetas del amor desgraciado (él se lamenta y ella dice no). Con su elegantísima prosa, el alegre Boccacio lanzó sus cuentos del Decamerón; ahí todos gozan. La impronta petrarquiana de il dolce stil nuovo, una poética y una retórica amorosa, llegó a los poetas franceses y españoles en los siglos XV y XVI. Si bien Francesco Petrarca (1304-1374) era medieval y un católico devoto, su espíritu atormentado por ansias de autonomía moral lo hicieron como el precursor de la modernidad. ¿De qué modernidad? La de uno, poeta, acosado por la turbulencia de los tiempos, que se atrevía a imaginar: «¡Quisiera haber nacido en otro tiempo!» ¡En el tiempo de Cicerón, Horacio, Virgilio, San Agustín! Y que se atrevía a escribir:
Lo que solía amar, ya no lo amo; miento, lo amo pero menos. He aquí que he vuelto a mentir: lo amo, pero más vergonzosamente, con mayor tristeza; finalmente ya he dicho la verdad. Pues así es como es: amo lo que querría no amar, lo que desearía odiar; no obstante, amo, pero contra mi voluntad, forzado, coaccionado, con pesar y deplorándolo. Y reconozco en mí el sentido de aquel famosísimo verso: «Odiaré, si puedo; si no, amaré a mi pesar». No han transcurrido aún tres años desde que aquella voluntad disoluta y perversa, que me dominaba del todo y reinaba en el castillo de mi corazón sin que nada se le opusiera, comenzó a verse reemplazada por otra, rebelde y reluctante. Entre ambas se ha entablado desde entonces una lucha agotadora, que tiene como campo de batalla mi mente, por el dominio del dividido que hay en mí.
Se vislumbra el desgarro de la modernidad en este humanismo clásico que eclosionó en la Italia del siglo XV; los humanistas leían a los clásicos latinos y creían en las palabras por sobre todas las cosas. Soñaban con el poder transformador de los estudios que ellos llamaron humanidades, y con el de su propia inmensa producción escrita. En el quatrocento italiano que dio al genio de Leonardo da Vinci (1452-1519), los hubo filólogos, retóricos, matemáticos, juristas, artistas, y mucho más pues incursionaron en todo lo imaginable. Algunos escritos fueron verdaderos manifiestos. Florencia fue el centro, después Roma y Venecia, Siena y Milán. Casi siempre lejos de las penurias de los campesinos pobres y analfabetos que los servían, de las violentas guerras entre ciudades Estado, de las contiendas europeas, del intricado mundo de las relaciones de poder que Nicolás Maquiavelo (1460-1527) desnuda para Lorenzo de Medici el Magnífico, aprovechando una larga experiencia en las cosas modernas y una prolongada lectura de los antiguos.
El piadoso Giovanni Pico della Mirandola (1463-1494) hace el elogio del hombre, inventor de las artes, microcosmo, insuperable en dignidad, «un gran milagro y un ser maravilloso». Pero Leon Battista Alberti es más pesimista; en sus Entremeses muestra el fracaso de la débil Virtud ante la diosa Fortuna, desenvuelta, insolente, temeraria, borracha, y rodeada, como una muralla, de una turba de hombres armados.
Un par de anotaciones más sobre el umanessimo italiano del quatrocento. El Renacimiento italiano, con su prodigiosa arquitectura, se nutría de sus antiguos y fuertes lazos con el reino de Bizancio. Pese a la conflagración social económica política que los rodeaba, su situación geográfica los ponía en un lugar aparte. Frecuentaban las culturas bizantina e islámica, sus artes y supersticiones. Amaban los textos de la antigüedad griega y latina, y se adelantaron a los grandes temas del siglo XVI, el determinismo y la libertad. Las mujeres estudiaron literatura y filología, y los príncipes de la Iglesia gozaron del ámbito rico y culto donde los humanistas, ya claros opositores del pasado medieval y adoradores de la latinidad antigua, buscaron prestigio (cada uno según sus aspiraciones económicas y políticas).
Se podría decir que pronto, en 1513, con el descubrimiento de la ruta atlántica, la Fortuna iba a trastornar las relaciones de fuerza. El comercio, las migraciones y el aluvión de papel de la imprenta pasaron, junto con las heterodoxias, por la Europa del Norte, lejos del ojo vigilante de Roma. Nace el ámbito propicio para la Reforma. En las artes del cinquecento aparecen «las depravaciones ópticas» o anamorfosis, «que hacen ver las cosas como no son»; lo aparente eclipsa lo real por «una poética de la abstracción»: si se traslada al plano oblicuo cada punto de un dibujo se obtiene una imagen deformada. La anamorfosis, dice Lacan, al desviar el trayecto de la luz hace visible, desde Archimboldo hasta Dalí, «al sujeto como anonadado», pero a la vez muestra el privilegio de la visión, su posibilidad de ser integrada a la función del deseo como lo inatrapable por el ojo.
Hans Holbein, que ilustró en 1515 el Elogio de la locura de Erasmo, pintó en 1533 su célebre retrato de Los Embajadores, dos jóvenes —uno obispo—, rodeados de los más exquisitos símbolos de la riqueza y el prestigio, de las artes y las ciencias, en medio de los cuales la figura anamorfótica de una calavera es mancha solo identificable desde un punto de vista; además, una cortina deja ver un crucifijo. La muerte, la caducidad, la vanidad de lo terrestre dan el clima de la Reforma, su densidad espiritual.
Entretanto, los antiguos romans corteses de Francia se convierten en España en libros de caballerías; impresos y leídos en toda Europa por todas las clases sociales, darán el clima humanista para que los Reyes de Castilla y Aragón, en perpetua crisis financiera, se lancen a la aventura de las Indias Orientales. No menos las novelas de caballerías proveerían largamente hidalgos y tripulantes para los peligrosos y fabulosos viajes de exploración, conquista y colonización; en la loca aventura huían del mundo barroco cerrado, retorcido e impredecible de la Contrarreforma. Es la España asfixiante de los Habsburgo. Antes de crear a su Don Quijote, Miguel de Cervantes, héroe de Lepanto, se había postulado para servir en las Indias. Su solicitud fue dos veces denegada por el taciturno Felipe II.
El joven filósofo Peter Sloterdijk leyó bien cuando dijo del humanismo: «una solidaridad predestinada entre los elegidos que saben leer». En su explosivo discurso de 1999, todavía afectada Alemania por la vergüenza y la culpa de la última gu...