SEGUNDA PARTE:
IMAGINARIOS SOCIALES, SÍMBOLOS Y ESPACIOS DE CIUDAD
CAROLINA CÁCERES DELGADILLO
La presente ruta de exploración de los imaginarios sociales en Colombia está dividida en dos apartados, a saber: en el primero, titulado “Imaginarios y ciudad nómada”, se presenta el marco teórico y la metodología con los cuales se abordará el objeto de estudio (los imaginarios sociales). En el segundo apartado, titulado Inner City Blues, se muestran los resultados de una experiencia audiovisual (video Directo K-10), que se hace a partir del estudio sobre la paradigmática carrera Décima de Bogotá y cómo esta se convierte en un espacio de construcción y desarrollo de imaginarios sociales de la ciudad y en una línea fundamental de interpretación y análisis de los lenguajes simbólicos de la Bogotá profunda.
Imaginarios y ciudad nómada. Lecturas contemporáneas
Dices: “Iré a otra tierra, hacia otro mar
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
Y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.
Donde vuelvo los ojos solo veo
las oscuras ruinas de mi vida
y los muchos años que aquí pasé o destruí”.
No hallarás otra tierra ni otro mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad es siempre la misma. Otra no busques —no la hay—
ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.
CONSTANTINO CAVAFIS, “La ciudad”
Quizás hoy, en mayor proporción, la imagen ha influido profundamente en los procesos sociales y culturales, con lo que ha adquirido una dimensión privilegiada; y no es para menos si se tiene en cuenta que la “civilización de la imagen”, como la denomina Gilbert Durand (2000, p. 17), funda su poder en la capacidad de los medios de comunicación para la circulación y el consumo del lenguaje audiovisual. Así, lo que hace apenas doscientos años estaba circunscrito al universo ritual, del carnaval y la liturgia, hoy inunda tanto la vida privada como social del hombre promedio, la imagen se pone al servicio de la entretención y el marketing mientras estos, al mismo tiempo, imponen sus formas específicas de duración, fondo y forma al lenguaje audiovisual.
En el imperio actual de los medios de comunicación, en el que abunda toda clase de material y cuyo vehículo de comunicación es fundamentalmente la imagen, se ha logrado en alguna medida democratizar la información y abrir una nueva e innegable relación con la opinión pública; no obstante, aumenta potencialmente la manipulación de las masas, las “fake news”, los fraudes informáticos y otros tantos aspectos que nos ponen frente a fenómenos como la posverdad, lo mediático, la banalización de la mentira y la desinformación (Llorente, 2017, p. 9). La fatal demagogia informativa está constituida esencialmente de imágenes, lo cual permite que, cada vez y con más fuerza, la apariencia (desprestigio común de la relevancia antropológica de la imagen), la emotividad y la emoción se impongan frente a la razón, lo objetivo y la misma verdad. Dicha transformación de los valores sociales ha permeado a la política y de forma arbitraria y exponencial ha penetrado la esfera de lo empresarial (tanto público como privado), lo publicitario, lo financiero, lo cultural y, lamentablemente, también lo educativo (Zarzalejos, 2017, p. 12).
La crisis de la verdad está acompañada del triunfo de lo aparente. En este panorama, la imagen adquiere matices insospechados; requiere ángulos inéditos para su comprensión y el desarrollo de nuevas competencias de sus lectores. Para esto, es fundamental repensar no solo la suficiencia de los mecanismos teóricos para su análisis, sino también propuestas nuevas de rutas experienciales (urgentes y renovadas) para su observación y la prevalencia de su indiscutible poder como herramienta ideológica y, en consecuencia, en el desarrollo individual y social del hombre.
Diferentes teorías sobre imagen, símbolo e imaginarios
La imagen como parte fundamental en el desarrollo del lenguaje es empleada para abstraer las esencias de los objetos; su principal función es la de representar y captar el espíritu de las formas de la naturaleza, esa naturaleza que debe ser no solo aprehendida, sino también domesticada. La imagen fue la primera tecnología para llegar al dominio de los espacios y de los fenómenos, todos los pueblos primitivos coincidían en su uso; de tal manera, se entronizó en el esbozo del mundo cultural, mientras religaba a los objetos y a las fuerzas naturales con el universo abstracto-metafísico del lenguaje (significado), de ahí su valor fundamental en el ritual y en la creencia. Las manos y el bisonte teñidos en las cuevas de Altamira, por ejemplo, evocan el espíritu de la bestia tanto como la incertidumbre de la vida y de la muerte de esos primeros hombres que se atrevieron a capturar su ciclo en las paredes.
El poder de la imagen supera la simple representatividad y se convierte en un lenguaje en sí mismo a través de los símbolos. De esta manera, la imagen abre sus significados y se hace polisémica. Es allí cuando, en su uso, se crean redes semánticas que permiten una comunicación más amplia con nuestro entorno y con los demás miembros de la comunidad. En ese sentido, la imagen y la facultad de crearla (la imaginación) se convierten en un elemento antropológico fundamental en el desarrollo individual y en el devenir colectivo de las sociedades por medio de los imaginarios.
Sin embargo, pese a su importancia tanto en el desarrollo del pensamiento abstracto como en el del lenguaje articulado, la imagen y la imaginación han sido vistas con cierta sospecha por ser consideradas fuente de engaños. Esta concepción se radicalizó en el racionalismo francés del siglo XVII, y las ideas de que la imaginación solo provoca espejismos y que la imagen es solo una ficción (Wünenburger, 1999, p. 21) se mantuvieron, sin mayores variaciones, en los presupuestos de la filosofía tradicional hasta finales del siglo XX.
Al ser una facultad de la conciencia, a la imaginación se la asociaba con construcciones puramente subjetivas, de percepciones espontáneas que implican apenas acercamientos a lo real; de tal manera, se consideraba que todo aquello que pasara por su tamiz se empobrecía, ya que la imaginación generaría una especie de “objetos sombra”, una imagen reducida del mundo. Jean Paul Sartre, por ejemplo, afirma que la imaginación crea al menos dos errores esenciales: el primero es “la ilusión de inmanencia” (1976, p. 4) de la imagen, lo que implica que el objeto se agota en la imagen, siendo esta una de múltiples posibilidades de representación, sin que ella sea el objeto o que el objeto se agote en ella; el segundo es que la imagen no puede ser más que una simple relación entre la conciencia (de quien la crea) y el objeto; en otras palabras, la imagen es una forma de aparecer subjetiva e individual y, por lo tanto, arbitraria de la realidad.
Otro aspecto fundamental que ensombreció el poder de la imaginación fue su instalación en objetos mágicos y tránsitos adivinatorios, en un ámbito exclusivamente onírico e intuitivo de un conjunto de ‘motivaciones cosmológicas’. Y así, todo aquello que implicara el uso de la imaginación correspondía a mecanismos movidos por la inspiración y se convertiría inmediatamente en un efecto fantasma, en algo que aparece de manera caprichosa e indeterminada, lo que explica que tanto a la imagen como a la imaginación se les haya relegado de cualquier proceso de conocimiento objetivo. Todo valor o lectura que de ellas partiera no sería más que una representación subjetiva y poco fiable de la realidad.
En este panorama adverso, y gracias a los estudios que desde la psicología, la antropología y la sociología se hacen sobre el papel de la subjetividad en los procesos cognitivos individuales y en la construcción de identidades, se produce un cambio positivo en la valoración de la imaginación y lo imaginario. También, la hermenéutica y la filosofía aportan distintos enfoques que permiten determinar el papel de la imagen y la imaginación en el desarrollo de la cultura y su incidencia en la evolución del pensamiento occidental. La reflexión, la interpretación y la semiótica se convierten en modelos disciplinares auxiliares a todas las ciencias humanas.
A partir de Freud, se comprende que la imaginación es un elemento inherente al conocimiento de la realidad (Silva, 1983), porque no solo nos permite darle un cuerpo de imágenes a toda huella perceptiva, sino también que toda elaboración creativa surge de esta misma facultad que nos permite, además de sintetizar y reproducir la realidad observada, generar representaciones y crear símbolos.
En defensa de la imaginación, Kierkegaard añade que la vida individual corresponde más al campo de lo imaginario que al campo de lo objetivo y concreto. Esto no presupone una negación de la realidad material, pero sí implica que la vivencia y experiencia existencial corresponde a una única y profunda ecuación personal, que surge en la imaginación y en la capacidad simbólica del lenguaje articulado. Para Kierkegaard, la experiencia del mundo exige una seria y continua lectura de símbolos e imágenes, y en consecuencia, es una creación humana que parte de una intrincada red de relaciones simbólicas: antes de materializarse, de reproducirse o de ser en el mundo real, cada objeto, cada concepto, cada categoría o idea es una imagen.
Ernest Cassirer, por otra parte, afirma que la mente humana tiene una incapacidad profunda para darles a los objetos un solo sentido o un solo significado; a esto él lo denomina “pregnancia simbólica” (Silva, 1983, p. 86), lo que implica que lo inconsciente también cumple un papel fundamental en el pensamiento y que el pensamiento es, ante todo, pensamiento simbólico.
A partir de los estudios de Gilbert Durand sobre el mito y lo simbólico, se ha descubierto que la imaginación es la base del pensamiento abstracto y el fundamento mismo del lenguaje; gracias a la facultad de crear imágenes, podemos hacer recubrimientos semánticos dados por la perspectiva particular desde la cual observamos el mundo de los fenómenos, y manifestar nuestro universo interior en relación con el “conjunto de motivaciones” que compartimos con la colectividad.
La imaginación también nos ayuda a almacenar los datos sensibles de la realidad, que posteriormente se convertirán en abstracciones. Posee una doble naturaleza; por un lado, ayuda a construir el universo individual del hombre que imagina y, por otro lado, gracias a su capacidad simbólica, amplía el espectro de comprensión entre sujetos dentro de un colectivo; en este caso, ya no solo hablamos de imágenes de correspondencia 1:1 con el mundo circundante, sino también de imaginarios, que es otra de las múltiples posibilidades que abre la imaginación dialogante.
Según Durand (1981, p. 39), la imaginación delimita las relaciones intersubjetivas y el universo cultural de los pueblos. De hecho, el mundo interior y subjetivo de cada uno de nosotros se construye a partir de un conjunto de imágenes que posteriormente se convertirán en entretejidos simbólicos desde los cuales entramos en contacto con la realidad, hacemos lecturas particulares de todo cuanto nos rodea, podemos adelantar, predecir, anticipar, recordar, construir, proponer nuevas rutas de desarrollo de nuestros propios pensamientos y con ellas edificar nuestra personalidad. Pero la imaginación no se agota en la construcción de un mundo interior; a través de ella entramos en contacto con la otredad, nos comunicamos con otras subjetividades y construimos cultura.
Adela Cortina (citada en Baeza, 2008, p. 145) sostiene que la imaginación es una función psíquica, compleja, dinámica y estructural, cuyo trabajo consiste en producir —en sentido amplio— imágenes de diverso orden (perceptual, mnémico, racional, instintivo, pulsional, afectivo, social, consciente, inconsciente, objetivo, etc.) que sirven como catalizadores entre el mundo subjetivo y perceptual de los individuos y el mundo fenoménico del dato objetivo. La imaginación es la más poderosa herramienta de la que disponemos para almacenar recuerdos e información esencial para conservar la vida y, al mismo tiempo, para la abtracción y el pensamiento complejo. En el acto de imaginar, se emplean interconexiones cerebrales en las que juegan un papel esencial nuestras capacidades tanto conceptuales como perceptuales.
Pero la imagen y la imaginación amplían su campo de acción en el imaginario y el símbolo, que se convierten en su forma de representación, ya que es por medio de ellos que se elabora todo un complejo sistema de comunicación que supera las limitaciones contingentes e históricas de la vida individual del hombre. Tan es así que es a través de ellos que aún podemos establecer algun nivel de comprensión con nuestros antepasados más lejanos, mientras fijamos el conocimiento de las próximas generaciones que deberán hacer el mismo ejercicio de comprensión del mundo....