A LORD ALFRED DOUGLAS
Prisión de Su Majestad
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[Enero-Marzo 1897]
Querido Bosie:
Tras larga y vana espera, me decido a escribirte por tu bien y por el mío. Me desagrada pensar que he pasado dos largos años de encarcelamiento sin recibir jamás una línea tuya, ni siquiera noticias o al menos un recado, excepto aquellos que me causaron dolor.
Nuestra desdichada y lamentable amistad terminó para mí en la ruina y la infamia pública. Sin embargo el recuerdo de nuestro antiguo afecto me acompaña a menudo, y me resulta muy triste la idea de que odio, amargura y desprecio deban ocupar para siempre el sitio que en mi corazón perteneció una vez al amor. Y creo que tú también sentirás en tu corazón que sería mejor escribirme mientras yazgo en la soledad de la vida carcelaria, en vez de publicar mis cartas sin permiso o dedicarme poemas sin consulta –aunque el mundo nada llegue a saber de las palabras de pena o de pasión, de remordimiento o indiferencia que puedas enviarme como respuesta o súplica.
Sin duda habrá muchas cosas que hieran vivamente tu vanidad en esta carta que debo escribirte respecto a tu vida y la mía, el pasado y el futuro, las dulces cosas trocadas en amargura y las cosas amargas que pueden convertirse en alegría. De ser así, lee y relee mi carta hasta que aniquile tu vanidad. Si encuentras algo de lo que te sientas injustamente acusado, recuerda que uno debe sentirse agradecido si hay una sola falta de la que puede ser injustamente acusado. Si algún párrafo hace brotar tus lágrimas, llora como lloramos en la cárcel, donde día y noche están reservados para el llanto. Es lo único que puede salvarte. Estarás completamente perdido si te quejas –como hiciste a causa del desprecio que mostré hacia ti en una carta a Robbie– para que tu madre te adule y te sosiegue hasta devolverte tu egolatría y engreimiento. Si encuentras una sola falsa disculpa muy pronto hallarás otras cien y serás lo que eras. ¿Aún crees, como dijiste en tu respuesta a Robbie, que te “atribuyo motivos indignos”? No, en tu vida no existen motivos: solamente apetitos. Un motivo es un fin intelectual. ¿Que eras “muy joven” cuando empezó nuestra amistad? Tu defecto no era saber tan poco de la vida sino saber tanto. Para ti ya estaba muy atrás la alborada de la infancia con su delicado florecimiento, su clara y pura luz, su alegría de inocencia y esperanza. Con pies ligeros pasaste del romanticismo al realismo. El arroyo y las cosas que pululan en él habían empezado a fascinarte. Éste fue el origen del problema para el que me pediste ayuda. Te la di por compasión y por bondad, de un modo que la cordura de este mundo juzgaría imprudente. Debes leer esta carta de principio a fin, aunque cada palabra se vuelva para ti como el cauterio o el bisturí del cirujano que abrasa o hace sangrar la carne delicada. Recuerda que no es lo mismo un insensato ante los ojos de los hombres que ante los ojos de los dioses. Puede estar lleno de la sabiduría más encantadora un hombre por completo ignorante de las formas del arte en su revolución, o los estados de ánimo del pensamiento en su progreso, la pompa del verso latino o la mayor riqueza musical del vocálico griego, la escultura toscana o la poesía isabelina. El verdadero insensato de quien los dioses se burlan o al que destruyen es el que no se conoce a sí mismo. Durante mucho tiempo fui uno de ellos. Y tú también lo fuiste durante mucho tiempo. Deja de serlo. No temas. El vicio supremo es la limitación de espíritu. Todo lo que se comprende está bien. Ten presente que si leer esto te hace sufrir más me duele escribirlo. Los Poderes Invisibles fueron benévolos contigo. Te permitieron ver las formas extrañas y trágicas de la vida como sombras a través de un cristal. Te fue dado mirar, nada más en un espejo, la cabeza de Medusa que petrifica a los vivos. Paseas libre entre las flores mientras que a mí el hermoso mundo del color y el movimiento me ha sido arrebatado.
Comenzaré por decirte que me hago los más terribles reproches. Confinado en esta celda sombría, vestido con uniforme de presidiario, en la ruina y en la deshonra, me reprocho. En las perturbadas y espasmódicas noches de angustia, en los largos monótonos días de dolor no hago más que reprocharme a mí mismo. Me reprocho por haber permitido que dominara enteramente mi vida una amistad no-intelectual cuyo primer objetivo no era la creación y contemplación de las cosas bellas. Desde un principio se abrió entre nosotros un abismo inmenso. Habías sido indolente en la escuela, algo peor que indolente en la universidad. No comprendiste que un artista –especialmente un artista como yo, en quien la categoría de la obra depende de la intensificación de la personalidad– requiere para el desarrollo de su arte ideas compartidas, atmósfera intelectual, quietud, paz y soledad. Admirabas mis obras al verlas terminadas. Disfrutabas del éxito brillante de mis estrenos y las espléndidas cenas que se daban después. Te sentías muy orgulloso, como es natural, de ser el amigo íntimo de un artista tan distinguido; pero no podías entender las condiciones que se requieren para producir una obra artística. Al recordarte que durante el tiempo en que estuvimos juntos no escribí una línea no hablo con exageración retórica sino en términos de absoluta verdad y basándome en hechos reales. Mi vida, mientras permaneciste a mi lado, fue completamente estéril, no-creadora, en Torquay,[6] Goring,[7] Londres, Florencia y en todas partes. Y lamento decir que, excepto en algunos intervalos, estuviste siempre a mi lado.
Recuerdo, para citar sólo un ejemplo, que en septiembre de 1893 alquilé un piso exclusivamente para trabajar sin molestias pues John Hare me urgía a cumplir el contrato por medio del cual me comprometí a entregarle una obra nueva. Durante la primera semana te mantuviste lejos. Habíamos discrepado, lo que no tiene nada de raro, a propósito del valor artístico de tu traducción de Salomé.[8] Te limitaste a mandarme cartas estúpidas acerca de esto. Durante esa semana comencé y terminé en todos sus detalles, tal y como fue representado, el primer acto de Un marido ideal.[9] A la siguiente semana regresaste y de hecho tuve que abandonar mi obra. Todos los días a las once y media llegaba a Saint James Place para tener oportunidad de pensar y escribir sin las inevitables interrupciones de mi casa, por tranquila y pacífica que fuera. Mis intentos resultaron inútiles. Aparecías a las doce y te quedabas a fumar cigarrillos y charlar ociosamente hasta la una y media, hora en que tenía que llevarte a almorzar al Café Royal[10] o al Berkeley.[11] El almuerzo, con sus licores de sobremesa, se prolongaba por regla general hasta las tres y media. Durante un rato te ibas al White’s Club.[12] Regresabas a la hora del té y permanecías hasta que llegaba el momento de vestirte para la comida que tomabas conmigo en el Savoy[13] o en Tite Street.[14] No nos separábamos hasta la medianoche, cuando la cena en Willy’s[15] era el remate de la jornada fascinante. Ésta fue mi vida cotidiana durante aquel trimestre, salvo los cuatro días en que estuviste en Francia. Naturalmente tuve que ir a Calais[16] para traerte de regreso. A una persona de mi carácter y temperamento esta situación le resultaba a la vez grotesca y trágica.
Ahora seguramente te das cuenta. Debes reconocer que tu incapacidad para estar solo, tu índole tan exigente en su insaciable empeño de ocupar la atención y el tiempo ajenos, tu absoluta ineptitud para la concentración intelectual, el desdichado accidente (prefiero creer que sólo fue eso) que te impidió adquirir el “temperamento de Oxford” en cuestiones intelectuales –esto es, que en ningún momento hayas sido capaz de jugar elegantemente con las ideas en vez de imponer tus opiniones por la violencia– todas estas cosas, sumadas al hecho de que tus deseos e intereses estaban en la Vida y no en el Arte, fueron tan destructivas para tu progreso cultural como para mi obra artística. Me siento avergonzado al comparar mi amistad contigo con mis relaciones con hombres incluso más jóvenes, como John Gray[17] y Pierre Louÿs.[18] Mi verdadera vida, mi vida superior, estaba con ellos y con sus semejantes.
Por el momento no te hablo de los espantosos resultados de mi amistad contigo. Pienso únicamente en su calidad mientras duró. Para mí fue degradante en términos intelectuales. Tenías un talento artístico en germen, pero te conocí demasiado tarde o demasiado pronto –no sé. Cuando no estabas conmigo me sentía bien. En el momento en que, a comienzos de diciembre de aquel año, logré convencer a tu madre para que te mandase fuera de Inglaterra, rehíce la trama rota y enmarañada de mi imaginación, volví a ser dueño de mi vida y no sólo acabé los tres actos restantes de Un marido ideal sino que concebí, y casi terminé, otras dos obras de un género enteramente distinto: La tragedia florentina[19] y La santa cortesana.[20] Pero de pronto regresaste, sin invitación ni bienvenida y en circunstancias fatales para mi felicidad. Quedé incapaz de proseguir las obras inconclusas. Nunca recobré el estado de ánimo que las engendró. Ahora que has publicado un libro de versos reconocerás la verdad de cuanto he dicho en esta carta. Pero aunque no la admitas sigue siendo una horrenda certeza en la entraña de nuestra amistad. Mientras estuviste conmigo significaste la absoluta ruina de mi trabajo artístico, y al permitir que te interpusieras tercamente entre el arte y yo me atraje los mayores oprobios y acusaciones. No podías saberlo, no podías entenderlo, no podías darte cuenta. No tenía ningún derecho a esperar que lo hicieras. Tus únicos intereses eran tus comidas y tus caprichos; tus deseos se limitaban a las diversiones, a los placeres ordinarios y no tan ordinarios. Esto era lo que por entonces necesitaba o creía necesitar tu temperamento. Debí haberte prohibido entrar en mi casa y en mi estudio cuando no estabas invitado. Me reprocho infinitamente mi debilidad. Todo fue eso: simple debilidad. Media hora con el Arte siempre significó para mí más que una era contigo. Nada, en ningún momento de mi vida, tuvo la menor importancia comparado con el Arte. Pero en el caso de un artista la debilidad es un crimen cuando deja que paralice su imaginación.
Me reprocho por haberte permitido que me llevaras a la deshonra y la ruina total. Recuerdo una mañana, a principios de octubre de 1892, en que estaba sentado con tu madre en los amarillentos bosques de Bracknell.[21] En aquella época sabía muy poco de tu verdadero carácter. Había pasado un fin de semana contigo en Oxford. Permaneciste a mi lado diez días en Cromer[22] y jugamos al golf. Hablamos de ti y tu madre se refirió a tu carácter. Me indicó tus dos mayores defectos: tu vanidad y lo que llamó tu “desastrosa relación con el dinero”. Al escucharla me reí mucho, me acuerdo perfectamente. Entonces no tenía la menor idea de que tu primer defecto iba a conducirme a la cárcel y el segundo a la bancarrota. Pensé que la vanidad era como una flor que podía adornar a un joven. Respecto a tus derroches –pues creí que tu madre sólo se refería a ellos–, las virtudes de prudencia y ahorro no formaban parte de mi naturaleza ni de mi estirpe. Pero antes de que nuestra amistad cumpliera otro mes empecé a comprender lo que tu madre quiso decir. Tu insistencia en llevar una vida de gastos imprudentes y desmedidos, tus interminables peticiones de dinero, tu imposición de que yo pagara todos tus placeres aunque no los compartiese, no tardaron en causarme serias dificultades monetarias. Y lo que hizo tus abusos tan monótonos y tediosos –mientras tu férreo poder sobre mi vida se volvía cada vez más firme– fue que todo ese dinero se gastaba casi exclusivamente en los placeres de comer, beber y demás. De vez en cuando es una dicha tener nuestra mesa roja de vino y rosas; pero tú sobrepasaste el buen gusto y la templanza. Jamás pedías nada por favor y todo lo aceptabas sin dar las gracias. Llegaste a suponer que te asistía alguna forma de derecho para vivir a mis expensas con un lujo que nunca antes conociste. Por esta razón agudizabas tus apetitos; y en los últimos tiempos, si perdías en un casino de Argel,[23] te limitabas a telegrafiarme a la mañana siguiente para exigirme que depositara el importe de tus pérdidas en tu cuenta bancaria, y luego te olvidabas definitivamente del asunto.
Te darás una idea del género de vida que te empeñaste en llevar si te digo que entre el otoño de 1892 y la fecha de mi reclusión gasté contigo y en ti más de cinco mil libras en dinero contante y sonante, sin tomar en cuenta los pagarés aceptados. ¿Crees que exagero? Mis gastos regulares de un día contigo en Londres –almuerzo, comida, cena, diversiones, coches y todas esas cosas– fluctuaban entre doce y veinte libras. Los gastos de la semana estaban en proporción, naturalmente, y ascendían de ochenta a ciento treinta libras. Durante nuestros tres meses en Goring mis gastos (incluido el alquiler) llegaron a mil trescientas cuarenta libras. Con el síndico de la quiebra tuve que revisar paso a paso cada detalle de mi vida. Fue horrible. “Vivir llano y pensar alto”[24] era naturalmente un ideal que en aquella época te resultaba inalcanzable. Este despilfarro fue una desgracia para los dos. Una de las comidas más deliciosas que recuerdo la tomé con Robbie en un café del Soho y me costó en chelines aproximadamente la misma cifra que pagaba en libras por mis comidas contigo. De esa reunión con Robbie surgió el primero y el mejor de mis diálogos.[25] Idea, título, tratamiento, forma, todo salió de un cubierto de tres francos con cincuenta céntimos. De las desmesuradas cenas contigo no queda sino el recuerdo de haber comido y bebido en exceso. Y mi sometimiento a tus caprichos te resultó funesto. Ahora lo sabes. Esto te hizo a menudo ambicioso y exigente: a veces pedías sin escrúpulos y siempre sin delicadeza. En muchísimas ocasiones no había placer ni privilegio algunos en ser tu acompañante. Olvidabas, no diré la cortesía de dar las gracias, pues estas fórmulas sobran en la intimidad, sino el simple encanto de una compañía agradable, la delicia de una conversación placentera una τερπνόν κακόν, como la llamaban los griegos, y todas las atenciones y gentilezas que embellecen la vida, la acompañan y como la música armonizan las cosas y llenan de melodías los lugares desagradables o silenciosos. Y aunque te parezca extraño que alguien en mis terribles condiciones pueda hallar diferencias entre una y otra desgracia, reconozco francamente que el disparate de haber derrochado todo ese dinero en ti y de haberte permitido que malgastaras mi fortuna para tu daño y para el mío, da, a mi juicio, un toque de vulgar depravación a mi bancarrota y me hace sentir doblemente avergonzado. Yo estaba hecho para otras cosas.
Pero sobre todo me reprocho el haber permitido que me hundieras en la completa degradación moral. La base del carácter es la fuerza de voluntad. Mi fuerza de voluntad quedó completamente sometida a la tuya. Suena grotesco decirlo pero es cierto: el origen y causa de mi fatal complacencia ante tus peticiones, que iban diariamente en aumento, fueron aquellas escenas inacabables que parecías necesitar casi físicamente y durante las cuales tu espíritu y tu cuerpo se contorsionaban hasta volverse algo tan horrible de ver como de escuchar; aquella espantosa manía, heredada de tu padre, de escribir cartas repugnantes y abominables; aquella absoluta falta de control sobre tus emociones, demostrada cuando te hundías por mucho tiempo en un súbito y rencoroso silencio, así como en los accesos de una furia casi epiléptica: todas las cosas a que se refería una de las cartas que te envié –y dejaste en el Savoy o en algún otro hotel y fue presentada en el tribunal por el abogado de tu padre–, carta que incluía una súplica no exenta de patetismo, suponiendo que en aquel tiempo hubieses sido capaz de reconocer el patetismo en sus elementos y en su expresión. Me agotaste. Fue el triunfo de la naturaleza pequeña sobre la grande. Fue el caso de la tiranía del débil sobre el fuerte que en algún pasaje de mis obras he descrito como “la única tiranía que perdura”.[26]
Y era inevitable. En toda relación con los demás, uno debe encontrar formas de coexistencia. En tu caso uno tenía que abandonarse a ti o abandonarte. No había otra alternativa. Cedí siempre por las siguientes razones, que pueden parecerte elementales: un profundo aunque inmerecido afecto hacia ti; una enorme piedad hacia tus defectos de temple y temperamento; mi proverbial buen carácter y desidia céltica; una repulsión artística a las escenas vulgares y las malas palabras; la incapacidad de guardar ningún tipo de resentimiento que en aquella época me caracterizaba; mi aversión a que amargaran y echasen a perder la existencia las cosas que para mí, con mis ojos realmente puestos en otra parte, eran simples pequeñeces de las que no valía la pena ocuparse. Resultó lógico que tus exigencias, tus esfuerzos de dominación, tus extorsiones se hicieran cada vez más desmedidas. Tus motivos más aviesos, tus apetitos más bajos, tus pasiones más corrientes se volvieron para ti leyes por las cuales debían regirse invariablemente las vidas ajenas y a las cuales debían, en caso necesario, ser sacrificadas sin escrúpulos. Al saber que mediante una escena podías hacer tu voluntad, era natural que llegaras casi inconscientemente, no lo dudo, a todos los excesos de la más cruda violencia. Acabaste por ignorar hacia qué meta estabas corriendo ni qué fin perseguías. Te habías adueñado de mi genio, mi fuerza de voluntad y mi fortuna: necesitabas, cegado por tu avidez insaciable, mi existencia entera. La tomaste. En el momento supremo y más trágicamente crítico de mi vida, poco antes de que me resolviera lamentablemente a emplazar mi absurda demanda, por una parte estaba tu padre atacándome con las repugnantes tarjetas que dejaba en mi club y por otra estabas tú atacándome con cartas no menos abominables. Tu carta recibida la mañana en que permití que me llevaras al juzgado para presentar la ridícula demanda de arresto contra tu padre fue una de las peores que escribiste y por la razón más vergonzosa. Entre ambos me hicieron perder la cabeza. Mi juicio me abandonó. El terror ocupó su sitio. No vi posibilidad alguna de escapar de ninguno de los dos, debo decirlo francamente, y tambaleante me dirigí como un buey al matadero. Cometí un gigantesco error psicológico. Siempre había pensado que mis concesiones frente a ti en cosas pequeñas no significaban nada grave y que llegado el momento decisivo podría reafirmar la superioridad natural de mi fuerza de voluntad. No ocurrió así. En el gran momento mi fuerza de voluntad me falló por completo. En la vida no hay verdaderamente cosas grandes ni pequeñas: todas las cosas tienen el mismo valor y la misma altura. Mi costumbre –en principio debida a la indiferencia– de ceder en todo ante ti se había convertido insensiblemente en parte de mi naturaleza. Sin que yo lo supiera estereotipó mi temperamento en un estado de ánimo permanente y fatal. Por eso, en el sutil epílogo de la primera edición de sus ensayos,[27] Pater dice que “el fracaso consiste en crearse hábitos”. Cuando lo dijo, la embotada gente de Oxford tomó la frase como una simple inversión caprichosa del manido texto de la Ética aristotélica, pero hay en ella una verdad maravillosa y terrible. Te permití minar la fortaleza de mi carácter, y la formación de ese hábito representó no sólo el Fracaso sino la Ruina. Éticamente fuiste para mí mucho más destructivo de lo que habías sido artísticamente.
Emplazada la demanda, por supuesto tu voluntad lo rigió todo. En el momento en que debí permanecer en Londres, tomar sabios consejos y analizar en calma la sucia trampa en que me dejé prender –la trampa engañabobos como la llama tu padre–, te empeñaste en que te llevara a Montecarlo, el sitio más repulsivo que existe en este mundo, a fin de que pudieras jugar noche y día mientras estuviese abierto el casino. Como el bacará no tiene para mí ningún encanto, me dejaste fuera y a solas. Te negaste a concederme al menos cinco minutos para discutir la situación en que tu padre y tú me habían colocado. Yo sólo estaba allí para cubrir tu cuenta de hotel y tus pérdidas. La menor alusión a la gran prueba que me esperaba te parecía una lata. Te interesaba más la nueva marca de champán que nos recomendaban.
A nuestro regreso a Londres, aquellos amigos que realmente se preocupaban por mí rogaron que me fuese al extranjero y no me enfrentara a un juicio imposible. Los acusaste de mezquindad por darme esos consejos y dijiste que yo era un cobarde por escucharlos. Me obligaste a permanecer y a enfrentarme al tribunal con toda la insolencia posible y con absurdos e insensatos perjurios. Por último, naturalmente, fui arrestado y tu padre se convirtió en el héroe del momento, y algo más: ahora tu familia, por extraño que parezca, ocupa un sitio entre los Inmortales, porque gracias a esos efectos grotescos –como si hubiera un elemento gótico en la historia que hace de Clío la menos seria de las Musas– tu padre vivirá para siempre entre los amables y puros progenitores de que hablan los libros de la escuela dominical; tu lugar está junto al niño Samuel;[28] y en el más bajo cieno de Malebolge[29] tomo asiento entre Gilles de Retz y el marqués de Sade.
Como es obvio, mi deber era librarme de ti, apartarte de mi vida como quien sacude de su ropa una sabandija que lo ha picado. En la más prodigiosa de sus obras Esquilo[30] nos habla del gran señor que cría en su casa al cachorro de león, λέοντος...