eBook - ePub
Descripción del libro
Diario abierto, reúne diversos trabajos del ejercicio escritural del artista cuya obra visual está tocada por la poesía. Se trata de textos que ha publicado en libros, revistas y suplementos culturales. Con autorización de Ediciones Era
Preguntas frecuentes
Sí, puedes cancelar tu suscripción en cualquier momento desde la pestaña Suscripción en los ajustes de tu cuenta en el sitio web de Perlego. La suscripción seguirá activa hasta que finalice el periodo de facturación actual. Descubre cómo cancelar tu suscripción.
No, los libros no se pueden descargar como archivos externos, como los PDF, para usarlos fuera de Perlego. Sin embargo, puedes descargarlos en la aplicación de Perlego para leerlos sin conexión en el móvil o en una tableta. Obtén más información aquí.
Perlego ofrece dos planes: Essential y Complete
- El plan Essential es ideal para los estudiantes y los profesionales a los que les gusta explorar una amplia gama de temas. Accede a la biblioteca Essential, con más de 800 000 títulos de confianza y superventas sobre negocios, crecimiento personal y humanidades. Incluye un tiempo de lectura ilimitado y la voz estándar de «Lectura en voz alta».
- Complete: perfecto para los estudiantes avanzados y los investigadores que necesitan un acceso completo sin ningún tipo de restricciones. Accede a más de 1,4 millones de libros sobre cientos de temas, incluidos títulos académicos y especializados. El plan Complete también incluye funciones avanzadas como la lectura en voz alta prémium y el asistente de investigación.
Somos un servicio de suscripción de libros de texto en línea que te permite acceder a toda una biblioteca en línea por menos de lo que cuesta un libro al mes. Con más de un millón de libros sobre más de 1000 categorías, ¡tenemos todo lo que necesitas! Obtén más información aquí.
Busca el símbolo de lectura en voz alta en tu próximo libro para ver si puedes escucharlo. La herramienta de lectura en voz alta lee el texto en voz alta por ti, resaltando el texto a medida que se lee. Puedes pausarla, acelerarla y ralentizarla. Obtén más información aquí.
¡Sí! Puedes usar la aplicación de Perlego en dispositivos iOS o Android para leer cuando y donde quieras, incluso sin conexión. Es ideal para cuando vas de un lado a otro o quieres acceder al contenido sobre la marcha.
Ten en cuenta que no será compatible con los dispositivos que se ejecuten en iOS 13 y Android 7 o en versiones anteriores. Obtén más información sobre cómo usar la aplicación.
Ten en cuenta que no será compatible con los dispositivos que se ejecuten en iOS 13 y Android 7 o en versiones anteriores. Obtén más información sobre cómo usar la aplicación.
Sí, puedes acceder a Diario abierto de Rojo, Vicente en formato PDF o ePUB. Tenemos más de un millón de libros disponibles en nuestro catálogo para que explores.
Información
Editorial
Ediciones EraAño
2014ISBN del libro electrónico
97860744527161
ME LLAMO FRITZI
[ESCENAS DE UN AUTORRETRATO]
Se dice que toda la obra de un creador, sea escritor o artista, es en realidad una forma de autobiografía. Consciente de ello, cuando en 1994 ingresé en El Colegio Nacional leí unas palabras conformadas por diez notas autobiográficas. Para el presente libro, que reúne una antología de mi trabajo como pintor y escultor,* y que he titulado Puntos suspensivos porque quiero creer que mi obra sigue en proceso, repito y multiplico aquellas notas junto con otros textos rescatados de algunas de mis escasas publicaciones: en conjunto pueden constituir un autorretrato o una manera de diario hablado profusamente ilustrado, como una forma de constancia de vida. Añadiré que mi respeto por la escritura es enorme y por lo mismo tampoco soy afecto a las entrevistas (pues difícilmente me identifico con una frase que he dicho y después veo escrita: pienso que eso que formulé no era lo que había querido expresar pero tampoco encuentro la forma de exponerlo mejor). Sin embargo, para hacer posibles estas líneas he debido apoyarme en algunas de las respuestas recogidas en aquellas conversaciones que, a pesar de mi resistencia, he llegado a sostener y que, ahora veo, quizás hayan sido demasiadas. A favor de mis entrevistadores y con agradecimiento admitiré de paso que, en muchas ocasiones, a ellos debo titulares en diarios y revistas en los que creo ver mejor sintetizadas mis palabras de lo que yo mismo habría podido lograr y que, en todo caso, ahora me permiten armar este esbozo de autorretrato centrado precisamente en dichos titulares. Ellos me abrieron el camino.
Todas las ideas nos corresponden a todos

El arte es el que hace las preguntas

Soy un trabajador de, por y para la cultura
No sin cierto pudor puedo afirmar que me considero un creador y recreador de imágenes, pues éste es el medio en el que trabajo. No lo es la palabra, ni hablada ni escrita. Esto me resulta muy doloroso, ya que las ideas que yo pueda tener, más allá de las que supongo resueltas en el espacio de las artes visuales, nunca han encontrado, como señalé, las palabras adecuadas para expresarse. Se observa con frecuencia, y con razón, que lo mejor que puede hacer quien no sabe hablar es permanecer callado. Yo lo hice durante los primeros veinte años de mi actividad profesional, hasta que en una ocasión una compañera mía, colaboradora de la Revista de la Universidad, pidió entrevistarme. Consecuente con mis incapacidades, me negué; pero ella, mes a mes, me hacía la misma petición. Le pregunté el motivo de su insistencia, pensando que respondería algo así como que los lectores estaban deseosos de oír mis brillantes conceptos sobre, o mis fantásticas opiniones en torno a. Pero no fue así; no recibí los halagos esperados, sino que la periodista se limitó a decirme: “Sabes, te insisto porque me pagan seiscientos pesos por entrevista y los necesito”. Ante tan contundente razón acepté, y a partir de entonces he compartido las tareas de los que han sido durante muchos años mis compañeros del periodismo cultural y al responder a sus formulaciones correspondo de la mejor manera posible a su interés por mi trabajo. Pero, sin pretender ignorar mis limitaciones, para colaborar con los entrevistadores me he atenido a una sentencia atribuida, como tantas otras, a Picasso, quien dijo que uno no debe hablar mal de sí mismo, que para eso están los demás. Yo, debo confesarlo, no he tenido muchos “demás”; pero cuando he recibido críticas negativas hacia mi trabajo y las he supuesto de buena fe, las he considerado siempre bienvenidas: si algo me parece sospechoso es la unanimidad, pues cancela la necesaria paradoja del arte.
Cultura En relación al tema de qué clase de trabajador soy yo, escojo una respuesta más sencilla o quizá más complicada: trabajar por la cultura es trabajar por la vida. Pero siempre y cuando la cultura no sea la visión superficial de quienes se creen poseedores de la verdad y hacen de ello un privilegio, sino que signifique la práctica permanente de la civilidad, donde lo personal y lo colectivo encuentren su equilibrio, donde la convivencia de las ideas permita que las más extrañas e insólitas de las individualidades no sólo sean respetadas sino alentadas, una práctica cultural que haga posible que nazcan utopías y se desarrollen los sueños propios y los compartidos, que no esté falsamente dividida ni fragmentada: en la que la llamada alta cultura y la conocida como cultura popular sean dos extremos que se sumen para darle a la vida imaginación y hondura. Yo me hago la ilusión de haber contribuido como pintor, escultor y diseñador gráfico a la difusión de esa cultura, donde lo esencial le gane terreno a la banalidad que por medio de la comercialización impone lo secundario, lo irrelevante, el éxito fácil y rápido; una vida cultural en la que incluso el espectáculo y la necesaria diversión puedan, al mismo tiempo, emocionar y perturbar. Me sentiría feliz si hubiera aportado a este proyecto un grano de arena, o quizás algo mejor, una piedrita en algún zapato.
[... Puntos suspensivos. Según la entrada en el diccionario, puntos suspensivos es un signo ortográfico que denota que conviene dejar la oración incompleta o el sentido en suspenso para indicar temor o duda, o lo inesperado y extraño de lo que ha de expresarse después. Pero, ¿qué sucede si ese signo ortográfico se interpreta a la inversa para que entonces denote que lo inesperado o el temor de lo que habría de expresarse eran emociones que antecedían, y no que siguieran, a esos puntos suspensivos? En una imagen muy precisa, después de una derrota bélica cruel e injusta, una familia obligada por sus penurias económicas tiene que vender un piano en el que dos jóvenes hermanas estudiaban. Un niño de apenas siete años, con gran zozobra y el corazón adolorido, ve salir el piano sujeto de correas por el balcón del quinto piso de su casa. Quizás en ese momento ignoraba lo que estaba sucediendo, quizás lo intuyera. Pero, setenta años después, ese niño piensa que a lo largo de toda su vida su afán más profundo, la raíz de sus desvelos, siempre acompañada de papeles y lápices de colores en las manos, ha sido recuperar ese piano.]
Pertenezco a la última generación de zurdos a los que les amarraron la mano izquierda

Soy un artista mexicano por formación y por voluntad

He pasado mi vida tratando de imaginar que siempre estoy comenzando
La primera visión que guardo es de mis cuatro años y se remonta al 19 de julio de 1936. Recuerdo con precisión la reacción que hubo en Barcelona frente al alzamiento militar de Franco. Yo lo veía todo a través de la ventana de mi casa. Por entre los edificios y sobre el Paseo de San Juan se abre paso una imagen muy poderosa, muy nítida plásticamente: los camiones que pasaban con gente gritando o cantando mientras enarbolaba armas y banderas. Empiezo a ver el mundo a partir de esa doble imagen que tiene, según la miro en aquel momento, unidos en una sola visión el sentido de la fiesta y la tragedia. No olvido el sol, los brillantes colores del verano, la euforia popular y, al mismo tiempo, en el mismo instante, surge la presencia ominosa de las armas. Desde entonces, la conciencia del júbilo inseparable del dolor ha normado todo mi trabajo (y toda mi vida).
Vocación Mis manos me representan; ellas simbolizan toda mi relación con el mundo. Al entrar a la escuela, también a los cuatro años, lo primero que sufrí fue, cuando mi profesor advirtió que yo era zurdo, que me amarrara la mano izquierda. Mi reacción inmediata consistió en negarme rotundamente a usar la mano derecha. Como consecuencia (aunada a mi timidez) no asistí sino asustado a esos y a todos los siguientes años escolares. Al terminar la guerra, con mi padre cobijado en el exilio en México, las condiciones económicas de mi familia eran tan precarias que, como yo quería aprender a dibujar, lo más que pude hacer fue tomar clases de dibujo al carbón, copiando esculturas en yeso. A mis trece años, en 1945, entré a trabajar como aprendiz en un taller de cerámica, mientras asistía a clases nocturnas (pésimas) de escultura en barro, algunas de historia del arte o de perspectiva. A partir de esta temprana vocación, que se manifestó, lo he dicho ya, por una obsesiva necesidad de tener en las manos papeles, lápices de colores, tijeras, pegamento (urgencia que dura hasta la fecha, a tal grado que a veces creo no haber superado la infancia), fui tratando de imaginar una obra como pintor, como escultor.
Vías de escape Lo eran de La diligencia, de John Ford, a Enamorada, de Emilio Fernández (y Gabriel Figueroa); de Corazón, diario de un niño, de Edmundo de Amicis y la saga del proscrito Guillermo Brown, de Richmal Crompton, a Cumbres borrascosas, de Emily Brontë; de los hermanos Marx a Alfred Hitchcock (Cuéntame tu vida); de Trafalgar, de Pérez Galdós, a los cuentos de Somerset Maugham o al Conde de Montecristo; de Laura (Gene Tierney), a Ingrid Bergman (Intermezzo). Pero asimismo quería vivir sin salir de la cálida isla que era mi casa, a través de dos libros que fueron un refugio para mí: La isla misteriosa (Verne) y el relato del náufrago Robinson, enfrentado con gran imaginación y eficacia a la adversidad.
Nacer dos veces Creo que el origen de todo mi trabajo está en mis dos infancias. La primera, en mi natal Barcelona, hecha de experiencias que fueron bastante difíciles para mí, y la segunda, en 1949 cuando llegué a México y la vida se me iluminó. La luz me deslumbró, y ese deslumbramiento sigue acompañándome hasta la fecha. En México encontré la libertad (o al menos mi libertad). Hoy puede resultar muy difícil aceptar y entender la posibilidad de aquella luz tan brillante; pero cuando llegué, para mí esa imagen tan poderosa era algo que no había vivido ni conocía hasta entonces. Y, poco a poco, comencé mi formación cultural como un joven mexicano ávido de aprender. (Consta en una fotografía mi audacia de verme a mis dieciocho años pintando con caballete la pirámide del Sol en Teotihuacán, in situ.)
El asombro De José Clemente Orozco, un hombre en llamas, a la delicada iglesia mariana de Tonantzintla; del portentoso arte prehispánico (visto a través de Paul Westheim) a los dulces de Celaya; del ciudadano presidente Lázaro Cárdenas a doña Consuelo Velázquez; del maestro Diego Rivera en la Secretaría de Educación Pública a la vibrante música de Silvestre Revueltas; del carnaval de los moros y cristianos en Huejotzingo al color de Rufino Tamayo; del imaginario de Posada o de los Judas de la familia Linares a la prosa de Martín Luis Guzmán. Y en el Palacio de Bellas Artes (donde en el cuarto piso, en la oficina de ediciones del Instituto Nacional de Bellas Artes, yo trabajaba como asistente de Miguel Prieto), los conciertos de Carlos Chávez, las magnas exposiciones de Fernando Gamboa, el teatro de Salvador Novo (Emilio Carballido, Jean-Paul Sartre), la danza a cargo de Miguel Covarrubias (Zapata, de Guillermo Arriaga). Y no puedo olvidar haber visto a una joven María Callas ensayar y cantar Aída, como tampoco la ópera dominical en la estación XELA. En esos días, en la radio se escuchaba al trío Los Panchos cantando “Sin un amor, la vida no se llama vida”, una idea que ha sido esencial para mí. (Tiempo después supe que un torturado Malcolm Lowry había escrito en la pared de su casa en Cuernavaca: “No se puede vivir sin amar”.)
[Recién llegado a México y gracias a Federico Álvarez conocí a Miguel Prieto, un manchego hermoso por fuera y por dentro, pintor y tipógrafo. Él fue mi primer maestro y no sólo en el diseño gráfico, sino y sobre todo en el ordenamiento de la incierta vida que yo había tenido hasta entonces. Recuerdo que en una ocasión, mientras viajábamos en coche a Tonantzintla (donde yo lo asistía a pintar un mural en el Observatorio Astrofísico), Miguel Prieto me contó cómo, siendo pequeño, tenía que ir a la escuela en un pueblo que estaba a varios kilómetros de distancia del suyo, Almodóvar del Campo. Años más tarde supo que su padre, durante los largos recorridos, lo seguía a prudente distancia para protegerlo de algún peligro, sin que el niño lo notara. Mucho, mucho tiempo después, cuando hablaba con Miguel Prieto, veía en sus dulces ojos claros la emoción con la que recordaba el delicado cuidado de su padre. A pesar del tiempo transcurrido yo no he olvidado ese conmovedor relato. Y en él creo que se hallan las enseñanzas que recibí de mi maestro: sutileza, discreción, sobriedad y calidez. A él le debo, además, mi entrañable amistad con Fernando Benítez, de quien me convertí durante casi cincuenta años en su hijo, su hermano y su padre (todavía recuerdo su cariñoso lamento cuando yo iba a estar un tiempo de viaje: ¡Hermanito, cuando tú te vas me quedo huérfano!), y de quien heredé la pasión por México. Por si esto fuera poco, también debo a la generosidad de Fernando Benítez la presentación de mi primera exposición de pintura, en la que me definió como un joven “tierno y lírico, a veces desgarrado y violento”, y me atribuyó “la aurora, la inconformidad, la esperanza”.]
Crear zonas de sombra y duda es lo que da sentido al arte

Sólo perdura lo esencial

Estoy lejos de conseguir la imagen que persigo
Después de pasar seis meses fallidos en La Esmeralda, comencé a tratar de pintar, a principios de los años cincuenta, en la academia particular de Arturo Souto. En dos pláticas con Souto, que también era muy tímido, empecé a entrever lo que era el oficio de pintar. En una ocasión tomó un plato de cerámica y me preguntó de qué color era. Le dije que blanco. Luego tomó un trapo y volvió a preguntarme y yo volví a responder: blanco. Lo mismo sucedió cuando me preguntó el color de la pared. Me puso luego las tres cosas juntas y comprendí que el color blanco de cada una de las tres era diferente, aunque el blanco de las tres me hubiera parecido simplemente blanco. Eso me dio una pauta para entender algunos secretos de la pintura. Más adelante, también con Souto aprendí que los colores no existen de manera independiente. Un azul, por ejemplo, no es igual si está junto a un rojo, a un verde o a un ocre. El color se convierte en otro. Para mí estos sencillos conceptos, por obvios que fueran, resultaron decisivos. Después de un año dejé la escuela de Souto y comencé a tratar de pintar. Fue una empresa muy lenta, manché y borré intensamente, di vueltas y más vueltas, tardé mucho tiempo y atravesé por varias exposiciones intuyendo muy pronto lo obvio: si la obra no convence primero a su autor, difícilmente interesará a nadie más. Pero, a pesar de mi juventud, ya pensaba que mi interés era el de pintar y no el de ser pintor, lo que, para mí, no es lo mismo. (Con los años me he reafirmado en esta idea.)
Formación En el comienzo de cualquiera de mis propuestas artísticas ha estado siempre la intención de llenar un vacío, y mi interés real, persistente, ha consistido en adivinar cómo hacerlo, en transitar con...
Índice
- Portada
- Portada
- Crédittos
- ÍNDICE
- AL (POSIBLE) LECTOR
- 1 ME LLAMO FRITZI: [ESCENAS DE UN AUTORRETRATO]
- 2 LAS SERIES: [1952/2006...]
- Aproximaciones, 1952•1966
- Señales, 1966•1972
- Negaciones, 1971•1974
- Recuerdos, 1976•1979
- México bajo la lluvia, 1980•1989
- Escenarios, [1978] 1989•2007
- Escrituras, 2006...
- 3 DIARIO PÚBLICO: [IMÁGENES, LIBROS, AMIGOS]
