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Descripción del libro
Es éste uno de los grandes libros de relatos de la lengua española. "Dios en la tierra, Dios vivo y enojado, iracundo, ciego como Él mismo, como no puede ser más que Dios, que cuando baja tiene un soloojo en la mitad de la frente no para ver sino para arrojar rayos e incendiar, castigar, vencer." En sus narraciones breves, Revueltas desata menos la fogosidad de su pasión que la intensidad: una escritura al borde de la muerte, del conocimiento, del caos, del exceso.
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Información
Editorial
Ediciones EraAño
2013ISBN del libro electrónico
9786074451542EL CORAZÓN VERDE
Sin cabeza, y aun sin brazos, los maniquies parecían ver con aire incrédulo las huellas duras, sobre el barro seco, que estaban ahí en la calle, originadas por inverosímiles vehículos. Tan duras que parecían de piedra y súbitamente uno sentía deseos de pisarlas por darse cuenta si, a influjo de la presión, se resolverían en polvo, abatiendo cualquier rastro, no dejando más síntomas ni más presencia.
Aquellos maniquíes daban una extraña impresión, con sus pequeñísimas cinturas, desnudos por completo, algo grotescos y algo monstruosamente humanos, sin pudor: de tela endurecida y de contornos absurdos, a lo mil novecientos, como si una señora descocada estuviese a media calle haciendo visajes cómicos e irritantes. Frente al barro y sobre los maniquíes encontrábase también un paraguas, con su negro esqueleto al aire, pues todo ello, maniquíes y paraguas y sin duda alguna el fingido sombrero de copa al que simulaba maravillosamente el cartón, constituía como un museo de la elegancia, como un espejo convexo del estilo, como si de un antiguo baúl se hubiesen extraído, ante los ojos asombrados de otro siglo, cosas un poco muertas y a la vez un poco vivas. El sombrero ocupaba su sitio encima del decapitado maniquí masculino que, de esta suerte, adquiría una cabeza extraordinaria, de ser tímido, cuyos hombros subían más allá de las orejas ocultándolo y defendiéndolo. La inanimada señora sin muslos debía tener, si los tuviera, un brazo erguido a la altura del pecho y una mano, la contraria, graciosamente colocada en la cintura; debía tener todo eso que le faltaba para ser un bello daguerrotipo junto al caballero. Pero ahí estaban los dos, de tela oscura y endurecida, al descubierto, melancólicos como trastos de utilería, como objetos prisioneros y vivos de una tramoya singular, en el mismo sitio donde el turbio sastre vigilaba.
Sobre las puertas se veía un viejo lienzo, desgarrado por las lluvias, donde, con seguridad, se inscribió el nombre, fantástico y conmovedor a un tiempo, de La Nueva Moda.
El barrio donde La Nueva Moda ofrecía sus discutibles lujos, era un barrio de madera y tierra; tierra y madera agregadas de hollín por la brutal locomotora que, sollozando largamente con su desgarrador silbato, pasaba por los extremos. A su paso, las aplastadas casitas de madera se sacudían como si un latido poderoso y grave cruzara por un subterráneo, y también los braseros, humildes y pequeños, dejaban escapar voladoras cenizas, ahí en sus rincones, dentro de las casitas. En La Nueva Moda los maniquíes temblaban a su vez, con el mismo temor que las gentes de su tiempo tuvieron hacia las cosas mecánicas y con el mismo afecto añorativo, sin duda, que las propias gentes experimentaron por los caballos, por la elemental naturaleza sin Graham Bell y sin Stephenson, llena de ventura.
Temblaban, asimismo, los sin-trabajo, tendidos al amparo del ruidoso techo de sus chozas. Los sin-trabajo recogían tuercas, alambres y rondanas cerca de las fábricas y en las proximidades de la Casa Redonda. Una ocupación sin fruto, pues cuando el hombre no tiene empleo sus ojos permanecen en el suelo. Ahí están, sin ver las nubes, sin mirar. Abajo existe un mundo de cosas importantes y nuevas; la vida sin derechos, que puede transcurrir o quedar: tornillos y tuercas, papeles y cartas, todo sin habitación verdadera y sin destino. Volviendo la prosperidad, los tornillos y las tuercas, no obstante, perderían sentido, se volverían absurdos, absurdos. Pero hoy eran importantes, mucho, ahí sobre el trastero del sin-trabajo, con su moho polvoriento y agrio que ensuciaba las manos como si se hubiese penetrado a la fábrica, a su ruido orquestal, a su fragancia de aceite y petróleo crudo.
Por las mañanas los obreros que aún iban al trabajo hacían un ruido cálido que, allá dentro, despertaba envidiosamente a los sin-empleo. Ojos atentos miraban entonces el relampaguear de las linternas por las hendiduras, y cómo su luz rápida, en movimiento, guiaba el pie sobre la tierra. Más tarde otros obreros cruzaban el alba, pisando su claridad vaporosa y estremecida. En el fondo de sus casucas los sin-trabajo sentían una angustia densa, avergonzada y humillante, y de súbito algo en extremo fuerte, rudo, hacía como si los callos de sus manos hubiesen desaparecido. Al pasar esta angustia por las manos —antes que en el corazón, era por las manos donde transcurría y después en la garganta— los sin-trabajo estrechaban el nombro de la esposa, incomprensiblemente, ahí entre las cobijas negras. Los ojos eran grandes, absortos, aun los de la mujer, sin facultad alguna, cual si una gran cosa, ancha, estuviera enfrente, con linternas y pasos, con silbatos y algo así como la sed o el rencor, que era el no salir, el no caminar, el no estar con los obreros, el quedarse quieto, aprisionado en la casa, turbia de tan sin amparo.
Más tarde otros ruidos; mucho más tarde, claros y distintos: a lavandera y a perro, a olanes y a mezclillas.
Antes de las diez La Nueva Moda abría sus puertas y entonces los maniquíes tornaban a su sitio, extraídos de las anteriores profundidades nocturnas donde el sastre los guardaba, junto a los armarios; él con su sombrero de copa, y ella como una Friné descompuesta en sus más primitivos elementos.
En seguida el sastre, con unos ojos de misterio, casi felinos, aguardaba que algo en la casa frontera se moviese, insinuara su forma blanca y menuda. A poco, en efecto, se abría una puerta y dos niñas iguales, extrañamente iguales, echaban a correr hacia La Nueva Moda. El sastre oía —como si una raya de hielo, cascabeleante y equívoca, le recorriera la garganta hasta el abdomen— las vocecillas trémulas:
—¡Ya estamos aquí…!
Pronunciaban con ambigüedad y lentitud las palabras, y como para esconderlas, como para no evidenciar la especie de turbación insana que las envolvía, y aplicábanse de inmediato a sus labores, zurciendo algún casimir viejo o alguna manga atroz.
Eran de los mismos ojos, profundos y extraviados, con una chispa, con una luz, ligerísima, de cosa en desorden. Niñas reales, de rostro ingenuo, reales y vivas, pues existían repetidamente y sin duda. Pero niñas y a la vez algo distinto, con unas manos donde había más edad que en todo el resto, como si fueran de una persona distinta. Trabajaban sin que hubiese presión alguna que las obligase a ello, simplemente con rencor, desprovistas de infantilidad verdadera, sin distraerse con las musarañas.
El sastre las veía desde el mostrador desolado, y su cuerpo viejo se conservaba atento, con la respiración golpeada como si el aire fuese de olas.
A las once llegaba Molotov, llamado así gracias a una corrupción de la palabra molote, invariablemente todos los días, con sus manos hinchadas, de uñas negras, su rostro grande y su gran barriga. Sucio. Permanecía de pie, la mano apoyada en la mejilla, sin hablar. Un gorro informe cubría su cabeza y debajo nacía la cara un tanto maligna y astuta, calculadora y avisada. De su cuerpo se desprendía un olor curioso y apenas desagradable. Era un olor a caspa, a grasa humana y a comida, pero nada más; flotaba en el aire de una manera común y en cierto sentido uno sentía como si ese olor fuera propio, como si se tratase de un olor familiar que alguna vez, al levantarse de la cama, se sintió salir del cuerpo.
El sastre no escondía su contrariedad casi hostil al ver a este hombre, y los ojillos indeterminados brillaban con relámpagos de cólera dentro de su rostro gris, de cuero mojado. Los ojos del sastre eran trágicos: menudos, mas sin embargo trágicos, con las cejas canosas. Ojos de perseguido, aprensivos, que, no obstante, infundían cierto vago terror, pues de pronto se imaginaba la capacidad sin límites que podían tener para las cosas ilógicas, fuera de razón, animales.
Se contrariaba en extremo con la presencia de Molotov y para descargar su cólera en algún sentido se ponía a maldecir contra las dos pequeñas costureras. Había una inflexión particular en su voz, al maldecir; una inflexión rencorosa y como con celos. Se tornaba inhabitual, con cierto timbre femenino pero sin gracia, que parecía brotar de alguna garganta vieja que aún se sobrevivía con poderes sordos y sensuales. Una voz, sin duda, para herir a Molotov, para rebajarlo, para impedir que apareciese ahí, de intruso, en mitad de un mundo que no le pertenecía, que era un mundo cerrado, de invisibles elementos.
El rostro del intruso permanecía sin alterarse, fijo en el techo de la sastrería. Por fin, ante el silencio cada vez más largo, ante la situación cada vez más sola y absurda, exclamaba con un aire superior y digno:
—¡Quiero mi desayuno! —subrayando el mi con arrogancia.
La inmediata reacción del sastre era de rabia sorda, de cólera absolutamente ruin, pero a poco el rostro se le iba transformando por la prisa —por la prisa tan sólo, pues se veía que deseaba largar cuanto antes al importuno—, adoptando un aire de fingida bondad. Con una mezcla de indignación y descanso —lo exasperaba aún más que todo el presenciar la figura de Molotov, ahí, mirando el techo, hostil y sin pronunciar palabra— hurgaba los bolsillos de su chaleco polvoriento para arrojar después unas monedas sobre el mostrador.
—¡Ahí está! —y sus ojos negativos se velaban como si una pantalla gris se les interpusiera.
Aquel gesto era algo inexplicable, que movía a sospecha, pues el sastre no abrigaba la menor generosidad dentro de su corazón. Sin embargo, todos los días era lo mismo. Todos los días, a las once de la mañana.
Pero esa mañana Molotov ocurrió a La Nueva Moda con fines distintos a los habituales. Llevaba consigo a El Pescador. Éste tenía un rostro enflaquecido, de pómulos salientes y unos ojos luminosos y famélicos, de Francisco de Asís. Hoy esos ojos brillaban con una especie de alegría, pero de cualquier forma no eran suficientes para borrar la impresión general del rostro, demasiado flaco, demasiado largo, de español pobre. El mentón y la nariz habían crecido, como crecen siempre en las gentes necesitadas; las mejillas permanecían hundidas, acentuando el color violeta de la barba sin rasurar; la camisa sin cuello, finalmente, y el pantalón roto, desgarrado, completaban la figura sin garbo ya, golpeada. Pescador en Málaga, minero en Asturias, campesino en Castilla, soldado del Tercio extranjero en Marruecos, estibador en Tampico, bracero en Oklahoma, conservaba con orgullo su profesión esencial: pescador.
(Las playas son hermosas con sus redes junto a la espuma. Los peces brillan al sol como móviles cuchillos en intermitente esgrima, y aquello representa un trabajo rudo y masculino que agota los músculos y los distiende como cuerdas en descanso. Y esto encierra también la ciencia de las redes, que es una ciencia bíblica: tejerlas armoniosamente, como pulsando un arpa marina de la cual brotaran sonidos graves y extensos como el mismo mar. Luego, aún, la ciencia de las barcas, amazonas del agua, y la de las estrellas y la del viento…)
El Pescador clavó sus ojos llenos de misteriosa alegría en los ojos macilentos de Molotov. (En la sastrería se reunían todos ellos: era allí el punto de “contacto”; el sitio de las contraseñas y los informes.)
—He de decirte algo importante —musitó volviendo a mirarlo con devota solemnidad, muy feliz.
Molotov consideró atentamente las cosas.
—¿De veras? —Traslucía su emoción no obstante los esfuerzos.
—Trabé relaciones con uno —dijo El Pescador—. Entramos a la cantina…
Interrumpióse un instante para juzgar el rostro de Molotov. Luego prosiguió:
—Fue ayer, por la mañana…
Había estado rondando las inmediaciones, hasta no descubrir el tipo ideal de obrero —de rasgos comunicativos, fácil a la cordialidad— que se transformase en “contacto” con la gran empresa metalúrgica—. El que encontró —sí, no podía menos que acertar con el hallazgo—, era de baja estatura, con una frente sucia, donde las arrugas tenían polvo de hierro; una frente oxidada y amarilla. En la cantina, de pronto, ante El Pescador, el obrero se sintió incómodo e invadido por una sensación penosa de inferioridad. Tenía unas manos gruesas, ya nada más callos, que parecían artificiales, como guantes orgánicos, de carne, insensibles. Era difícil abordarlo, pues experimentaba un poco la impresión de estar con alguien ajeno a su clase, ajeno al metal fundido, ajeno a los hornos. (El Pescador no lo convencía por completo, con aquel rostro flaco y aquella nariz aguileña, extremadamente aguileña, que recordaba a un buitre apresurado, malévolo.) Tragaba su bebida con placer y agradecimiento, lo que le impedía desenvolver en forma verdadera su capacidad de comunicación, de amistad. Palpó, empero, con sus manos gruesas, la ínfima moneda que traía en la bolsa, y después de invitar (era preciso invitar; sufriría tonta y estúpidamente al no ofrecer también, de su parte y con su dinero, otras dos copas) se sintió tan reconfortado, tan igual ya, que la conversación pudo entablarse de una vez.
Primero la propia historia de El Pescador, viviente, ágil: Málaga, Asturias, Castilla; soldado del Tercio en Marruecos, estibador en Tampico, bracero en Oklahoma. (Oh, los atardeceres en Málaga, bajo las redes; y Asturias, con sus minas, y su castillo en Santander; la diafanidad de Castilla; la vida de perros en Ceuta; el espantoso trabajo con los gringos de Oklahoma…)
El obrero, que tenía unas manos dobles, internas unas y de sangre, sensibles al dolor, y externas otras, como hechas sólo de epidermis, las dejó caer, exclamando simplemente, convencido:
—¡Aquí también son gringos!
Sí, gringos. La fundición tenía su propio cielo rojo. Por las noches principiaba en los altos hornos para extenderse sobre toda la ciudad, y era como una bóveda llena de sacramentos, religiosa de tanto estar amaneciendo.
Pero el obrero explicaba todo simplemente, apenas con palabras, y eran, mejor, sus manos las que parecían decir aquellas cosas profundas, cercanas.
Un cielo rojo. El cielo rojo se desvanecía, abandonando su mito, su religiosidad de cielo trabajado, labrado por el fuego. El viento helado, inmovilizador, ya recorría la tierra. Un viento que tenía nombre: desnudaba a las familias y paraba en seco el engranaje de las máquinas; agostaba los campos de trigo y ensombrecía los surcos. El viento cíclico: la crisis que grita en las esquinas, que clama por las noches terribles, que agranda los ojos de las mujeres.
Molotov interrumpió el informe de El Pescador.
—¿Quiere decir que pararán la empresa? ¿Y después?
¿Después? Después estaban las tuercas, las alcayatas y los tornillos —todo aquello que, nostálgicamente, recoge el sin-trabajo en las inmediaciones de las fábricas, en las calles—, para guardar en casa como fantasmas del esfuerzo, esperando la prosperidad y todo lo que con ella viene, las sonrisas, los pantalones del domingo, el cielo rojo y sagrado, los altos hornos.
—¿Y cómo demonios?
El sastre, que había escuchado con atención, encogió el tórax y un peso fuerte, amargo, le cayó encima, aplastándolo de inquieta tristeza, llena de cobardía.
Molotov volvió los ojos al cielo, con solemne comicidad. Era un hombre de costumbres escénicas, que actuaba siempre para el público —sin mala fe, desde luego— y que envolvía sus gestos en un ambiente de ingenua hechicería, retrasando las contestaciones y sujetando todo a una especie de misterio, grave y denso, como el de los herbolarios y curanderos.
—¡Hay que redactar un volante! —dijo después como si hubiera meditado mucho.
El Pescador le dirigió una mirada cariñosa y húmeda, llena de agradecimiento. Lo quería. Quería sus mañas de viejo astuto pero noble; quería su barriga dramática; su abnegación desesperada y en cierto modo altiva; su rostro maligno, capaz, no obstante, de ternura.
—¡Sí, desde luego!
Entonces Molotov inclinó los ojos hacia él, como con desprecio y mal humor, aunque todo esto no era más que afecto.
—¡Bah!
Haciendo innumerables gestos reflexivos —inútiles, por lo demás—, escribió en seguida sobre un papel que ya tenía prevenido.
En el ventrudo y sucio caserón de madera todo era silencioso. El papel blanco hería la vista, no por blanco ni porque la luz, pobre y macilenta, provocase algún reflejo hostil, sino por su soledad y el poder oculto, la virtud —que iba a darle la palabra— de voz angustiosa, de pequeño grito esperanzado.
El sastre se revolvió con malignidad.
—¡No habrá dinero para la imprenta! —exclamó, a tiempo de que le brillaban los ojos con un resplandor lechoso. Había dicho “no habrá dinero”; es decir, afirmando con seguridad, de una manera fatalista, como si en el mundo no existiese ni la más remota posibilidad de imprimir nunca un solo volante.
Y aún más:
—¡Si lo imprimen no servirá para nada!
Quería vengarse. Quería maldecir su vida estúpida y negra, sin amor, y negar cuanto fuera esfuerzo, esperanza. ¡Un volante…! Palabras; palabras inimaginables, verdaderamente sin sentido, muy por debajo del enorme vacío que era la vida; esta vida con sus dos maniquíes de tela dura y nalgas deformes; con su sastrería de madera; con sus dos niñas de espanto, cosiendo, los ojos grandes y profundos. ¡Que lucharan ellos! ¡Que impidieran, si podían, el que la fundición cerrara sus puertas! ¡Que impidieran, en general, el que las puertas se cerraran, cuando para eso estaban hechas, para obstruir toda salida, toda rendija de luz!
(—¡Obreros! Defended vuestros hogares. ¡No dejéis que el hambre se apodere de ellos!)
“¿Por qué —pensaba Molotov—, escribiendo, usar la forma castiza del plural, cuando en la conversación...
Índice
- Portada
- Portadilla
- Créditos
- Índice
- Dios en la tierra
- El corazón verde
- La conjetura
- Barra de Navidad
- El quebranto
- Una mujer en la tierra
- Preferencias
- La venadita
- El hijo tonto
- La soledad
- El abismo
- Verde es el color de la esperanza
- La acusación
- El dios vivo
- La caída
- ¿Cuánta será la oscuridad?
- Apéndice bibliográfico
- Sobre el Auhor