Obras completas (y otros cuentos)
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Obras completas (y otros cuentos)

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Obras completas (y otros cuentos)

Descripción del libro

Compuesto de 13 relatos con temas muy variados y diversa extensión, este volumen contiene el cuento más breve del mundo, ya famoso en muchos idiomas, que dice así: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". De este cuento ha dicho Italo Calvino: "Me gustaría editar una colección de cuentos consistentes de una sola frase, o, incluso, de una sola línea; pero hasta ahora no he encontrado ninguno comparable a 'El dinosaurio' del escritor guatemalteco Augusto Monterroso".

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Información

Editorial
Ediciones Era
Año
2019
ISBN del libro electrónico
9786074453256
Categoría
Literature
Leopoldo (sus trabajos)
Ufanamente, casi con orgullo, Leopoldo Ralón empujó la puerta giratoria y efectuó por enésima vez su triunfal entrada en la biblioteca. Recorrió las mesas, con un amplio y cansado vistazo, en busca de un lugar cómodo y tranquilo; saludó a dos o tres conocidos con su resignado gesto habitual de “pues bien, aquí me tienen de nuevo en la tarea”, y avanzó sin prisa, seguro de sí mismo, abriéndose paso por medio de repetidos “con permiso, con permiso”, que sus labios no pronunciaban, pero que eran fáciles de adivinar en su expresión amable y conciliadora. Tuvo la fortuna de encontrar su lugar preferido. Le gustaba sentarse frente a la puerta de calle, lo que le ofrecía la oportunidad de hacer un descanso en sus fatigosas investigaciones cada vez que entraba una persona. Cuando ésta era del género femenino, Leopoldo dejaba momentáneamente el libro y se dedicaba a observarla con su penetración de costumbre, con esa mirada llena del brillo que da la inteligencia alerta. A Leopoldo le gustaban los cuerpos bien formados; pero no era éste el principal motivo de su observación. Lo movían razones literarias. Está bien leer mucho, estudiar con ahínco, se decía con frecuencia: pero observar a las personas le sirve más a un escritor que la lectura de los mejores libros. El autor que se olvide de esto está perdido. La cantina, la calle, las oficinas públicas, rebosan de estímulos literarios. Se podría por ejemplo, escribir un cuento sobre la forma que tienen algunas personas de llegar a una biblioteca, o sobre su modo de pedir un libro, o sobre la manera de sentarse de algunas mujeres. Estaba convencido de que podía escribirse un cuento sobre cualquier cosa. Había descubierto (y tomado certeras notas sobre ello) que los mejores cuentos, y aun las mejores novelas, están basados en hechos triviales, en acontecimientos cotidianos y sin importancia aparente. El estilo, cierta gracia para hacer resaltar los detalles, lo era todo. La obra superaba la materia. No cabía duda, el mejor escritor era el que de un asunto baladí hacía una obra maestra, un objeto de arte perdurable. “El escritor – dijo una tarde en el café– que más se parece a Dios, el más grande creador, es don Juan Valera: no dice absolutamente nada. De esa nada ha creado una docena de libros.” Lo había dicho por casualidad, casi sin sentirlo. Pero esta frase hizo reír a sus amigos y confirmó con ella su fama de ingenioso. Por su parte, Leopoldo tomó nota de aquellas memorables palabras y esperó la oportunidad para usarlas en un cuento.
Dejó sus papeles sobre la mesa. Una vez asegurado de que nadie se atrevería a usurpar sus derechos, se levantó y dirigió sus pasos hacia la bibliotecaria. Tomó una boleta. Extrajo con elegancia del bolsillo su fiel estilográfica y con su mejor letra, con lentitud cuidadosa, escribió: E-42-326. Katz, David. Animales y hombres. Leopoldo Ralón. Estudiante. 32 años.
Desde hacía ocho se venía quitando dos. Desde hacía ocho ya no era estudiante.
Poco después Leopoldo estaba otra vez sentado, con el libro abierto en el índice, en busca del capítulo relativo a los perros. Varias hojas de papel blanco y su estilográfica esperaban impacientes sobre la mesa el momento de registrar cualquier dato de interés.
Leopoldo era un escritor minucioso, implacable consigo mismo. A partir de los diecisiete años había concedido todo su tiempo a las letras. Durante todo el día su pensamiento estaba fijo en la literatura. Su mente trabajaba con intensidad y nunca se dejó vencer por el sueño antes de las diez y media. Leopoldo adolecía, sin embargo, de un defecto: no le gustaba escribir. Leía, tomaba notas, observaba, asistía a ciclos de conferencias, criticaba acerbamente el deplorable castellano que se usa en los periódicos, resolvía arduos crucigramas como ejercicio (o como descanso) mental; sólo tenía amigos escritores, pensaba, hablaba, comía y dormía como escritor; pero era presa de un profundo terror cuando se trataba de tomar la pluma. A pesar de que su más firme ilusión consistía en llegar a ser un escritor famoso, fue postergando el momento de lograrlo con las excusas clásicas, a saber: primero hay que vivir, antes se necesita haberlo leído todo, Cervantes escribió el Quijote a una edad avanzada, sin experiencias no hay artista, y otras por el estilo. Hasta los diecisiete años no había pensado en ser un creador. Su vocación le vino más bien de fuera. Lo obligaron las circunstancias. Leopoldo rememoró cómo había sido la cosa y pensó que hasta podía escribirse un cuento. Por unos instantes distrajo su atención del libro de Katz.
Vivía entonces en una pensión. Era estudiante de secundaria y estaba enamorado del cine y de la hija de su patrona. Al esposo de ésta le decían “el licenciado” porque en un tiempo estudió durante seis meses en la Facultad de Leyes. Esta razón, ya poderosa, unida al hecho de que los demás pensionistas eran un médico, un ingeniero, un estudiante de leyes y un caballero que leía a todas horas las poesías de Juan de Dios Peza, determinaron que Leopoldo se sintiera desde el principio en una atmósfera particularmente intelectual.
Aquí Leopoldo no pudo evitar una sonrisa. Pensaba en un cuento sobre su primer impulso de convertirse en escritor (que intentaría por segunda vez); pero el recuerdo del médico desvió sus pensamientos. Sin duda, era otro buen tema.
“R. F., el médico, había terminado sus estudios desde hacía nueve años; pero siguió de pensionista, seguramente porque al verse convertido en profesional consideró que eran tantos en el edificio y con tantas probabilidades de enfermar, que salir en busca de clientela a la calle hubiera sido una tontería palpable. De manera que a pesar de la amistad que decía profesar por todos no prestaba nunca un servicio gratuito. Así que manifestar falta de apetito y encontrarse purgado jamás estaban separados; quejarse de fatiga y tener su oreja en los pulmones eran como hermanos; demostrar cansancio y estar inyectado por él venían a ser la misma cosa. Y lo bueno era que no quejarse no servía de nada pues tenía por lema que la salud completa no existe y que sentirse enteramente sano es peor que una enfermedad conocida y, por lo tanto, controlable; y en fin, que de los confiados estaba lleno el cementerio.”
Leopoldo tomó algunas notas y escribió en su libreta: “Consultar si un cuento sobre un médico así no ha sido escrito. En caso negativo reflexionar alrededor del tema y trabajarlo desde mañana mismo”.
Podía comenzar ridiculizando el odio que el médico profesaba a la cirugía, y luego entrar de lleno con el momento en que su patrona declaró que tenía apendicitis y que debía operarse, y con la explosión de ira del doctor al oír esto. Nueva nota de Leopoldo: “Ocho días estuvo sin dirigirle la palabra, después de anunciar que se marcharía de la casa si ella llevaba a cabo semejante estupidez”. Una nota más: “Tratar con ironía el hecho de que cuando la señora, a pesar de todo, fue operada, él no cumplió su amenaza sino que, por el contrario, cuando ella regresó trató de convencerla de que la herida no tardaría en abrirse de nuevo, lo que hacía indispensable su presencia, porque nunca se puede saber… Aquí un poco de diálogo:
“ – No, señora, entiéndalo. La herida es peor que la enfermedad. La forma más certera de matar a una persona es la que consiste en inferirle una herida en el vientre. Eso lo comprende hasta un niño.
“ – Pero si ya me siento bien. Si nunca he estado mejor que ahora.
“ – Señora, puede usted pensar lo que desee; pero mi deber es cuidarla, evitar un desenlace fatal.”
Tranquilo ante la perspectiva de desarrollar esta maravilla, Leopoldo abrió el libro de Katz y buscó, sin impaciencia, el capítulo referente a los instintos de los perros. Antes, movido por el inconsciente deseo de no enfrentarse con su problema del momento, se detuvo en las páginas alusivas al picoteo de las gallinas. Era curioso. Ésta picoteaba a la otra, la otra a aquélla, a- quélla a la de más allá, en una sucesión que sólo terminaba con el cansancio o el aburrimiento. Leopoldo, triste, relacionó este aflictivo hecho con la cadena de picoteos irrecíprocos que se observa en la sociedad humana. De inmediato vislumbró las posibilidades que una observación de esta naturaleza prestaba para escribir un cuento satírico. Tomó notas. El presidente de una negociación cualquiera hace venir al gerente y le reprocha su lenidad, al mismo tiempo que señala con cólera una gráfica en descenso.
“– Usted comprende mejor que yo que si las cosas siguen así, el negocio se vendrá abajo. En tal caso, me veré obligado a sugerir en la próxima junta de accionistas la conveniencia de buscar un gerente más apto.
“El gerente, aturdido por el picotazo, quiere decir algo, pero su jefe está dictando ya y la taquigrafía recogiendo sus palabras: ‘La prosperidad que se ha observado en nuestra negociación durante los últimos tres meses me obliga a pensar que la amenaza de usted de separarse nace, más bien que de un natural temor de su parte, de un inadecuado punto de vista. El hecho de que las ventas hayan bajado en los últimos días obedece a un simple fenómeno observado ya por Adam Smith, fenómeno que consiste en la variabilidad de la oferta y la demanda. Cuando el mercado se satura…’
“El gerente llama entonces al jefe de ventas:
“– Usted debe comprender mejor que yo que si las cosas siguen, etcétera, me veré obligado, etcétera, la conveniencia, etcétera.
“El picotazo hace reaccionar al jefe en dirección de la gallina vendedora principal:
“ – Si en la próxima semana no suben las ventas en un veinte por ciento, mucho me temo que usted, etcétera.
“Con unas plumas menos, la vendedora principal picotea a su más cercana subordinada, quien picoteará a su novio, quien picoteará a su madre, quien…”
En efecto, concluyó Leopoldo, podría escribirse un buen cuento con este movido asunto. La psicología comparada era algo que todo escritor debía conocer. Tomó nota de que necesitaba tomar algunas notas y escribió en su cartera: CUENTO DE LOS PICOTAZOS. Visitar dos o tres grandes almacenes. Observar. Tomar notas. De ser posible, hablar con un gerente. Penetrar su psicología y compararla con la de una gallina.
Todavía, antes de llegar al capítulo de los perros, Leopoldo miró detenidamente a una muchacha que entraba. Ahora sí. Ahí estaba el capítulo. Trasladaría desde luego a su libreta cualquier dato utilizable. Sus ojos cansados, circuidos por profundas ojeras azules que le daban un notorio aspecto intelectual, recorrieron metódicamente las páginas. De vez en cuanto se detenía, con una sagaz expresión de triunfo, para escribir algunas palabras. Entonces se oía el rasgar de la pluma en toda la sala. Su mano, cuidadosa, cubierta de fino vello revelador de un carácter fuerte y tenaz, trazaba los signos con firmeza y decisión. Evidentemente, Leopoldo gozaba prolongando este placer.
Estaba escribiendo un cuento sobre un perro desde hacía más o menos siete años. Escritor concienzudo, su deseo de perfección lo había llevado a agotar, casi, la literatura existente sobre estos animales. En realidad, el argumento era muy sencillo, muy de su gusto. Un pequeño perro de la ciudad se veía de repente trasladado al campo. Allí, por una serie de sucesos que Leopoldo tenía ya bien claros en la cabeza, la pobre bestia citadina se encontraba en la desdichada necesidad de enfrentarse en lucha a muerte con un puercoespín. Decidir quién resultaba vencedor en la pelea fue algo que a Leopoldo le costó muchas noches de implacable insomnio, pues su obra corría el riesgo de ser tomada simbólicamente por más de un lector desprevenido. Si eso llegaba a suceder, su responsabilidad de escritor se volvía inconmensurable. Si el perro salía victorioso podía interpretarse como la demostración de que la vida en las ciudades no menoscaba el valor, la fuerza, el deseo de lucha, ni la acometividad de los seres vivientes ante el peligro. Si, por el contrario, era el puercoespín el que llevaba la mejor parte, era fácil pensar (festinada, equivocadamente) que su cuento encerraba en el fondo una amarga crítica a la Civilización y el Progreso. Y entonces, ¿en qué quedaba la Ciencia? ¿En qué los ferrocarriles, el teatro, los museos, los libros y el estudio? En el primer caso, podía dar lugar a que se pensara que él estaba abogando por una vida supercivilizada, alejada de todo contacto con la Madre Tierra, sin el cual, el triunfo del perro lo decía a gritos, era factible pasarse. Una resolución inmeditada lo comprometería en ese sentido. Y, sin embargo, Dios lo sabía bien, nada más lejos de su pensamiento. Ya veía las despiadadas críticas en los periódicos: “Leopoldo Ralón, el supercivilizado, ha escrito un atentatorio cuento en el cual, con una afectación y una pedantería sin límites, se permite, etcétera”. Por otro lado, si el puercoespín daba cuenta del perro, no pocos supondrían que estaba sosteniendo que un animal salvaje e hirsuto era capaz de echar por tierra los X años de esfuerzo humano por una vida más confortable, más fácil, más culta, más espiritual, en fin. Durante meses este dilema absorbió todo su tiempo. A través de noches enteras Leopoldo dio infinitas vueltas en su cama de insomne, en busca de la luz. Sus amigos lo vieron preocupado y más ojeroso y pálido que nunca. Los más allegados le aconsejaron que viera un médico, que se tomara un descanso; pero como en otras ocasiones (el cuento del avión interplanetario, el cuento de la señora que bajo un farol, en medio de un frío inclemente, tenía que ganar el pan de sus desventurados hijos) Leopoldo los tranquilizó con su peculiar aire abatido: “Estoy escribiendo un cuento; no es nada”. Ellos, es verdad, se hubieran alegrado mucho de ver uno de esos cuentos terminado; pero Leopoldo no los mostraba; Leopoldo era en extremo modesto. A Leopoldo no le preocupaba la gloria. Un día vio su nombre en el periódico: “El escritor Leopoldo Ralón publicará en breve un libro de cuentos.” Solamente estas palabras, en medio del aciago anuncio de que un artista de cine se había roto un pie y de que una bailarina tenía catarro. Pero ni a...

Índice

  1. Portada
  2. Portadilla
  3. Créditos
  4. Índice
  5. Mister Taylor
  6. Uno de cada tres
  7. Sinfonía concluida
  8. Primera dama
  9. El eclipse
  10. Diógenes también
  11. El dinosaurio
  12. Leopoldo (sus trabajos)
  13. El concierto
  14. El centenario
  15. No quiero engañarlos
  16. Vaca
  17. Obras completas