Tajimara y otros cuentos eróticos
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Tajimara y otros cuentos eróticos

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Tajimara y otros cuentos eróticos

Descripción del libro

Los protagonistas de los cuentos aquí reunidos siguen sus impulsos al margen de los tabúes que les impone la sociedad para adentrarse en los terrenos prohibidos, secretos y subversivos que marcan toda la literatura de García Ponce: el incesto, la promiscuidad, la perversidad, el voyerismo. En estos cuentos se reconstruyen las huellas emocionales, eróticas y artísticas que fueron moldeando la imaginación de Juan García Ponce a lo largo de su prolífica, dedicada y original carrera como narrador, uno de los más importantes y obsesivos de la segunda mitad del siglo XX.

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Información

Editorial
Ediciones Era
ISBN del libro electrónico
9786074451016
Año
2013
Enigma
Image
Antes de que estuviera fuera de su alcance intentar cualquier tipo de lucha, para Ramón Rendón su sometimiento resultaría una carga difícil de sobrellevar. Nunca supuso que un acto irreflexivo como el que cometió, impulsado por una fuerza cuyo poder su experiencia profesional le debería haber llevado a temer, pudiera imponérsele de tal modo. Amenazaba con cambiar su vida y cuando creyó haber realizado la acción que lo liberaría definitivamente de ese sometimiento, éste sólo se hizo más poderoso. Ya no estaba dirigido a la urgencia de una realización inmediata sino a la continua nostalgia por la imposibilidad de esa realización que, para hacerlo todo más irritante, él mismo había provocado. Su capacidad de pensar o mejor dicho la posibilidad misma del pensamiento o lo que él estaba seguro que era el pensamiento desaparecía para ceder el paso a una furia ciega dirigida contra él mismo e imposible de controlar.
Sólo unos cuantos meses atrás la vida de Ramón Rendón avanzaba por un cauce tan seguro y placentero que apenas permitía advertir su movimiento. Estaba casado felizmente desde hacía siete años. Tenía dos hijos, un niño de cinco años y una niña de tres, a los que adoraba y a los que, junto con su mujer, veía crecer con una satisfecha seguridad. Él y su mujer se habían casado cerrados por completo en su amor y para permanecer algún tiempo sólo dentro de él habían esperado voluntariamente dos años antes de tener su primer hijo. Ramón Rendón siempre afirmó que había que dejarse vivir por la vida y al mismo tiempo, sin que ella lo advirtiera, dominarla y dirigirla de acuerdo con las conveniencias particulares. Su posición en el mundo no presentaba ningún problema desde antes de su matrimonio. Era el joven subdirector, elegido para ese importante cargo por el que había sido su maestro desde la Facultad de Medicina y desde entonces era también el director del pabellón de psiquiatría de un d e s t acado instituto neurológico e impulsó y favoreció siempre la dedicada y prometedora vocación de Ramón. Su mujer sólo había visitado unas cuantas veces el pabellón, aseguraba que no volvería nunca y entre los amigos comunes de la pareja comentaba siempre que no podía explicarse cómo Ramón transitaba con tanta facilidad entre la pesadilla poblada de horrores donde se desarrollaba su vida profesional y el mundo llamado normal en el que vivían la gente como ella y su propio marido. Pero, invariablemente también, Ramón le rodeaba los hombros con el brazo y aseguraba ante ella y sus amigos que para la ciencia no había nada horrible y todo lo que tenía que hacer para olvidar esos supuestos horrores, aunque nunca dejaran de interesarle y de estar siempre vivos en su interior, era dejar su trabajo. Entonces se convertía en el atractivo joven, amoroso marido y cariñoso padre que todos conocían.
Precisamente por eso el conflicto que tuvo que enfrentar resultaba tan inesperado. Dentro de una realidad cotidiana plena y satisfactoria no tenían por qué presentarse ese tipo de problemas, aunque la ciencia que él practicaba asegura que el enemigo que se encuentra en el interior de cada persona siempre acecha. Pero Ramón conocía a ese enemigo. Su vida afectiva era rica y compleja por la misma intensidad de los afectos que no creaban ninguna dificultad sino sólo le subrayaban la voluntad de equilibrio que los guiaba. Su vida profesional se desenvolvía tal como él lo había previsto, tal como siempre se había preparado para lograrlo, por un camino seguro y no dejaba de proporcionarle profundas satisfacciones intelectuales ante sus reconocidos éxitos clínicos. Su vida social era agradable y variada. Tanto Ramón como Laura, su bella mujer, tenían distintos tipos de amigos que frecuentaban sólo de acuerdo con lo que les dictaban sus propios deseos, pasaban la mayor parte de los fines de semana en una modesta pero extremadamente agradable casa de campo en una ciudad situada a unos cuantos kilómetros de la capital y en la que se hacía evidente la imagen de su bienestar tanto como en el amplio departamento que no tuvieron que abandonar ni siquiera cuando nacieron sus dos hijos. Ramón tenía en ese departamento su propio despacho, una acogedora habitación con un enorme escritorio y tres de las paredes cubiertas con anaqueles repletos de libros. Algunas veces, después de cenar, mientras Laura se dedicaba a sus pequeños cuidados de ama de casa, él se encerraba a estudiar en ese despacho. Luego, todas las noches, antes de dirigirse al cuarto donde Laura lo esperaba ya, Ramón entraba al de sus dos hijos, siempre apaciblemente dormidos, igual que la sirvienta que dormía en el mismo cuarto para mayor seguridad dado que Ramón y su mujer, conducidos por su vida social, regresaban muy tarde a su casa varias veces a la semana, para darles un último beso de buenas noches poniendo especial cuidado en no despertarlos al tiempo que en la semioscuridad del cuarto se dejaba conmover por su belleza y el carácter apacible de su sueño. En algunas ocasiones, Laura lo acompañaba en esa pequeña ceremonia; pero no siempre porque, aun cuando no se había quedado trabajando en su despacho y la pareja regresaba junta a la casa, Ramón tenía la mala costumbre de demorarse en una serie de actos aparentemente inútiles antes de regresar a su cuarto y Laura fingía encantadoramente perder la paciencia con él. Como una posible demostración de que no hay actos inocentes, éste fue el origen del problema.
La penúltima nana de los niños había dejado el servicio intempestivamente hacía más o menos siete meses. Ni la razón ni los afectos parecen contar ni existir entre determinadas capas sociales. Durante unas semanas la joven pareja tuvo que adaptarse a las dificultades de tener una sola sirvienta. Luego Laura encontró una sustituta para la antigua nana, de la que Ramón, con su penetración de psiquiatra, le había comentado a su mujer que su hijo mayor no había dejado de extrañar un poco. Ajena a la psiquiatría, a pesar de su cariñoso interés por la carrera de su esposo, Laura no había podido dejar de responder que Ramón exageraba. “Tú no sabes hasta qué extremo nuestras exigencias inconscientes se nos imponen en todas las ocasiones”, había contestado él. Y estaba en lo cierto, pero lo que no sabía es que él tampoco lo sabía, tal como lo probó todo lo ocurrido después.
La nueva nana que Laura encontró se llamaba Rosa. Fue la mujer del cuidador de la modesta pero alegre casa de campo donde Ramón, Laura y sus hijos pasaban casi todos los fines de semana y que en estas ocasiones le servía también de cocinera, la que recomendó a Rosa para que Laura la tomara a su servicio. Antes de llevarla ante ella le dijo que Rosa vivía con su padre y sus cinco hermanos haciendo las veces de sirvienta para todos en una pequeña casa de madera, rodeada por la exuberante vegetación típica de la ciudad, al fondo de la cañada que empezaba a bajar justo donde terminaba el jardín de la casa de Ramón y Laura. La mujer del cuidador estaba segura de que Rosa sabría actuar de acuerdo con los deseos de Laura. Aunque su familia vivía muy pobremente –sólo dos de los hermanos y el padre trabajaban y no siempre sino de una manera ocasional– antes de que su madre muriera Rosa había estudiado la primaria y la secundaria completas y era una muchacha discreta y diligente. Laura la hizo venir a la casa para entrevistarse con ella. Su aspecto era común. No muy alta, trenzas casi hasta la cintura, con un pelo grueso y negro y unos pequeños ojos negros también en su morena cara llena con unos simpáticos hoyuelos en las mejillas. El vestido con el que se presentó a ver a Laura estaba limpio pero también zurcido en muchas partes y Rosa iba descalza. De inmediato, Laura le preguntó discretamente si no acostumbraba usar zapatos. Rosa se excusó avergonzada. Sus sandalias estaban tan maltrechas que había preferido dejarlas en la puerta. Esta respuesta le hizo un buen efecto a Laura. Después de todo, la muchacha se veía más natural y dueña de sí estando descalza. Hablaba con facilidad, su aspecto general era despierto, dijo que sabía leer y escribir correctamente y no sería difícil enseñarle las mínimas exigencias del oficio al que Laura planeaba dedicarla. Le preguntó si le gustaban los niños y desde cuándo podría contar con ella. Rosa respondió espontáneamente que le gustaban mucho, que ella había cuidado a sus dos hermanos menores y que estaba a sus órdenes de inmediato. El hijo de Laura jugaba cerca y ella lo llamó para que conociera a su nueva nana. El niño levantó los ojos para mirarla. Rosa le sonrió un tanto turbada y puso uno de sus pies descalzos sobre el otro. El gesto conmovió a Laura. Le dijo a Rosa que en su nuevo empleo llevaría uniforme y ella se encargaría de proporcionárselo. Rosa movió la cabeza afirmando y dijo: “Sí, gracias, señora”. Después, de una manera instintiva, como diría Ramón, acarició un instante la cabeza del hijo mayor de Laura. Él se dejó hacer y su madre interpretó esa aceptación de la caricia como una buena señal. Podía estarle agradecida a la vieja esposa del cuidador de la casa. Rosa sería una buena adquisición. Laura decidió llevársela consigo apenas regresaran a la capital. El domingo por la tarde Rosa se presentó con otro vestido igualmente limpio y no menos zurcido, calzada con unas maltrechas sandalias y con una caja de cartón en la que guardaba todas sus pertenencias. Sentada en el asiento trasero del automóvil no habló nada durante todo el viaje. Su único propósito parecía ser pasar lo más inadvertida posible. Pero cuando la hija de Laura quiso pasarse al asiento de atrás le tendió los brazos para recibirla asegurándole al mismo tiempo a la mamá que la niña estaría bien a su lado.
Por una circunstancia que no era habitual pero se presentaba de vez en cuando, Ramón Rendón no había estado presente cuando se contrató a Rosa. Llevaba cinco días fuera del país en un congreso profesional. Para asistir a él, desde un mes antes, se había dejado la barba. Era un joven guapo y elegante y con barba seguía siéndolo, pero Laura no había podido evitar burlarse ligeramente de él diciéndole que se avergonzaba de verse joven y quería imitar al doctor Freud. Ramón lo aceptó y agregó bromeando también que su mujer aceptaría que al menos en parte él era un científico. Laura concluyó la conversación añadiendo con el mismo tono humorístico que de todas maneras las barbas de los científicos les picaban a sus mujeres a la hora de hacer el amor. Ante este argumento, Ramón prometió cortársela al regresar del congreso.
Laura fue a recogerlo al aeropuerto. El avión llegaba por la tarde. Ramón regresaba satisfecho. En medio del difícil tráfico, sentado en el automóvil al lado de Laura que se ocupaba del manejo, le contó durante el camino de regreso que su ponencia en el congreso sobre los casos de paranoia autodestructiva que, de acuerdo con su experiencia clínica, lograban apaciguarse con mayor rapidez a base de un intensísimo tratamiento con sustancias químicas, había recibido algunas objeciones con respecto a los efectos secundarios, pero también contó con la aprobación de otros muchos colegas con una amplia experiencia en diferentes hospitales. A pesar de su intento de imitación con las barbas, Ramón aventuró que muy pronto Freud quedaría definitivamente atrás. Laura lo escuchó con el aire de admiración de siempre. Era casi una convención entre los dos. Ramón ya sabía que no estaba enterándose de nada de lo que él decía, pero necesitaba su aspecto de atención para escucharse a sí mismo. En su papel de ama de casa, que además era mujer de un joven y distinguido psiquiatra, Laura le informó a Ramón de su mucho más modesto logro: había encontrado una nueva nana para los niños y por los dos días que llevaba trabajando podía decir que estaba muy contenta con ella. Con la mente puesta en aspectos más serios de la vida, no fue extraño que Ramón tampoco le pusiera mucha atención a ese informe.
Al llegar a su casa, después de recibir los cariñosos besos y abrazos de sus hijos y de que Laura les asegurara que su padre se quitaría la incómoda barba esa misma noche, Ramón Rendón conoció a Rosa. Ella estaba vestida ya con el inmaculado uniforme blanco que Laura hacía usar siempre a sus sirvientas y calzada adecuadamente. Se veía un poco más morena y su negra y espesa trenza destacaba sobre la tela blanca del uniforme. Miró con asombro y admiración y también con disimulo la tupida barba castaña de Ramón, pero bajó tímidamente los ojos cuando Laura le informó a su marido que era la nueva nana de los niños de la que ya le había hablado. Del mismo modo que no había puesto ninguna atención al escuchar la noticia, Ramón tampoco reparó de hecho en Rosa cuando Laura le señaló su nueva presencia en la casa. Abrió su pequeña maleta para sacar los regalos que les había comprado a su mujer y a sus hijos. Fue a ver bañar a estos últimos sin reparar en la habilidad con que Rosa lo hacía ya. Los acompañó a cenar y fue a acostarlos luego junto con su mujer. Laura y Ramón eran una pareja feliz. Ella se sentó en la orilla de la tina para verlo rasurarse cuando llegó el momento de que él cumpliera su promesa. Ya había actuado como el brillante profesionista que era en el congreso; ahora actuaba como el amoroso marido que también era en la vida privada. Tomaron una copa, una sola copa, sin brindar por su felicidad pero dándola por sobreentendida, antes de cenar. Se sentaron uno frente a otro en la mesa y hablaron cálidamente de temas banales. El congreso no dejó de volver a mencionarse. Ramón tendría que estar en su trabajo muy temprano al día siguiente. Como es natural, no se mencionó más a Rosa. Estaba dormida ya en el sofá cama perpendicular a los pequeños lechos de los niños cuando Laura y Ramón entraron juntos en esta ocasión a darles el acostumbrado beso de buenas noches a sus hijos, que, como de costumbre también, siguieron durmiendo ignorantes de esta pequeña ceremonia pero permitiéndoles a sus padres gozar unos instantes con la contemplación de su serena belleza. Rosa tampoco pareció advertir la presencia de sus patrones en el cuarto.
Al día siguiente, mientras les daba de desayunar a los niños, Rosa vio salir apresuradamente de su cuarto a su nuevo patrón, sin barba ya. Primero pensó que era otra persona. Ramón Rendón besó a los niños y se tomó rápidamente una taza de café sin sentarse a la mesa. Mientras, Rosa lo miró con más cuidado. Era la misma persona. Le comentó después a la otra sirvienta que con barba o sin barba se veía muy guapo. Su compañera de trabajo afirmó que a ella le gustaba más su novio. Rosa respondió con asombro. Ella se refería a otra cosa. No había ninguna relación posible entre sus patrones y la gente que podía ser novio de ella o de su compañera. Y en verdad el espacio en el que vivían Ramón Rendón, su mujer y sus hijos, colindando de una manera tan estrecha con el de las sirvientas, era otro. Por eso ellas estaban siempre presentes sin estar presentes jamás. Un sociólogo hubiera concluido, con justicia, como con tanta frecuencia ocurre en los casos en que se examinan problemas de clase, que esa circunstancia reducía a las sirvientas a una inhumana condición de objetos. Pero es posible que pasara por alto que también los objetos se hacen advertir algunas veces e imponen con una singular fuerza su presencia precisamente porque, por lo general, pasan inadvertidos.
El entrecruzamiento de su vida profesional y su vida familiar condujo en una ocasión a Ramón Rendón a invitar a su casa a un colega extranjero que visitaba el país con su esposa. Sobra decir que era un contacto que le convenía a Ramón profesionalmente. Sobra decir que en esos casos, Laura sabía actuar a la perfección el papel que le correspondía. La reunión fue un éxito. Laura y la también joven mujer del joven colega de Ramón se entendieron con tanta facilidad como sus maridos lo hacían en el campo profesional e igual que ellos demostraron que tenían intereses comunes lo suficientemente fuertes para hacer natural su relación. Por supuesto, cuando la pareja de invitados llegó, los hijos de Laura y Ramón se habían acostado ya; pero durante la cena se habló de ellos. También el otro médico y su mujer tenían dos hijos, sólo que en su caso la relación era inversa: la niña era mayor que el niño. Se hicieron algunas bromas relacionadas con la ciencia de las profundidades del alma sobre la importancia que se daba en los países latinos al hecho de que en las familias el primogénito fuera de sexo masculino. Ramón estuvo de acuerdo con su colega en que ésas eran sombras atávicas que terminarían por desaparecer devoradas por la luz del conocimiento. Cuando se sabe cómo emplear su fuerza no hay ninguna barrera que la razón no pueda vencer. Graciosa, alegre, elegante e irónicamente Laura intervino para afirmar que su amor por su marido era irracional. Obtuvo el apoyo de la otra mujer en la cena y todos se rieron juntos. Ese tipo de bromas siempre es agradable cuando el curso mismo de la vida demuestra que una pequeña concesión a las fuerzas irracionales es perfectamente legítima y hasta recomendable. Pero el rumbo que fue tomando la conversación hizo que los invitados quisieran ver, aunque fuera dormidos, a los hijos de esa pareja con la que tenían tantos puntos comunes que de ahí en adelante deberían considerarse amigos.
Ramón y Laura guiaron a sus invitados hacia el cuarto de los niños. Inconscientemente, desde que empezaron a avanzar por el pasillo los cuatro caminaban sobre la punta de los pies, como si su acción tuviera algo culpable y tuviera que realizarse furtivamente. Sin embargo, el motivo era obvio. Todo psiquiatra, cualquier madre moderna, saben que el sueño de los niños es sagrado. Nada debe perturbarlo; nada debe interrumpirlo. Ellos deben transitar tranquilamente por las zonas de luz y las zonas de oscuridad como si se tratara del mismo campo y la obligación de toda pareja consciente y responsable es lograr que efectivamente sea así. Era natural que antes de abrir más ampliamente y con un extremo cuidado la puerta del cuarto que siempre permanecía entreabierta o al tiempo que lo hacía Ramón viese a su mujer poner un dedo sobre su boca para hacer un gesto pidiendo el más absoluto silencio. Después entraron al cuarto y se dedicaron a la contemplación, sin prender la luz, auxiliados tan sólo por la que entraba desde el pasillo. Laura se inclinó un instante sobre la cama de la niña para subir el embozo de la manta y en ese momento Rosa se revolvió con inquietud en su sofá cama. Si los invitados, absortos en la contemplación de los niños, no habían reparado en su presencia hasta entonces, no podían menos que hacerlo ahora. Sin embargo, el colega de Ramón esperó a que todos hubieran vuelto a salir de la habitación en la que los niños dormían tan apaciblemente y, por lo visto, Rosa se inquietaba por quién sabe qué secretos motivos durante el sueño, y estar sentados de nuevo en la sala para preguntar por qué los niños dormían con alguien a una edad tan avanzada. Ramón se turbó un poco. Eran sólo diferencias de costumbres, empezó a explicar. Pero Laura lo interrumpió para asegurar mucho más firmemente que en nuestro país donde todavía por fortuna casi no había dificultades para encontrar servicio, todos los niños tenían nana durante muchos años y consideraba más seguro que alguien estuviera durmiendo en el mismo cuarto que sus hijos siempre y cuando tuviera una absoluta confianza en ella, sobre todo para los casos en que, junto con Ramón, regresaban tarde por la noche.
Tal vez sus nuevos amigos no quedaron convencidos por completo. Los acuerdos totales entre países de formas de vidas tan diferentes son imposibles. ¡Se podría decir tanto sobre eso, incluso en relación con la psiquiatría directamente! Durante un instante, Ramón pensó que tal vez en un próximo simposium… Pero todos eran lo suficientemente civilizados para no crear una fisura por un motivo tan banal en el agradable carácter de la reunión. La cena terminó tan cordialmente como se había iniciado. Y sin embargo, había dejado una sombra que se proyectaría sobre las claras vidas de Ramón y Laura.
Fue ella la que unos días después le preguntó inesperadamente a su esposo si no sería en verdad inconveniente que la sirvienta durmiese con los niños. Ramón, haciendo gala de su comprob ada perspicacia de psiquiatra, le respondió de inmediato que ya había observado que una idea fija la perseguía desde algunos días atrás. Contradictoriamente, sin ningún motivo razonable, Laura se irritó. Ella –dijo– no quería ser observada todo el tiempo como un cuyo en un laboratorio. Sólo había planteado una pregunta concreta sobre la educación de sus hijos porque los quería y quería lo mejor para ellos. Ramón no perdió la calma. Laura estaba en lo cierto. Él no debería permitir de ninguna manera q u e sus hábitos profesionales se inmiscuyeran en su vida privada, pero también, precisamente, por el conocimiento de su profesión podía asegurarle a Laura que no había ningún riesgo en el h echo de que los niños tuvieran nana, a pesar de lo que pudiera sorprender a los extranjeros. Al contrario, el contraste entre las nanas y la madre le permitía a los niños latinos fijar de una manera mucho más suave y natural los perfiles de la figura materna, pues, por parte de las nanas, en general, y a él le parecía que ése era el caso en relación con sus hijos, también había una descarga de corriente afectiva en relación con los niños que no podía contribuir más que a darles mayor seguridad. Laura comprobó una vez más la ventaja de tener un marido como Ramón. La idea fija dejó de ser fija primero e idea después.
Pero las fuerzas instintivas son imprevisibles. Sin que Ramón lo advirtiera no había ocurrido lo mismo con él. Las noches en que habiéndose mantenido ocupado con cualquier asunto de manera que Laura ya se había retirado a su cuarto cuando él iba a acostarse y antes de hacerlo pasaba a besar a sus hijos, nunca dejaba de volverse después hacia el sofá cama en el que dormía Rosa. Y en la que más adelante demostraría ser una ominosa intervención del azar, por una mera casualidad, como ocurre en casi todos los desastres de la vida, en el momento en el que Ramón Rendón se volvió, ¿mecánicamente?, ¿inadvertidamente?, ¿inconscientemente? a mirarla, Rosa, sin despertar, conducida por quién sabe qué brusco sobresalto en el sueño, sacó un brazo de las mantas y éstas resbalaron hacia abajo mostrando su brazo y un hombro desnudos. En la semioscuridad, Ramón miró ese brazo, miró ese hombro. Rosa debería dormir desnuda. Debería estar desn uda bajo las mantas. Era anacrónico e inesperado. Afirmaba la irrupción de la lujuria en el ámbito de la inocencia. Ramón Rendón, conducido por ese doble descubrimiento, sintió un salvaje e incontenible deseo. Este impulso duró sólo un instante. Inmediatamente Ramón reconoció su imposible naturaleza y su carácter ridículo y, apartando la vista de la dormida figura de Rosa, salió del cuarto. No obstante, después de hacer exitosamente como de costumbre el amor con Laura, cuando ella se había dormido ya con la cabeza apoyada en el hombro de su esposo, Ramón permaneció despierto y se sorprendió descubriendo que la pregunta sobre si el gesto de Rosa había sido intencional estaba p r esente incluso mientras hacía el amor con su mujer. La intrusión de pensamientos extraños en una pareja que hace el amor no era nada sorpresivo para un psiquiatra; pero la pregunta sobre el carácter del gesto de Rosa era inquietante porque a la luz del examen de los motivos por los que se le había presentado, Ramón tenía que reconocer, tal como sus conocimientos profesionales lo confirmaban, que el deseo había sido real, que se le había impuesto desde afuera como si no fuera dueño de sí mismo y pedía la participación de Rosa. Pero tampoco eso era nada sorprendente. Ramón aceptó con facilidad que el deseo había existido, se felicitó por la firmeza con que él se le había impuesto y confiado en el poder de su voluntad se durmió profundamente con el cálido cuerpo de Laura a su lado. No debería haberlo hecho. En su breve análisis del pequeño suceso no se había detenido a examinar la importancia que para él tenía el carácter voluntario o involuntario de la participación de Rosa. Pero hasta para alguien tan experimentado como Ramón en el conocimiento de la naturaleza irracional del deseo, Rosa era una figura demasiado insignificante. A Ramón Rendón le bastaba con conocerse a sí mismo y así pudo dormirse tranquila y profundamente.
Sin embargo, las trampas que tiende la vida no desaparecen con tanta facilidad. Adentrándose por un camino dentro del que él mismo se desconocía y que no renunciaba a seguir mediante el subterfugio, que debería haber sido obvio para alguien con sus conocimientos, de que carecía de importancia y en todo caso sólo debería conducirlo a conocerse mejor, cada vez que Ramón Rendón entraba sólo a darle el beso de buenas noches a sus hijos se detenía también a mirar dormir a Rosa. Las primeras ocasiones esto ocurrió sólo por un breve instante; después, durante un tiempo cada vez más largo. Ramón esperaba, pero Rosa no volvió a moverse. No pensaba en su desilusión. El gesto que había sorprendido unas noches atrás no debería haber sido intencional. Por tanto, Rosa era inocente y Ramón culpable. Pero él ya había realizado una conveniente racionalización para justificar su conducta: se estaba investigando a sí mismo. Lo que ocurría era lo contrario. Sin reparar en sus sienes palpitantes, observaba dormir a Rosa, comprobaba el ritmo demasiado acusado de su respiración, la forma un tanto vulgar de sus facciones y habiendo desechado ya la importancia de este breve momento de observación, como si sólo fuera una acción voluntaria que dominaba perfectamente, se dirigía a la habitación donde lo esperaba su esposa.
Luego ocurrió lo que tenía que ocurrir, tal vez porque nuestros deseos secretos provocan los gestos que quieren interpretar de una manera que permi...

Índice

  1. Cubrir
  2. Título
  3. Derechos de autor
  4. Índice
  5. Imagen primera
  6. Tajimara
  7. La noche
  8. El gato
  9. Envío
  10. Rito
  11. Un día en la vida de Julia
  12. Enigma
  13. Juan García Ponce: autobiografía desde el cuento erótico