No sufrirás
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No sufrirás

Y otros dogmas del occidente adolescente

  1. 94 páginas
  2. Spanish
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  4. Disponible en iOS y Android
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No sufrirás

Y otros dogmas del occidente adolescente

Descripción del libro

"Nietzsche acabó con el estorbo de Dios –escribe el autor– y desde entonces todo nos está permitido. Algo así le ocurre al adolescente. Acaba de descubrirse a sí mismo y se encuentra maravilloso, lleno de posibilidades, capaz de empezar desde cero y comerse el mundo". Como el adolescente, la sociedad actual busca romper con su pasado, rechazando sus límites. Es el héroe de nuestro tiempo, que idolatra la juventud, el cambio por el cambio. Se opone a la madurez, que asocia con la decadencia inminente. Con lenguaje audaz y fuertemente expresivo, el autor denuncia las fisuras del pensamiento dominante acerca de la culpa y la autoestima, el patriarcado, el "pecado del sufrimiento", el desprecio del pasado o la equiparación del animal al hombre. Ofrece así un libro lleno de reflexión, que interpela y estimula el sentido crítico.

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Información

Año
2022
ISBN del libro electrónico
9788432161629
Edición
1
Categoría
Philosophy
MUERTE AL PATRIARCADO
«EL PATRIARCADO PUEDE definirse como un sistema de relaciones sociales sexo-políticas basadas en diferentes instituciones públicas y privadas y en la solidaridad interclases e intragénero instaurado por los varones, quienes como grupo social y en forma individual y colectiva, oprimen a las mujeres también en forma individual y colectiva y se apropian de su fuerza productiva y reproductiva, de sus cuerpos y sus productos, ya sea con medios pacíficos o mediante el uso de la violencia». La definición es de Marta Fontenla, que goza de gran predicamento en los círculos feministas. No queda sino asentir, porque la historia encaja. Solo hay que mirar alrededor: mujeres salvajemente golpeadas o asesinadas por sus parejas o exparejas sentimentales, o por un cerdo que pasaba por allí; otro cerdo, esta vez jefe, que paga de menos y se toma confianzas de más; mirones, piroperos babosos y maridos demasiado encariñados con el sofá. Hace falta poca humanidad para ponerse del lado de estas mujeres. Y de ahí a concluir que el problema es el patriarcado, solo un incauto paso.
La cuestión del patriarcado nos atañe porque en ella se dan cita dos concepciones típicas de la sociedad adolescente: la de que todos nuestros males responden a una causa única y material y la de que tienen su origen en nuestros ancestros, en su visión arcaica y obtusa de las cosas. Nosotros, los adolescentes fatuos, hemos identificado el problema y lo eliminaremos de un plumazo por mucho que les pese a los carcas.
Pero algo rechina en la definición de patriarcado: según Marta Fontenla, fue «instaurado por los varones». ¿Cómo lo hicieron? ¿Hubo un cónclave de varones, una conspiración para someter a las mujeres, para apropiarse «de su fuerza productiva y reproductiva, de sus cuerpos y sus productos»? ¿Cuándo? ¿En Altamira, bajo el rojo y el negro de los bisontes? Y, sobre todo, ¿cómo fueron capaces de semejante éxito, de que todos los hombres asumieran su papel de esclavistas y todas las mujeres el de esclavas?
Como el problema es evidente, se han buscando soluciones. Marija Gimbutas, una eminente arqueóloga que excavó y estudió durante décadas los restos de los pueblos prehistóricos europeos, dio al mundo, sobre todo a partir de los 70, una revolucionaria teoría: las sociedades de la «Vieja Europa» eran ginocéntricas, pacíficas y económicamente igualitarias y fueron los kurganes protoindoeuropeos, androcéntricos, patriarcales y belicosos quienes lo echaron todo a perder.
La teoría cayó en campo abonado. Fue recibida con alborozo, obviamente, por los y las feministas: «¿Lo veis? El problema es el patriarcado», se apresuraron a decir. Pero también surgieron voces críticas. Non sequitur, observaron algunos: las evidencias arqueológicas no probaban la hipótesis de Gimbutas, que suponía una inferencia gratuita. Se dijo que aquellas sociedades supuestamente pacíficas construyeron, en realidad, fortificaciones, y que dejaron armas e indicios de sacrificios humanos, desigualdad social, etc. Se la acusó de ver diosas femeninas por todas partes; Gimbutas basó su hipótesis, entre otras cosas, en las antiquísimas representaciones de mujeres descubiertas a lo largo y ancho de Europa: figurillas y estatuas, frecuentemente con los atributos sexuales muy marcados, que asoció con divinidades femeninas de la fertilidad. Dios, para aquellas sociedades edénicas, era mujer, y sus atributos no eran el sable ni el trueno, sino el vientre y el pecho; su quehacer no era la guerra y la conquista, sino el alumbramiento y la consecución de la abundancia. Aquellos hombres y mujeres adoraban la capacidad de dar vida, la feminidad de la naturaleza que fructifica y sostiene a todas las criaturas. Feminismo, ecologismo, pacifismo. Campo abonado.
Pero ¿por qué habrían de apuntar las representaciones de mujeres a un culto exclusivo de lo femenino? ¿Y si eran muñecas? ¿Y si no se esculpieron o modelaron o pintaron más que por placer estético? Sally R. Binford llegó a preguntarse si la abundancia de desnudos femeninos en revistas «para hombres» habría de entenderse hoy como un signo de matriarcado o matrilinealidad. Las representaciones femeninas prehistóricas son tan variadas y multiformes, por otro lado, que asumir que todas aluden a diosas es, como mínimo, imprudente. La propia Gimbutas reconoce haber basado sus teorías en la intuición y no en hechos incontrovertibles.
El asunto empieza a resultar sospechoso. Pero aunque dejemos la controversia arqueológica y antropológica a los que saben, hay otros motivos para no aceptar la teoría de Gimbutas como respuesta a las preguntas que nos hacíamos más arriba. Al margen de que sea demasiado simplista y maniquea, al margen de que resulte tan incongruente con la naturaleza humana, ¿qué pasa con el resto del mundo? Supongamos que en Europa ocurrió lo que dice Gimbutas, que un pueblo violento y patriarcal se impuso a sociedades pacíficas y matriarcales. ¿Qué pasa con China, por ejemplo? ¿Llegó hasta allí la influencia kurgán? ¿Qué pasa con las culturas de la América prehispánica, adonde de ningún modo pudieron llegar los kurganes? ¿Qué hay de los aborígenes australianos? Todos ellos guerreros, todos ellos patriarcales a ojos del feminismo o de cierto feminismo.
Por otro lado, lo que se señala como positivo en las sociedades matriarcales o matrilienales postuladas por Gimbutas es, precisamente, lo que tradicionalmente se ha asociado con la feminidad. Eran culturas menos belicosas que las patriarcales, adoraban la fertilidad, la capacidad de dar vida y alimento. Eso era bueno y hay que recuperarlo, nos dicen los defensores de esta tesis. O sea que lo que hay que recuperar y extender al máximo es, precisamente, la feminidad tradicional. El afán conquistador y explotador es típicamente masculino; el afán conservador y nutricio, femenino. Lo bueno es esto último. Así que lo bueno de la mujer es lo que el patriarcado dice que es bueno en la mujer. La mujer ideal, en consonancia con su diosa, es el ama de casa.
No todos los defensores de la existencia del patriarcado verán estas palabras con los mismos ojos. Unos dirán que, efectivamente, las cualidades tradicionalmente atribuidas a la mujer son positivas, y que lo que hay que hacer es extenderlas. Otros dirán que de ningún modo, que esas supuestas cualidades son un invento del patriarcado y que la mujer puede ser guerrera, conquistadora y explotadora si le place. A estos últimos, supongo, no les hacen mucha gracia las antiguas sociedades matriarcales de Gimbutas.
Las preguntas siguen en pie. ¿Cómo, dónde y cuándo instauraron los varones el patriarcado? ¿Cómo consiguieron imponer su plan a todas las grandes civilizaciones del planeta, incluso a las que resultaban inaccesibles? Solo queda una respuesta: poligénesis. Es decir, el patriarcado habría surgido de forma independiente en las diversas culturas. Pero esto no elimina los interrogantes. Antes al contrario: ¿cómo pudo darles a todos los hombres del planeta por hacer exactamente lo mismo? ¿En todas partes hubo sociedades matriarcales y pacíficas y en todas partes pueblos androcéntricos y belicosos que las arrasaron sin dejar rastro del proceso? ¿En todas las sociedades los varones se pusieron de acuerdo para apropiarse de la fuerza productiva y reproductiva de las mujeres, de sus cuerpos y sus productos? ¿A todos se les ocurrió exactamente eso? ¿Nadie protestó? ¿Tan universalmente malos éramos?
«Sarcasmo barato», se me dirá. «Nadie habla de cónclaves, nadie dice que los varones decidieran dar ese paso un día concreto; nadie habla de conspiraciones». Y sin embargo, en todas partes ocurrió lo mismo: los hombres de todas las sociedades, o de un número apabullantemente mayoritario de ellas, tomaron la extraña decisión de oprimir a las mujeres. ¿Cómo se explica? «Fue un proceso gradual, no un plan explícito», se dice también. Pero ¿qué lo provocó? Solo se me ocurren dos posibilidades: o un inaudito acuerdo tácito y transcultural, prácticamente universal, o la propia naturaleza humana. Pero que todas las culturas, incluso las que no tenían contacto entre sí, optaran repentina y sistemáticamente por la misma idea, arbitraria y tiránica, es, como mínimo, altamente improbable. La otra opción es el desarrollo de un orden que tuviera algo de natural, lo que explicaría su omnipresencia. Pero entonces no habría instauración por parte de los varones, como quiere Marta Fontenla, sino adopción más o menos espontánea de una organización que parecía adecuarse a las necesidades del ser humano. El patriarcado sería entonces —¡ay!— consustancial a nosotros.
Teniendo en cuenta la segunda posibilidad, podemos suponer que desde que el ser humano existe, el varón, más fuerte físicamente, asume de manera bastante lógica las tareas más exigentes desde el punto de vista físico, y la mujer las que lo son menos. La mujer se ocuparía asimismo, de manera también bastante natural, del cuidado de los más pequeños. Hablar aquí de naturaleza provocará, supongo, que los defensores de la teoría de género tachen mis reflexiones de biologicistas. Esta teoría, ya lo sabemos todos, advierte de que los roles de género, los códigos de comportamiento de los varones y las mujeres por el hecho de ser tales, son un producto cultural y no natural. Es la sociedad organizada por los varones la que los dicta, y todos los asumimos de manera por lo común inconsciente. Que la cultura influye en el comportamiento social, en los papeles que cada uno asume y en cómo los asume y desempeña está más allá de toda duda. No creo que nadie esté tan ciego como para negarlo. Pero que la naturaleza humana esté completamente al margen de estas pautas, costumbres o como quieran llamarse es algo absurdo. Porque exigiría admitir, ya lo hemos dicho, que la idea artificial y arbitraria del patriarcado se impuso repentina y caprichosamente en la práctica totalidad de las sociedades humanas.
El binomio naturaleza/cultura es muy problemático. Alguien me dijo una vez que el ser humano tiene un único instinto, el de supervivencia, y que todo lo demás es cultura. Pretendía reducir al máximo el influjo de la naturaleza porque la percibía como un encorsetamiento, una limitación de nuestra libertad. Los tiranos pueden basar sus imposiciones en el concepto de naturaleza humana, una misteriosa configuración restrictiva, y esto es intolerable. Resulta obvio que nuestra sociedad actual entiende la libertad, en buena medida, como algo absoluto, sin referencias ni baremos. Somos pura indeterminación y podemos hacer lo que nos dé la gana. ¿Cómo podría ser de otro modo? Si la libertad tiene límites, puntos de partida, condiciones, entonces no es libertad. Si estoy determinado por una naturaleza insoslayable, no soy libre. Y todos queremos ser libres. Entendiendo la naturaleza no como un don sino como una cárcel, lo lógico es tratar de huir. Pensemos en el transhumanismo, en la teoría cíborg. El ser humano es solo cultura —entendida esta como la capacidad de hacer cosas al margen de la estricta biología—, autodeterminación absoluta, mera potencialidad.
Todo se va al traste cuando reparamos en que somos seres culturales por naturaleza. La cultura es lo natural del hombre. El ser humano pinta, baila, adorna, codifica desde que es tal. Así que naturaleza y cultura no son dos factores en liza, sino íntimamente imbricados. Adiós a las ansias de libertad absoluta: no podemos huir de nuestra naturaleza cultural. Negarla, escapar de ella consistiría entonces en hacernos animales. Tal vez alguien lo prefiera, y no tardemos en asistir a operaciones para eliminar de nosotros todo aquello que nos capacita para la acción cultural. Quedarnos en el crudo instinto, pura inocencia edénica, como los pájaros del cielo. La libertad última sería entonces dejar de ser libres.
Por tanto, cuando alguien defiende que los roles de género son culturales, en lugar de señalarlos como algo ajeno e impuesto, los está colocando en el ámbito más sustancialmente humano. Se podría argumentar que la cultura es el espacio de la libertad, aquello que nos distingue de los animales biológicamente programados, por decirlo así, y que la consideración de los roles de género como fenómenos culturales apunta solo a que podrían ser de otro modo, a que podemos cambiarlos si queremos. Y así es.
Por otra parte, es innegable que somos seres biológicamente determinados. Tenemos una configuración física, unos genes que influyen en nues...

Índice

  1. PORTADA
  2. PORTADA INTERIOR
  3. CRÉDITOS
  4. ÍNDICE
  5. PRÓLOGO
  6. CUALQUIER TIEMPO PASADO FUE PEOR
  7. TODOS SOMOS IGUALES
  8. LA CULTURA OS HARÁ LIBRES
  9. NO MATARÁS (ANIMALES)
  10. MUERTE AL PATRIARCADO
  11. EL PECADO DE SUFRIR
  12. ¡VÍA LIBRE A LOS JÓVENES, A LOS VIOLENTOS Y A LOS TEMERARIOS!
  13. CONCLUSIÓN
  14. AUTOR