Milagro en la mina
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Milagro en la mina

Una historia de supervivencia, fortaleza y victoria en las minas de Chile contada por uno de los 33

  1. 144 páginas
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  4. Disponible en iOS y Android
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Milagro en la mina

Una historia de supervivencia, fortaleza y victoria en las minas de Chile contada por uno de los 33

Descripción del libro

700 metros bajo tierra… 331 mineros sin esperanza aferrados a la fe inmensurable de un hombre. Milagro en la mina es la historia de José Henríquez un hombre que no ha sido ajeno al peligro aun antes de encontrarse a setecientos metros bajo tierra en la mina San José. A través de su vida ha mostrado entereza, arrojo y fuerza moral de manera inequívoca antes y durante el accidente de la mina. Hoy utiliza sus experiencias para inspirar al mundo. Este increíble suceso que parecía una tragedia contundente se convirtió en una historia de disciplina, valor, perseverancia, and aprendizaje que inspiró la película Los 33.

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Información

Editorial
Vida
Año
2011
ISBN del libro electrónico
9780829760583

CAPÍTULO 1
El milagro que ven millones

Nunca antes se había visto algo similar. Se esperaba que la operación sin precedentes para rescatar a los treinta y tres mineros que habían quedado atrapados por casi setenta días demorara alrededor de cuarenta y ocho horas. Más de mil millones de televidentes observaban atentamente cada movimiento que hacía el equipo de rescate. Los que estábamos atrapados en las profundidades de la mina San José también contemplábamos todos los detalles llenos de ansiedad. Nuestras vidas dependían de este rescate, y nada podía darse por seguro.
Nada había sido seguro desde el momento en que la mina se derrumbó el jueves, 5 de agosto del 2010. Sentimos que la tierra tembló cuando aquel terrible suceso nos dejó a treinta y tres de nosotros atrapados a setecientos metros bajo tierra. Los rescatistas empezaron a buscar sobrevivientes al día siguiente, pero el 7 de agosto, apenas día y medio después del primer colapso, hubo un segundo derrumbe mientras los rescatistas trataban de entrar por el pozo de ventilación de la mina.
En la superficie del yacimiento la situación era desesperada. Una muralla de escombros de casi un kilómetro de espesor bloqueaba la entrada. A fin de continuar el esfuerzo de rescate, resultó necesario traer maquinaria pesada a la mina, la cual estaba localizada treinta kilómetros al noroeste de la ciudad de Copiapó, en Chile.
En las entrañas de la mina, la situación era incluso más desesperada. No nos hallaron vivos hasta el domingo, 22 de agosto, diecisiete días después del colapso inicial. La confirmación de que estábamos vivos solo significó el comienzo de una lucha épica por parte de nuestras familias, los rescatistas, nuestra nación y todos aquellos que esperaban liberarnos. ¡Estábamos vivos … pero enterrados! Necesitábamos una fe sólida para abrigar al menos un rayo de esperanza en cuanto a que esta pesadilla pudiera tener algún resultado positivo y por lo menos algunos de nosotros fuéramos capaces de sentir una vez más en nuestros rostros el calor de los rayos del sol.
La confirmación de que estábamos vivos solo significó el comienzo de una lucha épica.
¡Desde el momento en que nos hallaron, necesitamos esperar otras siete semanas y media a fin de que nos rescataran! Mientras esperábamos, los minutos parecían horas, las horas parecían días, y los días nos cambiaron para siempre. Después de lo que parecieron días interminables de un arduo trabajo que rayaba en el sacrificio con el objetivo de lograr la perforación y el entubamiento de un conducto que nos enlazara con la superficie, se anunció que el rescate empezaría. Finalmente, como diez minutos después del tiempo programado para comenzar, el primer sobreviviente logró llegar a la superficie. El resto de nosotros lo siguió poco después, a un ritmo de aproximadamente un hombre por hora.
Muchos han dicho que el exitoso rescate de los treinta y tres mineros chilenos de la mina San José resultó ser un milagro. Y lo fue. Sin embargo, nuestro rescate fue solo uno de los muchos milagros que tuvieron lugar en esa mina y en las vidas de los que vivieron esa experiencia. Para mí, el milagro empezó en febrero de 1957.

Mi niñez y juventud

Mi vida se inició en el pueblo de San Clemente, en la provincia de Talca, cerca de las montañas, una localidad que forma parte de la Séptima Región del Maule, en Chile. Provengo de una familia de once hermanos, aunque solo siete permanecemos vivos. Debido a que éramos una familia cristiana, mis padres nos pusieron a todos nombres de personajes bíblicos. A uno lo llamaron Elías, a otra Ester, y así por el estilo. A mí me pusieron por nombre José.
Mi relación con mi madre siempre fue muy buena. Ella siempre quiso lo mejor para sus hijos. Era buena con nosotros, pero también estricta. Mientras fuimos pequeños nos impuso una severa disciplina y nos castigó siempre que resultó necesario. En verdad, pienso que una de las cosas más maravillosas para un hijo es tener a su madre. Como hijos, no siempre entendemos esto durante nuestra adolescencia, aunque sí nos percatamos de ello cuando somos niños y más tarde al convertirnos en adultos.
Mi relación con mi padre fue diferente. A menudo me trataba con rigor, tal vez por eso yo también soy severo a veces. Sin embargo, mi padre nos llevaba a lugares interesantes, como la central hidroeléctrica El Toro y el pueblo de Los Ángeles, lo cual resultaba muy emocionante para mí. Durante mi adolescencia, mientras vivíamos en el pueblo de Los Ángeles, en la región de Bobío, lo veía muy poco. Debido a su trabajo solo venía a casa una vez al mes. La adolescencia es una de las etapas más complicadas de la vida, y un muchacho necesita a su padre cerca para hablar con él. Así que en términos de tener un padre durante esa etapa de la vida, me sentí hasta cierto punto solo.
En realidad, me hubiera gustado pasar más tiempo con mi padre. No obstante, sus ausencias prolongadas contribuyeron a que estableciera una relación muy fuerte con mi abuelo, que era pastor. Mi relación íntima con mi abuelo fue parte del propósito de Dios, ya que me permitió aprender acerca del Señor. Muchas veces vi a mi abuelo atravesar situaciones difíciles debido al evangelio. Él experimentó muchos tiempos de necesidad. Con todo, continuaba predicando el evangelio con gran amor.
Mi relación íntima con mi abuelo fue parte del propósito de Dios.
A veces iba con mi abuelo a las vigilias de oración y los cultos de la iglesia en las regiones montañosas. También lo acompañaba hasta los pueblos remotos donde proclamaba la Palabra de Dios. Con frecuencia llegábamos a casa tarde en la noche, y a las pocas horas simplemente nos poníamos de nuevo en camino para partir hacia otros lugares. En ocasiones viajábamos en bicicleta, mientras que otras veces caminábamos toda la noche para llegar a un pueblo.
Mi abuelo era un pastor muy tolerante y cariñoso. Tenía una hermosa manera de relacionarse con la gente. Sabía cómo conectarse con las personas e influir en ellas. Sabía cómo presentar a Cristo. Predicaba con mucha virtud y lo querían mucho en los cerros y los campos donde llevaba a cabo su ministerio. Debido a estas cualidades mi relación con él fue muy profunda. Por mucho tiempo lo he reconocido como el líder espiritual de mi vida. Su ejemplo a menudo acudió a mi mente durante los días pasados en los oscuros recovecos de la mina San José.

La música de mi vida

Mi abuelo también me enseñó a amar la música y tocar el acordeón. En gran parte aprendí a hacerlo viéndolo tocar su instrumento y oyéndolo cantar. Mientras asistía a la escuela en Los Ángeles, también aprendí a tocar la guitarra, los tambores y otros instrumentos musicales. Cuando vivíamos en Talca, empecé a tocar con algunos grupos musicales. Pronto la música llegó a ser lo más importante en mi vida.
Me encantaba la cueca, que es la danza nacional de Chile, y era muy bueno tocando el arpa, la guitarra y el acordeón. A los dieciocho años ayudé a organizar un grupo musical folklórico. Nuestro grupo ganó dos premios importantes en la categoría de cueca en los Copihues de Oro, un concurso musical anual.
Nuestra música nos llevó a muchos lugares, incluyendo Argentina. Durante muchos años tocamos en San Bernardo, un lugar donde los grupos folclóricos se reúnen para presentar su trabajo. Un festival de artes que se realiza allí destaca lo mejor de la música folclórica, recuperándose y representándose de nuevo algunas obras olvidadas. Las exposiciones destacan pinturas y obras de arte de varias regiones del país. También se llevan a cabo investigaciones y contribuciones a la cultura musical.
Era emocionante para nosotros compartir la hermosa música chilena que amábamos, pero el hombre siempre encuentra una manera de echar a perder las cosas. Y eso fue lo que me sucedió. La música folclórica no le dio significado a mi vida ni me proporcionó satisfacción. Dediqué diecisiete años de mi vida a la música, pero no me sentía complacido. Mi vida parecía vacía.
La música también me llevó por caminos que me alejaron de Dios. A menudo discutía con mi hermano, que tocaba música folklórica conmigo, sobre los temas de las canciones que interpretábamos. Aunque en ese tiempo de nuestras vidas buscábamos la satisfacción fuera de la iglesia, la música de nuestro abuelo aún formaba parte de la melodía que atesorábamos en nuestro corazón y nuestra mente. De modo que siempre que oíamos música cristiana, de inmediato nos poníamos de acuerdo. Al instante toda enemistad entre nosotros se acababa. Esto me ayudó a entender lo que quiere decir la Biblia cuando afirma que nuestro Señor habita entre las alabanzas de su pueblo (Salmo 22:3). Descubrí que si uno toma una guitarra y un acordeón y toca para Cristo, lo encuentra en medio de las alabanzas. He podido comprobar que esto es verdad en todo momento de mi vida, incluso dentro de una mina oscura.
Aunque me distancié de la iglesia y me dediqué a la música, siempre mantuve una relación muy íntima con mi abuelo. Él me toleró por muchos años, aun cuando veía mis errores. Nunca me juzgó. Me respaldó y me enseñó muchas cosas. Nunca dejó de quererme, tratándome siempre con bondad. Su presencia llenó mi vida de gracia y me rodeó de amor. Tal como el Señor Jesús vino para rescatar y salvar lo que se había perdido, mi abuelo me rescató con amor.
Con el tiempo, el amor me ganó. Aunque a muchos de nosotros nos gustaría decir: «Creo en Dios, pero no deseo obedecerle», debemos aceptar su Palabra, sus preceptos, sus mandamientos y sus estatutos a fin de creer en él. No podemos afirmar que creemos en Dios si no le permitimos ser el Señor de nuestras vidas. Sin fe es imposible agradar a Dios. La Biblia declara: «Así que la fe viene como resultado de oír el mensaje, y el mensaje que se oye es la palabra de Cristo» (Romanos 10:17).
Sin fe es imposible aqradar a Dios.
Conforme crecemos en nuestro conocimiento de la Palabra de Dios, llegamos a entender mejor estas cosas. Poco a poco, Dios nos da más comprensión y sabiduría al prepararnos para retos mayores. Durante los años en los que toqué música, nunca pensé que predicaría en las calles. Nunca pensé que predicaría en una mina. Dios hizo esto por mí porque así es como él nos rescata para darnos nuevas oportunidades.
Mi experiencia con Dios empezó mucho antes del derrumbe de la mina San José. Mientras nosotros los mineros esperábamos a setecientos metros debajo de la superficie de la tierra, podíamos oír los fuertes latidos de los corazones de nuestros compañeros en ese espacio pequeño y cerrado. Sabíamos que estaba teniendo lugar un milagro. Los retos de nuestro rescate finalmente estaban llegando a su fin, pero nos preocupaba la jornada que teníamos por delante. Ninguno sabía lo que nos depararía el futuro. Cuando llegó mi turno para salir de la cápsula de rescate, quedé totalmente aturdido al ver todo el equipo que Dios había reunido a fin de salvar nuestras vidas. Me di cuenta de que Dios no había considerado ningún costo demasiado grande con el objetivo de liberarnos (se calcula que la operación de rescate costó unos veinte millones de dólares). Percibí entonces que el rescate milagroso de nuestra odisea no era el fin, sino el principio de nuevas oportunidades para cada uno de nosotros.

CAPÍTULO 2
Entrenamiento para la mina San José

A pesar de las oportunidades que tenía para tocar música folklórica en los rodeos y festivales, la música no llenaba mi corazón. Sin embargo, puedo decir que algo maravilloso resultó del tiempo que pasé interpretando música folklórica, y es el hecho de que conocí a Hettiz, la mujer que se convirtió en mi esposa. Ella era una bailarina folklórica de la región del Río Vázquez, donde nos conocimos y enamoramos.
Después de haber salido con ella por algún tiempo, le dije a mi padre que quería casarme. Desde el principio mi familia aceptó a Hettiz y ella supo que éramos cristianos. Yo deseaba casarme y tener mi propia familia. No podía vivir solo de la música, así que era necesario que encontrara un trabajo permanente, con un salario estable, a fin de que mi sueño de tener una familia se hiciera realidad.
Debido a que había estudiado para ser mecánico tornero, busqué trabajo en la esfera de la mecánica en los grandes talleres. Presenté mis credenciales y mi hoja de vida en todo lugar en que pensé que podía hallar empleo. Les pedía a todos que me dieran una oportunidad de darme a conocer y demostrar mis cualidades como buen trabajador. Creía que todo esto, junto con mi testimonio, hablaría bien de mí. Aunque no estaba muy cerca del Señor en ese tiempo, las enseñanzas de mi familia siempre permanecían presentes en mi vida. La Palabra dice: «No te jactes de ti mismo; que sean otros los que te alaben» (Proverbios 27:2). Con esto en mente, presenté mi hoja de vida, esperando que con el tiempo mi experiencia y mi buena conducta confirmaran mi potencial.
No encontré el trabajo que deseaba. Sin contactos o amigos que pudieran ayudarme desde adentro de la industria de la mecánica, las puertas se mantuvieron cerradas para mí. Finalmente, obtuve un empleo como jornalero. Debido a que estaba muy enamorado y quería realmente casarme, acepté un trabajo en la mina El Teniente. Así es como me convertí en minero, al igual que mi padre, mis tíos y mis hermanos.

Mi primer contacto con la minería a la antigua

Mi arduo trabajo en las minas empezó en 1974, pero no me importó, ya que tenía el deseo y el propósito de iniciar una familia. Sabía que Dios bendice el matrimonio, y después de tantos años puedo decir que mi esposa y yo hemos sido muy felices. Hettiz ha sido el pilar de mi vida. Ella refleja a la perfección la descripción bíblica de la mujer virtuosa: «Mujer ejemplar, ¿dónde se hallará? ¡Es más valiosa que las piedras preciosas!» (Proverbios 31:10). Le doy gracias a Dios por la esposa que tengo y me siento muy orgulloso de ella. La esperanza de verla de nuevo a menudo alentó mi corazón durante los días de adversidad y sufrimiento dentro de las minas.
Dios bendice el matrimonio.
Y hubo abundantes días de adversidad. En El Teniente, en Rancagua, en la provincia de Cachapoal, aprendí lo que significa trabajar la minería a la antigua. Allí los mineros lo hacían todo a mano, con una picota. Los doce de nosotros que empezamos juntos el trabajo tuvimos nuestra prueba de fuego con la pala. A cada equipo de cuatro hombres se le daba un vagón de ocho toneladas de capacidad que tenía que estar lleno y listo para salir al mediodía cada día. Después de nuestro tiempo de prueba solo quedamos cuatro de los doce.
No sabía mucho cómo usar las herramientas de la mina, pero mi padre me había enseñado algo. Y debido a la estrecha relación que mantenía con mi abuelo, siempre me incliné a observar a los hombres de mayor edad que poseían más experiencia en el trabajo. De esta manera aprendí de los expertos cómo realizar la minería. Estos maestros me enseñaron de qué forma trabajar con las maquinarias y me dieron muchos consejos, como por ejemplo el mejor modo de agarrar una determinada herramienta y operar cierta máquina. Tal conocimiento me ayudó a salir adelante, así que siempre animo a los jóvenes a observar a sus mayores, los que saben más, a fin de adquirir de ellos sabiduría.
Aprendí de los expertos cómo realizar la minería.
Durante mi aprendizaje en El Teniente trabajé como enmaderador, buzonero, huitrero y también ocupé otros puestos en la mina. En ese tiempo fabricábamos nuestros propios buzones y el enmaderador era el que reparaba las compuertas. Ahora se emplean puertas hidráulicas y otras maravillas de la tecnología moderna. El puesto de huitrero ya no existe. Los mineros usan un martillo que puede operarse remotamente vía computadora desde una oficina en otro lugar. No obstante, en mis primeros días de minero las cosas no se hacían así. Las vagonetas llenas de mineral tenían que vaciarse a mano usando carreti...

Índice

  1. Cover
  2. Title Page
  3. Dedication
  4. Contenido
  5. PRÓLOGO
  6. CAPÍTULO 1: El milagro que ven millones
  7. CAPÍTULO 2: Entrenamiento para la mina San José
  8. CAPÍTULO 3: Bajo la protección de Dios
  9. CAPÍTULO 4: El cerro avisa
  10. CAPÍTULO 5: En el refugio
  11. CAPÍTULO 6: La batalla por la esperanza
  12. CAPÍTULO 7: Estamos bien en el refugio
  13. CAPÍTULO 8: La salvación se acerca
  14. CAPÍTULO 9: ¡Gracias, Señor!
  15. CAPÍTULO 10: De regreso al mundo
  16. CAPÍTULO 11: Testigo ocular del poder de Dios
  17. CAPÍTULO 12: ¿Acaso de Talca puede salir algo bueno?
  18. CAPÍTULO 13: Contento y preparado para lo que el Señor ordene
  19. APÉNDICE: Desde el punto de vista de Blanca Hettiz
  20. About the Author
  21. Photographic Inserts
  22. Copyright
  23. About the Publisher
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