
- 320 páginas
- Spanish
- ePUB (apto para móviles)
- Disponible en iOS y Android
eBook - ePub
Descripción del libro
Un delgado predicador salido de la zona rural de Pennsylvania, armado únicamente con una cruz y con su fe, se apoderó del mundo bajo de la ciudad de Nueva York y de los capos de las drogas, y llevó a las calles de la ciudad más afectada por el crimen en todos los Estados Unidos, una combinación de amor disciplinario y del Evangelio, simbolizado en su historia — La Cruz y el Puñal. Esta es la historia de David Wilkerson, el hombre que creyó contra todas las posibilidades, que Dios podía hacer grandes cosas entre los rechazados e ignorados de la ciudad de Nueva York.
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Información
ISBN del libro electrónico
9780829766585Parte siete
EL REGRESO
No fui rebelde a la visión celestial.
—Hechos 26.19
15
UN REMANENTE EN BABILONIA
«¡TENGO LO QUE MATÓ A Len Bias!».
El grito del traficante de crack me hizo girar la cabeza. Era una pegajosa tarde de junio, y yo estaba aconsejando a gente desesperada en un mitin callejero cerca de Times Square. El sermón de papá había perforado el pesado aire de la manzana, pero ahora el grito del traficante de drogas me golpeó como una náusea.
La trágica muerte de Len Bias todavía estaba fresca en la conciencia nacional. La semana anterior había sido el segundo escogido en el draft de la NBA y era considerado por todos un joven maravilloso con una sólida vida familiar. Dos días después de su elección, luego de una celebración con su familia y amigos, decidió probar la cocaína por primera vez. Tuvo una sobredosis y murió.
«Papá», indiqué, «mira allí. Escucha a ese tipo».
Mi padre escuchó el reclamo del traficante y caminó hacia él con calma.
«¿Por qué estás haciendo esto?», le preguntó directamente. Había ternura en su voz, pero por dentro había indignación y pena.
Para mi padre, el cruel grito del nombre de Len Bias fue un disparo directo por la borda. Times Square, en 1986, era un oscuro cascarón de su glorioso pasado. Una manzana más allá, la Terminal de Autobuses de la Autoridad Portuaria escupía visitantes hacia las calles junto con cargas sin declarar. Se había convertido en lo que mi padre y los Sherrill predijeron en La cruz y el puñal: un punto neurálgico para el comercio internacional de drogas. Los efectos de veinticinco años de constante tráfico de drogas mostraban cómo los traficantes vendían abiertamente por las calles, y la droga de moda en los ochenta era el crack. Se unía al desfile del resto de las mercancías de la calle 42, una extensa hilera de peep shows, locales de striptease y tiendas de pornografía. Patrullando el espacio entre los traficantes había chulos y prostitutas, tanto femeninas como masculinos. Para mi padre, eso era una extensión de la Babilonia que había conocido por primera vez en 1958.
Muchos cristianos pensaron que la decisión de papá de comenzar una iglesia en Times Square era atrevida. Sin embargo, si hubieran seguido el curso de su vida, lo habrían visto como normal, lógico e incluso inevitable. La precipitación de su vida sobre las áreas problemáticas del mundo —y del alma— encapsula el llamado de Dios en la vida de todos. Ninguno de nosotros decide no alcanzar a los perdidos o cuidar de los pobres. Ninguno de nosotros se endurece para no tener compasión por los adictos o para descuidar la misión de Dios en nuestra comunidad. Mi padre todavía veía el mundo empeñado en la oscuridad, aunque también le acompañaba un sentimiento de esperanza y la convicción de que podíamos hacer algo. Él siempre había creído: «Es en los lugares más oscuros donde Dios se muestra más fuerte».
En lo profundo de su corazón, mi padre llevaba mucho tiempo listo para regresar a la ciudad, aunque él mismo no se hubiera percatado. Como dijo Bob Rogers tan acertadamente, era inútil preguntarle a mi padre por qué hacía los movimientos que hacía. Todo lo que papá sabía era que él lo había escuchado de Dios y que tenía que obedecer su dirección.
Transmitió la palabra de que la Iglesia de Times Square tendría su primer servicio el primer jueves de octubre de 1987. Tendría lugar en el Town Hall de Manhattan, en la calle 43 justo al lado de Broadway, un lugar histórico donde cabían mil quinientas personas. Cuando papá y el equipo ministerial llegaron para abrir las puertas, ya había gente haciendo cola. «Pusimos anuncios en el New York Times, además de que había un montón de neoyorkinos en nuestra lista de correos», dijo Barb Mackery. «La gente de la ciudad había estado orando para que se abriese una iglesia llena del Espíritu en el área de Times Square». Jim Cymbala, del Tabernáculo de Brooklyn, se aseguró de que su congregación lo supiese. «Dave Wilkerson regresa a Nueva York para empezar una iglesia», anunció. «Quiero que algunos de ustedes vayan a ayudarle».

LOS ADMINISTRADORES DE TOWN HALL fueron amables con el ministerio, permitiendo que la iglesia planease servicios allí entre sus otras reservas. Mientras tanto, Barb dice: «El hermano Dave y yo estuvimos golpeando las puertas de los dueños de teatros para encontrar un lugar para abrir la Iglesia de Times Square. En el último momento, la naturaleza humana te dice que entres en pánico, pero yo siempre le vi bastante bajo control. Y estábamos muy agradecidos por el uso de Town Hall».
Aun así, algunos neoyorkinos eran reticentes a la llegada de papá como lo había estado Lindale. El ministerio había tenido que depositar dinero para la residencia del equipo en un edificio de apartamentos en Manhattan. «La oficina de alquiler “perdió” el dinero de nuestro depósito», dijo Barb. «No pudieron encontrarlo durante seis meses. Cuando encontramos otra casa, de repente el cheque apareció. Nuestro abogado investigó y descubrió que tenían miedo de que trajéramos drogadictos a su edificio».
De todas las personas, Roger Jonker, gerente comercial de World Challenge, era el que conocía las inversiones financieras necesarias para abrir una iglesia en Nueva York. La lógica dictaba esperar hasta que se levantase la cantidad completa, pero ese no era el modo de papá. «Si el Señor le decía que empezase una iglesia en Nueva York, él no iba a darle largas al tema», dice Roger. Eso significaba tomar decisiones empresariales poco convencionales, y mi padre ya había tomado muchas de esas en Texas. Unos cuantos años atrás había vendido una gran parte de la propiedad de Lindale, incluyendo los edificios de la Academia de Liderazgo Twin Oaks, para Juventud con una Misión por menos de diez centavos de dólar. «Ellos son un ministerio divino», razonaba él. «Ayudémoslos». Después de eso, él redujo lo que JUCUM debía en la propiedad.
Sacrificarse para ayudar a otro ministerio era una cosa; una mudanza a Nueva York para empezar un nuevo ministerio desde cero era una empresa financiera mayor. «La manera de los negocios suele ser: “No nos moveremos hasta que hayamos levantado todos los fondos que podamos”», dice Roger. «Pero su manera era: “Tengo el mandato de ir a la ciudad de Nueva York, así que no tengo dos años”. Eso puede parecer impulsivo, pero era una forma de pensar del todo lógica».
Por laboriosa que parezca, la decisión de mudarse marcó la diferencia en la energía de mi padre. Volvió a la vida durante sus viajes de reconocimiento, telefoneando a Barb en Texas para contarle sus planes. Era como si él ya hubiese imaginado una iglesia en Times Square, igual que había imaginado la Academia de Liderazgo Twin Oaks mucho antes de que sucediese. Y estaba decidido a completar dos de las misiones de la iglesia: hacer el bien a la ciudad y dar testimonio de Cristo en la encrucijada del mundo.
Aun así, esta sola decisión de llegar al corazón de la ciudad de Nueva York contenía más carga, ansiedad, estrés y responsabilidad que la que había enfrentado nunca. A la edad de cincuenta y seis años estaba regresando a una ciudad llena de problemas difíciles y de personas igual de difíciles. Económicamente, aquello demandaba más fe de la que había exigido la creciente Academia de Liderazgo Twin Oaks. «En Nueva York ningún negocio lo es al uso», dice Barb. «Gran parte del tiempo tienes que operar en modo de crisis para que las cosas se hagan».
Todas estas presiones despertaron algo en mi padre. De repente se sentía libre para ir a toda máquina. De buenas a primeras tuvo una clara idea de a quién quería en su equipo pastoral: Bob Phillips, el talentoso profesor bíblico profundamente amable, y mi tío Don, cuyo talento para pastorear, así como en la predicación y en las misiones, había florecido por completo en sus años con Teen Challenge.
En el primer mes de la iglesia tuvo lugar un suceso electrizante. En el último minuto, el servicio del domingo por la tarde en Town Hall tuvo que ser trasladado al salón de baile de un hotel en aquella calle. Allí, el 18 de octubre de 1987, mi padre estaba en mitad de un sermón cuando se sintió obligado a parar.
«David estaba predicando un mensaje bíblico cuando de repente se detuvo», dice Bob Phillips. «Dijo: “Mañana va a haber una crisis en Wall Street. Va a quebrar por la mañana”. Se giró hacia mí y me dijo: “Bob, quiero que vayas allí conmigo”».
Barry y Karen Meguiar, los fieles amigos de mis padres de California, asistían aquella noche. «Habíamos visto suceder estas cosas con regularidad», dijo Barry de la visión profética de papá. Se unieron al grupo que se reuniría al día siguiente en la escalinata de la Bolsa de Nueva York y lo que vieron desplegarse tenía los visos de una película catastrófica.
«Fuimos dentro para la campana de salida a observar el parqué», recuerda Bob. «Vimos cómo se comenzaba a desarrollar el caos y supimos qué estaba pasando. Así que fuimos fuera y observamos cómo salían los agentes». Bob se sorprendió ante la visión de hombres adultos llorando con tanta fuerza. «Algunos de ellos se sentaban en los escalones con la cabeza entre las rodillas. Todas esas cantidades de dinero perdidas, todas aquellas carreras destrozadas: era devastador. Podías sentir la desesperanza. Y justo acabábamos de escuchar a David decir la noche anterior que Wall Street iba a quebrar».
El grupo se acercó a los brókeres, ofreciéndoles orar con ellos. Algunos quisieron las oraciones, mientras que otros los apartaron con un manotazo. En medio del caos, Bob dice: «Recuerdo tener la profunda sensación de que nuestra seguridad está en el Señor. Rememoro sentir su soberanía, que él está a cargo de nuestras vidas, y que él había avisado».
Bob también recuerda la compasión de mi padre por los agentes de bolsa. «David estaba allí por ellos», dice. «No estaba llorando, pero no era solo un observador. No se regocijaba con ello. Su corazón estaba en provocar un cambio en las vidas de las personas, llevarles la esperanza de Cristo». El grupo se quedó hasta bien entrada la tarde, orando con los afligidos. También oraron por la nación, que estaba a punto de sentir los efectos del crac del lunes negro.

LA CIUDAD DE NUEVA YORK parecía ser la audiencia para la que mi padre se había preparado toda su vida como pastor. Los neoyorkinos aprecian la franqueza, y el mensaje de mi padre no era otra cosa que directo. Sin embargo, papá también sabía que la gente quería escuchar lo que cada pastor tenía que decir. «David lo quería», dice mi tío, «y la gente necesitaba los tres tipos de mensajes. Una vez alguien me lo dijo de este modo: “David interviene en mí; me abre de un tajo. Bob mira dentro y describe los problemas de mis órganos internos. Y Don me cose”. La gente la veía como la iglesia de David, y lo era, pero él se salió de ese camino para presentarnos a Bob y a mí a su mismo nivel».
Al cabo de pocos meses, la iglesia encontró un hogar más estable alquilando el Teatro Nederlander en Times Square, en la calle 41 con la Séptima Avenida. Los Nederlander, una famosa familia de productores de Broadway, fueron amables al tratar con el ministerio. Y aunque papá fue honesto con ellos desde el principio acerca de la diversidad de gente que su iglesia atraería, todavía debieron de quedarse atónitos por una reunión típica del domingo por la mañana. Varias cosas distinguían los servicios de aquellos días, comenzando con el anuncio al comienzo de cada uno: «Señoras, no pongan sus bolsos bajo sus asientos. Se los robarán antes de que se agachen por ellos». A esto normalmente le seguía otro anuncio, del estilo de: «Al propietario del Honda gris aparcado afuera, está siendo forzado». También había un asalto de olores de las personas sin hogar que entraban desde la calle, y un asalto de sonidos de los enfermos mentales, que eran igualmente bienvenidos.
Al final de la manzana estaba el primer ministerio de misericordia de la iglesia: el Aposento Alto, ubicado en el segundo piso de un edificio justo enfrente de la Terminal de Autobuses de la Autoridad Portuaria. Conocido por tener su acera exterior centelleando por los cientos de viales de crack rotos, el Aposento Alto era la expresión de cristianismo más directa de la iglesia, con su presencia gritando a la sombra de la señora Libertad: «Denme a sus rendidos, a sus pobres, sus masas hacinadas… los indefensos… los desamparados». Tenía la apariencia de un típico comedor social evangélico, pero el Aposento Alto también era un centro de discipulado que se tomaba seriamente «hasta al último de ellos». Muchos de los sin hogar, adictos y prostitutas que aparecían por una comida no se marchaban después de haber sido alimentados. Se quedaban para los estudios bíblicos y hacían preguntas, y eran respondidos como hermanos y hermanas de Cristo porque eran hermanos y hermanas de Cristo. Algunos de ellos se sintieron inspirados a ministrar por su cuenta en las calles, a pesar de estar sin hogar. Cualquiera que buscase ayuda era remitido a las agencias sociales, y una dotada mujer llamada Charlotte Crump fue una ayuda estupenda para la iglesia en esa área. Ella también los remitía a centros de trabajo o a tiendas dispuestas a proporcionarles ropa nueva, o a miembros que pudieran encontrarles un lugar donde vivir. El Aposento Alto veía todos los niveles de necesidad humana, desde el pobre indigente hasta los discapacitados mentales, pasando por los brókeres que lo habían perdido todo por su adicción al crack. Era raro el día en que el lugar no estuviese lleno.
El Aposento Alto también hizo que algunos de sus voluntarios se dedicasen de por vida al ministerio, desde graduados de Teen Challenge a profesionales del teatro, hombres de negocios, estudiantes, profesores o abuelos jubilados. Eran estos sirvientes sacrificiales, de hecho, quienes confirmaron la decisión de papá de abandonar finalmente sus credenciales con las Asambleas de Dios. Él sentía que el Señor quería que abriese la Iglesia de Times Square como un cuerpo interdenominacional, sin ataduras o barreras denominacionales. David Patterson se quedó un poco sorprendido cuando se enteró de...
Índice
- Cover Page
- Title Page
- Copyright Page
- Dedication
- CONTENIDO
- Prólogo
- Introducción: EL HOMBRE QUE CREYÓ
- Parte uno: LA VISIÓN
- Parte dos: EL DESPERTAR
- Parte tres: EL ALCANCE
- Parte cuatro: EL JUICIO
- Parte cinco: EL CRISOL
- Parte seis: EL ARREPENTIMIENTO
- Parte siete: EL REGRESO
- Agradecimientos