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El gobierno pedagógico
Del arte de educar a las tradiciones pedagógicas
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-El estatuto del saber histórico en el campo de la educación no se agota en una historia historiográficamente correcta, detallada, llena de fuentes de archivo y con notas a pie de página bien hechas y consistentes. Carlos Noguera, con su trabajo, nos recu
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Education Theory & PracticeLA INVENCIÓN DE LA EDUCACIÓN
EL DESBLOQUEO DEL ARTE DE GOBERNAR
Aunque el siglo XVI es considerado como el momento en que estalla en Occidente una inusitada preocupación alrededor de los problemas del gobierno, es decir, alrededor de la conducción de la conducta, de la dirección, del gobernamiento de sí y de los otros (Foucault, 2006),1 solo hacia el siglo XVIII el arte moderno de gobernar conseguirá consolidarse, y eso por varias razones. En primer lugar, por razones históricas, como las grandes crisis del siglo XVII: la Guerra de los Treinta Años (1618-1648)2 que envolvió a Europa en violentas confrontaciones por motivos religiosos, comerciales, dinásticos y territoriales; las revueltas campesinas y urbanas de mediados de ese siglo y la crisis financiera y de artículos de subsistencia que afectó a las monarquías hacia el final del siglo XVII. En segundo lugar, por razones que tienen que ver con las “estructuras mentales” e institucionales; en particular, Foucault hace referencia al problema de la soberanía, a la importancia de sus instituciones y a la concepción del ejercicio del poder como ejercicio de la soberanía. Es el caso del mercantilismo,3 que aunque señala el primer umbral de racionalidad del arte de gobernar o la primera racionalización del ejercicio del poder como práctica de gobernamiento, tiene como objetivo el poderío del soberano y sus instrumentos, leyes, ordenanzas, reglamentos, es decir, los mismos de la soberanía. Así, el mercantilismo intentó inscribir las posibilidades de un arte meditado de gobernar en la estructura mental e institucional de la soberanía (Foucault, 2007).
Por otro lado, el arte de gobernar en el siglo XVI y XVII estuvo sujeto al modelo de la familia y, en ese sentido, su preocupación fue cómo hacer para que el gobernante pudiese gobernar el Estado en la forma tan precisa y meticulosa como un padre gobierna a su familia; en otras palabras, cómo aplicar la economía de la familia al gobierno del Estado. Y aquí es preciso recordar que en esa época la economía no hacía referencia a otra cosa más allá de la gestión de la familia y de la casa; de ahí que el arte de gobernar quedara aprisionado entre el marco del Estado y del soberano, por una parte, y entre la casa y el padre de familia, por la otra: bloqueo del arte de gobernar que solo hasta el siglo XVIII encontrará las condiciones favorables para su desarrollo y expansión, con el surgimiento de la ‘población’.
Antes del siglo XVIII, la población era entendida de dos formas diferentes: en primer lugar, en sentido negativo, como aquello opuesto al poblamiento, es decir, al despoblamiento; así, población significaba el movimiento por medio del cual, después de algún desastre, guerra, epidemia o escasez, un territorio era nuevamente poblado. En segundo lugar, en sentido positivo, la población era entendida como uno de los factores, uno de los elementos del poderío de un soberano. Para que el soberano fuese poderoso era preciso que reinase en un territorio extenso, que tuviese grandes tesoros y, claro, una vasta población que se expresaba en numerosas tropas, ciudades densamente pobladas y mercado muy frecuentado.
A partir del siglo XVII, con la vigencia del cameralismo4 y del mercantilismo, la población llegó a ser un elemento fundamental, un elemento que condiciona los otros, pues es la población la que suministra los brazos para la agricultura (garantizando la abundancia de cosechas) y para las manufacturas (evitando la necesidad de importación); en fin, mano de obra disponible que garantice la existencia de salarios bajos. En otras palabras, la población como fuerza productiva, en el sentido estricto de la expresión, era la preocupación del mercantilismo (Foucault, 2007).
En el siglo XVIII los fisiócratas5 inauguraron una noción diferente de población. Mientras para los cameralistas y mercantilistas la población —fundamento de la riqueza— era considerada como el conjunto de los súbditos y, por tanto, estos estaban sometidos a una serie de leyes y reglamentos que debían obedecer puntualmente, para los fisiócratas, la población dejó de ser un conjunto de sujetos de derecho, un conjunto de súbditos que debían obediencia a la voluntad del soberano, y pasó a pensarse como “un conjunto de procesos que es menester manejar en sus aspectos naturales y a partir de ellos” (Foucault, 2006, p. 93). La población aparece, entonces, como poseyendo una ‘naturalidad’ que en adelante será preciso tener en cuenta para su adecuada dirección; por tanto, ya no puede ser sometida a la obediencia, pues ella es un fenómeno de la naturaleza que no se puede cambiar por decretos o mediante reglamentos, pero sí influyendo en las variables de las cuales depende. La naturalidad de la población significa que ella obedece a leyes naturales y que está relacionada con una serie de variables que es preciso conocer y manipular para poder intervenir en ella. Gracias a la estadística (que hasta entonces había funcionado dentro de los marcos administrativos de la soberanía, es decir, al servicio de las administraciones monárquicas) se reconocen en la población ciertas regularidades que les serían propias:
Su número de muertos, su cantidad de enfermos, la regularidad de sus accidentes. La estadística muestra asimismo que la población entraña efectos propios de su agregación y que esos fenómenos son irreductibles a los de la familia: se trata de las grandes epidemias, las expansiones endémicas, la espiral del trabajo y la riqueza. La estadística muestra [además] que, por sus desplazamientos, sus maneras de obrar, su actividad, la población tiene efectos económicos específicos. (Foucault, 2006, p. 131)
De esa manera, lo que acontece a partir del siglo XVIII es la aparición de una técnica muy diferente de la anterior: no se trata de obtener la obediencia de los súbditos a la voluntad del soberano, sino de influir sobre las cosas, que aunque aparentemente distantes de la población, pueden —según el cálculo, el análisis y la reflexión— actuar sobre ella. Se podría decir que cambia el eje de la obediencia, en el sentido de que, desde entonces, es el soberano quien debe obedecer a la naturalidad propia de la población, y debe conocer y respetar las leyes naturales para así conseguir gobernar la población. En ese sentido, el antiguo criterio de la legitimidad del gobierno (problema del derecho) se desplaza hacia el criterio del éxito del gobierno: ya no se juzgarán los actos del gobernante según su legitimidad, es decir, según su adecuación a las leyes, sino según su éxito o fracaso (Foucault, 2007), y solo habrá éxito cuando se conozca y respete la naturalidad.
Vinculada a la naturalidad de la población, Foucault resalta que, a pesar de la diversidad de los individuos que la componen, existe por lo menos una invariante, que es el motor de la acción de la población: se trata del deseo; este es el elemento que va a propulsar la acción de todos los individuos. Así, mientras para la anterior forma de gobernamiento el soberano era la persona capaz de decir ‘no’ al deseo de cualquier individuo, para la nueva forma de acción gubernamental el problema es cómo decir ‘sí’ a ese deseo, esto es, cómo promover la acción, cómo garantizar su dirección por medio de la regulación de sus deseos. Pero, en la medida en que el gobernamiento está articulado al deseo, trata con intereses:
El gobierno, o en todo caso el gobierno en esa nueva razón gubernamental, es algo que manipula intereses. // Podemos decir más precisamente: los intereses son, en el fondo, el medio por el cual el gobierno puede tener influjo sobre todas esas cosas que para él son los individuos, los actos, las palabras, las riquezas, los recursos, la propiedad, los derechos, etc. // […] A partir de la nueva razón gubernamental —y allí está el punto de desenganche entre la vieja y la nueva, la de la razón de Estado y la de la razón del menor Estado—, en lo sucesivo, el gobierno ya no tiene que intervenir, ya no tiene influjo directo sobre las cosas y las personas ni puede tenerlo; solo está legitimado, fundado en el derecho y la razón para intervenir en la medida en que el interés, los intereses, los juegos de los intereses hacen que tal o cual individuo o tal o cual cosa o tal o cual bien o tal o cual riqueza o proceso tenga cierto interés para los individuos, para el conjunto de estos o para los intereses de tal o cual individuo enfrentados a los intereses de todos, etc. El gobierno solo se interesa en los intereses. (Foucault, 2007, p. 65)
Otro elemento clave en el proceso de aparición de la población y, por tanto, en el desbloqueo del arte de gobernar está vinculado al nuevo lugar que ocupa la familia: de modelo de gobernamiento que era en los siglos XVI y XVII, la familia pasa a ser instrumento privilegiado para el gobernamiento de las poblaciones. Las amplias campañas biopolíticas de los siglos XVIII y XIX (sobre la mortalidad, el matrimonio, las vacunas, las inoculaciones, la higiene personal, el alcoholismo, etc.) tuvieron a la familia como aliada y blanco. Así, el gobernamiento a través de las familias implicó una expansión del modelo familiar burgués en los sectores pobres de la población; proceso de familiarización que de paso delineó la figura materna moderna y contribuyó a la consolidación de una nueva concepción de infancia.6
Como parte de ese proceso de desbloqueo del arte de gobernar y de la emergencia de la población, Foucault (2006, 2007) señala en sus cursos Seguridad, territorio, población y Nacimiento de la biopolítica otros tres elementos que son esenciales para la comprensión de las transformaciones en el arte de educar que estudiaremos en la sección siguiente. El primero de ellos es la relación entre la nueva concepción de población y la noción, también nueva, de ‘especie humana’: se trata del paso de la anterior noción de género humano a la de especie humana, momento en el cual la población se incluye en el campo de las otras especies vivientes, momento también, en que el ‘hombre’ se presenta en su inserción biológica primordial.7 Pensada como especie humana, la humanidad aparece más próxima de los otros seres vivientes y, por tanto, está sometida a las mismas leyes naturales que rigen los procesos de crecimiento y desarrollo de los animales; procesos que, como veremos, llevaron a repensar el problema de la educación. Buffon (autor en el que Rousseau se apoya en varios de sus textos) escribía:
[…] el hombre es, en efecto, la gran obra última de la creación. No dejará de haber quien nos diga que la analogía parece demostrar que la especie humana ha seguido el mismo camino y data del mismo tiempo que las otras especies, e incluso que se difundió de manera universal; y que si la época de su creación es posterior a la de los animales, nada prueba que el hombre no haya sufrido al menos las mismas leyes de la naturaleza, las mismas alteraciones, los mismos cambios. Convendremos en que la especie humana no difiere esencialmente de las otras especies por sus facultades corporales, y que en ese aspecto su suerte ha de haber sido poco más o menos la misma que la de las demás; mas ¿podemos dudar acaso de que diferimos prodigiosamente de los animales por el rayo divino que plugo al Ser Soberano depararnos? (Buffon, citado en Foucault, 2006, p. 101)
En segundo lugar, y vinculado con lo anterior, está el “esquema técnico” del concepto de ‘medio’ con el cual Foucault quiere señalar que antes de existir el concepto de ‘medio’ —formulado por Lamarck en los inicios del siglo XIX— existía una “estructura pragmática” que lo prefiguraba y que estaba presente en la forma como los urbanistas del siglo XVIII intentaban reflexionar y modificar el espacio urbano:
El medio será entonces el ámbito en el cual se da la circulación. Es un conjunto de datos naturales, ríos, pantanos, colinas, y un conjunto de datos artificiales, aglomeración de individuos, aglomeración de casas, etc. El medio es una cantidad de efectos masivos que afectan a quienes residen en él. Es un elemento en cuyo interior se produce un cierre circular de los efectos y las causas, porque lo que es efecto de un lado se convertirá en efecto de otro lado […]. Y el medio aparece por último como un campo de intervención donde, en vez de afectar a los individuos como un conjunto de sujetos de derecho capaces de acciones voluntarias —así sucedía con la soberanía—, en vez de afectarlos como una multiplicidad de organismos, de cuerpos susceptibles de prestaciones, y de prestaciones exigidas como en la disciplina, se tratará de afectar, precisamente, a una población. (Foucault, 2006, p. 41)
Veremos que ese esquema técnico del medio estará presente en las nuevas reflexiones educacionales: el medio será una variable que incidirá en la educación. Se puede pensar, por ejemplo, que para Rousseau la ciudad no era un buen ‘medio’ para educar, pero el campo sí. Un último elemento a destacar es el problema de la libertad. En su curso, Nacimiento de la biopolítica, Foucault muestra cómo la libertad ocupó un lugar central en la nueva forma de la razón gubernamental del siglo XVIII; lo que no quiere decir que entre los siglos XVIII y XIX la libertad haya aumentado, pues cuando se habla de libertad no se hace referencia a un universal que presentaría, a través del tiempo, una consumación gradual o variaciones cuantitativas o, aun, amputaciones más o menos graves: se trata de una particular relación entre gobernantes y gobernados, en donde la práctica gubernamental, antes que respetar o garantizar determinada libertad, precisa de ella; es decir, una práctica gubernamental liberal es consumidora de libertad, pues solo puede funcionar si hay, efectivamente, una serie de libertades: libertad de mercado, libertad del vendedor y del comprador, libertad de discurso, libre ejercicio del derecho a la propiedad, libertad de expresión, etc. En este sentido, dice Foucault que la nueva razón gubernamental tiene necesidad de libertad y, por eso, está obligada a producirla. La libertad es, entonces, un producto de las nuevas prácticas gubernamentales, que podríamos llamar ‘liberales’:
El liberalismo no es lo que acepta la libertad, es lo que se propone fabricarla a cada instante, suscitarla y producirla con, desde luego, [todo el conjunto] de coacciones, problemas de costo que plantea esa fabricación. (Foucault, 2007, p. 85)
Sin embargo, la libertad funciona paradójicamente, pues al mismo tiempo que debe ser fabricada y consumida, debe ser también regulada, controlada; es decir, la libertad solo funciona en el marco de una serie de coacciones y reglamentaciones, y se recordará aquí que la producción de esa libertad acontece en la era de las disciplinas, en el marco de la llamada “sociedad disciplinar” descrita por el propio Foucault en Vigilar y castigar. Esa paradoja acontece porque las tecnologías de gobernamiento no son momentos o etapas de la evolución de las prácticas gubernamentales, en donde la aparición de una implica la desaparición de la anterior. Ellas coexisten y operan articulándose.
EL SURGIMIENTO DE LA ‘EDUCACIÓN’
Contrario a lo que podría pensarse, el concepto de educación es relativamente reciente en el lenguaje del saber pedagógico. Tuvo su emergencia a fines del siglo XVII y su delimitación aconteció en los siglos XVIII y XIX. Varios autores corroboran esta aseveración. René Hubert, en su Tratado de pedagogía general, afirma lo siguiente:
Según el Diccionario general de Hatzfeld, Daimesteter y Thomas, [el término éducation] no lo encontramos en la lengua francesa antes de 1527. Está en todos los léxicos a partir de de 1549, así como en el Diccionario francés-latino de Robert Estienne,8 donde se le relaciona con la alimentación. Pero todavía no aparece más que raramente en los textos. Por lo demás, etimológicamente no es más que una transcripción del latín, debido a los humanistas del Renacimiento. El latín empleaba la palabra correspondiente indiferentemente para el cultivo de las plantas, el cuidado de los animales, la nutrición y la institución de los seres humanos. En 1649, la traducción francesa no conoce todavía más que la primera acepción de esta palabra. Solo entiende la educación como la formación del espíritu y del cuerpo, y la hace consistir en la instrucción: “el cuidado que se tiene de la instrucción de los niños, sea en lo que se refiere a los ejercicios del espíritu, sea en lo que se refiere a los ejercicios del cuerpo” (Hubert, 1952, pp. 13-14).
Para Compayré (1897) la palabra éducation es...
Table of contents
- Portada
- Titulo
- Derechos de autor
- PRÓLOGO: LA AUDACIA DEL GRAN RELATO
- PEDAGOGÍA Y GOBIERNO: UNA MIRADA PANORÁMICA
- FILOSOFÍA, PAIDEIA Y PSICAGOGIA: LA EMERGENCIA DE UN ARTE DE EDUCAR
- INSTRUCCIÓN Y EDUCACIÓN: O DEL GOBIERNO PEDAGÓGICO DE TODOS Y DE CADA UNO
- LA INVENCIÓN DE LA EDUCACIÓN
- DE LA ENSEÑANZA Y LA EDUCACIÓN HACIA EL APRENDIZAJE
- ¿HACIA UNA “SOCIEDAD DEL APRENDIZAJE”?
- BIBLIOGRAFÍA