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Por una nueva fundamentación filosófica

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Formar en administración

Por una nueva fundamentación filosófica

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Esta obra busca la proposición de un cimiento filosófico para la administración y pone en suspenso los tradicionales supuestos y basamentos de la construcción interna del saber de esta disciplina al pensarla desde un afuera desprovisto de todo afán de rentabilidad, productividad o eficiencia. El libro tiene también una intención pedagógica y divulgativa al presentar una revisión pormenorizada y sucesiva de las ideas y contribuciones de diversos autores que se han apoyado en la filosofía y las ciencias sociales para abrir caminos alternativos a la administración. Coedición con la Universidad EAFIT, Medellín, Colombia.

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Information

1. LAS RELIQUIAS FILOSÓFICAS
DE LA ADMINISTRACIÓN
Con mucha frecuencia los textos sobre administración mencionan, en especial en sus páginas introductorias y de recuento histórico, a algunas figuras de la teorización de la disciplina que han merecido el epíteto de “filósofos de la administración”, por sus reflexiones, en general, disidentes de la corriente pragmática dominante, pues, en mayor o menor medida, se han salido de la dinámica de causalidad lineal instrumento-beneficio1 que ha prevalecido en el desarrollo teórico de la materia. Tales filósofos buscan llamar la atención sobre otros aspectos de la gestión de las empresas, a su juicio relevantes, pues consideran su problemática desde perspectivas más sociales o humanistas, o desde concepciones de la gestión de un mayor alcance en sus implicaciones y consecuencias por fuera del ámbito exclusivamente económico o empresarial.
Sin embargo, esa serie de personajes no interesan realmente para la configuración concreta del campo disciplinar, como se espera mostrar, y, cuando se citan en los textos de administración, se mencionan simplemente como curiosidades o reliquias que ennoblecen quizá su pasado, pero —como ocurre con la exaltación del ancestro indígena colombiano, por ejemplo— no se ha pretendido nunca, ni se pretende actualmente, integrarlos o constituirlos en basamentos de desarrollos teóricos centrales de la disciplina administrativa. Es posible también que algunos de ellos, como Mayo o Barnard, hayan tenido un lugar importante en el desarrollo teórico del management, pero sus contribuciones fueron tomadas de manera parcial o en sentidos que incluso podrían considerarse contrarios o en función de criterios o racionalidades distintas a las que el autor quería imprimirles originalmente.
La primera inquietud que surge al respecto de estos autores es preguntarse por qué fueron catalogados como filósofos —calificativo que les reconoce un nivel superior de sabiduría o capacidad de reflexión— si se puede constatar que muy pocas de sus cavilaciones han sido realmente tenidas en cuenta en el cuerpo central de conocimientos de la administración. Como se verá en la revisión que se hará de cada uno de ellos, sus preocupaciones no estaban alineadas con la eficiencia productiva, sino más bien dirigidas, incluso, a atenuarla, en caso de que su búsqueda a toda costa afectara otras esferas de la vida humana, ya sea en el plano personal de los involucrados en la producción, o en el ámbito social externo a la organización. Pero la eficiencia no era algo a lo que el mundo de la industria y los negocios estuviera dispuesto a renunciar. En algunos casos, reconocer la bondad y nobleza de las intenciones de estos autores en un nivel meramente retórico permitiría, en el plano de la teoría aplicada y en la práctica concreta, extractar sólo aquellos aspectos de sus contribuciones que se prestaran a una utilización en la eficiencia productiva; en otros, simplemente se hacía caso omiso a toda reflexión que no se orientara a este propósito.
Es importante señalar que en la época en que la mayoría de estos autores escribió, se datan los inicios de la gestión como cuerpo sistemático de conocimientos, fundamentalmente nacido de la ingeniería; al mismo tiempo, otras visiones, algunas previas, como las provenientes de las religiones protestante y católica, y otras nacientes, como las de las ciencias sociales, propugnaban por integrar a la nueva disciplina consideraciones más comprensivas de la producción en un contexto social y humano. Los “filósofos” en cuestión hablaban desde estas perspectivas integradoras, favorecidos por su formación o filiación ideológica, convencidos de la insuficiencia del conocimiento exclusivamente técnico para reflejar el creciente fenómeno de la industria y sus efectos sobre la sociedad.
Es así como Oliver Sheldon, Elton Mayo, Mary Parker Follet, Chester Barnard (George, 1974, p. 124), Melvin Dalton, entre otros, son citados frecuentemente como los filósofos de la administración, por sus románticos aportes que en poca o ninguna medida entraron a formar parte del acerbo teórico de la disciplina. A continuación se expone el pensamiento de algunos de ellos.
OLIVER SHELDON: “LA MECÁNICA” Y “LA HUMANIDAD” DE LA PRODUCCIÓN
Sheldon, dirigente empresarial y teórico inglés, en su texto fundamental, La filosofía del management (1986, publicado en inglés en 1923), hizo un esfuerzo importante por conciliar los imperativos éticos del management frente al ser humano y la sociedad, con las exigencias de eficiencia y utilidad de la empresa. Daba, sin embargo, una prelación indiscutible a los primeros, al aclarar que “la mecánica de la producción es secundaria al elemento humano” (George, 1986, p. 126); o como cuando afirmaba:
[…] en la medida en que el management trata de cosas, sus métodos pueden reducirse a términos de principios científicos, pero en la medida que trata con seres humanos, únicamente puede utilizar principios científicos en la medida en que los seres humanos estén dispuestos a sujetarse a ellos (Sheldon, 1986, p. 35).
Quería, pues, hacer claridad con respecto a una falacia, tan aceptada en los inicios de la administración como hoy: la administración es una ciencia que prescribe sobre la disposición y uso correctos de los medios —el hombre incluido— para el logro de los objetivos de eficiencia y rentabilidad de la empresa. Su contribución fundamental fue hacer ver la naturaleza híbrida de la empresa y que, por consiguiente, la administración debería responder también de manera híbrida para no generalizar en relación con objetos de estudio diferentes e irreconciliables en la manera como deben ser abordados. Él habló de “las cosas de la producción” (“las máquinas, los edificios, los materiales, los sistemas”) y de “la humanidad de la producción”, como dos aspectos del mismo fenómeno, la industria, que necesariamente deben entenderse desde dos perspectivas diferentes, sin olvidar que entre estos “el hecho fundamental es de carácter primordialmente humano” (Sheldon, 1986, p. 29). De allí su separación de principio:
Sin duda existe una ciencia del management pero debe distinguirse claramente del arte que hace uso de esa ciencia. Un conocimiento profundo de los hechos averiguados y sistematizados del management no implica necesariamente una capacidad para el management (p. 34).
Y, de hecho, en ninguna otra profesión esta disociación entre conocimiento y acción es tan impactante, pues es frecuente encontrar personas de un alto conocimiento técnico y teórico en administración, que sin embargo no logran realizar un rol administrativo o gerencial satisfactorio.
Otro aporte fundamental de su reflexión es la inseparabilidad de la administración del contexto social e histórico en el que se aplica. Sheldon, en los inicios del siglo XX, rescata la dimensión histórica de la administración, argumentando que “por mucho que luchemos en favor de un nuevo mundo, finalmente nos veremos obligados a buscar sus fundamentos en los restos del pasado”. No es posible, en su opinión, comprender las condiciones del presente industrial si no se conocen los procesos evolutivos que lo llevaron a las condiciones y características de su época.
Acusa al management de tener una mirada demasiado restringida de sí mismo y de su desarrollo, pues ignora “el panorama entero de la vida social del que la industria es una parte inherente” (p. 13). Sheldon afirmaba que el nivel creciente de información y educación de los pueblos, su evolución en cuanto a la “filosofía del trabajo”, el nacimiento de diferentes formas de asociación y la influencia de la ciencia,2 constituían los rasgos fundamentales de la vida moderna que, mirados hacia atrás y en sus perspectivas hacia el futuro, debían considerarse como altamente incidentes en el desarrollo industrial y, por consiguiente, en la administración.
Otro aspecto del management del que Sheldon quiso generar una visión más amplia fue su concepción del trabajo. Criticó la postura economicista o basada simplemente en el deseo de lucro de quien trabaja, tal como el taylorismo lo hacía entender. En lugar de “lucro” habló de “interés”, entendiendo por ello el abanico de motivos y aspiraciones que el trabajador espera colmar a partir de su trabajo: “desarrollo cultural”, “necesidad de ocio”, “trabajo en las cosas que le interesan”, “espíritu de asociación”, entre otros (p. 16). Aunque Sheldon enfatizó más en la necesidad de reforzar aquellos aspectos externos o complementarios del trabajo (ocio, esparcimiento, asociación) y poco en el enriquecimiento de la vida laboral misma, para involucrar más íntegramente al ser humano y su realización, significó de todas maneras un reto a la concepción monolítica (tayloriana) de su época, que consideraba el trabajo exclusivamente como un intercambio de fuerza de trabajo por dinero. Él quiso remediar esta óptica reducida, buscando que la monotonía y la dureza del trabajo fueran compensadas por un enriquecimiento cuantitativo y cualitativo del tiempo libre del trabajador.
Pero la preocupación capital de Sheldon, que de alguna manera abriga a las demás ya citadas, es, sin duda, la de que la industria y el management asumieran como postura ética fundamental el móvil último del servicio a la comunidad. Ésta sería la garantía para que la empresa contribuyera al progreso y a la evolución de la sociedad, pues,
[…] mientras la industria siga siendo el volante de la oferta y la demanda, mientras continúe considerándose como una necesidad económica antes que una responsabilidad social, mientras siga dirigiendo sin la más mínima relación con los dictados de nuestra conciencia social, el progreso estará en consonancia con el amenazador pasado (p. 26).
Apreciando en conjunto las contribuciones de Sheldon desde una óptica actual, podría decirse que promovió el conocimiento administrativo a un “nivel teórico superior” (George, 1974, p. 128), pues enfatizó la distinción entre lo que se conocía como la ciencia del management, ocupada de mediciones y prescripciones de eficiencia técnica, y la filosofía del management, que pretendía conectar su ejercicio con principios más elevados y en consonancia con fines que trascendieran lo meramente empresarial.
MARY PARKER FOLLETT: “PROFETA” DE LA ADMINISTRACIÓN
M. P. Follett era norteamericana, como la Administración Científica, pero era mujer; teorizó sobre la administración pero no era ni ingeniera ni empresaria, como era la constante entonces. Ella fue la primera entre los autores del management —y quizás la única hasta ahora— en formarse en filosofía y ciencias políticas. Estudió en la Academia Thayer y en el Radcliffe College en Boston, y adelantó estudios de posgrado en temas humanísticos y políticos en Cambridge y París (George, 1986, p. 131).
Como se ve, reunía todas las condiciones para no ser considerada importante ni influenciar significativamente el cuerpo teórico tradicional ni la práctica de la administración. Sin embargo, se le reconoce un cierto lugar de importancia como filósofa de la administración, a pesar de que, como lo ha mostrado John Child (en Graham, 1997, p. 89), la Escuela de las Relaciones Humanas obscureció su pensamiento, y los comentadores e intérpretes actuales de sus textos tienden a asimilar sus teorías a las de esa corriente, sin mayores diferenciaciones.
En la lectura que el autor hace de Follett se encuentra, por el contrario, una concepción dialéctica y recursiva de la relación humana, contraria a la visión determinista y de causalidad lineal promovida por el mecanicismo taylor-fayoliano prevaleciente en su época. Entendió el conflicto como parte de la naturaleza psicológica y social del hombre, y teorizó sobre su aceptación abierta y el aprendizaje de metodologías de negociación y solución de conflictos basadas en la integración de los intereses y deseos de las partes (lo que hoy quizás llamarían acuerdos del ganar/ganar). La Escuela de las Relaciones Humanas,3 por el contrario, consideraba disfuncional el conflicto, y sus técnicas y prescripciones estaban orientadas a establecer (o restablecer) una cierta armonía “natural” en el sitio de trabajo, suprimiendo toda manifestación anómala de conflictos.
Las teorías de Follett parten de una postura epistemológica fundamental: su desacuerdo con las concepciones extremas y unidimensionales en el proceso del conocimiento, pues rechaza tanto a los “realistas del objeto” como a los “idealistas subjetivos”. Para ella, la realidad no es el objeto, ni es absolutamente inventada por el sujeto, sino que “se encuentra en la relación de los hechos, en medio de la actividad” (Graham, 1997, p. 36) entre sujeto y objeto. Follett, apoyándose en Aristóteles y Edwin Holt,4 afirma que tanto sujeto como objeto tienen la misma importancia en el “proceso de la conducta”, y que la relación continua entre ellos constituye la realidad.
Como se ve, sirviéndose de lo que ella llama psicología de la introspección (psicoanálisis), se aparta radicalmente del tradicional conductismo motivacional de la Escuela de las Relaciones Humanas, para la comprensión de la naturaleza de la relación interpersonal en la empresa. Esa escuela, al contrario de Follett, entiende el proceso de la conducta en términos estáticos y de causalidad lineal (causa-efecto) entre el estímulo y su respuesta o resultado y, en consecuencia, elabora todo un marco conceptual prescriptivo acerca de cómo provocar los comportamientos deseados a partir del suministro de los incentivos adecuados según el nivel de expectativa en el que se encuentre el trabajador o empleado en la escala de las necesidades de Maslow.
Follett, por el contrario, entendió de manera más dinámica, compleja y contextualizada el proceso humano de la conducta y el aprendizaje. Algunas de sus frases darán una idea de su concepción: “El estímulo no es la causa, ni la respuesta el efecto”; “la reacción es siempre una reacción a una relación”; “yo nunca reacciono ante usted, sino a usted además de mí mismo”; “en el mismo proceso del encuentro, mediante el mismo proceso de encontrarnos, ambos nos convertimos en algo diferente”; “debemos estudiar al trabajador y al empresario en relación con los hechos —y posteriormente los hechos mismos se tornan tan activos como cualquier otro componente de la ‘situación total’ ”.
Ella se refirió, pues, a este proceso sujeto-objeto en términos de “respuesta circular” y “situación total”; es decir, como una relación interactiva, de mutua influencia y construcción entre sujeto y objeto (o entre sujetos) en un contexto que hace parte del proceso mismo de la conducta. Con ello adhiere a una visión epistemológica, entonces en ciernes, que posteriormente se denominó constructivismo, y que no es otra cosa que la negación en las ciencias sociales del conocimiento absoluto y universal, en aras de un conocimiento personalizado y situado en un contexto específico. El capítulo siguiente de este libro se dedicará al estudio de esta corriente epistemológica.
ELTON MAYO Y SU VISIÓN DE LA CIVILIZACIÓN INDUSTRIAL EN CONSTRUCCIÓN
Paradójicamente, Mayo constituye una de las figuras fundantes de la administración moderna, pues a partir de sus experimentos de Hawthorne se “descubrió” al ser humano en la organización y se creó en consecuencia la Escuela de las Relaciones Humanas, que vino a disputar el espacio de la teoría y la práctica administrativas a la Administración Científica tayloriana. Sin embargo, una cosa es lo que se derivó de tales experiencias y sus resultados en la realidad teórico-práctica de la gestión, y otra, la amplitud del pensamiento de Mayo, el alcance de sus reflexiones y su malestar por el rumbo que tomaba lo que con insistencia llamaba la “civilización industrial”.
Al decir de Omar Aktouf (2001a, p. 220), los continuadores de Mayo “sólo implementaron “recetas” y manipulaciones que atenuaron la Organización Científica del Trabajo (OCT)”. Realmente éste era el único aspecto del taylorismo que preocupaba tanto a administradores como a teóricos: los efectos secundarios de la racionalización del trabajo y no la racionalización misma, por demás, bastante productiva. Se buscaron, entonces, en las experiencias de Mayo, de manera selectiva y pragmática, elementos para construir herramientas de gestión que mitigaran los efectos perversos del taylorismo y no tanto remplazarlo totalmente. Sin embargo, esto no correspondía cabalmente a lo que Mayo pensaba. Sus trabajos implicaban una gran preocupación por el empleado, sus problemas, y por la sociedad que se estaba construyendo; reflexiones que los seguidores de su pensamiento olvidaron y desviaron hacia las famosas técnicas de motivación y adaptación del trabajador, que constituyen lo que hoy se conoce como Escuela de las Relaciones Humanas.
En el texto citado, Aktouf hace un paralelo (p. 229) entre las preocupaciones de Mayo y las derivaciones —o, más bien, desviaciones— desarrolladas por sus seguidores. En lo concerniente a los grupos de trabajo, mientras Mayo se preocupó por conocer la “dinámica socioafectiva” que los mueve en función de la dinámica organizacional global, sus seguidores se enfocaron en la instrumentalización de esa primera dinámica para el logro de los objetivos de la segunda. En cuanto a la comunicación, Mayo pr...

Table of contents

  1. Portada
  2. Titulo
  3. Derechos de autor
  4. INTRODUCCIÓN
  5. 1. LAS RELIQUIAS FILOSÓFICAS DE LA ADMINISTRACIÓN
  6. 2. EL DEBATE POSITIVISMO-CONSTRUCTIVISMO EN FRANCIA: UNA MIRADA DESDE LAS CIENCIAS DE LA GESTIÓN
  7. 3. HUMANISMO Y GESTIÓN: ¿UNA SÍNTESIS IMPOSIBLE?
  8. 4. TÓPICOS CLAVE PARA REPENSAR LA ADMINISTRACIÓN: UN EXTRACTO FILOSÓFICO
  9. 5. ¿EPISTEMOLOGÍA O FILOSOFÍA DE LA ADMINISTRACIÓN?: UNA PROPUESTA DE REFUNDAMENTACIÓN
  10. 6. CONCLUSIONES FINALES
  11. BIBLIOGRAFÍA