Niveles y dimensiones de la confianza
Esta parte describe con mayor amplitud las dimensiones que comprende cada uno de los niveles de constitución o génesis de la confianza. Es necesario aclarar que la separación de las dimensiones por los niveles de constitución de la confianza facilitan la comprensión del fenómeno, pero no significa que estas estén separadas e independientes unas de otras. En este modelo los niveles, así como las dimensiones de la confianza, se encuentran en permanente relación e interdependencia, lo que significa que para comprender la confianza es indispensable realizar dos procesos: uno de análisis y otro de síntesis (Morin, 1996), es decir, el análisis en el sentido de revisar cada uno de los niveles o dimensiones por separado para su comprensión y de síntesis, en la capacidad de establecer las relaciones entre ellos, niveles y dimensiones para una comprensión de la totalidad del fenómeno de la confianza.
Nivel societal
Lo societal se entiende como el espacio de la sociedad donde se establecen las formas de organización social, los valores, las normas, la cultura, las representaciones simbólicas, las instituciones, las prácticas sociales, etc., que comparte un colectivo; por eso, este nivel comprende las dimensiones que se han denominado: cultural, normativa y ético-moral.
En la dimensión cultural se concibe la cultura como un posibilitador o no de relaciones de confianza, pues dependiendo de las redes de conversaciones que establece una comunidad se expandirá o no la confianza. Por ejemplo, si las conversaciones son de control, sumisión, jerarquía, guerra, entre otras, este tipo de conversaciones serán un obstáculo para la emergencia de la confianza. Por el contario, conversaciones solidarias, respetuosas, armónicas, etc., permitirán la emergencia de la confianza.
Por su parte, la dimensión normativa se centra en dos sentidos: el primero, en las normas explícitas (formales) e implícitas (informales) que establece una sociedad para garantizar el orden social y la convivencia, así como el sistema de sanciones al no cumplirlas. Las personas que son parte de un colectivo comparten las mismas normas y esperan que los comportamientos de los demás sean congruentes con ellas. Por tanto, las normas brindan la sensación de seguridad en las personas, al saber que si los otros no las cumplen serán castigados, ya sea por la ley o por algún tipo de rechazo social. Las normas y su cumplimiento facilitan la generación de la confianza, ya que los seres humanos tienen la expectativa de que el otro actuará de acuerdo con ellas, prediciendo sus conductas y posibilitando la apertura al otro. El segundo sentido está referido a la norma específica de reciprocidad, pues esta norma, implícita o explícita en las relaciones, genera confianza.
Por ejemplo, si yo soy tu amiga confidente, yo esperaría que guardes mis secretos, así como yo guardo los tuyos; “si tengo un contrato contigo, yo esperaría que lo cumplas a cabalidad para pagarte, y tú esperas que yo te pague al cumplir con el trabajo”.
La dimensión ético-moral hace referencia a la capacidad de los seres humanos de comportarse de acuerdo con unos principios establecidos por su cultura y aprendidos en su socialización. La dimensión ética-moral entra en relación con la norma y la ley, pues estas nos permiten coartar los comportamientos que puedan hacer daño a los demás. Sin embargo, la ética y la moral van más allá del cumplimiento de las normas; la ley y la evasión de una sanción, estas permiten distinguir los comportamientos “correctos” de los “no correctos”, “aceptados o no aceptados”, “que hacen daño” o “que no hacen daño a los demás”, y sin necesidad de que un policía o una figura de autoridad estén presentes como advertencia. Se es ético cuando se siguen conductas que no perjudiquen al otro o los otros. En las comunidades existen principios éticos y códigos morales que guían los comportamientos los cuales, igual que las normas, brindan la seguridad de que el otro actuará de acuerdo con ellas, generando mayor certidumbre sobre sus comportamientos y, por tanto, apertura hacia él para confiar. A continuación se explica cada una de ellas (figura 2).
Figura 2. Nivel societal de la génesis y consolidación de la confianza
Fuente: elaboración propia.
Dimensión cultural
Se entiende por cultura la red de conversaciones (Maturana y Verden, 1994) que presenta una comunidad y que configuran unas formas de pensar, sentir y actuar propias de los miembros de esa comunidad. Por eso existen distintas culturas, pues cada comunidad ha construido unas redes de conversaciones específicas que hacen que sus conductas, pensamientos y emociones se diferencien de las conductas, pensamientos y emociones de otras culturas, generando así su propia identidad.
Por ejemplo, ante el evento de la muerte de un familiar existen diferentes formas de sentir, pensar y actuar de acuerdo con la cultura a la que se pertenece. En algunas culturas la muerte no es vivenciada como pérdida y sufrimiento; por el contrario, en otras culturas es vivenciada con alegría porque el ser querido pasará a un estado superior distinto al físico. La emoción que se ha configurado a través de las redes de conversaciones de la comunidad es de alegría ante la muerte y no de sufrimiento, por tanto, el pensar y actuar ante este evento será muy distinto a las culturas que viven la muerte como sufrimiento y pérdida.
La configuración de esas formas de pensar, sentir y actuar se dan en la vida cotidiana. Cuando un niño crece, interactúa con los otros en una red de conversaciones que lo sumergen en una manera de vivir que se le hace espontáneamente natural. En la experiencia del vivir, el niño adquiere tanto su identidad individual como su conciencia social, y vive el mundo como algo natural, aprendiendo una formas de pensar, sentir y actuar de sus padres y de los adultos con los cuales convive (Pérez, 2001). Esas formas se convierten en creencias, costumbres, mitos, prejuicios, valores, hábitos, actitudes y destrezas, etc.
Por eso, la cultura no es solo un esquema transmitido de significaciones, representaciones simbólicas o de formas tradicionales de vivir; la cultura implica que esos esquemas y formas de vida se constituyan como tales a través de las redes de conversaciones que establece la comunidad, pues un mito, una costumbre, una regla moral, etc., están en el lenguaje, existen y se transmiten de generación en generación por medio de las conversaciones humanas. Un mito es un mito porque una comunidad lo ha vuelto tal en sus conversaciones y lo ha trasmitido históricamente a través de ellas.
Algunos autores denominan andamiajes a estas formas que adquirimos en la cultura. Los andamiajes erigidos por los seres humanos están compuestos por el capital físico y el capital humano: el físico está constituido por todos los artefactos materiales que los colectivos humanos han acumulado, en particular las herramientas, las técnicas y los instrumentos; el capital humano es, por su parte, el acervo de conocimiento que tienen, como aquel representado en creencias y las instituciones que crean como reflejo de ellas (North, 2007).
Entrar en la cultura significa, por tanto, apropiarse de formas concretas de emocionarse frente a lo natural y lo social, de conocer el mundo y actuar ante él a partir del desarrollo de un sentir, un pensar y un hacer, es decir, de lo emocional, lo racional, lo comportamental o, en otros términos, de lo afectivo, lo cognitivo y lo corporal. De esta manera, la cultura se constituye en una especie de telón de fondo que incide en la forma como interactuamos con el mundo y lo interpretamos (Pérez, 2001). En la inmersión en la cultura se aprenden las reglas formales e informales, los códigos de conducta, la institucionalidad, las creencias, las costumbres, etc., propios de la cultura y que inciden en la forma de moverse en el mundo. Un colectivo comparte estos mismos andamiajes, haciendo que sus comportamientos, pensamientos y emocionalidades sean semejantes.
Sin embargo, no podemos plantear que los seres humanos actúan solo desde el componente cultural; es necesario postular que la cultura influye, pero que el individuo como ser cognoscente, desarrolla su propios reflexiones y distinciones sobre el mundo que le son propias. Se comparten unos elementos generales de la cultura, pero las experiencias particulares, los contextos específicos de interacción y de socialización, los conocimientos individuales, etc., inciden en las distinciones que hace cada individuo sobre el mundo. Al respecto se trabajará en el nivel individual del modelo este aspecto.
Para algunos autores existen unas metaculturas en todas las colectividades humanas, denominadas cultura patriarcal y cultura matrística (Maturana y Verden-Zoller, 1994). La cultura patriarcal está caracterizada por una red de conversaciones centradas en la imposición, el autoritarismo, la competencia, la apropiación, la acumulación, la riqueza y la guerra. La cultura matrística, por su parte, está caracterizada por una red de conversaciones centradas en la solidaridad, el respeto, la colaboración, la ayuda mutua, el consenso y la relación sistémica con el entorno.
La cultura patriarcal, como red de conversaciones que valora la guerra, el poder, las jerarquías, la competencia, la riqueza, la apropiación, etc., hace que la desconfianza aflore, pues estas redes de conversaciones configuran unas formas de pensar, sentir y actuar en los seres humanos, que hace que se vea al otro como un rival, un enemigo o un objeto que sirve para el logro de objetivos propios o particulares. La cultura patriarcal es una cultura que incita a la individualidad, pues el poder consiste en competir; la jerarquía implica dominar, la riqueza y la apropiación en no compartir, lo que dificulta confiar en el otro.
La confianza es una actitud de apertura al otro con la expectativa de que este me verá como un legítimo otro en la convivencia con él, generándose una sensación de certeza o certidumbre durante el tiempo y el espacio de la interacción. Por esto, en comunidades donde la cultura patriarcal es dominante, la generación y consolidación de la confianza presenta obstáculos porque impide la apertura al otro, esto es, que me perciba como un otro legítimo; me verá como un enemigo o como una persona que siempre pretenderá buscar ventaja sobre mí.
Por otro lado, se encuentra la cultura matrística3, la cual afortunadamente no desapareció en la historia evolutiva de los seres humanos, pues esta permitió la generación de las colectividades humanas y del sentido de comunidad. La cultura matrística permite la apertura al otro, pues la solidaridad, la ayuda mutua, la colaboración, entre otras características, generan la expectativa y la certeza de que el otro me verá como un otro legítimo en la convivencia. En estas condiciones relacionales se puede generar fácilmente la confianza y la cohesión social. Una familia, aunque en algunos casos pueda presentar rasgos de la cultura patriarcal, es más matrística que patriarcal, pues sus relaciones son de apoyo mutuo, de solidaridad y de respeto, lo que genera confianza entre sus integrantes.
Estos dos tipos de culturas se encuentran simultáneamente en las comunidades y relaciones humanas, por ejemplo, en ciertos ambientes laborales se manejan relaciones más patriarcales, donde el control, la dominación y la amenaza se hacen presentes. En estos ambientes es difícil que emerja la confianza, pues el que controla lo hace con la convicción de que el otro no es capaz o no quiere realizar cierta acción, por eso necesita controlar. Esta predisposición puede estar dada por la cultura general en la que vivimos o por la cultura organizacional específica en la que trabajamos, pues se manejan unas redes de conversaciones de control, sumisión, jerarquías, dominación, etc., que hacen que nos comportemos de esa manera, en la desconfianza. Paralelamente, encontramos en los ambientes laborales relaciones de solidaridad, ayuda mutua, respeto, trabajo en equipo, etc., que contribuyen a establecer un equilibrio con respecto a las relaciones patriarcales que también se encuentra, lo que contribuye a que la empresa funcione y cumpla con sus objetivos. Los seres humanos vivimos en las dos redes de conversaciones: una que contribuye a la generación de la confianza y otra que la obstaculiza.
En conclusión, la cultura configura unas formas de pensar, sentir y actuar en los integrantes de una comunidad, que conllevan, a su vez, unos fines implícitos de la interacción social, y dependiendo de esos fines se verá al otro como un instrumento para conseguir propósitos personales (cultura patriarcal) o se verá como alguien con quien se puede configurar un destino común (cultura matrística), lo que incidirá en la construcción de relaciones de confianza o desconfianza.
Dimensión normativa
Los seres humanos, como seres sociales, necesitan instrumentos para establecer el orden social, pues las personas tienen diferentes intereses, gustos, valores, deseos, preferencias, que se deben regular. Uno de esos instrumentos son las normas, cuya función es regular los comportamientos para que se genere una buena convivencia.
“Las normas son reglas de conducta que indican que es lo que se debe y no se debe hacer en determinadas circunstancias. Pueden ser prescriptivas cuando favorecen cierto tipo de comportamientos y proscriptivas cuando prohíben otros” (Monsivais, 2009). Las normas se aprenden en los procesos de socialización, es decir, en los procesos por los cuales un ser humano se convierte en miembro de la sociedad y la cultura en la que vive; por tanto, generan restricción de comportamientos, lo que a veces produce insatisfacción, pues la persona debe renunciar a su individualidad por el bien de los demás.
Las sociedades presentan comportamientos regulares y recurrentes, los cuales están dados por la cultura y un repertorio ordenado de relaciones sociales, que permiten predecir la conducta de los otros. Las normas desempeñan un papel fundamental en la regularidad y predicción de los comportamiento y, por tanto, en el orden social.
La gente está obligada a obedecer los dictados de su cultura. El poder, la autoridad, la educación y la religión sirven para imponer las normas y su cumplimiento. Las obligaciones son externas e impuestas a los seres humanos, pero también la obligatoriedad es interna, derivada de las necesidades, los deseos y los intereses de los individuos. Lo anterior significa que la cultura y la sociedad tienen influencia en el individuo para realizar determinados comportamientos, pero al mismo tiempo, el individuo como sujeto que piensa, siente y actúa, decide realizar los comportamientos que desea acorde o no con las normas. En otras palabras, cultura, sociedad e individuo presentan una relación recíproca. Es por esto que a veces las personas se adhieren a las normas de manera espontánea, voluntaria y libre, o las asumen a la fuerza y por miedo a la sanción. Otras, en cambio, deciden despreciarlas y desviarse de sus exigencias (Chinoy, 2000).
La interiorización de las normas se da en los procesos de socialización. El principal agente de socialización es la familia; en ella se va configurando la personalidad y se transmiten las exigencias culturales (normas de comportamiento). Los grupos de amigos, la escuela, los medios de comunicación, entre otros, se convierten en agentes de socialización que aportan a la construcción de modelos de conducta y enseñan valores. Los agentes de socialización operan mediante diversos mecanismos, que en la cotidianidad no se cuestionan y se van aprendiendo como hábitos y costumbres.
Sin embargo, la adquisición de hábitos culturalmente normados no es un proceso mecánico, pero está generalmente ligado a juicios sobre lo recto y lo incorrecto, lo bueno y lo malo: estos patrones morales y culturales, que refuerzan y ...