Santidad, falsa santidad y posesiones demoniacas en Perú y Chile
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Santidad, falsa santidad y posesiones demoniacas en Perú y Chile

Siglos XVI y XVII: Estudios sobre mentalidad religiosa

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Santidad, falsa santidad y posesiones demoniacas en Perú y Chile

Siglos XVI y XVII: Estudios sobre mentalidad religiosa

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El libro corresponde a una serie de estudios sobre el fenómeno de la santidad en el Virreinato peruano. A partir de casos concretos se analiza el concepto de santidad de la época, la imagen que los fieles tení­an del santo y los factores que influí­an a la hora de oficializar la canonización de una persona. Dado que la fama de santidad podí­a generar muchos beneficios a quien la disfrutaba, no faltaron quienes pretendieron pasar por santos. En el libro se analizan algunos casos de ese tipo, que la Inquisición desenmascaró. Por último, se estudian dos situaciones que en la época se consideraron posesiones demoní­acas. Estos fenómenos tienen una relación con la búsqueda de la perfección espiritual y la santidad. Por lo general involucraron a personas que se suponí­a gozaban de dones sobrenaturales. El demonio habrí­a acosado de manera más intensa a quienes estaban más cerca de Dios. La posesión demoní­aca que afectó a las monjas de Santa Clara de Trujillo es única en América y muy similar a las que se produjeron por la misma época en diversos conventos de la Europa mediterránea.

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Information

Publisher
Ediciones UC
Year
2009
eBook ISBN
9789561425705
PRIMERA PARTE
Santidad
CAPÍTULO I
Rosa de Santa María.
Génesis de su santidad y primera hagiografía*
La santidad depende de numerosos factores y condiciones entre los que encuentra sin duda, como factor clave, una vida en la que se han practicado las virtudes cristianas en grado heroico1. En el caso de Rosa de Santa María eso fue así, como lo demuestran los más variados y concordantes testimonios que hacen referencia a hechos y comportamientos relacionados con su existencia. Con todo, estimamos que el proceso que culminó en su santificación tuvo su punto de partida, no tanto en su vida, como en las circunstancias que rodearon su muerte y entierro. Por lo demás, este es un fenómeno bastante común en el ámbito de la santidad de la época Moderna. Como señala Jean-Michel Salmann todo no se detiene con la muerte sino que todo comienza con ella. Tal acontecimiento no haría más que confirmar una opinión de santidad ya bien establecida2. Este planteamiento es válido para el caso de Rosa, pero sólo parcialmente porque en su muerte confluyen una serie de circunstancias que le otorgan a ese hecho una significación especial.
En la historia de la virgen limeña se da una situación curiosa, que será importante en el proceso de canonización, y que hasta ahora no ha contado con una explicación mayor 3. Rosa tuvo una existencia bastante retraída, rehuyó el contacto con la gente y vivió su religiosidad de manera muy privada4. Sólo en los últimos cinco años de vida, cuando se vinculó al hogar del contador Gonzalo de la Maza, su persona comenzó a adquirir una cierta notoriedad, pero siempre muy limitada a pequeños grupos en el contexto de la sociedad de Lima. Ella no fue una mujer que gozara de gran popularidad, como aconteció con muchos otros personajes que tuvieron fama de santidad 5. Casi no estuvo asociada a hechos milagrosos que beneficiaran a otros sujetos. Pocas personas recurrían a ella buscando conocer el futuro mediante visiones o la cura de enfermedades. En vida no desempeñó un especial papel taumatúrgico, que era una de las actividades que hacía de alguien un personaje popular y valorado como hombre santo6.
No obstante lo anterior, Rosa tuvo un entierro multitudinario y la sociedad limeña se volcó en sus exequias, en las que participaron incluso las más altas autoridades civiles y eclesiásticas del virreinato. Personas que nunca la conocieron se abalanzaron sobre el féretro para tratar de tocarla u obtener alguna reliquia. ¿A qué se debió ese fenómeno? En gran medida dicha situación está vinculada a los confesores de la joven, que se encargaron de difundir sus virtudes y de comprometer a las órdenes religiosas en una participación activa e institucional en las exequias. Esto es especialmente clave en lo que respecta a la Orden de Santo Domingo. Un miembro de ella tomó nota puntual de las revelaciones de Luisa de Melgarejo, durante el velatorio, y otro escribió a los pocos días una breve relación de su vida. Los dominicos asumieron a la difunta como un miembro de la orden y el procurador general de ella, a la semana de la muerte, solicitó al arzobispo que se recibiera información de testigos acerca de “su santa vida”.
EL INGRESO A LA GLORIA
La noticia de la muerte de Rosa de Santa María se extendió como un reguero por la ciudad debido a esa relativa fama que tenía. Pero sin duda, que también influyó de manera muy decisiva la visión que a las pocas horas de su deceso, y delante del féretro, tuvo Luisa de Melgarejo. La mujer, arrobada ante quienes allí estaban, fue narrando durante horas la entrada al cielo de la difunta y la recepción que la divinidad hizo de ella. Luisa era la esposa del doctor Juan de Soto, abogado, relator de la Audiencia de Lima y ex rector de la Universidad de San Marcos7. Dicha señora, desde hacía algún tiempo, gozaba de gran fama como mujer de acendrada espiritualidad. Los padres jesuitas le tenían especial consideración y miembros de la orden fueron sus confesores y guías espirituales. Incluso más, algunos de estos fueron profundos admiradores de ella por estimar que llevaba una vida virtuosa ejemplar y que gozaba de ciertos dones especiales, indicadores del favor divino que le agraciaba. El ex provincial de la Compañía y místico de renombre, Diego Álvarez de Paz, fue su confesor y la estimuló para que pusiera por escrito sus experiencias místicas8. Varios otros miembros de la orden, entre los que estaba Juan de Villalobos, rector del colegio de San Pablo, Joseph de Arriagada, Diego Martínez y Juan Sebastián Parra, la tenían en gran estima sobre todo por sus condiciones como visionaria9. Pero si la apreciaban numerosos religiosos, con mayor razón era admirada por el común de los fieles. Así, Isabel de Soto, testigo en las causas inquisitoriales contra las ilusas de Lima, declaraba en 1623 que hacía unos nueve años estuvo viviendo en casa del doctor Soto “y como era recién venida de España y vide tanta santidad en su mujer doña Luisa, andaba yo envidiosa por saber su vida, veíala tomar muchas disciplinas y mucha oración” 10. Por su parte, Ana María Pérez, cocinera de la familia de la Maza, por la misma época reconocía que tenía una gran admiración por doña Luisa, a la que trataba de imitar en sus prácticas piadosas11. Como lo constata el vecino limeño Francisco de la Carrera, por ahí todos andaban diciendo que doña Luisa de Soto “es grandísima santa” 12.
Dicha mujer se relacionó con varias de las personas que en la época tenían fama de virtuosas, como el médico Juan del Castillo13, el contador Lorenzo de la Maza y su mujer María de Uzátegui, y con Rosa de Santa María, entre otras. A esta la conoció cuando se fue a vivir a la casa del contador, unos cinco años antes de su muerte14 y llegó a tener con ella un trato relativamente frecuente15. Luisa de Melgarejo tenía gran admiración por Rosa y siempre que se encontraban le hacía ostentosas manifestaciones de respeto. Leonardo Hansen dice al respecto que “la saluda de rodillas… y si la veía pasar no se podía contener sin fijarse en las huellas de sus pies, y besar el sitio en donde los había puesto en señal de reverencia” 16.
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Retratos de Don Gonzalo de la Maza y de su esposa doña María de Uzátegui. EN Lima religiosa DE ISMAEL PORTAL.
Rosa de Santa María falleció poco después de las doce de la noche, al empezar el 24 de agosto, día de San Bartolomé. Su cuerpo, después de vestido con el hábito de Santo Domingo, fue llevado de la habitación en que murió, a una cuadra o sala más amplia en la que se juntaron alrededor de 20 personas17. Allí, Luisa de Melgarejo se arrobó y estuvo en “éxtasis desde la una y un cuarto poco más o menos, hasta cerca de las cinco de la mañana…, y estando en él prorrumpió en habla”18. De lo que dijo en esa oportunidad tomaron nota puntual los testigos Juan Costilla Benavides, oficial mayor del contador de la Maza, y el fraile dominico Francisco Nieto. El texto íntegro de esas visiones, sacadas en limpio, las incluyó Gonzalo de la Maza en su respuesta a la pregunta 24 del cuestionario a los testigos que declararían sobre la vida de Rosa de Santa María con motivo de las informaciones ordenadas por el arzobispo Bartolomé Lobo Guerrero.
Lo expresado por Luisa es bastante inconexo y confuso, no obstante lo cual hay ciertas ideas que quedan más o menos claras. Lo fundamental tiene que ver con la recepción que Rosa habría tenido en el cielo. Al respecto refiere el recibimiento que le hizo la Virgen en “la morada eterna, allá donde no hay hastío, allá donde la hartura no empalaga, allá donde mientras más se goza más se desea gozar”. A continuación mencionaba los cánticos celestiales con que la recibieron los ángeles. Más adelante enfatizaba que esas maravillas que Rosa estaba experimentando, como el vivir eternamente, el gozar del banquete celestial donde Dios equivalía al manjar, eran consecuencia de la vida de santidad que había llevado, del amor al Señor que había cultivado. Terminaba describiendo lo que implicaba la gloria eterna para Rosa, que, al tener a la vista a su esposo, experimentaba fruición en el alma, paz y un gozo eterno19.
Lo más significativo de esas visiones que Luisa refirió en voz alta para que las escucharan todos los que estaban en el velatorio, tuvo que ver con el alcance y derivaciones de ese acontecimiento. Luisa, al describir la recepción de Rosa en el cielo, lo que hizo fue santificarla, certificar de manera pública que ya se encontraba en el jardín eterno junto a su divino esposo20. Para valorar la trascendencia de esa certificación no se puede dejar de lado la imagen que Luisa de Melgarejo tenía en la sociedad limeña. En esos momentos nadie discutía su vida virtuosa y, desde clérigos a laicos, todos le reconocían sus virtudes místicas y la capacidad para entrar en trance y tener visiones sobrenaturales21. Como es sabido, en 1622, Luisa fue procesada por la Inquisición, junto a otras mujeres visionarias, por ilusa y falsa santidad. De las declaraciones de los testigos, tanto laicos como eclesiásticos, quedó en evidencia el fingimiento de los arrobos y visiones de dicha mujer. Con todo, el proceso no llegó a concluirse, en parte, debido a la significación social del marido y a la intervención de algunos padres de la Compañía de Jesús, confesores de la acusada, que metieron pluma y adulteraron los escritos en que refería sus visiones22. El prestigio de Luisa era tan grande que ese tropiezo con la Inquisición no le afectó en su fama, al punto que gozó de reconocimiento hasta el final de sus días y a su entierro asistieron las más altas autoridades del virreinato23.
Pero como si el impacto de las visiones de Luisa entre los asistentes fuera poco, resulta que antes de que concluyeran también entró en éxtasis María Antonia, mujer de Juan Carrillo, analfabeta, la que, en medio de contorsiones, comenzó luego un discurso en el que invocaba al Señor. Entre otras cosas decía que Él, como amoroso y benigno padre, engendró a Rosa, la cual había sembrado “el amor divino en aquel fértil campo”; era “el grano divino que llevó aquella fértil espiga”. Tomó nota de los dichos de María Antonia el hermano mayor de Rosa, Hernando Flores24.
MUERTE, VELATORIO, ENTIERRO Y HONRAS. FUNDAMENTOS DE SANTIDAD
A raíz de la Contrarreforma el pensamiento en torno a la muerte experimentó un cambio significativo. Se enfatizó y generalizó la idea de que el cristiano debía prepararse para la muerte, porque esta podía llegar en cualquier momento, sin aviso previo. Por ello, la preparación debía ser un asunto de toda la vida y de cada día. Se escribieron numerosas obras sobre el tema, las que en general mostraban a los fieles lo que debían hacer para “bien morir” o para tener una “buena muerte” 25. En ese contexto, la vida y muerte de los santos pasó a ser un buen ejemplo o modelo a seguir, pues implicaba una nueva manera de acercarse a la pasión y muerte de Cristo. La muerte de un santo era la forma más depurada de la buena muerte26. Pero por otra parte, la forma como moría una persona virtuosa y las circunstancias que rodeaban el deceso, pasaban a ser un factor de santificación del sujeto.
Las revelaciones de Luisa Melgarejo contribuyeron a darle a la muerte de Rosa una proyección social multitudinaria. Así queda de manifiesto en las declaraciones de Gonzalo de la Maza, 22 días después del deceso, cuando señala que “por haber concurrido tanta gente a los arrobamientos y hablas y sido Nuestro Señor servido que fuesen con tanta publicidad ha dicho este testigo y declarado los nombres de las personas que los tuvieron y por haberse publicado en esta ciudad”27. El suceso descrito por aquella mujer de reconocida vida virtuosa dejaba en evidencia que no había muerto sólo una buena católica, sino que había muerto una santa y, por lo tanto, era de esperar que los fieles efectuaran los rituales que en las situaciones de ese tipo se acostumbraba.
En el caso de Rosa de Santa María se cumplen todos los signos y ritos que rodean la muerte de un santo. Desde la larga agonía, la propia anunciación de su muerte, pasando por su ocurrencia un día particular a ser interpretado de elección divina, hasta la forma edificante en que se producía, unido al clima de exaltación que se generaba, propicio a las reacciones imprevisibles y a los actos emotivos. A todo eso se agregaban las actitudes de los fieles, entre las que cabe destacar la gran concurrencia para ver el cadáver, su larga exposición, a requerimiento de la muchedumbre, y la demanda incontrolada por reliquias que obliga a un entierro casi secreto. Salmann analiza con detalle estos hechos y situaciones para el caso de los santos de Nápoles en la época Moderna28, que igualmente han sido puestos en evidencia en relación con los santos franceses29, y que también podemos verlos presentes, y de una manera casi idéntica, en la muerte de la virgen limeña. Como lo enfatizan André Vauchez y Éric Suire, la santidad de una vida se probaba con la forma en que se moría30.
Según lo consignan las hagiografías, Rosa profetizó su muerte, primero a tres años de que ocurriera y ante su confesor, Fr. Luis de Bilbao. Luego, lo volvió a reiterar a un año de ella y después a cuatro meses; en ambos casos se lo dijo a María de Uzátegui, dueña de la casa en que residía. Los biógrafos también asociaron el día de su muerte con la especial devoción que Rosa tenía a San Bartolomé31, de tal modo que vieron una relación entre ambas situaciones. Hansen escribe al respecto: “Sabía con luces soberanas que en este día había de pasar del destierro de este mundo a la patria celestial”32. De esa manera se enfatizaba el don de la profecía con que Dios la había adornado y que ...

Table of contents

  1. Portada
  2. Medio título
  3. Derechos de autor
  4. Título
  5. Indice
  6. Prefacio
  7. Introducción
  8. Primera Parte: Santidad
  9. Segunda Parte: falsa Santidad
  10. Tercera Parte: posesiones demoníacas
  11. Bibliografía

Frequently asked questions

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