Paisaje caprichoso de la literatura rusa
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Paisaje caprichoso de la literatura rusa

Antología

Selma Ancira, Selma Ancira, Selma Ancira

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Paisaje caprichoso de la literatura rusa

Antología

Selma Ancira, Selma Ancira, Selma Ancira

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Reúne una selección de escritores ya clásicos de la literatura rusa. Bajo la cuidada selección y traducción de Selma Ancira, este Paisaje caprichoso de la literatura rusa ofrece al lector una visión panorámica y una introducción al tema. Junto a textos de Gógol, Pushkin, Chéjov, Dostoievski y Tolstói, se incluye una muestra de autores como Marina Tsvietáieva, Borís Pasternak y Nikolái Gumiliov.

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PRIMERA PARTE

NOCHES EGIPCIAS

ALEXANDR PUSHKIN

I

–Quel est cet homme ?
–Ha c’est un bien grand talent,
il fait de sa voix tout ce qu’il veut.
–Il devrait bien, madame, s’en
faire une culotte.1
Charski era petersburgués de nacimiento. No había cumplido aún treinta años, no estaba casado y el trabajo no lo agobiaba. Su difunto tío, que había sido vicegobernador en una buena época, le había dejado una cuantiosa fortuna. Su vida podría haber sido muy agradable, pero tenía la desgracia de escribir versos y de publicarlos. En las revistas lo llamaban poeta, entre los lacayos versificador.
A pesar de los grandes privilegios de los que gozan los poetas (aunque a decir verdad, no vemos que los poetas rusos gocen de privilegios especiales a no ser por el derecho de usar el acusativo en lugar del genitivo y alguna otra licencia poética…), sea como sea, a pesar de todos sus posibles privilegios, estas personas están expuestas a grandes desazones y disgustos. Lo más amargo, lo que menos soporta el poeta, es su renombre y el estigma que lo marca y del que no logra deshacerse. El público suele considerarlo de su propiedad; cree que el poeta ha nacido para su beneficio y su satisfacción. Si vuelve de la aldea, el primero que le sale al paso le pregunta: “¿Nos ha traído algo nuevo?” Si se halla pensando en sus asuntos frustrados o en la enfermedad de algún ser querido, no falta la impertinente sonrisa que acompaña a la impertinente exclamación: “¡Alguna rima debe estar ideando!” ¿El poeta se enamora? Su hermosa prometida compra un álbum en la tienda inglesa y espera nada menos que una elegía. Si llega a visitar a una persona a la que apenas conoce para tratar algún asunto importante, ésta de inmediato llama a su hijito y lo obliga a recitar los versos de quién sabe quién, y el niño agasaja al poeta con sus propios versos desfigurados. ¡Y éstas son las flores del oficio! ¿Cuáles serán sus infortunios? Charski confesó que las bienvenidas, las peticiones, los álbumes y los niños lo tenían a tal punto harto que por momentos debía controlarse para no cometer alguna grosería.
Charski hacía todos los esfuerzos posibles para deshacerse de la insoportable fama de poeta de la que gozaba. Evitaba estar en compañía de sus colegas literatos y prefería a la gente de sociedad, incluso a la más vacía. Su conversación era la más trivial y nunca rozaba la literatura. En su vestir observaba siempre la última moda, pero con la timidez y la superstición de un joven moscovita que por primera vez ha llegado a San Petersburgo. Su estudio, siempre tan arreglado como la alcoba de una dama, en nada recordaba la existencia de un escritor; los libros no estaban desparramados ni sobre las mesas ni debajo de ellas, el diván no estaba salpicado de tinta; no había ese desorden revelador de la presencia de la musa y la ausencia de la escoba y el cepillo. Charski era presa de la desesperación cuando alguno de sus amigos de la gran sociedad lo encontraba pluma en mano. Es difícil creer las fruslerías a las que llega a prestar atención un hombre dotado, por lo demás, de talento y alma. Fingía ser un apasionado amante de los caballos o un jugador empedernido o el más exigente gourmet, aunque en realidad no sabía distinguir a un montañés de un árabe, nunca se acordaba de las cartas y en secreto prefería las papas al horno a todos los inventos de la gastronomía francesa. Llevaba una vida de lo más dispersa; estaba en todos los bailes, comía hasta hartarse en todas las recepciones diplomáticas y en todas las veladas era tan inevitable como el postre.
Sin embargo, era poeta y su pasión resultaba irresistible: cuando lo invadía esa sandez (así llamaba a la inspiración), Charski se encerraba en su gabinete y escribía desde la mañana hasta muy avanzada la noche. Frente a sus verdaderos amigos reconocía que sólo entonces era en realidad feliz. El resto del tiempo paseaba dándose importancia y simulando y oyendo una y otra vez la misma pregunta: “¿No ha escrito alguna cosita nueva?”
Una mañana Charski sintió ese bendito estado de ánimo en el que los sueños se dibujan con claridad frente a uno y aparecen esas palabras vivas e inesperadas que expresan las propias imágenes; en el que los versos se acomodan con facilidad al ritmo de la pluma y las rimas sonoras corren al encuentro de un pensamiento armonioso. Charski se encontraba inmerso en ese dulce dejarse ir… y ni el mundo, ni la opinión del mundo, ni sus propios caprichos existían para él. Estaba escribiendo versos.
De pronto rechinó la puerta de su gabinete y se asomó una cabeza desconocida. Charski se estremeció y frunció el entrecejo:
—¿Quién está ahí? —preguntó con enojo, maldiciendo para sus adentros a los criados que nunca estaban en el vestíbulo.
El desconocido entró.
Era de estatura alta, delgado, y parecía tener unos treinta años. Los rasgos de su rostro moreno eran muy expresivos. La frente pálida y amplia a la que daban sombra unos mechones de pelo negro, los brillantes ojos negros, la nariz aguileña y una barba tupida que rodeaba a las hundidas y amarillentas mejillas revelaban en él a un extranjero. Iba vestido con un frac negro, blanco ya en las costuras, y pantalones de verano (a pesar de que el otoño estaba ya muy avanzado); tras la desgastada corbata negra que colgaba sobre la amarillenta pechera, brillaba un diamante falso; el sombrero rugoso había conocido, al parecer, tanto días de sol como de lluvia. Si alguien se encontrara con este hombre en un bosque, podría tomarlo por un bandido; en sociedad, por un conspirador político; en una antesala, por un charlatán que comercia con elíxires y arsénico.
—¿Qué se le ofrece? —le preguntó Charski en francés.
—Signor —respondió el extranjero haciendo una marcada reverencia—, lei voglia perdonarmi se…
Charski no le ofreció una silla sino que se levantó él mismo y la conversación continuó en italiano.
—Soy un artista napolitano —dijo el desconocido—. Las circunstancias me obligaron a abandonar mi patria; vine a Rusia confiando en mi talento.
Charski supuso que el napolitano se disponía a dar una serie de conciertos de violonchelo y quería vender los boletos de casa en casa. Estaba dispuesto a darle los veinticinco rublos de la entrada para deshacerse de él lo más rápidamente posible, cuando el desconocido añadió:
—Espero, signor, que brinde usted su ayuda amistosa a este colega suyo y me lleve a las casas a las que usted tiene acceso.
No podía haber una ofensa mayor para la soberbia de Charski. Miró con arrogancia a aquel que se autodenominaba su colega.
—Permítame preguntarle quién es usted y por quién me ha tomado —dijo, conteniendo con dificultad su indignación.
El napolitano notó su enojo.
—Signor —respondió titubeando—… Ho creduto… ho sentito… la vostra Eccelenza mi perdonera…
—¿Qué se le ofrece? —repitió con sequedad Charski.
—He oído muchas cosas sobre su extraordinario talento; estoy seguro de que los señores de este lugar tienen por un honor brindar todo tipo de favores a tan gran poeta —contestó el italiano—, y por eso he tenido el atrevimiento de buscarlo…
—Se equivoca, signor —lo interrumpió Charski—. Aquí no existe el título de poeta. Nuestros poetas no cuentan con el favor de los señores; nuestros poetas son ellos mismos señores y si los mecenas (¡que el diablo se los lleve!) no lo saben, peor para ellos. Aquí no hay abates harapientos a los que un músico recoja de la calle para la creación de un libretto. Aquí los poetas no van de casa en casa solicitando que se les ayude. Además, seguramente le habrán dicho en broma que soy un gran versificador. Es cierto que en alguna ocasión escribí unos cuantos malos epigramas, pero, gracias a Dios, no tengo, ni quiero tener, nada en común con los señores poetas.
El pobre italiano se desconcertó. Miró a su alrededor. Cuadros, estatuas de mármol, bronces, finos juguetes colocados en aparadores góticos… todo aquello lo aturdía. Comprendió que entre ese soberbio dandy que llevaba un gorrito de brocado de alto copete y una bata china dorada sujeta con un chal turco y él, un pobre artista errante de corbata raída y traje desgastado, no había nada en común. Pronunció algunas disculpas incoherentes, hizo una reverencia y se dispuso a salir. Su miserable figura conmovió a Charski, quien, pese a las mezquindades de su carácter, tenía un corazón bueno y noble. Se sintió avergonzado por la irascibilidad de su amor propio.
—¿Adónde va? —preguntó al italiano—. Espere… Era mi deber rechazar un título que no merezco y reconocer ante usted que no soy poeta. Pero hablemos ahora de sus asuntos. Estoy dispuesto a servirle en todo lo que pueda. ¿Es usted músico?
—No, Eccelenza —respondió el italiano—, soy un pobre improvisador.
—¡Improvisador! —gritó Charski, tomando conciencia de la crueldad de sus modales—. ¿Por qué no dijo antes que se dedicaba usted a la improvisación? —y Charski le estrechó la mano con franco arrepentimiento.
El aire amistoso de Charski alentó al italiano, quien con toda naturalidad comenzó a hablar de sus proyectos. Su apariencia no era engañosa: necesitaba dinero; tenía la esperanza de que en Rusia su situación mejoraría de alguna manera. Charski lo escuchó con atención.
—Confío —dijo al pobre artista— en que tendrá usted éxito: en nuestra sociedad todavía no se ha presentado ningún improvisador. Se despertará la curiosidad: aunque… el italiano aquí no se acostumbra y no lo entenderán; pero no es una desgracia; lo importante es que se ponga usted de moda.
—Pero si aquí nadie entiende el italiano —dijo pensativo el improvisador—, ¿quién irá a escucharme?
—Irán, no tema; unos por curiosidad, otros para pasar la tarde de alguna manera y otros para demostrar que conocen ese idioma; repito, lo único que hace falta es que se ponga usted de moda. Y se pondrá usted de moda, le doy mi palabra.
Charski se despidió amistosamente del improvisador tras haber anotado su dirección y esa misma tarde salió a buscar la manera de ayudarlo.

II

Soy zar, soy esclavo, soy gusano, soy Dios.2
Al día siguiente, Charski intentaba encontrar en el oscuro y sucio corredor de una posada la habitación número treinta y cinco. Se detuvo ante la puerta y tocó. Le abrió el italiano del día anterior.
—¡Victoria! —le dijo Charski—. Sus asuntos van de maravilla. La princesa le presta su salón; ayer en una fiesta invité ya a la mitad de San Petersburgo; imprima los boletos y los anuncios. Si no un triunfo, por lo menos sí le aseguro una buena ganancia…
—¡Y eso es lo más importante! —gritó el italiano manifestando su contento con esos vivos movimientos tan característicos de la gente del sur—. Sabía que usted me ayudaría. ¡Corpo di Bacco! Usted es poeta como yo también lo soy, y digan lo que digan, los poetas son gente estupenda. ¿Cómo expresarle mi agradecimiento? Espere… ¿le gustaría escuchar una improvisación?
—¡Una improvisación! ¿Acaso puede hacerlo sin público, y sin música, y sin el estruendo de los aplausos?
—¡Nada, nada! ¿Dónde podría encontrar un público mejor? Usted es poeta, usted me comprenderá mejor que ellos y su estímulo silencioso es más importante para mí que una tempestad de aplausos… Siéntese en algún sitio y deme un tema cualquiera.
Charski se sentó sobre una maleta (de las dos sillas que había en el mísero cuartucho, una estaba rota y la otra cubierta de papeles). El improvisador tomó de la mesa una guitarra, se colocó frente a Charski y se puso a puntear ...

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