El tratado naval
El mes de julio que siguió inmediatamente a mi boda, resultó memorable por tres interesantes casos en los cuales tuve el privilegio de verme asociado con Sherlock Holmes y estudiar atentamente sus métodos. Tengo estos casos recogidos en mis notas bajo los encabezamientos de «La aventura de la segunda mancha», «La aventura del tratado naval» y «La aventura del capitán cansado». Sin embargo, la primera de ellas se ocupa de asuntos de tal importancia e implica a tantas de las primeras familias del reino, que hasta que no pasen muchos años resultará imposible hacerla pública. No obstante, ningún otro caso en el que Holmes se haya visto involucrado ha ilustrado de una forma tan clara el valor de sus métodos analíticos o ha impresionado tan profundamente a aquellos que trabajaron con él. Aún conservo un informe casi literal de la entrevista en la que demostró los verdaderos hechos del caso a monsieur Dubuque de la policía de París y a Fritz von Waldbaum, el conocido especialista de Dánzig, quienes habían desperdiciado sus energías en lo que, como se demostraría después, eran cuestiones secundarias. Pero habrá que esperar al nuevo siglo antes de que la historia pueda narrarse con seguridad. Mientras tanto, pasaré al segundo caso de la lista, que en su momento prometía tratarse también de un asunto cuya importancia era de alcance nacional y resultó notable por varios incidentes que le dotaron de un carácter singular.
Durante mi época escolar, tuve como amigo íntimo a un muchacho llamado Percy Phelps, que era de mi misma edad, aunque iba dos cursos por delante de mí. Era un chico brillante y ganaba todos los premios que concedía la escuela, culminando sus proezas escolares ganando una beca que le permitió continuar su triunfante carrera en Cambridge. Recuerdo que estaba muy bien relacionado, e incluso cuando aún no éramos más que críos, ya sabíamos que el hermano de su madre era lord Holdhurst, el gran político conservador. Este llamativo parentesco no le sirvió de nada en la escuela. Al contrario, encontrábamos que darle caza por el patio para atizarle en las espinillas con un wicket, era de lo más divertido. Pero las cosas cambiaron radicalmente cuando salió al mundo. Supe que sus aptitudes y las influencias que poseía le habían aupado a una buena posición en el Foreign Office, y después no volví a acordarme de él hasta que esta carta me recordó su existencia:
Briarbrae, Woking
ESTIMADO WATSON:
No me cabe duda de que aún recordará a «Renacuajo» Phelps, que hacía quinto el mismo año en que usted asistía al tercer curso. Incluso es posible que se haya enterado de que, gracias a la influencia de mi tío, obtuve un buen puesto en el Foreign Office, donde desempeñé mis obligaciones con confianza y honor hasta que una repentina desgracia vino a arruinar mi carrera.
De nada sirve que le escriba los detalles de este funesto acontecimiento. En caso de que usted acceda a la petición que voy a hacerle, es probable que tenga que narrárselos. Acabo de recuperarme de una fiebre cerebral que me ha tenido postrado nueve semanas y aún me encuentro excepcionalmente débil. ¿Cree que podría traer a su amigo, el señor Holmes, a verme aquí? Me gustaría que me diese su opinión sobre el caso, aunque las autoridades me han asegurado que no se puede hacer nada. Por favor, tráigalo lo antes posible. Los minutos parecen horas en este estado de espantosa incertidumbre. Asegúrele que si no le he pedido su consejo antes no ha sido porque no aprecie su talento, sino porque desde que sufrí este duro golpe no he tenido la cabeza en su sitio. Ahora me encuentro bastante mejor, aunque no me atrevo a pensar mucho en ello por miedo a una recaída. Aún me encuentro tan débil que, como puede ver, tengo que escribirle al dictado. Por favor, intente que venga aquí.
Su antiguo compañero de escuela,
PERCY PHELPS
Al leer la carta hubo algo que me emocionó, esas reiteradas suplicas para que llevara a Holmes despertaron mi compasión. Tanto me emocionó que, aunque hubiera sido un asunto difícil, lo hubiese intentado igualmente, pero, por supuesto, sabía perfectamente que Holmes amaba tanto su trabajo que estaba siempre dispuesto a prestar su ayuda, tanto como estaba su cliente a recibirla. Mi esposa estuvo de acuerdo conmigo en que no podía perderse ni un minuto antes de exponerle el asunto, así que una hora después de desayunar me encontré de vuelta, una vez más, en las viejas habitaciones de Baker Street.
Holmes estaba sentado en su mesa de trabajo, ataviado con su batín y enfrascado en una de sus investigaciones químicas. Una gran retorta redonda hervía furiosamente sobre la llama azulada de un mechero Bunsen y las gotas destiladas se condensaban en un medidor de dos litros. Mi amigo apenas me miró cuando entré, y, viendo que su investigación era importante, me senté en el sofá a esperar. Introducía su pipeta de cristal en una botella u otra, extrayendo algunas gotas de líquido, hasta que finalmente puso sobre la mesa un tubo de ensayo que contenía una solución química. En la mano derecha sostenía un trozo de papel de tornasol.
—Ha llegado en medio de una crisis, Watson –dijo–. Si este papel permanece azul, es que todo está bien. Si se vuelve rojo, significa que la vida de un hombre está en juego. –Lo introdujo en el tubo de ensayo y adquirió un tono carmesí sucio y apagado.
—¡Hum, me lo imaginaba! –exclamó–. Estaré con usted en un momento, Watson. Encontrará tabaco en la babucha persa. –Se dirigió a su escritorio y escribió varios telegramas, que entregó al botones. Entonces se desplomó sobre la silla frente a mí y levantó sus rodillas hasta que sus manos se cerraron alrededor de sus largas y delgadas espinillas.
—Un asesinato de lo más vulgar –dijo–. Me parece que trae algo mucho mejor, Watson, es usted el heraldo del crimen . ¿De qué se trata?
Le tendí la carta, que leyó con la máxima atención.
—No dice mucho, ¿verdad? –comentó mientras me la devolvía.
—Casi nada.
—Aun así, la letra resulta interesante.
—La letra no es suya.
—Exacto. Es de una mujer.
—No, seguro que es la de un hombre –exclamé.
—No, es la de una mujer, una mujer de un carácter singular. Verá, al comenzar una investigación es importante saber que el cliente tiene una relación íntima, para bien o para mal, con alguien que posee una naturaleza excepcional. El caso ya ha despertado mi interés. Si está listo, saldremos enseguida a Woking para visitar a este diplomático que se encuentra en una situación tan funesta y a la dama a quien dicta sus cartas.
Tuvimos la suerte de coger uno de los primeros trenes en Waterloo y en menos de una hora nos encontramos en los bosques de abetos y los brezos de Woking. Briarbrae resultó ser una amplia casa situada en medio de una enorme extensión de terrero a unos pocos minutos de camino de la estación. Tras mostrar nuestras tarjetas, se nos unió un hombre bastante corpulento que nos recibió con gran hospitalidad. Debía estar más cerca de los cuarenta que de los treinta, pero sus mejillas eran tan sonrosadas y sus ojos tan alegres que todavía daba la impresión de ser un muchacho regordete y travieso.
—Qué contento estoy de que hayan venido –dijo estrechándonos las manos efusivamente–. Percy ha estado toda la mañana preguntando por ustedes. Ah, pobre muchacho, ¡se aferra a un clavo ardiendo! Sus padres me pidieron que les recibiese yo, puesto que para ellos la sola mención del asunto resulta extremadamente dolorosa.
—Aún no tenemos los detalles –señaló Holmes–. Veo que no es usted miembro de la familia.
Nuestro anfitrión pareció sorprendido y, entonces, bajando la vista, empezó a reír.
—Ah, claro, vio usted las siglas J. H. de mi medallón –dijo–. Por un momento pensé que había hecho usted algo inteligente. Me llamo Joseph Harrison y Percy va a casarse con mi hermana Annie, así que, al menos, seremos parientes políticos. Encontrará a mi hermana en su habitación; ella ha estado al pie de su cama estos dos meses. Quizá lo mejor es que entrem...