Una Iglesia capaz de hacer política pública
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Una Iglesia capaz de hacer política pública

Con preguntas para debatir en grupo

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Una Iglesia capaz de hacer política pública

Con preguntas para debatir en grupo

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"...es posible que hallemos modos de evadir la lucha política partidista, el esfuerzo por adquirir poder y mantenerlo frente a otros. Lo que no podemos hacer es evitar toda definición política o abstenernos de actuar políticamente en una sociedad en que la vida está tan condicionada por estructuras y relaciones institucionales que nos obligan a optar por alguna posición política. Y aquí sí el dilema es el mismo para todos: o vivimos para Dios y hacemos política promoviendo su Reino de amor y justicia con miras al bien común, o vivimos intencional o inintencionalmente para el dios de este siglo y promovemos su política."

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Information

Year
2019
Edition
1
eBook ISBN
9789871355891
9
Misión en un contexto de corrupción
Cualquier persona medianamente informada acerca de los problemas que aquejan a los países latinoamericanos sabe bien que uno de los peores de todos ellos es la corrupción: con demasiada frecuencia los que detentan el poder que se deriva de la autoridad lo usan para beneficiarse económicamente. Como acertadamente afirma el distinguido abogado argentino Luis Moreno Ocampo, que fue el fundador de Transparencia Internacional y el primer fiscal de la Corte Penal Internacional (2003-2012), «la corrupción es hija de las relaciones clandestinas entre el poder de la autoridad y el del dinero». Todos nuestros países, sin excepción, proveen ejemplos paradigmáticos de este mal social que ha empañado y sigue empañando la historia política de América Latina.
Esto no significa, por supuesto, que América Latina tenga el monopolio de la corrupción ni mucho menos. «En todas partes se cuecen habas.» Ningún país está exento de este mal en que se concreta la avaricia, cuyas raíces están en el corazón humano (cf. Mr 7:21). Lo que pasa es que entre nosotros este mal común de la raza humana, tan amplio como la geografía mundial y tan antiguo como la historia, ha sentado sus reales y ha dado como resultado lo que algunos analistas denominan «un estado de hipercorrupción». En nuestros países, la estafa, el desfalco, el cohecho, el fraude y el soborno o coima no son fenómenos aislados: son actos que ponen en evidencia la corrupción de todo el sistema socioeconómico y político dominante en nuestra América morena; son pecados en los cuales toma forma concreta un pecado social de funestas consecuencias para la vida humana.
Además, cabe anotar que la corrupción, que está asociada estrechamente con la avaricia, ha estado presente en la historia humana a lo largo de los siglos. Ya en el pueblo de Israel, elegido por Dios para ser «luz de las naciones», es decir, un pueblo que ejemplificara lo que Dios quería de todas las naciones, la avaricia echó a perder ese designio divino. Este no se cumplió porque poco antes de su muerte, Samuel, el último de los jueces, en un acto de nepotismo «puso a sus hijos como gobernadores de Israel... Pero ninguno de los dos siguió el ejemplo de su padre, sino que ambos se dejaron llevar por la avaricia, aceptando sobornos y pervirtiendo la justicia» (1S 8:1-3). Ese fue el origen de la monarquía en el pueblo de Israel, y con ella se abrió la puerta a toda una sucesión de reyes entre los cuales varios, motivados por la avaricia, se convirtieron en prototipos de gobernantes corruptos. Un ejemplo sobresaliente es el rey Joacim, a quien el profeta Jeremías dirige su duro mensaje en el capítulo 22 de su libro.
«En defensa propia»
Bajo este título, Luis Moreno Ocampo publicó en 1993 una obra definitiva sobre este tema tan urgente como espinoso, como es el de la corrupción. El subtítulo deja constancia de la intención práctica del autor: Cómo salir de la corrupción. Evidentemente al distinguido jurista no le bastó el haber ganado renombre como fiscal en varios sonados juicios contra los miembros de las distintas juntas militares que gobernaron la Argentina de 1976 a 1982 y contra otros militares; ni tampoco como catedrático universitario, ni como conferencista e investigador de fama internacional. A su trabajo profesional y académico quiso añadir su aporte como militante en la lucha por la justicia. El mismo propósito lo llevó también a participar en la fundación de Poder Ciudadano, organización creada para fomentar el respeto por los derechos humanos y la responsabilidad civil, y desde la cual él dirigió el programa «Iniciativa Privada para el Control de la Corrupción». La obra tiene, por lo tanto, un valor testimonial.
Es obvio, sin embargo, que Moreno Ocampo se propone ir mucho más allá de lo testimonial: se propone hacer del lector un ciudadano responsable, un ciudadano dispuesto a poner su granito de arena para crear una sociedad más justa. «Usted puede controlar la corrupción», le dice en la primera parte de su libro. Para convencerlo, argumenta que la corrupción es dañina para todos —tanto los que cometen actos de corrupción como los que los toleran y los que sufren las consecuencias— porque crea un ambiente en que todos desconfían de todos y se dedican a «maximizar beneficios personales». El corolario es que «la mejor opción individual es la peor grupal». Sobre esta base el autor invita al lector a ser «un egoísta inteligente» que se ocupa de controlar la corrupción «en defensa propia». ¿Cómo se controla la corrupción?
Moreno aclara que lo primero que hay que hacer es salvar la distancia entre la vida privada y la pública mediante el fortalecimiento de la democracia, un sistema global para la acción individual. «En un sistema de corrupción generalizada —dice— los que tienen el poder de la autoridad o del dinero toleran o se benefician de las maniobras ilegales.» Para evitarlo se precisa del control de ese poder por «el poder ciudadano», que se basa en la participación y el reclamo: el control que se ejerce mediante la difusión de la verdad con el auxilio de los medios de comunicación social, que son «los ojos del mundo» en la sociedad actual. «La divulgación de una verdad puede arrasar con el poder de la autoridad y el dinero ... Dos periodistas y un diario que divulgaron “Watergate” destaparon un proceso que derrocó al presidente más importante de la tierra.» (Ver La corrupción resiste el paso del tiempo y los cambios políticos, Protestante digital, Barcelona, 30 de enero 2019.)
Los datos comprueban que los países en vías de desarrollo están profundamente afectados por una «cultura de hipercorrupción», con elevados porcentajes de ganancia para el común negocio del fraude. Se ha institucionalizado el «doble estándar» de un sistema mítico de reglas y prohibiciones éticas, y un código práctico, que es el que en realidad rige la conducta. En estas circunstancias, según Moreno Ocampo, para combatir la corrupción es necesario entender que los culpables no son sólo las personas sino los sistemas, como se refleja en la «fórmula de la corrupción» desarrollada por el economista norteamericano Robert Klitgaard, de la Universidad de Harvard: C=M+D-T («corrupción es igual a monopolio más discrecionalidad menos transparencia»). Hay que dejar de lado las falsas soluciones (tales como la justicia penal, el castigo, la ética y educación, la moralidad personal de dirigentes políticos honestos, las reformas del sistema económico y la denuncia) y trabajar por el cambio de los sistemas de organización que producen la corrupción. La premisa fundamental es «que no es posible eliminar la ambición del corazón de los hombres pero que sí se pueden modificar los sistemas que producen corrupción».
Para esta lucha nuestro autor propone un plan de acción que contempla la movilización de la opinión pública para que el Presidente de la Nación y nuestros representantes se comprometan a controlar la corrupción haciendo uso de cuatro técnicas: una selección de los funcionarios públicos, especialmente de los que manejan el dinero; un control de la calidad de la gestión de estos funcionarios; un sistema de controles independientes, y transparencia en la gestión. Con este plan no se pretende eliminar totalmente la corrupción, pero sí reducirla drásticamente, ya que «es más fácil reducir la corrupción del 90% al 50% que del 2 al 1%». A cada una de las técnicas mencionadas se dedica un capítulo completo, tras lo cual se propone que hacen falta líderes que no se conformen con ser honestos individualmente, sino que además velen para que estas políticas sean implementadas; ciudadanos que, desde sus respectivos lugares en la sociedad, estén dispuestos a liderar los pequeños cambios y a exigir respeto por el bien común y claridad en las políticas orientadas a controlar la corrupción. Otro capítulo en la misma sección sugiere un «corruptómetro» que incluye varias maneras de evaluar los logros y retrocesos registrados en el desempeño de esta encomiable tarea.
La última sección, intitulada «Lo que usted puede hacer», argumenta que al Estado le corresponde fijar las leyes que han de regir la sociedad, y tomar las medidas que correspondan para hacerlas cumplir. Donde no hay un gobierno fuerte que asuma esa responsabilidad, queda abierta la puerta para que entre la corrupción y destruya las condiciones necesarias para que prospere la economía.
La ausencia de control y de reglas tiene un impacto económico devastador. Así como una explotación irracional de los bosques puede terminar con la madera, o una pesca intensiva con las reservas, la realización de negocios que afectan la eficacia y transparencia del sistema político puede terminar con los negocios.
Se hace, por lo tanto, un llamado a prevenirse contra las «técnicas de neutralización» que los grupos de poder usan para disimular su corrupción, y a emprender ciertas tareas prácticas que hagan posible el análisis de problemas de corrupción específicos y generen acciones colectivas frente a los mismos. «Para proteger [la] vida privada —concluye el autor—, tenemos que arreglar la vida pública. Recuerde que somos muchos los que tenemos ganas de hacer algo. Es hora de empezar a hacerlo.»
El verdadero «liderazgo de cambio»
La obra de Moreno Ocampo provee una descripción descarnada de una de las facetas más oscuras de lo que la Biblia denomina «pecado» —la corrupción— y sugiere un plan realista de acción para el cambio, un plan que los cristianos no podemos menos que tomar a pecho. Frente al pecado social, en cualquiera de sus formas, no basta predicar el Evangelio: se requiere que, sin dejar de hacer eso, sumemos nuestro esfuerzo al de personas de buena voluntad que, aunque sea «en defensa propia», están luchando por una sociedad más justa y solidaria. Por cierto, ningún esfuerzo humano hará posible la instauración del Reino de Dios sobre la tierra, ni mucho menos. Esto no es óbice para que colaboremos en todo lo que detenga el avance del mal y fomente el avance del bien en la sociedad, y para que lo hagamos no tanto «en defensa propia» como inspirados por el amor al prójimo.
La toma de conciencia de la dimensión social de la corrupción nos previene contra el error de pensar que este mal puede eliminarse mediante la proclamación del Evangelio como un mensaje de salvación individual exclusivamente. Quien se acerque al problema con un enfoque individualista, tarde o temprano descubrirá que las mejores intenciones de cristianos honestos no son suficientes para cambiar situaciones de corrupción. Como argumenta Moreno Ocampo, lo que se requiere es educar a los ciudadanos para el ejercicio de la democracia, mejorar la calidad del Estado y propiciar un sistema de controles independientes.
De todas las organizaciones sociales, a ninguna le atañe tanto como a la Iglesia la tarea de formar personas cuyos valores les impulsen a hacer frente a la corrupción que permea nuestras sociedades. Después de todo, ¿qué es la Iglesia si no es una comunidad convocada para encarnar los valores del Reino de Dios, tales como la verdad, la justicia, el amor, la libertad y la paz? La corrupción es en su esencia una negación de todos estos valores, inspirada por la búsqueda del beneficio personal. Al afirmarlos, tanto en palabra como en acción, la Iglesia nada contra corriente.
Una de las metáforas que Jesús usó para referirse a sus discípulos guarda una relación estrecha con el tema de la corrupción: «sal de la tierra». Como la sal en esos tiempos no sólo servía para salar sino también, y más que nada, para preservar los alimentos, lo más probable es que Jesús haya querido destacar una cualidad que sus seguidores derivarían de su compromiso con Dios: la de preservar la sociedad, la de impedir que ésta se pudra.
Lamentablemente, no siempre la Iglesia vive a la luz de su vocación. No lo hace, por ejemplo, cuando, por el poder de la autoridad, entra en componendas con los políticos de turno y deja que éstos silencien su voz profética a cambio de algún beneficio «para la obra del Señor». O cuando, por el poder del dinero, se dedica a servir a los ricos y se olvida de los pobres. O cuando, por el poder de los números, presenta un evangelio de ofertas y esconde la cruz de Cr...

Table of contents

  1. Cover
  2. Portada
  3. Legales
  4. Contenido
  5. Llamados a cristianizar la política
  6. Hay lugar para Dios en la política
  7. La tarea política con sentido de misión
  8. Hay guerras justas
  9. Violencia y no-violencia
  10. Misión y no-violencia
  11. Misión y derechos humanos
  12. La lucha por la paz
  13. Misión en un contexto de corrupción
  14. Globalización y misión
  15. Hacer justicia, una tarea misional impostergable
  16. Un modelo alternativo de sociedad
  17. El Autor

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