1.0. ALLEGRO NON MOLTO: SI ME PIENSO SOY MÁS DE UNO
¡Ah!, tanto como la Tierra Y el mar y el vasto cielo, Quien se cree propio yerra. Soy vario y no soy mío.
F. PESSOA
El orvallo de los amaneceres nos envuelve a todos los puñados de ser, minerales y vivientes, en una película osmótica que nos permeabiliza y disuelve la individualidad.
Era muy temprano. Retales de madrugada tapaban aún la hondura del Valle de la Murta. Respiraba y sentía en mí la paz densa, uterina: la concordia entre todos los fragmentos de materia; un júbilo contenido; la apertura del Verano, allegro non molto.
Me duró un momento este pasmo universal. O, tal vez, el intervalo entre un momento y un momento.
De súbito me sonaron los oídos. Y los ojos se me abrieron. «T-u-u-u-lu-u-i-it», la totovía en el ápice de la medranza de un pino, capirote enhiesto, quieta, excepto un ligero temblor de las plumas de la garganta y el movimiento breve y arrítmico de la mandíbula. Todos mis sentidos, progresivamente, lentamente, se fueron despertando, expandiéndose e inervando la realidad del valle. En el baño de la lucidez nocturna de mi conciencia, se fue encendiendo y avivando un puntillismo policromo, todos los seres siendo, permeabilizado por la nitidez creciente de una sinfonía de voces y silencios, todos los seres diciendo. ¿Diciéndome?
La rivera, arropada en los alisos, recitaba monotonías como quien cumple un ritual. La voz intimista de las tórtolas emergía del verde denso del pinar. Un herrerillo, casi a mi lado, en una murta en flor, repetía insistente: si-si-ve-ve-ve. Y un ruido de fondo, denso y silencioso: señales mesuradas y casi desapercibidas del mundo mineral; olores y colores estridentes de mayo lluvioso; solemnidades gestuales de las oliveras, de los alisos, y la consistencia verde del pinar.
Con este alborozo de seres y voces en mis sentidos, se despertó el yo de dentro. El yo del desasosegado ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?
Los seres con ser que se conoce, somos dispersos en las astillas del ser y diversos en nuestro mismo ser. Somos un yo efectivo, obrero de la eficacia universal, el aprendiz de los qués, porqués y para qués de la maquinaria del mundo. Somos un yo afectivo que, sintiéndose sintiendo el hálito de todos los seres, vive el insomnio desasosegado del ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué? Y somos el yo mismo de uno mismo, el río de la conciencia fluyendo entre la ribera de los efectos y la ribera de los afectos.
Disperso en todos los seres y diverso en mí, me senté mirando la rivera, recostado en el tronco de un olivo. El yo eficiente, aunque hiperactivo por naturaleza, se quedó quieto, embelesado, tal vez, por el retumbo del agua en el azud de los molinos. Un ruido de silenciosa monotonía. Y el yo de los afectos y yo mismo empezamos una larga conversación.
1.1. POR DOS COSAS TRABAJA EL YO EFECTIVO
Pasamos y nos agitamos en balde. No hacemos más ruido en lo que existe Que las hojas de los árboles O los pasos del viento.
R. REIS
¿Qué decía, en el pináculo verde, el decir de la totovía? ¿Era su decir sólo el grito de las gónadas y de las ganas de pervivir, voces que dicen sin saber que dicen, como los rezos de los fieles? ¿Y la melopea de la rivera? ¿Ciegos tropezones en los callaos del cauce, corriendo acuciada por las prisas de la gravitación? ¿¡Nada más!? ¿Y el llamado insistente del herrerillo? Y los colores, olores, formas y gestos, de los árboles, de las flores, de las piedras? ¿Son únicamente voces afirmando el apetito de ex(s)istir?
Yo sabía (probaba, degustaba) que aquellas voces eran signos del lenguaje de la efectividad, chirridos de los engranajes del mundo. Pero ignoraba, e ignoro, su significado. Mi yo afectivo, que estaba conversando conmigo, tampoco entendía aquel lenguaje. No puede entenderlo, él no habla el idioma de la máquina del mundo. Y el otro yo, mi yo efectivo, el que estaba absorto con el retumbo del azud, aunque lo llamase, no me sabría traducir aquellas voces. Él las entiende, o más exactamente, aquellas voces son entendidas o extendidas en él, pero no sabe traducirlas. No es capaz de traducir o conducir más allá de sí lo que entiende. Porque entiende pero no sabe que entiende. Su entendimiento es como el entender de los regatos: un inciente confluir en la misma vaguada.
Si detrás de la totovía que dice no hay totovía que a sí misma se escucha diciendo, si por debajo de la rivera que recita no hay rivera que lo sabe (saborea), si por dentro de los códigos de efectividad de cada existencia no hay la afectividad de un descodificador existiéndose, no son diversas las voces diversas de bichos, plantas y minerales diversos. Todas interpretan la misma partitura, el programa de la efectividad necesaria de la materia (o del universo o del azar o de lo innombrable, de lo que no sabemos y que, por consiguiente, no podemos nombrar).
En el coro universal de la efectividad, la voz de los simios erguidos es, por ahora, o así parece, la voz que tiene un registro más amplio. Pero la partitura ni se ha alterado cuando hace poco más de 50.000 años se incorporó esa voz nueva, ni ha de cambiar cuando, dentro de algunos pocos millones de años, o mucho antes, tal vez, la voz de los animales verticales calle para siempre.
Nuestro yo efectivo es hermano de las piedras, de las plantas y de todos los bichos. Somos todos hijos de la misma materia, de la misma madre o madera (materia) que nuestra orfandad concibe y presupone. Y el yo efectivo de los bípedos verticales, como el de todos sus hermanos, animales, plantas y minerales, por dos cosas trabaja: la primera «por aver mantenencia» y la otra «por aver juntamiento».
Como dize Aristóteles, cosa es verdadera, El mundo por dos cosas trabaja: la primera Por aver mantenencia; la otra cosa era Por aver juntamiento con fembra plazentera.
Libro del Buen Amor
Co(n)laboradores en las labores de mantenencia y juntamiento, los seres hablamos todos la misma lengua, común aunque diversificada en multiplicidad de dialectos específicos. Las diferencias léxicas y de morfosintaxis de cada dialecto las imponen las necesidades diferentes de cada especie.
Los habitantes del «reino» mineral, que trabajan sólo por la mantenencia, se apañan con dialectos elementales del solitario quietismo. Sin apetitos ni carencia (cariño) de juntamiento, empiezan y terminan en sí mismos, contentos (contenidos) cada uno en sus lindes. Y por el contrario, los seres vivos somos seres cariñosos (carenciosos). En nuestros dialectos, en vez del léxico de quietud, tenemos términos de bullir, de querer hacer, de dejar huella en los demás. Y en el idioma de los animales humanos mucho más que en el de «las otras animalias».
Los animales con habla y sentimientos tenemos el diccionario más voluminoso y la gramática más compleja. Aparte de los términos genéricos, seleccionados e incorporados a nuestro léxico a lo largo de los casi 4.000 millones de años de ensayo y error de la Vida en la Tierra, de las voces específicas y de las aprendidas con la experiencia de nuestro organismo, disponemos también del lenguaje de señales, signos y símbolos, el que ahora, por ejemplo, me permite rayar significativamente este papel.
Pero los idiomas, elementales como en los minerales, simples como en las amebas o complejos como en Bananita, una perra pastora que, por detrás de una cortina de pelo abundante, habla con la ternura de los ojos, o complejísimo como en los bípedos con habla y sentimientos, son variantes del mismo lenguaje, el lenguaje de la universal eficacia. Y la voz singular de cada ser tiene menos repercusión y audiencia en la algarabía del mundo que un tenue vagido en medio de la tempestad. Nada.
1.2. EFÍMEROS PORTEADORES DE GÓNADAS
Sin locura ¿qué es el hombre más que la bestia lozana, cadáver aplazado que procrea?
F. P.
La Naturaleza o la Materia, ese Todo que mi fantasía quiere suponer en (sub-poner a) las existencias singulares, tiene per-sistencia en la de-sistencia del ser individual de cada ser singular. Su lema inmisericorde es este: lo efímero sin efemérides.
Todo muere. Pero la inmensa mayoría de lo que llamamos seres vivos está además programada para morir. Lo llevamos inscrito en los genes, en las normas de nuestra hechura. Cada especie tiene prefijado un plazo de duración máxima de sus individuos.
Los minerales y los seres vivos carentes de reproducción sexuada –virus y bacterias y casi todos los protozoos y protistas– también perecen. Todo es efímero. La inconsistente ameba y el duro cristal de cuarzo, una y otro, acabarán sucumbiendo a los embates del tiempo. Pero nosotros, los seres sexuados, nos morimos.
Aunque las circunstancias nos fueran eternamente propicias y nunca nos mataran, nos moriríamos nosotros desde dentro. La Materia, la Naturaleza, el no-sé-qué, cuando aprendió la combinatoria de los genes, se «dio cuenta» de que cada nueva generación es una promesa de novedosas posibilidades. Incorporó entonces a cada organismo el dispositivo de relojería de la muerte programada. El cristal que en este mismo instante se está formando en las entrañas de la cordillera de los Andes tiene exactamente la misma entidad que el otro de su especie cristalizado hace 2.000 millones de años en el actual Escudo Brasiliense. El nuevo individuo cristalino no aporta novedad alguna respecto a su antecesor. No ocurre lo mismo en los seres que se reproducen. En éstos, cada individuo es una combinación novedosa de caracteres y un ensayo de eficacia innovador.
Una especie cuyos individuos fuesen inmortales agotaría las posibilidades de evolución, impediría los ensayos de nuevas probaturas. La muerte del individuo es la condición necesaria para que el alfarero de la especie disponga de sitio en su taller y pueda seguir modelando nuevas tentativas.
Cuando yo era niño, un vecino nonagenario, el «tío Cataterra», curtido en las colonias de África, me hablaba de muertes «matadas» y muertes «moridas». Entonces, esta distinción me hacía gracia. Pero diez o doce años más tarde, cuando mi yo de dentro empezó a abrir los ojos, entendí y sentí la exactitud de la dicotomía del «tío Cataterra». Los tripanosomas de la enfermedad del sueño que veía en el microscopio o las euglenas que tiñen de verde las charcas o los feldespatos de los berrocales de granito todos mueren accidentalmente, de muerte «matada», por circunstancias adversas. Nosotros, los seres que tenemos un mecanismo reproductor, nos morimos necesariamente de muerte «morida», si antes no nos han matado accidentalmente de muerte «matada» las agresiones exteriores.
En el largo camino de la especie, tenemos un contrato temporal de porteadores de la talega de la simiente. Muchas hembras de insectos se mueren inmediatamente después de haber puesto los huevos. Y los machos de algunas arañas y de la mantis religiosa, por ejemplo, son comidos por la hembra, terminado el apareamiento. Samuel Butler (1835-1902), de profesión ensayista, novelista, músico y no sé cuántos desasosiegos más, impresionado por la lectura del libro El origen de las especies de Charles Darwin, que le llegó a Nueva Zelanda unos pocos años después de su publicación (1859), resumía así el papel de cada individuo en la farándula de la vida: «La gallina es solamente un ardid del huevo para producir otro huevo».
La mariposa viste sus mejores galas para portear las gónadas durante un trayecto que dura menos de 24 horas. El herrerillo, las tórtolas, o la totovía que en las horas matinales escuchaba saludando al mundo tienen un contrato de unos pocos años. Algunas decenas de años perviven las vacas que pacen sin memoria en la paz verde del prado. Un centenar los humanos. Muchos siglos más aún van a durar los olivos ya seculares y los alcornoques, compañeros de mis silencios matinales. Pero los pimpollos de maíz que empiezan a verdear en la tierra labrada no han de durar más de cuatro meses.
Si en los seres humanos asfixiáramos a los yo afectivos cuyas locuras siembran de sueños los páramos del tiempo circunstante, quedaría sólo la vereda y la recua de los yo efectivos cuya única aspiración es vivir y dar supervivencia a los genes. Quedaría «la bestia lozana, cadáver aplazado que procrea».
No son pensamientos de tristeza. Al menos para mí. La mirada lúcida del yo interior es condición necesaria para reconocer el basamento de la Vida, donde quiero apoyar el fuste de mi vivir.
A mí me gusta bucear primero en el pozo oscuro del río y reconocer el fondo, para después nadar y gozar lúcidamente del agua clara. Otros prefieren tal vez nadar de espaldas a la negrura de las aguas profundas y fijar en los cielos la mirada. Su vivir es, quizá, menos costoso que el mío. Respiran mejor, posiblemente. Y su convivir es ciertamente más placentero. Pero la forma de nadar de cada uno no es bien predilección y elección nuestra. Las inclinaciones nos vienen dadas con la hechura. Y las predilecciones también, porque uno sólo se siente a gusto con su propia hechura.
Recuerdo unos versos populares que aprendí de niño. Mal vertidos al castellano suenan así: «Majuelero que das majuelas / ¿por qué no das cosa buena? / Cada uno da lo que tiene, / de acuerdo con su persona». En las lagunas inciertas donde intentamos mantener a flote la vida, tiene cada uno su modo de nadar y afrontar el miedo al abismo. Para conjurar el susto cada uno tiene su cuento. Ni mejor ni peor. Yo, por ejemplo, doy la espalda al cielo y nado de bruces, con los ojos fijos en el agua, esperando atisbar alguna luz en la negrura del fondo, aun sabiendo (degustando) que es vana mi esperanza.
De su experiencia en el campo de Auschwitz cuenta Víctor Frankl (El hombre en busca de sentido) que ante un cielo plagado de nubarrones de formas y colores cambiantes, «desde el azul acero al rojo bermellón», reflejados en las charcas fangosas, en medio de los «desolados barracones grisáceos», un prisionero, «después de dar unos pasos en silencio, le decía a otro: ¡qué bello podría ser el mundo!». La alegría auténtica, esencial y osmótica yo la siento cuando logro en mis ojos el milagro de trasmutar en indicativo del presente, es, aquel condicional podría ser.
1.3. LA PÓCIMA DEL VIVIR SE TOMA DE MUCHAS MANERAS
Eres importante para ti porque es a ti a quien sientes.
A. CAMPOS
Me gusta zambullirme hasta los oscuros fondos de la contingencia de mi ser y del ser de todos los seres siendo. Tengo, tal vez, la esperanza o la ilusión de que he de ser capaz de emerger con un puñado de fango apretado entre los dedos. Con esa tierra de mis raíces, sueño dar ser y expresión al gusto de vivir.
Hay gente que condimenta la vida y la saborea evadiéndose, distrayéndose, divirtiéndose...