Galileo y el arte de envejecer
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Galileo y el arte de envejecer

Meditaciones sobre los cielos nocturnos

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Galileo y el arte de envejecer

Meditaciones sobre los cielos nocturnos

About this book

La conciencia plena puede ejercitarse durante toda la vida, pero con la edad apreciamos más sus beneficios. Adam Ford nos habla en este libro de la fusión natural que existe entre ciencia y espiritualidad, y de cómo Galileo inició una nueva era en nuestro modo consciente de entendernos a nosotros mismos y nuestro lugar en el universo para vivir plácida y serenamente.

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Information

CAPÍTULO 1

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LA TIERRA EN MOVIMIENTO

Hay tanto movimiento en el mundo hoy en día que apenas nos paramos a pensar en ello. A diario muchos de nosotros utilizamos varios medios de transporte camino del trabajo, en autobús, en tren o en bicicleta; «bajamos un momento a la tienda» a la más mínima necesidad; en casa entran imágenes por la tele de equipos de fútbol que corren como locos detrás de un balón, o de atletas que dan vueltas alrededor de una pista. Conducimos kilómetros para ver a los amigos los fines de semana o volamos al extranjero en vacaciones; incluso un selecto grupo de personas ha viajado a la Luna. Sin embargo, fueron justo sus ideas sobre el movimiento las que le crearon a Galileo tantos problemas con la Inquisición.
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ENVEJECER EN CONCIENCIA PLENA
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No tiene sentido contrariarnos por envejecer y por que ya no podamos movernos tan rápido como nos gustaría. Ya puestos, ¿por qué no despotricar contra la gravedad o contra el viento del noreste? La práctica de la conciencia plena se enfrenta a la realidad con calma. Llegar a la vejez en este mundo tan peligroso es, al fin y al cabo, un privilegio.
Todos trazamos una trayectoria en la vida, aprendiendo a aceptar los diversos episodios y los puntos críticos de inflexión. Para mucha gente, uno de los periodos más complicados es la transición de la etapa en la que se trabaja a tiempo completo a la jubilación. La clave, creo yo, radica en no pensar en esta nueva etapa de la vida como en un retiro, en absoluto, sino en agarrarla por los cuernos y dar la bienvenida a las oportunidades que ofrece. Mi solución particular fue planificar un «año sabático», igual que hacían mis alumnos al acabar el instituto. Hice una breve lista con cosas que deseaba hacer: ver un albatros, sentarme al pie de una cabeza monolítica de la Isla de Pascua, contemplar la llanura de Nullarbor en el sur de Australia y ver las estrellas del hemisferio austral, las constelaciones que no se pueden ver desde el norte de Europa.
Mis viajes estuvieron a la altura de todo cuanto esperaba, y disfruté de las estrellas del sur tanto como me imaginaba. La Cruz del Sur destacaba tanto como se ve en la bandera australiana. Muchos viajeros habían buscado esta constelación antes que yo, a modo de guía al surcar los mares del sur, y algunos se perdían siguiendo un grupo similar de estrellas denominado la «Falsa Cruz». Hallé también a la bellísima Canopus, la segunda estrella más brillante de todo el firmamento: se encuentra bien al sur de Orión y nunca es visible desde las latitudes británicas. Canopus luce en la constelación de Carina, la Quilla, uno de los tres grupos de estrellas conocidos en conjunto como Argo Navis, en honor al navío de cincuenta remos que llevó a Jasón y a los Argonautas en su legendario viaje en busca del vellocino de oro. De Canopus siempre se pensó que era quien pilotaba la nave de Jasón, aunque también se dice que fue él quien pilotó la flota de Menelao hasta Egipto tras la destrucción de Troya. Sentí una enorme satisfacción al descubrir más adelante, al charlar con un astronauta, que la estrella Canopus había sido una de las guías de las misiones Apolo a la Luna.
Nuestro movimiento diario surcando los cielos
Tal vez debido a la inevitable ralentización que trae consigo la edad avanzada me veo contemplando con más frecuencia el incesante movimiento de los cielos. Todo se mueve sin cesar en el universo, a unas velocidades que quitan el sentido. El hecho de pensar en ciertos aspectos de este movimiento perturbó a muchos en la época de Galileo. Sus descubrimientos sacudieron los cimientos de su mundo. Los coetáneos de Galileo compartían con el autor del Salmo 104 la convicción de que el Señor «fundó la Tierra sobre sus bases para que nunca después se moviera». Sin embargo, lo que Galileo vio a través de su telescopio les obligó a aceptar la realidad.
EJERCICIO DE MEDITACIÓN
SENTIR EL GIRO DE LA TIERRA
*
Tómate un rato y sal a caminar en una noche despejada. Deja que la vista se acostumbre a la oscuridad; puede tardar unos cinco minutos, más o menos. Si vives en una ciudad donde nunca se está completamente a oscuras, no te preocupes, no afectará a las observaciones que estás a punto de realizar. Haz un ejercicio de respiración, vacía despacio los pulmones y vuelve a inhalar con calma; relaja el vientre y deja que el aire llegue bien adentro. No lo fuerces, deja que todo suceda de manera natural y sé consciente de este proceso tan vivificador. El aire fluye al interior y el aliento fluye al exterior.
Sin prisas, extiende esta consciencia por todo el cuerpo, siente el aire de la noche en la piel, oye a ese perro que ladra en la distancia, el sonido de un coche que se aleja. Endereza los hombros, ponte un poco más recto, con los pies plantados con firmeza en la tierra, y siente cómo la reconfortante fuerza de la gravedad tira de ti hacia abajo.
Escoge una estrella —o la Luna— que esté baja, cerca del horizonte, preferiblemente al este o al oeste. (¡Recuerda, el este es por donde sale el sol, y el oeste por donde se pone!). Podría ser cualquier estrella, aunque en invierno en el hemisferio norte se puede elegir Sirio, la conocida como «Estrella Perro»; es la más brillante de todo el firmamento y reluce con un centelleo con fogonazos de rubí y esmeralda al titilar a través de nuestra turbulenta atmósfera.
Ahora observa. Deja que la estrella, o la Luna, forme parte de tu consciencia del momento presente mientras sigues de pie, concentrado en la respiración. Fíjate en la posición de la estrella. Trata de alinearla horizontalmente con el remate de alguna chimenea o con la rama de un árbol. Continúa de pie y mira fijamente. Mantén la consciencia en la respiración y en la fuerza de la gravedad con los pies firmemente plantados en el suelo.
Pasados tan solo unos minutos, si has logrado mantenerte quieto, repararás en algo: la estrella se ha movido, se ha desplazado lentamente y se ha ido alejando del horizonte al elevarse, o se ha ido aproximando al ponerse. Es algo muy lento, como mirar la manecilla de las horas de un reloj, que parece inmóvil pero no deja de avanzar, silenciosa. Algo se ha movido, pero qué.
Todas las estrellas y los planetas —también la Luna— surcan el cielo por la noche en la misma dirección que sigue el sol durante el día y, por supuesto, todos sabemos por qué. La Tierra está girando sobre sí misma. No obstante, cuando vemos que esa estrella desaparece tras una chimenea o emerge por detrás de una rama de árbol silueteada contra el cielo, es probable que pensemos: «¡Anda! Se ha movido», y no se nos ocurra pensar que en realidad han sido la chimenea o la rama las que se han movido: están unidas, por medio de la casa o del árbol, al resto del paisaje que nos rodea, o a la ciudad, fijas a la superficie del planeta. Nos encontramos de pie, respirando, sobre un planeta Tierra que gira sobre sí mismo.
Si vives en la latitud de Londres, entonces el mundo te estará transportando en silencio en su tiovivo cotidiano a unos 800 kilómetros por hora; si vives en los trópicos, entonces la velocidad se acerca más a los 1.600 kilómetros por hora. En este ejercicio, lleva tiempo comenzar a sentir que somos nosotros quienes nos estamos moviendo, aunque sean las estrellas, los planetas y la Luna los que parece que se mueven.
La primera vez que percibí esta sensación del planeta en movimiento fue en mi adolescencia, de pie en un alto en Cumbria. Observé cómo la constelación invernal de Orión se ocultaba detrás del llano de Solway, sobre el mar de Irlanda. Fue entonces cuando la verdad comenzó a calar hondo en mí. En silencio, con un desplazamiento incesante, Cumbria se iba inclinando hacia el este, y el horizonte del oeste se iba elevando en el cielo para, lentamente, ir ocultando al gigante Orión empezando por los pies.
Nosotros, la gente «moderna», sabemos, quizá desde el primer día que pisamos el colegio, que el mundo es un globo suspendido en el espacio que realiza un giro completo sobre su eje cada veinticuatro horas. Antes del nacimiento de la ciencia moderna esta idea preocupaba a los antiguos. El gran astrónomo Ptolomeo, en el siglo II, creía que sufriríamos el azote de un viento terrible en caso de que la Tierra girase: las nubes recorrerían el cielo a toda velocidad, y un huracán continuo se llevaría volando los pájaros. Era de sentido común. Gracias a las mediciones que hicieron los griegos, sabía que el mundo era muy grande (de casi 13.000 kilómetros de diámetro); la idea de que un cuerpo tan gigantesco girase parecía no tener sentido, en particular cuando no tenían la menor sensación de que estuviera haciéndolo. Un milenio y medio después, Nicolás Copérnico (de quien volveremos a hablar más adelante) señaló que el aire se desplazaba junto con el globo al rotar, con la misma facilidad y naturalidad con que no se le movía el abrigo al bajar por la calle. El aire comparte el movimiento de giro de la Tierra, de manera que las nubes y los pájaros no se van queda...

Table of contents

  1. Portada
  2. Portadilla
  3. Créditos
  4. Índice
  5. Dedicatoria
  6. INTRODUCCIÓN
  7. CAPÍTULO 1
  8. CAPÍTULO 2
  9. CAPÍTULO 3
  10. CAPÍTULO 4
  11. CAPÍTULO 5
  12. CAPÍTULO 6
  13. CAPÍTULO 7
  14. CAPÍTULO 8
  15. AGRADECIMIENTOS
  16. NOTAS