Capítulo siete
Lipsha
La furgoneta del bingo
Cuando entro en el bingo esa noche de finales de invierno, soy un jugador como cualquier otro, lleno de vulgares deseos y esperanza. Nada más entrar, busco con la mirada por si hubiera algún amigo del pasado o del presente, o algún pariente, y enseguida diviso a la abuela Lulu. Tiene cinco cartones extendidos ante ella. Sus vecinos de mesa solo tienen uno. Cuando los números comienzan a dar vueltas en el bombo, coge un marcador de bingo en cada mano. Se trata del juego del pájaro6, por un premio de cien dólares, y nadie se ha puesto todavía nervioso ni muy serio.
–Lipsha, tráeme una Coca Cola –me ordena Lulu cuando han cantado bingo–. Y coge otra para ti.
Me dirijo a la máquina, consigo nuestros refrescos y regreso; los dejo sobre la mesa, me siento y extiendo mi cartón. Como ya he dicho, mi abuela juega cinco cartones, que es la manera de ganar mucho dinero. A la larga, mucho más que de vez en cuando, es una de las pocas chippewas que de verdad sacan algo de provecho del bingo. Pero también hay que explicar que, en estos días, se trata de su juego favorito. Nada de tarjetas de «rasca y gana». Nada de blackjack. Nada de máquinas tragaperras para ella. Nunca se mete en la sala del fondo y nunca bebe. Cobra todas sus ganancias. Creo que puedo aprender de Lulu Lamartine, así que la observo con atención.
Concentración. Antes siquiera de que los números comiencen a salir, se instala en su sitio de la suerte: una silla que nadie más se atreve a ocupar, en la cuarta fila y en la cuarta posición a la derecha, junto al muro este. Relaja el rostro y cierra el bolso. Agita los marcadores bocabajo para que las almohadillas queden impregnadas de tinta. Comprueba la hora en su reloj de pulsera. Mira la Coca Cola y bebe un poco, pero no más de un sorbo. Es una mujer de ojos acerados con la mandíbula redondeada y el pelo rizado. Sus gafas de pasta azul le cuelgan del cuello con dos cadenas. Coloca las lentes ante sus ojos en cuanto el cantador toma posiciones. La mujer sujeta los marcadores inmóviles mientras el hombre extrae la bola del bombo. Canta «B-7». Entonces, Lulu se concentra en el juego, examinando y marcando los cartones. No farfulla el menor sonido. No tiene ningún amuleto ante ella al que poder tocar. Y después, incluso si falla un cartón lleno por un número, jamás suspira ni se queja.
Toda una profesional, así es Lulu. Y lo profesional cotiza.
Supongo que yo también podría ser un profesional, como ella, si no fuera por la furgoneta que está aparcada detrás de la cortina. No lo sé todavía, pero ese es el premio que cambiará el curso de mi vida. Por culpa de la furgoneta, empezaré por volverme idiota, y luego sabio. Tendré que seguir dando algún que otro traspié mientras intente orientarme en el mundo. Todo eso me espera y se extiende ante mí bajo el sol como una ceremonia de imposición de nombre. Más que nada, quiero ser el hombre capaz de impresionar a Shawnee Ray.
–Lipsha Morrissey, tienes que buscarte una vocación –señala la abuela Lulu en un descanso.
–Quizá gane al bingo –respondo, esperanzado.
Esboza una sonrisa inmóvil y curva como la de una gata; tiene las mejillas suaves y redondas, y las uñas semejantes a perfectas garras de un color rosa tropical brillante.
–Ganar al bingo –repite mis palabras, pensativa–. Todo el mundo gana una vez. Es de la vez siguiente, y de la siguiente, de lo que debes preocuparte.
Pero no sabe que estoy jugando al bingo siguiendo el consejo de un fantasma, y no le he mencionado que trabajo como vigilante nocturno en el bar. Supongo que quiero que piense que me ha ido mejor en la vida de lo que me ha ido en realidad, así que mantengo la boca cerrada, aunque, al fin y al cabo, no debería mostrarme tan tímido. El trabajo me proporciona un techo donde dormir, veinte dólares a la semana y tanta cecina, frutos secos y salchichas picantes como sea capaz de comer.
Estoy compuesto ahora de esas tres falsas sustancias. En un bar, ningún alimento lleva en la estantería menos de cuarenta meses. Si uno es lo que come, llego a la conclusión de que yo viviré para siempre.
Pero ahora descorren la cortina y olvido mi predicción. Comprendo que no quiero vivir tanto como tenía previsto, a no ser que posea la furgoneta. Tiene todos los extras que uno pueda imaginarse: volante recubierto de felpa azul, ventanillas laterales con forma de rombo e interior totalmente tapizado. Los asientos son cómodos sillones con pequeños auriculares integrados y está totalmente sonorizada. Uno se puede acercar durante el descanso y acariciar los laterales. Está pintada de color crema, con excepción del logotipo, que destaca en azul y representa el ribete del tambor sioux. En la parte trasera, hay un pequeño frigorífico y una plataforma acolchada donde dormir. Es como una primera vivienda, un estudio móvil con un volante en la parte delantera, un lugar donde podría irme a vivir con Shawnee Ray y su hijo, si ella lo aceptara. Sin embargo, si se negara a vivir allí, al menos quedaría impresionada.
Ahora sé que lo que siento es un síntoma de la decadencia nacional. Os burlaréis de mí, me despreciaréis y espetaréis que ¿con qué derecho el inútil de Lipsha Morrissey, que se gana la vida vigilando cerveza, se atreve a comentar asuntos fuera de los límites de nuestra tribu? Pero soy capaz de abarcar un campo más amplio, gracias a las indicaciones de mi madre y gracias a Lulu, de la que muy pronto aprenderé a concentrarme en perseguir un objeto material.
Después de aquella primera visión, acudo a jugar al bingo cada vez que puedo librarme de atender el bar o limpiarlo. Lyman nunca me detiene, porque creo que le parece rentable que sus trabajadores devuelvan sus ganancias a la sala de juegos pasándose sus horas libres sentados a las largas mesas o bebiendo cerveza. Cada breve instante que paso oyendo cantar los números, me convenzo más y más de que me voy acercando a mi objetivo. Se ofrece la furgoneta como premio en una única partida cada noche, en un juego a cartón lleno en el que hay que completar todas las casillas. Cuantos más cartones se adquieran, más posibilidades hay. Intento jugar cinco cartones como la abuela Lulu, pero cada una cuesta cinco pavos.
Para conseguir la furgoneta, tengo que estrechar la mano de la codicia.
Pierdo cualquier tipo de escrúpulo. Como puede que ya haya mencionado, mi único talento en esta vida es un poder de sanación que he heredado de mis antepasados a través de la rama de los Pillager. Lo tengo en las manos. Chasqueo los dedos con tanta fuerza que casi saltan chispas. Después, pongo la mente en blanco y empiezo a tocar. Hasta ahora tengo fama de curar articulaciones y venas doloridas. Puedo aliviar en las personas mayores dolencias causadas por medio siglo de duro trabajo con la espalda encorvada. Poseo dentro de mí un poder que fluye hacia fuera, de manera irrefrenable. Tengo un tesoro en mis sueños y mis pensamientos despiertos. Pero no soy consciente de que tendré que renunciar a mi poder curativo en cuanto empiece a poner precio a mis servicios.
Ya sabéis lo que pasa cuando se empieza a cobrar. La gente piensa de pronto que uno vale algo. Antes, yo iba donde quiera que me llamasen y aceptaba lo que me dieran, si es que me daban algo. En cuanto informo de que espero veinte dólares por mi trabajo básico, sin embargo, el teléfono del bar no cesa de sonar.
«¿Dónde está el curandero?», quieren saber. «¿Dónde está Lipsha?».
Cojo el dinero. Y no es como si no lo intentara bajo la presión de sus veinte dólares, porque lo intento incluso con más fuerza que antes. Me froto las palmas de las manos, chasqueo los dedos y los coloco de manera que pueda fluir el poder que los habita. Pero cuando llega el momento de poner la mente en blanco, fracaso irremediablemente. Cada vez, en el centro de la nube que desciende sobre mi cerebro, aparece aparcada, con toda nitidez, la furgoneta.
Una tarde, la abuela Lulu me pide que acuda a su apartamento para tratar a un paciente y, aunque no habla de dinero, deduzco por su voz que es un cliente importante. Tal vez su último novio. Por supuesto, tendrá un trabajo o una pensión complementaria de la seguridad social. Me acerco a su casa. Cuando entro, como siempre, saludo a mi padre en la fotografía colocada en la estantería llena de figuritas de porcelana.
–Quiero que conozcas a Russell Kashpaw –dice mi abuela, así que estrecho la mano del héroe de guerra más condecorado de nuestro estado, que se está recuperando de varios infartos y de unas antiguas heridas de metralla. Russell va en silla de ruedas. Su trabajo, en el que se vuelca sobre todo después de que cierran los bares, consiste en tatuar rosas, calaveras, motos Harley y dragones de kung fu a la gente. Vive al final de una carretera sinuosa en medio del monte, y es posible ver su obra expuesta casi todas las noches.
Russell parece una estatua, pero no como las que aparecen en los libros de historia, no me refiero a esas, sino al tipo de obras que vemos en venta cuando conducimos por la autopista. Es un Paul Bunyan indígena, tallado con una sierra mecánica. Tiene un aspecto tosco, con bastos remates. Estrecho la mano de Russell Kashpaw, esperando percibir algún pulso, alguna información. La sujeto más tiempo, esperando sentir una corriente eléctrica, pero no sucede nada.
–A veces estas viejas heridas de guerra tienen mucha electricidad estática –explico en voz alta–. ¿Dónde nota usted el nudo?
Con voz grave y autoritaria, comienza a describir sus dolencias con todo lujo de detalles: dolores, espasmos, crujidos y chasquidos. Mis dos abuelas y su vecina, la cotilla señora Josette Bizhieu, también se hallan en la habitación conmigo. Las tres asienten y chasquean la lengua a cada uno de los síntomas de Russell Kashpaw, y le aseguran, con palabras elogiosas, que ha venido al lugar adecuado para curarse. Así que, inspirado, me froto las manos con fuerza y rapidez, y presiono los lados de sus hombros con mis manos candentes, ya que hoy la nuca y las cervicales son las que le causan más molestias. Pero, por mucho que le masajee de la misma manera que veo a la abuela amasar sus panecillos y bollos, por mucho que caliente otra vez mis manos como un relámpago en el cielo y por mucho que me retuerza los dedos como unas pretzel, no consigo establecer el contacto con él.
Fue herido con tal crueldad que tiene metal por todo su cuerpo, lo que cortocircuita mi energía. Tiene tantas cicatrices y tantos agujeros que no logro hacer que se relaje. Pero no tiro la toalla. Lo intento una y otra vez hasta que parece que le hago todavía más daño de tanto apretarle con todas mis fuerzas.
–¡Santo cielo! –grita el hombre.
–Vaya, señor Kashpaw. ¡Lo siento!
Estoy hecho un manojo de nervios, como una enredada madeja de impulsos. Soy un caos de informaciones contradictorias, un desgraciado montón de hilos chamuscados. Y lo peor de todo, tengo clavados sobre mí los ojos de mi abuela, cada vez más desilusionados y decepcionados, a medida que fracaso una y otra vez con mi paciente. Russell me paga pero no está contento, ni yo tampoco, pues comprendo que, desde ese mismo instante, la noticia correrá de boca en boca, comenzando por la residencia de ancianos y propagándose por todos los hogares a lo largo de las carreteras. Mi don me ha abandonado. Mis manos han perdido sus poderes y se han vuelto inútiles. Vuelvo a no ser más que el don nadie que siempre he sido.
Supongo que, desde aquel incidente, he comenzado a volcar toda mi desesperación en el bingo. Deseo la furgoneta de la misma manera en que empecé a desear a Shawnee. Y de pronto sucede algo que me lanza de nuevo en su búsqueda.
En lugar de concentrar todas mis fuerzas en la furgoneta y de ahorrar para poder comprar tantos cartones como puedo jugar cuando llegue la partida especial, opto por el corto plazo con tarjetas de libre elección, de esas en que uno mismo puede elegir los números.
Primero, apunto mi número de pie y mi talla de pantalones. Nada. Después, escojo mi fecha de nacimiento y su doble. Todavía nada. Anoto el número de la dirección de mi abuela y las fechas de sus aniversarios. Nada. Caigo entonces en la cuenta de que si mi cartón de libre elección ha de ganar, será gracias a una especie de revelación más que a un acto forzado. Así que cierro los ojos allí mismo, en medio de la alargada mesa de bingo, y dejo mi mente en blanco, borrosa como una pantalla de televisión con interferencias, hasta que se forma una imagen. La furgoneta, como siempre. Pero esta vez, tiene fijada una mat...