1
No es fácil poner orden en una casa. A menudo nos engañamos al respecto. Decimos que estamos ordenando pero en realidad nos limitamos a esconder las cosas, a quitarlas de nuestra vista. Archivamos recibos sueltos, recogemos una prenda de ropa o colocamos en los estantes los libros que hemos ido dejando en el sofá. El verdadero orden no tiene nada que ver con eso. No ocurre casi nunca y requiere de una gran entereza de ánimo. Nos enfrentamos a muchas cosas. Puedo toparme con fotos y cartas de alguna antigua novia, diplomas y apuntes de la universidad, postales de viejos amigos a los que ya no veo, manuscritos inéditos de poemarios y novelas, un Scrabble que compré para jugar con mi hermano cuando él era un niño y yo ya no lo era. Considerar la existencia de esas cosas significa consignar varios Joses muertos. La mente tiende a hacernos creer que nuestra identidad es algo concreto y bien definido. Que somos alguien sólido y estable. Pero no es tan sencillo. El universitario rebelde, deslenguado y terco de 1994 ha desaparecido de mi vida por completo. Está cadáver. El bisoño profesor que enseñó filosofía a un curso de segundo de bachillerato en 1998 es un fiambre. El hombre que fue la pareja de mi ex y que hasta cierto punto se me parece falleció hace diez años. Conservo una para nada despreciable cantidad de objetos en mi casa únicamente para poder hacerme el sueco y seguir ignorando que todos esos Joses son tan solo imágenes mentales. Entes cuya realidad es equiparable, a lo sumo, a la de personajes de ficción.
Poner en orden lo que sé de la vida de Nicomedes Miranda también es así. Todo está repleto de elementos sueltos e incoherentes que se derriten ante mis ojos a poco que les preste atención. Historias fosilizadas a fuerza de repetirlas decenas de veces en la familia. Lugares mitificados, anécdotas agrandadas, recuerdos inconexos de mi infancia y mi adolescencia. La diferencia está en que todas esas cosas, al disponerlas juntas y observarlas con cierta distancia, parecen decirme algo nuevo. Algo que me hace albergar la esperanza de que se calle de una vez el niño llorica, quejoso y preguntón que vive en mi interior.
Voy a escribir un libro sobre el abuelo Nicomedes, le digo a mi madre por teléfono. ¿El abuelo?, repite ella como si hubiera olvidado el significado de esa palabra. Calla por un instante y luego, vivaz y entregada como tantas madres mediterráneas respecto de sus hijos primogénitos idealizados, me dice: muy bien, niño, me parece la mar de bien.
Un día, cuando tendría unos siete años, la madre de Nicomedes lo mandó al río para que les diera de beber a los mulos. Uno de los mulos se inquietó y se negó a seguir camino. Lo más probable es que viera cruzar un alacrán o una culebra. Nicomedes se puso a tirar de la soga con todas sus fuerzas. El mulo permanecía inmóvil como si tuviera las patas enraizadas a la tierra. Cuando se cansó de tener a un niño tironeando de él, con un brusco movimiento de cuello hizo que Nicomedes saliera disparado. Se dio un trastazo contra el lomo del otro mulo y cayó de bruces al suelo. Recibió el golpe justo entonces, cuando iba a incorporarse. La coz del animal impactó unos milímetros por encima de su ceja izquierda. No quebró ningún hueso, pero desgarró la carne. La ceja y el principio del párpado quedaron colgando. La sangre le resbalaba hasta el suelo por la cuenca del ojo y por la mejilla. Mama, ya es suficiente, le digo. Pasemos a otra cosa. No, niño, me contesta. ¿Quieres que te lo cuente o no? Tu abuelo estuvo escondido todo el día. No lo encontraron hasta la noche. Muerto de miedo y con la ceja repegada a la carne.
¿Por qué?, le pregunto. No lo entiendo. Otro niño habría vuelto a casa corriendo, con un paño o una prenda liada a la cabeza, y se habría dejado caer llorando en brazos de su madre. Él hizo justo lo contrario. ¿Cómo que por qué?, me contesta. Pues porque tenía miedo de que su madre le diera una paliza. Por eso.
Me viene a la memoria la ocasión en que resbalé con el musgo de las rocas de la playa y me abrí la barbilla. Yo tendría unos quince años. Justo después del golpe sentí una bajada repentina de la temperatura corporal y un chispazo de desconexión de la realidad. El mundo pareció detenerse. Por un segundo pensé que toda esa sangre que me corría por el pecho y la barriga no era mía. Ese tipo de accidentes nos dan atisbos de la verdad: nuestro cuerpo no es nuestro. Colapsará tarde o temprano. Esto lo vemos un instante y luego lo olvidamos. Es urgente cerrar la herida, pero más urgente aún es cerrar esa nítida visión de nuestra naturaleza.
A la madre de Nicomedes, mi bisabuela, sus nietos la llaman Mamacarmen. Mamacarmen tenía siempre una correa colgada en el respaldo de una silla de madera. Siempre visible y al alcance de la mano. Eso era lo que le esperaba a Nicomedes cuando volviera a casa. Correazos. Mi madre dice que Mamacarmen era una persona buenísima. Mama, le digo, sería buenísima, pero esta historia de los mulos y de la correa es un poco fuerte, ¿no? Qué va, niño, me responde. Es que en aquella época toda la gente era así. A los hijos se les pegaba. Pero Mamacarmen era muy buena, te lo digo yo.
Aunque sé que en aquella época pegar a los niños no estaba tan mal visto como ahora, no puedo evitar el disgusto que me provoca la correa de Mamacarmen. Es algo visceral. Me molesta que forme parte de esta historia. Querría censurar el asunto, evitárselo a los lectores y a mi familia. Evitármelo a mí.
No le dieron puntos de sutura. Se recolocó la ceja en la frente lo mejor que pudo y se metió en el río para lavarse. Presionó con su camisola la herida para cortar la hemorragia. Estaba solo. No lloró. La ceja no cicatrizó en su lugar natural sino un poco más arriba. Esto se observa en varias de las fotos que conservamos de él, pero donde se distingue con más claridad es en la foto del libro de familia, tomada poco antes de casarse, en 1945. Tenía treinta y tres años. En su rostro hay una inseguridad abismal. La boca está entreabierta. Parece a punto de expresar asombro, pero no acaba de hacerlo. Su ingenuidad es tan patente como un rasgo físico, como el color de los ojos o la forma de las orejas. La ceja izquierda, claramente más alta, contribuye a su aire de candidez. Parece una rara marca de esclavo, algo puesto ahí para ser visto, para que los otros reconozcan a Nicomedes por su carácter, por su forma de estar en el mundo, por su problema.
Me llama la atención que los animales de la anécdota fueran justamente mulos. Los burros, los mulos y los burdéganos son más resistentes que los caballos, pero menos sensibles. Cuando están en apuros, los caballos pueden dar muestras de inquietud a los jinetes. Intentan comunicar que les está pasando algo. Los asnos hacen lo contrario. Son capaces de esconder el dolor físico y de no mostrar señales de malestar hasta que están al borde de la extenuación. Bajo su aparente seguridad se oculta una imprudencia casi suicida. Para sobrevivir conviene ser como el caballo. Pedir ayuda cuando es necesario. Confiar en los otros. Mostrarse vulnerable. Lo blando es superior a lo duro. Parece ser que hay personas mulo y personas caballo. Niños mulo y niños caballo.
2
Algo que puede decirse con cierta objetividad sobre la isla es que la gente va allí desde hace siglos en busca de algo. Personas aventureras, confundidas, esperanzadas, agotadas, insatisfechas, perdidas. Todas buscando. Algunas sin saber qué buscan siquiera y muchas otras creyendo que lo saben pero sin saberlo. Mi padre me ha contado cosas de cuando llegó él. Trabajó de camarero, de electricista y de vendedor de enciclopedias puerta a puerta. Un policía municipal que frecuentaba el bar donde él trabajaba le sugirió que se presentara a la convocatoria de examen para entrar en el cuerpo. Anímate, Pepe, le aconsejó, es un trabajo fijo. Van a abrir un retén en San Antonio y vais a ser los primeros policías que habrá allí. Mi padre pasó el examen con la nota más alta. Era el único aspirante que había terminado la escuela primaria. Todos ellos eran forasteros. Ningún isleño quería ser policía.
Los llamaban porreros porque al principio no llevaban pistola. Solo porra. Mi padre había nacido en Barcelona y era el único policía de su promoción capaz de llegarse con el Land Rover hasta las casas en medio del campo, alejadas de todo, y hacerse entender en la lengua materna de la gente de la isla. Eso facilitaba las cosas. Generaba confianza. Había que asfaltar un camino que pasaba por una finca, por ejemplo, o un propietario tenía que pagar unas tasas municipales, o alguien había muerto y un familiar tenía que reconocerlo. Entonces mandaban a Pepe el Catalán. Pero la confianza no es algo que se gane de un día para otro. Una de las primeras veces le recibieron disparándole cartuchos de sal con una escopeta. Otro día le azuzaron cuatro o cinco perros. Llegó corriendo al Land Rover y se encerró dentro. Oía los latigazos de su propio corazón en el pecho y los ladridos de los perros que daban vueltas alrededor del vehículo. Era gente de campo, buena pero dura. Con suficientes razones para desconfiar de unos forasteros bigotudos uniformados a los que no conocían de nada y que venían con porras a decirles lo que había que hacer y dejar de hacer.
La isla de aquel tiempo se parecía bastante al lejano Oeste. El alcalde del pueblo donde yo crecí sería el equivalente al sheriff. Llevaba una pistola ceñida al torso, oculta bajo la chaqueta. Una melena blanca y no del todo limpia que le llegaba por los hombros. Siempre sudando, el bigote canoso amarillento por la nicotina, la corbata ni recta ni apretada. Bebedor lento pero constante de whisky y de ginebra. Su risa hacía que la gente se sintiera amenazada. Parece ser que los hippies que hicieron famosa la isla en aquella época tardaron poco en dejar de venir por San Antonio. Estaban por todas partes, en San Vicente, en Jesús, en Benirràs. Pero cuando aparecían por el pueblo el mismísimo alcalde los recibía a tiro limpio y los miraba correr riendo a carcajadas. No puedo evitar imaginármelo como una caricatura, como el delirante personaje de un cómic de Francisco Ibáñez. O tal vez como un viejo verde de esos que salían en las películas españolas del destape: con el revólver en la mano, dando tiros al aire y persiguiendo a un par de mujeres jóvenes sin saber él mismo si corre tras ellas para ahuyentarlas o para acosarlas.
Malas lenguas dicen que estranguló con sus propias manos a un enemigo personal en un ataque de rabia y que lo colgó de un árbol para simular un suicidio. Luego llamó al forense y una hora después estaban los dos, junto con un oficial de la Guardia Civil, delante del algarrobo del que colgaba el muerto. El hematoma en el cuello no guardaba proporción con la guita fina de la que estaba colgado. La cabeza estaba en una posición distinta a la característica postura de los ahorcados, sin dislocación en la base de la cabeza. El forense puso una mueca de sorpresa y se pasó los siguientes minutos observando el cuerpo y haciendo comentarios: que si esto parece raro, que si aquí hay algo que no cuadra, que si habrá que llevarlo a analizar, que si deberíamos llamar al juez de guardia. El alcalde perdió la paciencia y lo agarró literalmente de la oreja como a un niño pequeño. De la oreja lo arrastró hasta otro árbol que había a unos metros y lo empujó contra el tronco. Le puso el brazo bajo la barbilla y le habló a medio centímetro de la cara. Sacó la pistola del interior de su americana y se la apoyó al forense en la sien. El hombre lloraba de miedo. Al guardia civil le divertía la escena. No se alcanzaba a escuchar lo que decía el alcalde porque susurraba, pero sí se advertía que los susurros estaban llenos de ira. Si se puede susurrar gritando o gritar susurrando, eso es lo que el sheriff hacía. Casi asfixia también al forense. Al retirarle el brazo del cuello el hombre quedó encogido y tembloroso. Lloriqueaba y cogía bocanadas grandes de aire al respirar. El pistolero seguía apuntándole. Venga, date aire, le dijo. Abrió su maletín con torpeza pero todo lo rápido que pudo. Sacó un papel y lo firmó. Estaba tan asustado que la firma parecía un garabato de niño. El alcalde le obligó a volver a firmar. Se acercaron al vehículo para que apoyara el documento en el capó. Volvió a rayar el papel y lo entregó. No levantaba la mirada del suelo. Prefirió echar a andar por el camino en lugar de volver con ellos en coche. Le temblaban las piernas y se tambaleaba de miedo.
3
Tengo ciertos documentos oficiales de Nicomedes. Su licencia militar, su libro de familia, algunos diagnósticos clínicos. Fotos suyas en blanco y negro y recomidas por los bordes, hechas antes de que mi madre naciera. De algún modo me dicen infinidad de cosas. Pero a la vez no me dicen nada.
Tu abuelo siempre estaba muy alegre, dice mi tío. Canturreaba y tamborileaba con los dedos encima de la mesa a todas horas. No se lo digo, pero yo no me acuerdo de eso. Yo lo recuerdo inmóvil. Casi tan quieto como una estatua de cera. Apenas hablaba. Tenía la piel cobriza, dura y seca. Sus manos eran las más bastas que yo había visto, y sus uñas eran tan recias y tan duras que parecían postizas. Lo recuerdo sentado en el sofá y con los pies en remojo en un barreño de agua caliente, y a mi abuela arrodillada frente a él con un alicate en las manos. No un cortaúñas normal, sino una especie de tenaza. Uno de esos instrumentos que solo he vuelto a ver en la consulta de un podólogo. Vistas de cerca, las uñas de Nicomedes parecían de otra especie animal distinta a la nuestra. Después de haberle dejado más de media hora con los pies en remojo, mi abuela se ponía un cojín bajo las rodillas y empezaba su tarea. Le lavaba los pies frotándoselos con fuerza con una esponja enjabonada. Luego se los sacaba del barreño como si fueran objetos independientes que él no fuese capaz de mover por sí mismo y se los envolvía en pequeñas toallas blancas. Después les pasaba con cuidado un instrumento con el que rascaba callos y durezas. Era un objeto con un cabezal que raspaba la superficie del callo e iba desprendiendo piel muerta como un rallador de nuez moscada. Mi abuelo no se movía. Fumaba como siempre su pitillo sin quitárselo de los labios. Luego mi abuela cogía un dedo de Nicomedes con una mano y el alicate con la otra y empezaba la tarea. Para cada uña necesitaba tres o cuatro cortes que sonaban como chasquidos de ramas quemándose en una fogata en el silencio del pequeño piso y en mis oídos de niño. El sonido revelaba la rara textura de aquellas uñas. No eran fibrosas como la madera ni densas como el plástico duro. Mi abuela tardaba al menos veinte minutos en terminar de cortárselas. Clac. Clac. Clac. Nicomedes estaba ahí pero no estaba. Era como si le estuvieran cortando las uñas a otro. Como un muñeco grande hecho de carne viva que mi abuela mantuviera limpio y respirando a base de sus cuidados y su presencia.
Ese estado en el que se encontraba Nicomedes cuando su mujer le cortaba las uñas se lo provocaba un fármaco antidelirante llamado haloperidol. En 1958 Paul Janssen había sintetizado el haloperidol a partir de un opioide depresor del sistema nervioso central llamado meperidina. En 1967 fue aprobado para su uso por la U. S. Food and Drug Administration y, en poco tiempo, comenzó a utilizarse de manera masiva en bastantes países del mundo. A partir de entonces las manifestaciones psicóticas más aparatosas y visibles desaparecieron de la vida de multitud de familias. Yo calculo que Nicomedes empezaría a tomarlo a mediados de los años setenta. Tal vez en 1976, durante su último ingreso en un hospital psiquiátrico. Los efectos secundarios más comunes de esa sustancia son la dificultad para hablar y tragar saliva, cierto grado de lasitud constante, la incapacidad para mover los ojos, una expresión facial hierática que hace que el rostro parezca una máscara, rigidez y debilidad en las extremidades y temblores en los dedos y en las manos. Esta lista es un retrato bastante preciso del Nicomedes viejo. Del Nicomedes al que le costaba afeitarse o atarse los zapatos, el que no canturreaba ni tamborileaba con los dedos encima de la mesa.
4
Resulta difícil que mi madre vaya al grano cuando hablamos por teléfono. Nuestro estilo habitual es circular y poco eficiente. Le preguntas, por ejemplo, si Nicomedes tenía predilección por alguno de sus hijos y te responde con un monólogo de ocho minutos sobre unos zapatos de falso charol que su padre le compró una vez y que le duraron un solo día porque el cartón se hinchó con el agua de un charco. Habla con parábolas, como Jesucristo, y a menudo perdemos cualquier conexión con la pregunta inicial. También ocurre que toma desvíos porque recuerda cosas aparentemente ajenas a la conversación. Tú fuiste el primero, me dice de repente sin que venga a cuento. ¿De qué hablas, mama? ¿Cómo que de qué hablo?, me replica. De qué va a ser. Tú naciste cuando peor se nacía. Fuiste el primero que nació en la isla. Y en un hospital. Hasta que tú llegaste al mundo nadie de la familia había nacido fuera de casa. Y gracias a Dios, porque aquello era horroroso. En la isla se morían la mitad de los niños y de las madres. Llegamos todos los andaluces de golpe y los médicos no daban abasto con nosotros. Tú estás vivo de milagro.
Cómo nos gusta exagerar en la familia. Aunque me parece, ahora que lo escribo, que esto no es exacto. No es que nos guste, es más bien que no podemos evitarlo. Es un patrón de conducta grabado a fuego. Exagerar es como hacer trucos de magia: el secreto de la mayoría de los trucos tiene que ver con el campo de visión de los espectadores. El mago hace que centres tu atención en un punto del espacio mientras en otro punto tiene lugar otra cosa que tú te pierdes. La exageración funciona igual: para no encarar unas emociones que nos aterran, creamos un foco de atención en otro lado. Elegimos algún detalle y lo agrandamos. Le damos volumen y consistencia. Nos hacemos los despistados. El mago y el espectador, por supuesto, son la misma persona.
Esto no lo sé porque sea un experto en nada. No lo he leído en ningún sitio ni tampoco me lo han explicado. Lo sé porque formo parte de la familia de la que estoy hablando. Yo hago exactamente lo mismo. Tal vez esté escribiendo esto para, aunque sea por una vez, ver el truco.
Exagerar y mentir, sin embargo, no son en absoluto equivalentes. A veces coinciden, pero no en mi familia. De hecho, desde que mis padres y mis tíos saben que voy a escribir un libro sobre Nicomedes están aguzando todo lo posible su capacidad de ser veraces. Mi madre, por otro lado, no sabe mentir. No le sale.
Mama, le digo, no será para tanto, ¿no? Anda que no, niño, me contesta. El hospital estaba abarrotado. Y no solo el hospital. La isla entera. Se necesitaba más de todo. Más médicos, más policías, más albañiles, más maestros. Tú estás aquí de milagro, me repite. Un poco más y no lo cuentas. Noto dentro de mí una resistencia a seguir escuchándola que se traduce en tensión muscular en los hombros y en un deseo repentino de levantarme de la silla y salir de casa. Ella continúa: rompí aguas a las diez de la noche y nos fuimos para el hospital. La comadrona de guardia estaba borracha como una cuba. Vaya susto que nos dio a tu abuela y a mí cuando la vimos. Más tarde nos enteramos de algunas cosas. Se llamaba Josefa, pero la llamaban la Cientotr...