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Habrían de pasar varios años, y Shlomo Gold lo sabía, para que dejara de sentir que una mano fría le estrujaba el corazón cada vez que aparcaba su coche frente al Instituto de la calle Disraeli. Incluso había llegado a pensar alguna vez que la asociación psicoanalítica debería trasladar su sede fuera de Talbieh sólo para que él se librara de aquella ansiedad recurrente. Como también se le había ocurrido la idea de solicitar un permiso especial para tratar a sus pacientes en otro lugar, pero sus supervisores opinaban que debía enfrentarse a la situación con sus propios recursos internos y no a través de cambios externos.
Todavía oía las palabras del viejo Hildesheimer reverberando en su memoria. El problema no era el edificio, había dicho el anciano; no era el edificio el causante de su ansiedad, sino los sentimientos que albergaba con respecto a lo ocurrido. Desde el día en que sucedió, Gold oía esas palabras, pronunciadas con marcado acento alemán, siempre que se acercaba al edificio. Sobre todo la frase relativa a que eran sus propias emociones a las que debía hacer cara, y no a las paredes de piedra.
Naturalmente, había afirmado Hildesheimer en aquella ocasión, la circunstancia de que la implicada fuera la psicoanalista de Gold había de tomarse en cuenta, y quizá –y en ese punto el anciano le dirigió una mirada penetrante e inquisitiva– debería tratar de «sacar el máximo partido posible de las dificultades de la situación». Mas Shlomo Gold, que antaño recibiera con tanto orgullo las llaves del edificio, ya no lograba entrar en su despacho del Instituto sin sufrir un ataque de ansiedad.
¡Y pensar en lo que le había costado que le confiaran las llaves! Hubo de esperar al final de su segundo año de estudios en el Instituto para que el Comité de Formación se reuniera y condescendiera a estimarlo apto para aspirar a convertirse en un verdadero psicoanalista y tratar a su primer paciente (bajo supervisión, claro está). Y ahora todo aquello era cosa del pasado: las llaves y su orgullo y la emoción de sentir el Instituto como algo propio cuando abría la puerta..., nada había vuelto a ser igual desde aquel sábado.
Había quien se burlaba de la actitud de Gold hacia el edificio de planta circular y estilo árabe donde el Instituto había instalado su sede. Hasta aquel sábado por la mañana, Gold había presumido de aquella casa de piedra ante cualquier visitante de Jerusalén que se le pusiera a tiro. Nunca ocultó el sentimiento de pertenencia que le inspiraba aquel lugar. Estiraba los brazos como si quisiera abarcar la achaparrada construcción de dos plantas y porche circular, su gran jardín con rosales cuajados de flores a lo largo de todo el año, su doble escalinata que ascendía hasta la entrada curvándose desde ambos extremos del porche. Después, esperaba expectante los comentarios de aprobación, el reconocimiento de que el majestuoso edificio se adaptaba perfectamente a su función.
Y ahora aquella ingenuidad, la admiración sin reservas, el sentimiento de pertenecer a una tribu esotérica, el orgullo de tratar a su primer paciente, se habían desvanecido dando paso a la opresión y a la ansiedad que lo perseguían desde el «sábado negro», como lo llamaba para sí; el sábado en que se ofreció a preparar el edificio para la conferencia que iba a pronunciar la doctora Eva Neidorf, recién llegada de Chicago, donde había pasado un mes en casa de su hija.
Aquel sábado, Shlomo Gold se había acercado al Instituto sin sospechar que su vida estaba a punto de dar un giro radical. Era un sábado de marzo, el sol resplandecía, los pájaros piaban, y Gold, emocionado ante la perspectiva de ver a Eva Neidorf, había salido temprano de su casa de Beit Hakerem para arreglar el salón de actos, colocar las sillas plegables del almacén y llenar de agua el gran depósito de la cafetera. Todo el mundo querría tomar café un sábado por la mañana. La conferencia estaba programada para las diez y media, y, unos minutos antes de las nueve, el coche de Gold se deslizó suavemente ladera abajo.
La quietud del sabbath flotaba en el ambiente y en aquel antiguo barrio de Jerusalén, siempre tranquilo, reinaba un silencio absoluto. Al pasar ante la residencia del presidente, cercana a la calle Jabotinsky, Gold advirtió que ni siquiera allí había guardias de seguridad.
Aspiró el aire limpio y puro y esquivó cuidadosamente a un gato negro que cruzaba la calle con elegante desdén. Sonrió al pensar en las supersticiones de los seres humanos, a los que se tenía por racionales; sería su última sonrisa sobre aquel tema porque, también en ese aspecto, su actitud iba a cambiar desde aquel sábado.
Ardía de expectación pensando en la inminente conferencia: estaba a punto de ver a su analista después de un intervalo de cuatro semanas.
Desde que comenzara a psicoanalizarse con Neidorf hacía ya cuatro años, Gold había asistido a numerosas conferencias suyas. Todas y cada una de ellas habían sido apasionantes. Cierto es que siempre lo embargaba un vago sentimiento de insignificancia, la oscura sospecha de que nunca llegaría a ser un gran psicoterapeuta; mas, por otra parte, sabía que su experiencia de aprendizaje era única y que él, Gold, podía dar testimonio del extraordinario don divino que poseía Eva Neidorf: esa intuición maravillosa, esa capacidad para hablar en el momento preciso y guardar silencio cuando era necesario, esa percepción inequívoca del grado de cordialidad requerido; cualidades, todas ellas, de las que Gold había tenido la fortuna de disfrutar al ser psicoanalizado por la doctora.
En el programa del sábado estaba escrito el título de la conferencia de Neidorf: «Algunos aspectos de los problemas éticos y legales que comporta el tratamiento psicoanalítico».
Nadie se había dejado engañar por la expresión eufemística «algunos aspectos».
Shlomo Gold sabía que en la conferencia de aquel día, después de un modesto preámbulo, se ofrecería una exposición brillante y exhaustiva del tema en cuestión. Las revistas del ramo la publicarían y suscitaría acalorados debates, reacciones y contrarreacciones, y Gold ya anticipaba el deleite de ver los leves cambios que Neidorf introduciría en la versión publicada. Una vez más, tendría la oportunidad de gozar de la embriagadora sensación de «haber estado allí», semejante a la que puede tener quien escucha la retransmisión radiofónica de un concierto que ha presenciado en directo.
Gold aparcó en la calle semidesierta frente al edificio. Sacó de la guantera el manojo de llaves del Instituto: las llaves de la puerta principal, del candado del teléfono y del almacén. Abrió la verja verde de hierro, en la que una discreta placa identificaba la función del edificio. Ascendió por una de las escalinatas curvas hasta la puerta de madera, invisible desde la calle. Como de costumbre, no pudo resistirse a la tentación de volver la cabeza y, desde el porche, contemplar la vista de la calle y del amplio jardín cuajado de flores que embalsamaban el aire con aromas de jazmín y de madreselva; después, esbozando una sonrisa, abrió la puerta que daba paso al oscuro vestíbulo.
Las ventanas estaban cerradas y cubiertas por espesos cortinajes, que, ciertamente, desempeñaban bien su labor. Cada uno de los detalles invisibles del vestíbulo era tan familiar para Gold como el hogar de su infancia. Comunicaba con seis habitaciones, todas ellas cerradas con grandes puertas de madera.
Al rememorar lo sucedido, Gold recordó que todo había comenzado con el sonido de un cristal haciéndose añicos. Acababa de arrastrar la mesa de juntas hasta la pared y estaba descansando recostado sobre ella. Al oír que se rompía un cristal, ni siquiera tuvo que alzar la vista. A pesar de su parálisis momentánea, sabía perfectamente qué fotografía se había caído al suelo.
Después de haber estado en el salón de actos año tras año, escuchando presentaciones de casos y debates teóricos mientras su mirada vagaba por las paredes, sabía, como todos los demás, el lugar exacto donde estaban situadas todas las fotos.
Los retratos de los muertos cubrían por completo las paredes, y después de que, unos meses atrás, se colgara la última foto, alguien había comentado en broma que a partir de ese momento todos los demás estarían obligados a vivir eternamente. Gold había pasado muchas horas escudriñando la mirada de los muertos y no había ni un detalle de sus expresiones que desconociera. Recordaba, por ejemplo, los ojos risueños de Fruma Hollander, una supervisora del Instituto perteneciente a la generación posterior a la de los fundadores, fallecida súbitamente de un infarto a los sesenta y un años. Estaba colgada a la derecha de la entrada y cualquiera que se sentara en ese lado del fondo de la sala, podía verle los ojos sin que el cristal le deslumbrara. A la izquierda de la puerta estaba colgado el retrato de Seymour Levenstein, que había llegado al Instituto desde la asociación de Nueva York y había muerto a la edad de cincuenta y dos años de cáncer. Las fechas correspondientes al nacimiento y a la muerte estaban grabadas bajo el nombre de los retratados en el marco. Mientras esperaban a algún paciente que se retrasaba, los terapeutas podían ir de un retrato a otro y contemplar las facciones de todos los muertos del Instituto.
La fotografía que se había caído era la de Mimi Zilberthal. Gold recordaba que el veterano psicoanalista al que le preguntó en cierta ocasión de qué había muerto Zilberthal le había dirigido una mirada fulminante mientras le interrogaba sobre la importancia que eso tenía para él. Tal vez otra persona habría persistido en el asunto, pero a Gold le dio la impresión de que allí se escondía algo muy desagradable y prefirió no descubrirlo.
Mas aquel sábado, cuando ya todo se había venido abajo, Gold alcanzó a oír un retazo de conversación entre Joe Linder y Nahum Rosenfeld. Blandiendo el marco sin cristal, Joe le dijo a Rosenfeld en tono desafiante, casi a gritos, que el hecho de que se hubiera presentado la oportunidad de deshacerse de aquel retrato no significaba que tuvieran derecho a prescindir de él. Y Gold recordaba las palabras exactas: «No se quita de la pared el retrato de alguien sólo porque se haya suicidado». Joe y Rosenfeld estaban en la cocina y no advirtieron la presencia de Gold junto a la puerta. Después de todo lo que había vivido aquella mañana, la nueva revelación no lo conmovió particularmente.
Gold se apresuró a barrer los fragmentos de cristal y colocó la foto en la cocina junto a la pequeña nevera; hecho lo cual, se dirigió al almacén para coger las sillas. Eran poco más de las nueve y le quedaba mucho tiempo por delante, aun cuando calculaba que necesitaría unas cien sillas (gente de todo el país vendría a escuchar la conferencia de Eva Neidorf). Una vez que hubo colocado las sillas plegables en filas semicirculares, observó su obra satisfecho, aunque decidió traer algunas más de las habitaciones contiguas.
Al entrar en las habitaciones del Instituto, y sobre todo cuando estaba solo en el edificio, no dejaba de sorprenderse de lo apropiadas que eran para la función que desempeñaban. El primer cuarto en el que entró, situado a la derecha de la entrada, estaba en penumbra, como los demás, y sus altas ventanas y el pesado mobiliario creaban un ambiente solemne, misterioso. Siempre que descorría las espesas cortinas, Gold veía en su imaginación el interior de una catedral gótica.
En todas las habitaciones había un diván y, detrás, un recio sillón para el psicoanalista, un sillón que no era tan cómodo como parecía. (Todos los miembros del Instituto se quejaban de dolor de espalda. Y muchos de los terapeutas se colocaban discretamente un almohadoncito detrás de la espalda durante las sesiones de terapia.) En cada una de las habitaciones había cuadros de tonos desvaídos y algunas sillas de más que se utilizaban para los seminarios.
Los seminarios semanales se celebraban a última hora de la tarde, por lo general los martes, y todos los estudiantes del Instituto asistían a ellos. En esas ocasiones, los cuartos se iluminaban bien y el ambiente lóbrego se disipaba ligeramente. Las sillas se disponían en círculo y de la cocina emanaba un aroma a café y a pasteles, a la espera del descanso, cuando todo el mundo bajaría a tomar un tentempié.
Una vez a la semana, con gran satisfacción de Hildesheimer, que deseaba «ver el edificio vivo y respirando», un gran bullicio animaba el Instituto, la calle se llenaba de coches y, durante el descanso para tomar café, un rumor de conversaciones e, incluso, de risas resonaba en el aire, mientras los profesores y los alumnos confraternizaban y se contaban anécdotas de las experiencias vividas a lo largo de la semana.
Pero nada era comparable a los sábados.
Los días de los seminarios, nunca faltaba alguien que saliera de algún despacho en el último momento y les pidiera a quienes habían llegado pronto que se retirasen unos instantes a la cocina para poder acompañar a su paciente hasta la salida manteniendo en secreto su identidad. Mas los sábados, hasta los pájaros madrugadores encontraban las puertas abiertas de par en par y sabían que, si se les antojaba, podían silbar una cancioncilla sin inmiscuirse en el mundo interior de las personas que otros días ocupaban los divanes.
Cierto era que no había suficientes gabinetes para acoger a los treinta candidatos y a todos los pacientes.
Cierto era, también, que la asignación de los gabinetes resultaba problemática, así como la programación de las citas, pero siempre que se presentaban quejas en las reuniones del Comité de Formación, el viejo Hildesheimer insistía en que los candidatos siguieran viendo a sus pacientes en el Instituto hasta que se convirtieran en miembros de pleno derecho. Había que utilizar el edificio, había que habitarlo, decía, según le habían contado a Gold.
Aunque no se podía decir que la gente se peleara por las habitaciones, las diferencias de veteranía y de estatus que había entre los candidatos se ponían claramente en evidencia. Ni que decir tiene que a un candidato recién llegado se le asignaría el cuarto pequeño, mientras que un candidato veterano con tres pacientes podría elegir la habitación que más le conviniera.
En el cuarto pequeño había poco espacio, desde luego, pero su mayor inconveniente era que estaba situado junto a la cocina. Las voces de quienes conversaban en susurros mientras tomaban café en los breves intervalos entre paciente y paciente, el timbre del teléfono, la voz queda y vacilante de la secretaria contestando a las llamadas..., todos aquellos sonidos lograban penetrar en el cuarto a pesar de los persistentes esfuerzos por aislarlo; como el de colgar una doble cortina por la parte interior de la puerta.
Los pacientes tratados en aquel cuarto nunca dejaban de reaccionar ante el fenómeno en cuestión. Gold pasó muchas horas dando distintas interpretaciones a su segundo caso, una mujer que nunca se sobrepuso a la sospecha de que sus palabras se oían en la habitación contigua.
Pero los sábados, cuando los miembros del Instituto se reunían para asistir a conferencias y realizar votaciones, todo estaba permitido. Las ventanas se abrían de par en par y la luz límpida y dorada de Jerusalén y del mundo exterior penetraba en los despachos. Aquel sábado, Gold entró silbando en el cuarto pequeño para coger la última silla. El cuarto pequeño, que era donde él trabajaba, tenía un aire familiar, amigable. Aunque Gold sentía afecto por «su» despacho, anhelaba el momento en que, en virtud de su veteranía, le permitieran trasladarse al primer cuarto situado a la derecha de la entrada; en la intimidad, se refería a él llamándolo el «despacho de Fruma», porque Fruma Hollander, una mujer soltera y sin hijos, había legado sus grandes y confortables muebles al Instituto; y los muebles, e incluso los mortecinos óleos de la habitación, retenían parte de la benévola cordialidad y de la alegría de vivir de su antigua dueña.
Gold se detuvo en el umbral del cuarto pequeño. Las cortinas estaban echadas y la oscuridad era tal que apenas si llegaba a distinguir el perfil de los muebles. Las descorrió mientras pensaba que todavía no había colocado las tazas de café ni distribuido los ceniceros. Él no fumaba, pero en el Instituto había fumadores.
El profesor Nahum Rosenfeld, por ejemplo, a quien los finos puros que siempre le colgaban de la comisura de la boca le daban un aire malhumorado y desabrido; si alguien no se tomaba la molestia de colocarle al lado un cenicero, Rosenfeld dejaba sembrado de colillas marrones el espacio que lo rodeaba. Su personalidad se dejaba entrever en aquella manera suya de aplastar un puro consumido contra el suelo y encender otro con la mayor indiferencia. A veces Gold se estremecía al identificarse compasivamente con el cigarro aplastado.
Gold se apartó de la ventana y echó un vistazo a la habitación. Su respiración se detuvo; literalmente dejó de respirar. Después, al tratar de describir cómo se había sentido, diría que había sufrido una conmoción, que su corazón se había saltado un latido.
En el sillón, el sillón del analista, estaba sentada la doctora Eva Neidorf. «Estaba allí sentada en persona», repetiría Gold con insistencia más tarde. Naturalmente, Gold no daba crédito a lo que veía. Se suponía que la conferencia iba a empezar a las diez y media y aún no eran las nueve y media; Neidorf había regresado de Chicago la víspera; y, además, nunca llegaba con antelación.
Estaba allí sentada muy quieta, recostada hacia atrás, con la cabeza levemente inclinada y la mejilla apoyada en la mano izquierda.
Así dormida, Neidorf le parecía a Gold alguien en cuya presencia no tenía derecho a estar. No sólo le inquietaba la sensación de estar entremetiéndose en su intimidad; también sentía que Neidorf se le estaba revelando bajo una luz diferente y prohibida. Recordó la primera ocasión en que la vio tomándose un café. Qué difícil le resultaba verla como una persona normal y corriente. Recordaba incluso el leve temblor de la mano con la que sujetaba la taza. Gold sabía, claro está, que aquella actitud inspirada por la analista era un aspecto importante de la psico...