Capítulo 1
Insulamientos
Para una teoría de las cápsulas,
islas e invernaderos
Desde la aparición de la novela de Daniel Defoe The Life and Strange Surprising Adventures of Robinson Crusoe, of York, Mariner: who lived eight and twenty years all alone in an unhabited island on the coast of America... written by himself, de 1719, los europeos admitieron que los humanos son seres que tienen algo que buscar en las islas. Desde ese naufragio ejemplar la isla en el lejano océano sirve de escenario para procesos de revisión de las definiciones de realidad en terra ferma.
Constatar esto significa llegar a percatarse de la asimetría de las relaciones entre tierra e isla. Habitualmente, la cultura de tierra firme y la existencia en la isla se relacionan como regla y excepción; y la primacía de la regla se hace valer ejemplarmente en el caso de Robinson. La historia del sencillo puritano, que creó en una isla solitaria del Pacífico una microcommonwealth a partir de clichés cristiano-británicos, ha tenido en el transcurso de los siglos más de mil reediciones, adaptaciones y traducciones, consiguiendo una difusión que casi iguala a la del Nuevo Testamento: lo que da a entender que sí es algo más que un mezquino evangelio, insularmente idealizado, de la propiedad privada. Ofrece una fórmula para la relación del yo y del mundo en la época de la conquista europea del mundo.
Dejaremos de lado la habitual dialéctica del espacio, que relaciona mundo e isla como tesis y antítesis recíprocamente, para superar ambas en una síntesis turístico-civilizada. Lo que nos interesa es una teoría esferológica de la isla, con la que se pueda mostrar cómo resultan posibles mundos interiores animados y cómo pluralidades de mundo de tipo análogo forman un bloque en forma de archipiélagos o rizomas del mar. En un ensayo temprano sobre la Isla abandonada Gilles Deleuze estableció una diferencia entre islas que son separadas del contexto terrestre continental por la acción del agua del mar e islas que surgen sobre el mar por la actividad submarina de la tierra. Esto corresponde a la diferencia entre aislamiento por erosión y aislamiento por emergencia creadora. La estancia de seres humanos en la isla ocupa al filósofo en la medida en que la isla no es otra cosa que el sueño de los hombres, y los hombres la mera conciencia de la isla. Esta relación es posible bajo una condición:
Que el hombre se retrotraiga hasta el movimiento que le conduce a la isla, movimiento que repite y prolonga el impulso que produjo la isla. De modo que la geografía y la imaginación formarían una unidad. Claro que, a la pregunta favorita de los antiguos exploradores –«¿Qué seres existen en la isla desierta?»– sólo cabe responder que allí existe ya el hombre, pero un hombre extraño, absolutamente separado, absolutamente creador, en definitiva una Idea de hombre, un prototipo, un hombre que sería casi un dios, una mujer que sería casi una diosa, un gran Amnésico, un Artista puro, consciencia de la Tierra y del Océano, un enorme ciclón, una hermosa hechicera, una estatua de la Isla de Pascua. Esta criatura de la isla desierta sería la propia isla desierta en cuanto que imagina y refleja su movimiento primario. Conciencia de la tierra y del océano, eso es la isla desierta, dispuesta a reiniciar el mundo. […] es dudoso que la imaginación individual pueda elevarse por sí sola a esta admirable identidad...265
Islas son prototipos de mundo en el mundo. Que puedan convertirse en ello hay que atribuirlo a la acción aislante del elemento líquido, del que están rodeadas por definición. Con razón ha dicho de las islas Bernardin de Saint-Pierre que son «compendios de un pequeño continente». Es la fuerza enmarcadora la que traza un límite al ímpetu sobresaliente de la isla, como si esas superficies sin contexto fueran una especie de obras de arte emergentes de la naturaleza, a las que ciñe el mar como fragmentos de exhibición de la naturaleza. Como microcontinentes, las islas son ejemplos de mundo, en las que se reúne una antología de unidades configuradoras de mundo: una flora propia, una fauna propia, una población humana propia, un conjunto autóctono de costumbres y recetas. La teoría del límite de Georg Simmel en su Sociología del espacio, 1903, confirma con un ejemplo externo la acción enmarcadora del mar:
El marco, el límite que se retrotrae en sí mismo de un cuadro, tiene para el grupo social un significado muy parecido al que tiene para una obra de arte. […]: cerrarla frente al mundo que la rodea y encerrarla en sí misma; el marco proclama que dentro de él se encuentra un mundo sólo sumiso a sus propias normas... 266
Haus-Rucker-Co, Estructura enmarcante, 1977.
Así pues, el aislamiento es lo que hace de la isla lo que es. Lo que el marco hace con respecto al cuadro, excluyéndolo del contexto de mundo, y lo que con respecto a los pueblos y grupos efectúan las fronteras fijadas, eso mismo es lo que consigue llevar a cabo el aislador, el mar, con respecto a la isla. Si las islas son prototipos de mundo es porque están separadas lo suficiente del resto del contexto de mundo como para poder constituir un experimento sobre la presentación de una totalidad en formato reducido. Así como la obra de arte, siguiendo a Heidegger, presenta un mundo, el mar circunscribe un mundo.
El mar como aislante hace aparecer un prototipo de mundo, cuya característica mayor es el clima insular. Los climas de las islas son climas de compromiso, negociados entre las aportaciones de la masa de tierra, junto con su biosfera peculiar, y las del mar abierto. Se puede decir, en este sentido, que la verdadera experiencia de la isla es de naturaleza climática y viene condicionada por la inmersión del visitante en la atmósfera insular. No es sólo la excepcional situación biotópica, la separación casi de invernadero del proceso de vida en tierra firme, la que proporciona su colorido local a las islas, es más bien la diferencia atmosférica la que aporta lo decisivo a la definición de lo insular. Las islas constituyen enclaves climáticos dentro de las condiciones generales de aire; son, dicho con una expresión técnica, atmotopos, que se configuran siguiendo sus propias leyes bajo el efecto de su aislamiento marítimo. Si el clima isleño es un término meteorológico, la expresión isla climática representa un concepto teórico-espacial y esferológico. El primero admite como un hecho dado las condiciones climáticas especiales de la isla, la segunda las introduce en una investigación genética, incitando a preguntar por las condiciones del origen y formación de las islas.
Lo que desde el punto de vista genético significan islas climáticas viene insinuado por el verbo del latín vulgar, después italiano, isolare, puesto que por su carácter verbal sugiere recabar información sobre el generador de la isla, el aislador. Según las reflexiones que hemos hecho hasta ahora, sólo el mar, en principio, entra en consideración como hacedor de islas, de lo que se sigue que hablar de hacer en relación con ese elemento ostenta un carácter alegórico insuperable. Pero resulta cuestionable si se puede continuar hasta el final con esta observación, puesto que la actividad del aislar como delimitación de un ámbito de objetos y como interrupción del continuo de la realidad es una idea general técnica, que sugiere considerar si unidades insulares más grandes no pueden haber sido producidas también por hacedores inteligentes y no sólo generadas como mera obra de agentes a-subjetivos como el mar, la tierra y el aire. Existen mitos etiológicos concretos de la Antigüedad, que tratan de generaciones de islas, que demuestran que esta consideración expresa algo más que hybris técnica. Pensamos en la conocida leyenda de la lucha de los olímpicos contra los gigantes, que se habían conjurado para atacar el cielo, con el fin de vengar a sus hermanos, los titanes desterrados al Tártaro. En la fase final de la batalla, cuando los gigantes, perseguidos por los olímpicos, se retiraban huyendo a la tierra, comenzó un lanzamiento de fragmentos de roca que produjo islas, como Ranke-Graves señala en sus sobrias acotaciones a historias griegas de los dioses:
Atenea lanzó una roca a Encélado. La roca aplastó al que huía. Así surgió la isla de Sicilia. Poseidón rompió con su tridente un trozo de la isla de Cos y se lo arrojó a Polibotes. Éste cayó al mar, por lo que surgió la pequeña isla de Nisiro, cercana a Sicilia, bajo la que está enterrado Polibotes267.
Resulta instructivo en esta fábula de causas que algunas islas representen propiamente tumbas de gigantes o tapas de sarcófagos de enemigos de los dioses. Es más impresionante aún que sean descritos como proyectiles que alcanzaron su quietud, como efectos de lanzamientos altísimos y, en consecuencia, como resultados de una praxis. Aquí ya no hay que contar sólo con el mar cuando se trata de poner nombre al aislador. También acciones de los dioses pueden producir islas, aunque ahora sólo como efecto colateral. Habrá que esperar hasta la época de las utopías temprano-ilustradas para ver cómo el lanzamiento arcaico de islas se transforma en un diseño de gran maestría política y técnica. A partir de ese momento, a los ciudadanos de la época moderna se les vuelve cada vez más claro que al llamado proyecto de la Modernidad le es inherente un ideal nesopoiético, es decir, la tendencia a trasladar la isla, he nésos en griego, del registro de lo inventado al de lo hecho. Los modernos son inteligencias que imaginan y construyen islas, que provienen, por decirlo así, de una declaración topológica de derechos humanos, en la que el derecho al aislamiento va unido al derecho, igualmente originario, a la interconexión; razón por la cual el concepto Connected Isolation, formulado en torno a 1970 por el grupo de arquitectos californiano Morphosis, expresa con laconismo insuperable el principio del mundo moderno. El proceso de la Modernidad dirige su fuerza explicitante a la relación fundamental del ser-en-el-mundo, el habitar, que ahora ha de valer como la actividad originariamente aislante del ser humano, o bien, por citar la fórmula del fenomenólogo Hermann Schmitz, como «cultura de los sentimientos en el espacio cercado».
Queremos describir, a continuación, las tres formas técnicas de explicación de la formación de islas que han cristalizado por el despliegue del arte moderno del aislamiento: primero, la construcción de las islas separadas o absolutas, del carácter de los barcos, aviones y estaciones espaciales, en las que el mar es sustituido, como aislante, por otros medios, primero el aire, luego el espacio vacío; después, la construcción de islas climáticas, es decir, invernáculos en los que la situación atmotópica excepcional de la isla natural se sustituye por una imitación técnica del efecto invernadero; y finalmente, la islas antropógenas, en las que la coexistencia de seres humanos, equipados de herramientas, con sus semejantes y lo demás, desencadena sobre los habitantes mismos un efecto retroactivo de incubadora. Esta última constituye una forma de insulamiento, de cuyo modelo no puede decirse que la ingeniería social consiguiera imitarlo y reconstruirlo con destreza, aunque los Estados sociales modernos –que entendemos como cápsulas integrales de bienestar– impulsaron ampliamente la sustitución de la incubadora originaria por la construcción colectiva de servicios maternales de alquiler.
Hieronymi Fabrichii de Aquapendente, Prótesis total para el cuerpo, ilustración de Opera chirurgica Patavii, 1647.
La clasificación propuesta de las islas sigue el principio de Vico: que sólo entendemos lo que podemos hacer nosotros mismos. El hacer técnico es esencialmente un sustituir o protetizar. Quien quiere entender la isla ha de construir prótesis de islas que repitan todos los rasgos esenciales de las islas naturales mediante correspondencias-punto-a-punto en la réplica técnica. Desde la forma sustitutiva se entiende, al fin, lo que se tiene con la forma primera. Por ello, el desarrollo de la construcción de prótesis –el núcleo del acontecimiento explicativo– es la fenomenología del espíritu auténtico. La repetición de la vida en otro lugar muestra cuánto se entendió de la vida en su forma primera.
Robot de ping-pong de la firma Sarcos. Reacciona a la actividad muscular de su contrincante.
A. Islas absolutas
Las islas absolutas surgen por la radicalización del principio de la creación de enclaves. Esto no lo pueden conseguir meros trozos de tierra encuadrados por el mar, porque éstos sólo logran un aislamiento horizontal dejando abierta la vertical. En este sentido las islas marinas naturales sólo quedan aisladas relativa y bidimensionalmente, a lo largo y a lo ancho. Aunque poseen un clima especial, las islas natu...