Obsesión
12
Lo atiende una mujer morena, de tez oscura y mirada traviesa que tiene cara de cocinar bien y lo hace pasar a una habitación que en otros tiempos fue sala o comedor.
Ya viene la señora —dice con inconfundible acento guaraní, cierra la puerta, le echa una última mirada a través de los cristales y desaparece.
La habitación es amplia, con pocos muebles, predomina el blanco. La luz entra generosamente por la ventana que da a Borges, enfrente, el templo de los judíos sefarditas de Marruecos. A los costados dos estanterías llenas de libros. Un título le llama la atención: El amor todo locura. Sonríe. Suena a sus espaldas la puerta al abrirse. La mujer es pequeña, tiene el pelo corto, la mirada celeste y la rodea un aura que invita a relajarse y confesar. Le extiende una mano frágil y cálida.
Mucho gusto. Encantado, doctora, Venancio Lascano. Puede llamarme Marta. Como guste. ¿Nos sentamos? —dice, invitándolo con un gesto mientras ella se acomoda en un silloncito y coloca sobre un pequeño escabel sus pies con zapatos verdes de duende. Es muy elegante y debe de haber sido una de esas bellezas en miniatura por la que habrá perdido la cabeza más de uno. Por favor, recuérdeme quién me recomendó. Mario de Miguel. Ah, cierto. ¿Relación amistosa, de trabajo...? No, fuimos compañeros de estudio en la escuela de policía. No sabía que Mario fue policía. No lo fue, solo estuvo en la escuela un par de años, no tenía vocación. ¿Usted sí? No sé si llamarlo vocación, destino o maldición. Entiendo.
Lascano tiene ganas de contarle todo a esta mujer, le sorprende la facilidad con que ha conseguido que él se abra. Sería una excelente interrogadora. Se siente alegre y comunicativo, algo que hace tiempo no le sucede. Se recuesta contra el sillón, se pone cómodo.
¿Por dónde empiezo?
Ella lo mira profundamente a los ojos y se toma unos instantes para responder.
Por donde más le duela.
Como si hubiera pulsado un botón de la máquina del tiempo, la mente de Lascano retrocede hasta aquella noche de tormenta cuando su madre no fue a esperarlo a la parada del ómnibus. Ya estaba muerta, su padre también. Ese abismo que se abrió en su vida y que ahora Marta escucha muy seria sin pronunciar palabra. El paso por la academia de policía, los fantasmas. Su primer destino, cómo se las arregló para mantenerse al margen de la corrupción imperante en la Federal y resistir ser considerado un extraño, alguien en quien sus pares no podían confiar.
Sin embargo, no solo permaneció en la institución, sino que ascendió a... ¿qué grado? Me jubilé como comisario. ¿Cómo lo explica?
Lascano guarda silencio, piensa, recuerda a Jorge Turcheli.
Vea, Marta, yo mismo me hice esa pregunta mil veces. La respuesta más aproximada que obtuve me la dio Jorge Turcheli.
Marta levanta una mano interrumpiéndolo.
Me suena ese nombre. Claro, cuando volvió la democracia lo nombraron jefe de policía. Ah, sí. Murió de un infarto apenas asumió. No fue un infarto, lo mataron. No me diga. Sí le digo.
Una pausa silenciosa.
¿Qué fue lo que le dijo Turcheli? Él me protegió cuando los perros de la dictadura me buscaban para matarme. Cuando los militares se retiraron de la escena, vino a buscarme. Nunca habíamos sido amigos. Le pregunté por qué lo había hecho si yo no le servía para nada. Me contestó que si todos los policías fueran como él, estaría perdido. Me explicó que la policía es un gran negocio, pero para que siga siéndolo tiene que tener un mínimo de eficacia, de existencia real. Y que eso lo daban tipos como yo. A los canas como vos, me dijo, hay que dejarlos que hagan su trabajo. No hay que permitir que acumulen mucho poder, porque ahí es cuando empiezan a generar problemas con sus ideales. Entiendo, y durante la dictadura ¿qué hizo? Lo más importante fue que me enamoré. Pero lo que usted quiere saber es si participé en las desapariciones, las torturas y esas cosas. ¿Participó? Nunca. Y sin embargo sobrevivió. Supongo que tuve suerte. Y ¿qué fue de su enamorada? Murió... accidente de tránsito.
Quinta muerte antes de los cuarenta, anota Marta mentalmente. Ya va asomando las orejas el demonio de la depresión.
Me dijo que se jubiló. Sí. ¿Cómo lo lleva? Muy mal. Cuénteme. Verá, soy rico. Una prima me dejó toda su fortuna. Luego de la muerte de Marisa, conocí a Eva, volví a enamorarme.
Marta no puede evitar una sonrisa fugaz.
Estuvimos separados un tiempo pero luego regresó. Vivimos juntos desde entonces con Victoria, hija de ella. No parece una mala vida. No lo es, en absoluto. Tuvo mucha suerte, ¿puede disfrutarlo? En realidad, no. Yo he sido siempre un hombre de acción. El dinero nunca me importó, tampoco me importa ahora. Si no hubiera heredado, mi vida no sería muy distinta de lo que es. Pero ahora no tengo nada que hacer. No tengo objetivos, nada que conseguir. Usted, Lascano, no sabe aburrirse. No, no sé. ¿Cree que podrá aprender?
La pregunta lo sorprende. Jamás se planteó que el aburrimiento pudiera ser una virtud o algo que pudiera aprenderse. Sabe que no, que jamás podrá aprenderlo, ya que ni siquiera lo entiende.
Jamás.
Marta se pone de pie. Camina hasta el centro de la sala. Se toma las manos.
Usted es una aguja en el pajar, Venancio. ¿Qué me quiere decir con eso? Alguien que se parece a su entorno pero que es distinto. Alguien muy difícil de encontrar, una persona excepcional. Gracias. No me lo agradezca, eso lo hace un sobreviviente. Se ha pasado la vida luchando, ha evolucionado en un medio hostil, siempre rodeado de acechanzas, de peligros, siempre en riesgo de perder la vida, con la muerte rodeándolo. No ha tenido tiempo de elaborar la pérdida de sus padres, o la de Marisa. No ha podido detenerse a ver quién es usted luego de haber atravesado el infierno varias veces. Pero ahora todo ha cambiado. Ya no está en la policía, no corre peligro, no tiene problemas económicos, vive con personas a las que ama, no tiene nada que hacer. Ahora, luego de ¿cuánto?, ¿cincuenta años?, puede darse el lujo de deprimirse, ahora los fantasmas se alzan de sus tumbas para ...