La superación de la indiferencia
eBook - ePub

La superación de la indiferencia

El sentido de la vida en tiempos de cambio

  1. 200 pages
  2. English
  3. ePUB (mobile friendly)
  4. Available on iOS & Android
eBook - ePub

La superación de la indiferencia

El sentido de la vida en tiempos de cambio

About this book

En medio de la abundancia material de los países ricos, emerge en su población un fenómeno de reacción: cada vez más personas se sienten atrapadas en una profunda incertidumbre existencial y crisis de valores. Así, la prosperidad material va ligada a un empobrecimiento espiritual y existencial, perdiendo el acceso a los valores reales de la vida. La cohesión y la responsabilidad personal, valores positivos para nosotros y la sociedad, quedan al margen y prevalecen la frialdad, el aislamiento, la soledad, el desánimo y la indiferencia.En esta obra, Alexander Batthyány analiza las causas y las razones de este fenómeno. La lectura de estas páginas ofrece claves para salir de esta indiferencia, orientadas a la práctica y basadas en diferentes evidencias científicas. Para el autor, todo ser humano está llamado a entrar en la corriente de la vida y participar de la realidad y sus posibilidades, involucrarse y ser receptivo, porque, en efecto, nuestra riqueza no viene de lo que recibimos, sino de lo que estamos dispuestos a dar.

Trusted by 375,005 students

Access to over 1.5 million titles for a fair monthly price.

Study more efficiently using our study tools.

Information

Year
2020
Print ISBN
9788425443541
eBook ISBN
9788425443558

El verdadero querer

Los sentimientos no son un fin en sí mismos

El debate previo ha demostrado que el modelo de placer-aversión no solo es psicológicamente inapropiado e incumple su promesa, sino que simple y llanamente no es realista. Pierde de vista la realidad del ser humano y las necesidades del mundo. Y como modelo que pierde de vista la realidad difícilmente nos dará instrumentos con los que poder movernos de manera segura y demostrar nuestro valor en este mundo. Porque este modelo promete y demanda un mundo que no existe, un mundo en el que los retos son una carga y el placer es aquello que pensamos que el mundo y los demás nos deben. En otras palabras, es de nuevo ese mundo que Rudolf Allers describió como el mundo del neurótico:
Conflictos y dificultades de todo tipo que en el pasado se aceptaban y reconocían como inevitables a muchos les parecen ahora molestias excesivas para su bienestar. Están convencidos de que tienen derecho a una vida fácil y no ven el conflicto como una circunstancia inevitable dentro de la realidad humana, sino como un síntoma. Y, además, rehúyen la responsabilidad que acarrea toda decisión por poco trascendental que sea. Por eso, están totalmente dispuestos a cargar a otros con la decisión. No es fácil decir si deberíamos considerar a estas personas como neuróticas […] o como personas que encuentran en el diagnóstico una excusa para su incapacidad de vivir, de la que a menudo ellas mismas son res­ponsables, y en la terapia, un compromiso entre su ambición y su cobardía (Allers, 2008: 143).
La ambición (es decir, las expectativas y las exigencias) y la evitación de todo aquello que pudiera resultar desagradable, cuando se convierten en una concepción del mundo a través del rodeo de una imagen reduccionista del ser humano, inducen a la persona a huir a toda costa de esta desgracia, ya que, obviamente, desde la perspectiva del placer y la aversión todo lo desagradable, molesto, conmovedor y existencialmente inquietante echa por tierra cualquier búsqueda de sensaciones agradables y, por lo tanto, es algo que de una manera u otra se intentará evitar.
Pero esta huida solo es necesaria mientras partamos erróneamente de la base de que todo lo desagradable es necesariamente psicológica u objetivamente equivocado e indeseable. Spaemann expuso con admirable claridad lo limitado de este punto de vista a través de sus tres preguntas –qué tipo de interés nos lleva a...–. Sigamos esta pista para continuar penetrando en la esencia de nuestra realidad vital. Porque cada vez más vemos que en nuestra búsqueda de lo que es bueno para el ser humano (y para el mundo) debemos dejar de ocuparnos exclusivamente del propio ser humano. Esto nos lleva de vuelta a esa bifurcación del camino en la que nuestra imagen del ser humano se decidió por ver el mundo simplemente como un lugar en el que poner a prueba nuestros sentimientos, pero no a la persona y sus respectivas responsabilidades.
Hemos visto hasta ahora que aquel que busque la felicidad debería buscar una razón para esta y aquel que busque la realización debería hacer algo que realmente valga la pena que exista, pues ¿en qué otra cosa debería fundarse su felicidad y su realización si no en una razón diferente a su propia felicidad y su propia realización?

Sentimientos subjetivos y sentimientos intencionales

En este sentido, el filósofo Max Scheler estableció una distinción que para nosotros supone una clave esencial y un instrumento muy útil para examinar, también en nuestro día a día, nuestros propios sentimientos y sensaciones. Se trata de la diferenciación entre sentimientos subjetivos y sentimientos intencionales. Como dijo Scheler, los sentimientos subjetivos se producen a causa de algo, mientras que los sentimientos intencionales son los que se tienen acerca de algo. Según esta distinción, los sentimientos subjetivos describen un estado emocional y, si se describen tal y como se experimentan, se describen completamente a sí mismos. Entre ellos se encuentran también esas simples sensaciones agradables que, según las teorías reduccionistas de la motivación (y, si seguimos a Allers, también según el neurótico), son el objetivo de nuestras decisiones y actuaciones. Los sentimientos objetivos, en cambio, se caracterizan por estar siempre relacionados con un objeto, con algo o con alguien externo al mero sentimiento. Son, como suele decirse, intencionados. Si partimos de la mera apariencia, es decir, si miramos tan solo al sujeto que siente y no al objeto de sus sentimientos, no siempre es fácil distinguir inmediatamente entre estos dos tipos de sentimientos. Inicialmente, ambos pueden sentirse y presentarse de manera muy similar, pero al mismo tiempo difícilmente podrían tener naturalezas y causas más diferentes.
Un ejemplo podría ser la pareja agresividad (subjetiva) e ira (intencional). La agresividad es un sentimiento estancado, belicoso, agitado y casi siempre negativo. Puede tener causas muy diferentes y, en consecuencia, hay diferentes formas de lidiar con ella. Si uno lo considera necesario y práctico, puede desahogarse golpeando almohadas, escuchando música a todo volumen o pataleando, sorteando así de forma más o menos madura su agresividad. En estos casos es relativamente insignificante cómo se haga. Cualquier objeto o actividad que nos ayude a reducir la presión sirve, siempre y cuando no nos cause ningún daño a nosotros o a otros (y siempre que sea cierta la tesis de que es necesario o simplemente posible reducir la agresividad).
Con la ira o la indignación no ocurre lo mismo. Ambas van acompañadas de la agresividad y la irritación experimentadas a nivel subjetivo, pero –y esta es la diferencia más importante– la ira tiene también un objeto, un a dónde y un de dónde. Está orientada a un objeto. Despreciamos o estamos indignados con algo o con alguien, por ejemplo, un régimen político que deja pasar hambre a la población y recorta el derecho a la libertad de expresión. Como dice Frankl, «de aquí que el lenguaje actual distinga, muy sutilmente, entre lo que se llama la justa “cólera”, como sentimiento intencional lleno de sentido ético, y el odio “ciego”, simple estado afectivo» (Frankl, 2010).
En efecto, no podemos entender la ira y la indignación si no entendemos a qué se refieren. Por lo tanto, intentar acabar con ese sentimiento –lo principal es que desaparezca– sería en este caso un error tanto del sentimiento como del objeto de la indignación. ¿Por qué? Porque de nuevo no es posible acabar con ningún problema en el mundo si solo nos ocupamos del sentimiento y pasamos por alto que ese sentimiento –precisamente como sentimiento intencional– tiene un contenido y una razón más allá de la propia experiencia emocional. El sentimiento intencional remite a una situación negativa y se refiere a algo o a alguien y no solo a aquel que lo experimenta. Dicho de otro modo, si nos anestesiamos y anestesiamos nuestros sentimientos o huimos de ellos, viéndolos solo como sentimientos, pero sin apreciar la razón subyacente, no estaremos cumpliendo con la tarea que nos plantean los sentimientos intencionales.
El siguiente ejemplo ilustra cuán bochornosamente egoísta y ajeno a la vida y a la realidad puede ser ignorar la diferencia entre sentimientos subjetivos e intencionales. Hace algunos años, trabajando en un proyecto de investigación sobre la historia del pensamiento en la psicología del siglo XX, cayó en mis manos una revista de autoayuda. Tanto en el contenido como en la estructura, se correspondía en gran parte con sus sucesoras actuales. Pero la diferencia determinante era el año de publicación, 1940, y el lugar, Berlín.
El artículo principal de la edición que tenía ante mí llevaba el título de «Encontrar la calma en tiempos revueltos. ¿Cómo es posible?» y presentaba diferentes ejercicios respiratorios y de yoga que supuestamente ayudarían a los lectores y las lectoras a «mantener la calma» en tiempos tremendamente agitados política y socialmente (Schulte, 1940: 3-4).
Ahora debemos plantearnos que, desde un punto de vista puramente subjetivo, desgraciadamente, podía ser aceptable mantener la calma, mientras en el Berlín de la década de los cuarenta del pasado siglo miles de judíos y otros vecinos perseguidos por causas políticas o religiosas perdían primero sus derechos, luego su trabajo y poco después su derecho a la vida. Pero, visto de manera objetiva, ¿quién iba a querer realmente buscar la calma justamente en esos tiempos agitados? Ciertamente, el Berlín de 1940 no era el lugar para buscar la calma personal en tiempos revueltos, mientras alrededor la civilización se erosionaba. En realidad, hubiera sido el lugar de la revolución de la conciencia, de la obligación de crear una mayor agitación. El deber de ese momento hubiera sido buscar la energía y la iniciativa necesarias en una época en la que, a pesar de todo, no había que ser un héroe para apoyar de algún modo a aquellos a quienes privaban de sus derechos ante su propia puerta.
Atender a los sentimientos intencionales significa, pues, respetar el mundo y a los demás, dejar que algo nos afecte y no solo buscar indiferentes el bienestar propio, que, como hemos visto, de todos modos, no se consigue así. Superar la indiferencia significa, en otras palabras, y no solo en este contexto, superar el egoísmo que pretende conducirnos a la comodidad de los sentimientos subjetivos a expensas de la realidad. Significa también soportar los sentimientos desagradables si vale la pena y reconocerlos como una llamada a la acción. Viktor Frankl lo expresa así:
El hombre que trata de aturdirse o distraerse cuando sufre alguna desgracia no soluciona ninguna cuestión, no borra sus desgracias, lo que borra es simplemente una de las consecuencias de la desgracia. […] Trata de huir de la realidad. Va a refugiarse, tal vez, en la embriaguez. Comete con ello un error subjetivista y hasta psicologista: al creer que con el acto emotivo al que se silenció, por así decirlo, por medio del aturdimiento, borra también del mundo el objeto mismo de la emoción, como si lo que se arrincona en la ignorancia desapareciese, por ello, de la realidad. Ni el acto de mirar una cosa da vida al objeto, ni el apartar la vista de él lo hace desaparecer; tampoco el hecho de reprimir una emoción de duelo anula la realidad deplorada (Frankl, 2010).
Por consiguiente, en el caso de los sentimientos intencionales, no se trata de observar primero el sentimiento y después valorar lo agradable o desagradable que resulta en ese momento. El sentimiento intencional es más bien una señal indicadora. Lo que importa no es tanto el aspecto y la forma de la señal ni si consideramos que estos son agradables, sino más bien lo que indica la señal. Un examen puramente intrapsíquico de nuestros sentimientos no solo no está al nivel de la información y la misión de los sentimientos intencionales y subjetivos, sino que, una vez más, no hace honor a la realidad.
Veamos un ejemplo sobre esto. Hace unos años, después de haber dado una conferencia durante un congreso en Múnich, se me acercó un joven colega y me pidió hablar conmigo un momento en privado. Me contó que su padre sufría un cáncer terminal y que, aunque la relación entre ellos era buena, ahora no conseguía ir a visitarlo. Alguna resistencia que no lograba precisar se lo impedía. Esto no le había pasado desapercibido al padre. Preguntaba siempre a su mujer y a sus otros hijos por qué su hijo menor no iba a visitarlo y buscaba cuáles podrían ser los motivos hasta que, como suele ocurrir, finalmente los encontró. Le atormentaban los numerosos pequeños malentendidos que había tenido con su hijo a lo largo de la vida, esos malentendidos que en algún momento pueden eclipsar una buena relación, pero que al mismo tiempo uno está dispuesto a perdonar. Al padre, que probablemente estaba viviendo sus últimos meses de vida, esto le pesaba en el alma. Y a mi colega también, pues cuando le pregunté por qué no intentaba aliviar de algún modo el sentimiento de culpa que esos malentendidos habían causado en su padre, escribiéndole al menos una carta o hablando con él por teléfono, me respondió con sequedad: «Usted no lo entiende. No puedo ver cómo la enfermedad ha debilitado a mi padre». Y entonces dijo la frase decisiva: «No quiero exponerme a ello. No puedo. Me duele demasiado ver a mi padre así».
Interrumpamos aquí el relato de mi colega. A nadie se le ocurriría subestimar la presión que siente el hijo. Pero, a la vista de nuestra discusión, debemos preguntarnos qué gana él con su conducta de evitación, aparte de escapar durante un tiempo breve de sentimientos desagradables. El mero hecho de rehuir a su padre y así no tener que ver su enfermedad y su fragilidad no hace que desaparezca la desgracia. El padre sigue estando enfermo, sigue muriéndose, y, aunque el hijo intente no pensar en ello, esa es la realidad y, por más que huya, no consigue hacer desaparecer el sufrimiento y la muerte de su padre. Bien al contrario, el comportamiento puramente subjetivo del hijo consigue incluso aumentar la desgracia. El padre echa de menos al hijo, experimenta una de las últimas grandes decepciones de su vida y, en su situación sumamente vulnerable, busca en sí mismo la culpa de que su hijo lo abandone en este momento trascendental de la despedida.
Pero, incluso sin esta desgracia añadida, esta conducta de mera evitación tiene un precio excesivamente alto. ¿Qué ejemplo está dando mi colega a sus propios hijos? ¿Qué pensará cuando él mismo sea viejo y débil y otros tengan que exponerse a ver su debilidad? Y, sobre todo, ¿hasta qué punto mi colega se vuelve de­pendiente de sus propios sentimientos si deja que estos decidan por él el dejar pasar sin aprovecharla una oportunidad irrepetible como la de despedirse en paz de su padre? ¿No se está demostrando así que no puede confiar en sí mismo en caso de emergencia?
Como vemos una vez más, nadie gana con el egocentrismo subjetivo y con la rápida evitación de la confrontación con el sufrimiento verdadero que lo acompaña; esto no nos hace felices ni nos hace libres. Va en contra de la realidad. No debemos subestimar la tristeza de la situación descrita por el hijo, pero tampoco el deber y la prueba de amistad, apego y fidelidad que supone hacer o soportar por una persona querida o apreciada cosas que no son especialmente agradables desde un punto de vista subjetivo, pero que sencillamente son valiosas y por ello se nos requieren en una situación determinada.
Desgraciadamente, esta historia no acabó bien. Pocas semanas después de nuestra conversación, recibí una carta de mi colega. Su padre había muerto antes de lo esperado sin que ambos hubieran mantenido una conversación liberadora. En su carta decía:
Cuánto agradecería poder volver a ver a mi padre y decírselo todo. Hablarle de mis preocupaciones por él, que confundí con mis miedos a hacerme mayor; de la despedida, que tanto me atemorizaba y que, después de haberla dejado escapar, todavía me inquieta más. Si me hubiera despedido de él en paz, como usted me dijo, ¿me sentiría hoy más aliviado? Ahora es demasiado tarde. Una y otra vez me imagino que voy a ver a mi padre y que estoy a su lado en sus últimas horas, como su médico, como su hijo. Esta oportunidad nunca volverá y yo la desperdicié. Ahora tengo que seguir viviendo sabiendo que no estuve allí.
Sin duda alguna, es un triste desenlace, pero la historia todavía no ha llegado del todo a su final. Es cierto que no acabó bien, pero no deberíamos subestimar la comprensión y el remord...

Table of contents

  1. Cubierta
  2. Portada
  3. Créditos
  4. Índice
  5. El sueño que una vez tuvimos...
  6. Querido como ser humano de principio a fin
  7. El presente está abierto
  8. La libertad, en el centro de la vida
  9. La responsabilidad, en el centro de la libertad
  10. Llegar al yo a través del mundo
  11. El verdadero querer
  12. Epílogo
  13. Agradecimientos
  14. Bibliografía
  15. Información adicional

Frequently asked questions

Yes, you can cancel anytime from the Subscription tab in your account settings on the Perlego website. Your subscription will stay active until the end of your current billing period. Learn how to cancel your subscription
No, books cannot be downloaded as external files, such as PDFs, for use outside of Perlego. However, you can download books within the Perlego app for offline reading on mobile or tablet. Learn how to download books offline
Perlego offers two plans: Essential and Complete
  • Essential is ideal for learners and professionals who enjoy exploring a wide range of subjects. Access the Essential Library with 800,000+ trusted titles and best-sellers across business, personal growth, and the humanities. Includes unlimited reading time and Standard Read Aloud voice.
  • Complete: Perfect for advanced learners and researchers needing full, unrestricted access. Unlock 1.5M+ books across hundreds of subjects, including academic and specialized titles. The Complete Plan also includes advanced features like Premium Read Aloud and Research Assistant.
Both plans are available with monthly, semester, or annual billing cycles.
We are an online textbook subscription service, where you can get access to an entire online library for less than the price of a single book per month. With over 1.5 million books across 990+ topics, we’ve got you covered! Learn about our mission
Look out for the read-aloud symbol on your next book to see if you can listen to it. The read-aloud tool reads text aloud for you, highlighting the text as it is being read. You can pause it, speed it up and slow it down. Learn more about Read Aloud
Yes! You can use the Perlego app on both iOS and Android devices to read anytime, anywhere — even offline. Perfect for commutes or when you’re on the go.
Please note we cannot support devices running on iOS 13 and Android 7 or earlier. Learn more about using the app
Yes, you can access La superación de la indiferencia by Alexander Batthyány in PDF and/or ePUB format, as well as other popular books in Psychology & History & Theory in Psychology. We have over 1.5 million books available in our catalogue for you to explore.