PRIMERA PARTE
La Residencia Rust
1
Corría una tarde de noviembre en Oxford, con el aire estancado, áspero y traicioneramente frío. Los vapores, fantasmas apáticos y apenas visibles, hacían de cuando en cuando trucos acústicos sobre la ciudad, como los técnicos aburridos que van de un panel de sonido a otro en un estudio radiofónico. Un trocito de piedra carcomida, cediendo bajo la última gota infinitesimal de ácido condensado, cayó al suelo y resonó de manera desconcertante. Las mazas de los albañiles, que reconstruían zonas al azar tras siglos de suave decadencia, golpeteaban como máquinas de escribir diminutas sumidas en un silencio envolvente. El cielo, una lámina de plomo que se oxidaba a toda prisa, se desteñía, pasando de los tonos glaucos a los cenicientos; los bordes de los halos de luz se difuminaban y, a medida que avanzaba el crepúsculo, los estilos gótico y Tudor, paladianos y venecianos, se fundían en una arquitectura onírica. Y los vapores flotantes, se diría que espoleados por la oscuridad, se deslizaban, cada vez más densos, por muros y contrafuertes, como los primeros habitantes del lugar, ataviados con hábito y capucha, volviendo a tomar posesión con la llegada de la noche.
—¡Webster!
El joven que había salido precipitadamente de la portería hizo caso omiso de la llamada. Tenía un cuerpo delgado y atlético, y un atuendo desproporcionado: alrededor del cuello se amontonaban un suéter, una toalla, un blazer y una bufanda gruesa; debajo, solo unos zapatos y unos pantalones cortos minúsculos, diseñados con la convicción de que la de estar en cuclillas es la única postura conocida por el hombre. Ese atuendo estilo peonza es propio de los remeros recién salidos del río, y no había en el joven nada insólito salvo la prisa repentina que lo poseía. Como si se le hubiese aparecido un auténtico fantasma, echó a correr. Ignorando la llamada de otro amigo, atravesó el jardín de césped del college —ruta que, de haberlo visto un catedrático con mentalidad tradicional, le habría costado cinco chelines—, se tropezó con la tortuga del college, se recompuso, esquivó con gran pericia un carrito con bollos y tostadas de anchoas, se coló por un estrecho pasaje abovedado y subió como una exhalación por una escalera oscura y antigua. Un tipo lúgubre, que el joven al que llamaron Webster siempre había tenido por un trabajador de las cocinas, y que en realidad era el profesor regio de escatología, se apartó educadamente para dejarlo pasar. Salvó los últimos peldaños de un salto, se abalanzó contra una puerta, entró a toda velocidad y se desplomó en una silla de mimbre; una silla diseñada, como sus pantalones cortos, con otra teoría: que el hombre no se sienta, sino que se encorva o se despatarra.
Gerald Winter, el catedrático que tenía asignada esa sala, observó a su jadeante visita, pronunció con una sencilla ironía la palabra «adelante» y se sirvió un muffin de un plato que había junto a la chimenea. Luego, rindiéndose al ejercicio de la hospitalidad, dijo:
—¿Muffin?
El joven cogió una mitad, y se incorporó abruptamente desde el fondo de la silla para alcanzar una taza y un platito.
—Siento muchísimo —murmuró con el clásico tono de cortesía mientras se servía el té— la brusquedad. —Se puso en pie de un salto en busca de tres terrones de azúcar. Se comió uno y echó a la taza los otros dos, salpicando. Luego volvió a sentarse, y miró con cautela a su anfitrión sin dejar de moverse, nervioso—. Lo siento muchísimo —repitió inútil y vagamente. Era un joven de boca firme y barbilla resuelta.
Winter alargó el brazo para coger el hervidor, disimulando así su mirada escudriñadora al invitado.
—Mi querido Timmy —dijo, pues solo los amigos más íntimos de Timothy Eliot tenían el privilegio de llamarlo Webster; y Winter, que no era más que su tutor, no tenía tanta intimidad—. Mi querido Timmy, no se preocupe. —Empezó a rellenar su pipa, ritual que sugería una tranquilidad compasiva. No sentía ningún apego por el papel de consejero y confidente de los jóvenes; sin embargo, solía ver cómo acababa tocándole hacer esa tarea. Los problemas materiales y espirituales subían por sus escaleras con regularidad, ora con las zancadas más inquietas, ora con las pausas más dubitativas a cada peldaño. El profesor de escatología había llegado a la conclusión de que Winter era una persona siniestramente sociable.
En realidad, era bastante tímido, y más de una vez, cuando oía esos pasos característicos, corría a refugiarse en el tejado. Pero Timothy Eliot lo había pillado, así que tuvo que preguntar:
—¿Qué pasa?
—Es la Araña.
Winter le lanzó una mirada melancólica. Lo único tedioso de Timmy era la sensibilidad crónica por esa invención inofensiva de su padre. Desde su llegada a Oxford, Timmy se había visto obligado a soportar un buen montón de bromas sobre la Araña, pues en los estudiantes suelen despertarse tipos de humor que permanecían latentes desde que dejaron sus colegios privados. Algunos, por ejemplo, se entretenían hablándole a Timmy con expresiones sacadas de lo que llamaban Diccionario Webster, es decir, usando, y a ser posible pasando desapercibidos, frases de las conversaciones más pintorescas del héroe del señor Eliot. Y también estaba la creencia solemne de que el propio Timmy era el autor de los libros, forma ingeniosa de evitar la incorrección de mofarse abiertamente del padre de alguien. Las bromas sobre Webster Eliot eran de una intermitencia meticulosa, pues de ser machaconas habrían resultado groseras, pero a veces Timmy, que solía soportarlas con relativo aplomo, se amargaba por culpa de la curiosa industria familiar que las ocasionaba. Así que Winter suspiró y dijo, seco:
—Ah, es eso. —Se sentía incapaz de ayudarlo con la Araña.
Pero Timmy negó con la cabeza.
—No son las bromas de siempre —dijo—. Está pasando algo raro en casa. Es decir, parece que a papá le está pasando algo.
Para Winter, Eliot sénior no era mucho más que un nombre y una reputación peculiar. Así pues, le pareció suficiente mostrar una preocupación de cortesía.
—¿Le está pasando algo? —murmuró.
—Se está yendo al garete.
—¿La Araña se está yendo al garete? ¿Quiere decir que lo va a dejar?
—La Araña no, papá. Quiero decir que parece estar perdiendo poco a poco la cabeza. Se está tomando algo muy a pecho. No sé muy bien qué hacer, es una situación incómoda para la familia, y he pensado que a usted se le podría ocurrir algo. —Y Timmy, con un trozo de muffin que había reservado al efecto, empezó a sopar la mantequilla que se había quedado en el plato, con unos movimientos que reflejaban las frases erráticas.
Hubo un breve silencio. Un autobús pasó por High Street y las ventanas de Winter retumbaron, furiosas; del patio interior llegaron las voces de hombres fornidos que comentaban un entrenamiento de fútbol. Winter se irguió, al sentir que ya no era decente mostrar somnolencia.
—Los hechos —dijo.
—Es muy sencillo: cree que la Araña ha cobrado vida.
—¿Que ha cobrado vida? —A pesar de su experiencia en apuros estudiantiles, Winter no pudo evitar sentirse incómodo.
—Exacto, una situación al estilo Pigmalión y Galatea. La escultura amada se mueve y cobra vida. Solo que papá no adora a la Araña, que digamos.
Winter miró a su discípulo con recelo.
—¿Y se puede saber qué ha pasado exactamente?
—Una broma, que algún auténtico imbécil le está gastando a papá. Y que le ha salido redonda, joder. —Timmy apartó el plato de muffin vacío con gesto ingrato—. Se está yendo al garete —repitió; parecía encontrar consuelo en esa frase lapidaria y fatídica.
—No será para tanto. Sea cual sea la broma, supongo que a su padre se le olvidará con el tiempo.
—No se hace una idea. La broma aún sigue.
—¡Ah! —Winter parecía desconcertado.
—Es una larga historia, empezó hace varios meses. Confío en que se haga una idea de cuánta gente puede incordiar a alguien como papá: lo leen cientos de miles de personas, y eso equivale a cientos de plastas moderados. Siempre hay unos cuantos que lo acosan. Le dicen que sus mujeres los intentan envenenar, o que sus tíos los tachan de locos; o que son perseguidos sistemáticamente por el primer ministro, o el arzobispo de Canterbury. En los viejos tiempos, a veces se quejaban de que la Araña los perseguía pistola en mano. Ya se lo imagina.
—Perfectamente. —Los fellows de los colleges de Oxford, pensó Winter, rara vez sufren esas impertinencias paranoicas, y en caso contrario se preocuparían sobremanera—. Supongo que incluso usted se ha visto un poco acosado.
—Ah, bueno. Lo pasé un poco mal en Secundaria. Me llamaban Elefante Balanceante, que era aún peor que Webster. Desde entonces no me ha preocupado mucho, la verdad. ¿Sabe que en Balliol hay un hombre cuyo padre es el mayor fabricante mundial de...
—Por supuesto, pero, volviendo a su historia...
—Bueno, lo habitual es que esos acosadores se vayan desvaneciendo. Supongo que al no recibir respuesta pasan a acosar a otra persona. He aquí una característica que convierte a este e...