Los gritos de una mujer resuenan en la espeluznante penumbra de una cámara de torturas cuando un agente se enfrenta a su primer tiroteo.
La llamada al número de emergencias a las 8:34 de la mañana podía ser desde una falsa alarma a una película de terror, pasando por cualquier solución intermedia.
voz de mujer, nerviosa, anónima: No les tomo el pelo. Esto no es una llamada de broma. Hay una mujer retenida en el 934 de Swift Avenue, encima del garaje, contra su voluntad. ¡Alguien tiene que ir rescatarla ya!
centralita: ¿Cómo se llama usted?
mujer: No puedo decírselo. Temo por mi vida.
centralita: ¿Cómo se llama ella?
mujer: Tengo que colgar.
Efectivamente, era una película de terror.
En apenas unos minutos, un agente se enfrenta a su primer tiroteo en sus doce años de carrera; la ciudad de Sheboygan, en Wisconsin, a orillas del lago Michigan, contabiliza su primera víctima mortal abatida por la policía en sus 167 años de historia; y los investigadores empiezan a desbrozar una grotesca peripecia en la que se mezclan el cautiverio, las torturas y el ansia de matar.
***
A sus treinta y seis años, el agente James Priebe, con sus dos metros de altura y más de ciento treinta kilos de músculo, recibe el aviso. La llamada también suena en las radios del sargento David Anderson y el agente Tim McMullen. Priebe se encuentra a apenas cuatro manzanas, así que es el primero en llegar, un minuto después del aviso. Es un agente agresivo que nunca rehúye una llamada peligrosa y solo hace unos meses que se desempeña en el turno de día. Ha aceptado el cambio de mala gana, temiendo echar de menos toda la acción que ha encontrado en una década trabajando en el turno de noche. Esa radiante mañana de un martes de agosto tenía que librar, pero está haciendo un turno extra.
El agente James Priebe, el sargento David Anderson y el agente Tim McMullen.
La casa de dos plantas vieja y destartalada se encuentra en Swift Avenue, en una parte degradada de la ciudad. Ocupa un solar esquinero, en lo alto de una suave pendiente desde la calle. Detrás de la casa, al mismo nivel que la calle 10, hay un garaje para dos plazas construido con bloques de hormigón. La pared del garaje que da a la casa se apoya parcialmente en un talud a la altura del patio trasero de la propiedad. Una escalera compuesta por cinco tablones comunica el patio con una puerta abuhardillada, estrecha y sin ventana que da a la planta superior del garaje.
Después de aparcar a una prudente distancia del garaje, Priebe sale del coche y se aproxima con cautela. En la rampa de acceso a la casa encuentra un Mercury Sable negro de 2004. Debajo de uno de los limpiaparabrisas ve una nota escrita a mano en la que se avisa al dueño del coche que no puede aparcar ahí y que se avisará a la grúa.
Priebe no puede ver el interior de la planta baja del garaje porque las pequeñas ventanas de ambas puertas se han pintado con spray negro desde dentro. En cambio, sí puede echar un vistazo al interior del coche. Ve unos prismáticos, embutidos entre los asientos delanteros: «Eran muy grandes, como los que usaría un acosador». También ve un bolso de mujer.
El coche está tan arrimado al talud que Priebe no puede ver la matrícula delantera. La trasera ha sido doblada para que no se pueda leer el número. La despliega haciendo palanca y llama para comprobar si hay antecedentes.
Una advertencia al dueño del coche misterioso.
El garaje escondía un terrible secreto.
Tras subir por el patio, Priebe acerca el oído a la puerta abuhardillada. No se oye nada dentro. Llama con el puño. No hay respuesta. El pomo de metal gris está rayado y aboyado. Han echado la llave. Sigue sin oír ningún movimiento dentro.
Se dirige entonces a la casa, imaginando que tal vez haya alguien que tenga la llave.
***
En el interior del loft que ocupa el garaje, las dos únicas personas en una ciudad de cincuenta mil almas que saben lo que está ocurriendo se encaminan hacia el violento clímax de una noche de brutalidad y terror.
Una de ellas es Kenneth A. Brulla, cuarenta y cuatro años de edad, dueño de varios inmuebles en alquiler en Sheboygan y con una ficha policial por numerosas infracciones menores y denuncias de lesiones a mujeres. La otra es su esposa, de quien se había separado, una rubia de cuarenta y un años a la que llamaremos Faith. Más o menos a la hora a la que el agente Priebe recibió la orden de dirigirse a Swift Avenue, se les esperaba a ambos en el centro de la ciudad para celebrar en los juzgados la última sesión de su proceso de divorcio.
En algún momento del día anterior, Brulla entró a escondidas en la casa donde vivía Faith y se escondió en armarios y trasteros mientras esperaba a que su ex se fuera a la cama. Sobre las once de la noche, cuando ella se dirigía al cuarto de baño después de fumarse el último cigarro del día en el porche de la casa, Brulla salió de pronto de un armario y la empujó contra la pared sujetándola por el cuello con el antebrazo.
Ella se resistió intentando sacarle un ojo. Pero él la amenazó con un «cuchillo de supervivencia estilo Rambo», dotado de una hoja negra de unos treinta centímetros. La visión de aquel cuchillo la paralizó. Si no le hacía caso, la amenazó, «haría daño» a sus dos hijos de una relación anterior que dormían arriba, por no hablar, pensó Faith, de lo que le haría con ese cuchillo a ella.
Entonces, le ató las manos con una «correa elástica» gruesa y se la apretó tanto que las manos se le entumecieron. Después, la obligó a salir de la casa y meterse en el Mercury Sable. Brulla se sentó al volante. Tenía a gente vigilando la casa, la advirtió. Si no contactaba con ellos cada cierto rato, los hijos de ella «lo pasarían mal».
Mientras conducía, Brulla llamó con el móvil para quedar con una mujer de cuarenta y tres años a quien consideraba su novia en aquellos momentos. Al igual que Faith, esa segunda mujer había solicitado y obtenido una orden de alejamiento contra él, pero consintió en que se vieran en una callejuela oscura. La acompañaba su hija de veinticuatro años.
Brulla dejó a Faith atada en el coche y se alejó para encontrarse con ellas, a una distancia suficiente para que no pudieran ver nada en el vehículo aparte del pelo rubio de una mujer. La «novia» de Brulla vio que este tenía un collar eléctrico de adiestramiento en la mano.
Intentó convencerla de que le acompañara, pero ella se negó a petición de su hija. En una ocasión anterior, Brulla había colocado a la mujer contra una pared y le había tirado puñales, como si fuera una actuación de circo. La hija tildaba a Ken Brulla de «perro rabioso».
Pasada la una de la noche, Brulla y Faith llegaron solos a la casa de Swift Avenue y se metieron por la callejuela que daba al garaje. Faith no conocía el sitio. Brulla sí lo conocía porque hacía poco se había planteado comprar la propiedad a su dueño, que estaba pasando aprietos económicos.
Horas antes, mientras esperaba a su exmujer escondido en la casa, Brulla se había grabado con una cámara digital recitando una furibunda letanía de agravios contra ella. Al solicitar el divorcio tras un solo año de matrimonio, Faith lo había «destrozado», insistía él, y le había arruinado la vida hasta el punto de que «nunca podría recuperarse».
Aparcados en el callejón, continuó despotricando durante tres horas, mientras iba vaciando una botella de vodka y le recordaba compungido que se habían prometido cuidar el uno del otro cuando envejecieran. Solo la dejó salir del coche para que pudiera orinar en el césped. Su...