"El libro no pretende ser una historia; la ausencia del artículo en el título intenta indicarlo. Ello es en parte debido a que, como explico en el Capítulo 1, he intentado prestar atención a aquellas influencias causales que parecen operar en el campo de las ideas independientemente de quién lee qué o escucha qué, pero también porque este libro no intenta ser totalmente comprehensivo: no he discutido el rol de los filósofos británicos Russell y Moore en la génesis de la filosofía analítica; del mismo modo, he dejado virtualmente sin mencionar tanto al Círculo de Viena como a los pragmatistas. El libro se pretende, más bien, como una serie de reflexiones sobre las raíces de la tradición analítica: observaciones que cualquier escritor de una genuina historia de esta tradición tendría, en la medida en que sean correctas, que tomar en consideración. Confío en que una historia tal se escribirá: sería fascinante".Michael Dummett, del "Prefacio"

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Orígenes de la filosofía analítica
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Analytic PhilosophyCapítulo 1
La historia de los pensadores y la historia de las ideas
Es importante para la filosofía analítica comprender su propia historia, contemplándose en el contexto de la historia general de la filosofía durante los siglos XIX y XX: ello es especialmente cierto en un momento en el cual está sufriendo profundos cambios. En lo que sigue voy a intentar explorar los orígenes de la filosofía analítica; pero esta no será una investigación histórica genuina, por dos razones.
Primero, voy a ignorar las contribuciones al nacimiento de la filosofía analítica de los filósofos británicos Russell y Moore, y me concentraré en aquellos filósofos que escriben en lengua alemana. Ello no se debe a que no piense que las contribuciones de Russell y Moore sean de una profunda importancia, sino porque ese terreno ha sido bastante bien trabajado, y porque, a pesar de la familiaridad de Russell con el trabajo de los filósofos de habla alemana, especialmente Frege y Meinong, él y Moore provienen de un ambiente filosófico muy diferente. Una grave distorsión histórica surge del frecuente hábito moderno de hablar de la filosofía analítica como “angloamericana”. Aparte de la implícita desestimación del trabajo de los filósofos escandinavos modernos, así como del más reciente interés en la filosofía analítica que ha surgido en un gran número de países europeos, incluyendo Italia, Alemania y España, esa terminología distorsiona absolutamente el contexto histórico en el cual la filosofía analítica nació, a la luz de la cual sería mejor llamarla “angloaustríaca” más que “angloamericana”. En Europa central, es decir, en la gran región cultural definida por el uso de la lengua alemana con fines de publicación, hubo a lo largo de todo el siglo XIX una gran cantidad de corrientes filosóficas diversas que, sin embargo, no fluyeron a través de canales aislados sino que se encontraron unas con otras debido a la comunicación entre los representantes de las distintas tendencias en las universidades. Más de una de esas corrientes contribuyó, en el siglo XX, a la formación de la filosofía analítica, que, antes de que Hitler llegara al poder, debía ser vista más como un fenómeno centroeuropeo que británico. El desplazamiento del centro de gravedad científico y filosófico a través del Atlántico, ahora percibido como ya consumado en los Estados Unidos, y, por cualquiera, como al menos amenazado, fue, por supuesto, principalmente un efecto a largo plazo de los eventos políticos, esto es, del régimen nazi que llevó a muchos a refugiarse en América: el proceso ahora está siendo completado por los muchos gobernantes europeos contemporáneos que se han propuesto causar el máximo daño posible a los sistemas universitarios de sus países. Ello, por supuesto, no lo hace en absoluto menos real; pero es un grave error proyectar realidades presentes sobre un pasado en el cual ellas eran inimaginables.
No es solo que me concentraré en únicamente una de las dos corrientes que dieron lugar a la filosofía analítica: apenas estaré interesado en respetar la causalidad histórica en absoluto. Una genuina investigación histórica debe evidenciar las influencias que ejercieron determinados filósofos particulares sobre otros filósofos particulares. Para establecer esto, las fechas de las publicaciones deben ser constatadas, los diarios y la correspondencia personal estudiados, incluso los catálogos de las bibliotecas deben ser examinados para descubrir qué leyeron o pudieron haber leído determinados individuos. No estaré preocupado por nada de esto, y por lo tanto la mía no es una genuina investigación histórica, al menos no una del tipo acostumbrado.
La historia de las ideas está repleta de desarrollos que no pueden ser explicados por investigaciones históricas del tipo usual. Alguien insinúa una nueva idea y la fundamenta con ciertos argumentos; poco tiempo después alguien más presenta la misma idea, apoyándola con argumentos muy similares: y sin embargo parece que el segundo no habría tenido oportunidad de leer el trabajo de aquel que se le anticipó. O, lo que es aún más notable, alguien reacciona contra, o presenta argumentos para oponerse a esa nueva idea, aunque, por otra parte, se demuestra que él no tenía conocimiento de que en realidad ella había sido anticipada por alguien más. Las ideas, como se dice, están “en el aire”. La verdadera explicación es presumiblemente que, en una cierta etapa de la historia de algún tema, las ideas se vuelven visibles, aunque solo para aquellos con una visión mental perspicaz, pero ni siquiera aquellos con la visión más aguda podrían haberla percibido en una etapa temprana. Si estamos interesados en la historia del pensamiento más que en la de los pensadores, es porque esos desarrollos son los que nos preocuparán, antes que aquellos explicables mediante una genuina investigación histórica. En cualquier caso, es esto lo que me interesará: hablaré sobre las direcciones que tomaron varias ideas filosóficas y los que fueron desarrollos legítimos a partir de ellas, sin preocuparme demasiado por quién leyó el trabajo de quién o si X derivó una cierta idea de Y o llegó a ella independientemente. No estoy despreciando la genuina investigación histórica, que sirve para satisfacer un tipo perfectamente razonable de curiosidad: simplemente me estoy comprometiendo con una discusión diferente, aunque afín.
Capítulo 2
El giro lingüístico
Lo que distingue a la filosofía analítica, en sus diversas manifestaciones, de otras escuelas es la creencia, en primer lugar, de que una explicación filosófica del pensamiento puede obtenerse a través de una explicación filosófica del lenguaje, y, en segundo lugar, que solo así puede obtenerse una explicación comprensiva. A pesar de sus amplias divergencias, el positivismo lógico, Wittgenstein en todas las etapas de su carrera, la filosofía del “lenguaje ordinario” de Oxford y la filosofía postcarnapiana en los Estados Unidos según lo representado por Quine y Davidson, todos adhirieron a estos axiomas mellizos. Cierto trabajo reciente en la tradición analítica ha invertido esta prioridad en el orden de la explicación, del lenguaje sobre el pensamiento, sosteniendo que el lenguaje solo puede ser explicado en términos de nociones dadas anteriormente de distintos tipos de pensamientos, considerados independientemente de su expresión lingüística. Un buen ejemplo de esta nueva tendencia es el libro póstumo de Gareth Evans,7 donde ensaya una explicación, independiente del lenguaje, de qué es pensar acerca de un objeto de varios modos, para luego explicar los diferentes significados verbales de efectuar referencia a un objeto en términos de esos modos de pensar al respecto. Según mi caracterización, por lo tanto, Evans ya no era un filósofo analítico. Se encontraba, en efecto, directamente dentro de la tradición analítica: los tres pilares sobre los que descansa su libro son Russell, Moore y Frege. Sin embargo, es solo como perteneciente a esta tradición –en tanto adopta un cierto estilo filosófico y apela a ciertos escritores más que a otros– que pertenece a la tradición analítica.
En esta caracterización, por lo tanto, la filosofía analítica nació cuando se produjo el “giro lingüístico”. Este no fue, por supuesto, adoptado uniformemente por todos los grupos de filósofos en todo momento: pero el primer ejemplo claro que conozco es Die Grundlagen der Arithmetik8 de Frege en 1884. En un punto crucial del libro, Frege plantea la pregunta kantiana: “¿Cómo nos son dados los números, aceptando que no tenemos idea o intuición de ellos?”. Su respuesta depende del celebrado principio del contexto, que él había establecido en la Introducción como uno de los principios metodológicos fundamentales a ser seguidos en el libro. El principio del contexto es, sin embargo, formulado como uno que gobierna una investigación sobre el lenguaje más que sobre modos de pensamiento. Si este hubiera sido formulado del último modo, habría que decir que no hay tal cosa como pensar sobre un objeto salvo en el curso de pensar algo específico acerca de él. La respuesta de Frege a su pregunta kantiana podría en este caso haber sido que los números nos son dados a través de nuestra captación de pensamientos completos sobre ellos: la investigación podría entonces haber procedido preguntando sobre lo que está involucrado en la captación de tales pensamientos. El principio del contexto no está formulado de ese modo, no obstante, sino como la tesis de que es solo dentro del contexto de una oración que una palabra tiene significado: la investigación por lo tanto toma la forma de preguntar cómo podemos fijar los sentidos de las oraciones que contienen términos acerca de números. Una indagación epistemológica (detrás de la cual descansa una ontológica) debe ser respondida mediante una investigación lingüística.
No se ofrece justificación alguna para el giro lingüístico en Grundlagen: simplemente se lo adopta como el modo más natural en que se despliega la investigación filosófica. Y así, como parte de su desarrollo filosófico, Frege insistió cada vez más en que los pensamientos, y no las oraciones que los expresan, forman su verdadera temática. El lenguaje natural llegó a parecerle más un obstáculo que una guía en las investigaciones lógicas y filosóficas. Así sucedió especialmente después de darse cuenta de que no tenía una solución satisfactoria para la paradoja de Russell, y que por lo tanto había fracasado en lo que él mismo había establecido como la obra de su vida, fundamentar la teoría y el análisis aritmético sobre bases indisputablemente sólidas. Esto ocurrió en agosto de 1906; y a partir de entonces rechazó toda su concepción anterior sobre los objetos lógicos, incluyendo las clases (extensiones de los conceptos), culpando al lenguaje por la ilusión de su existencia generada por la posibilidad de formar términos singulares aparentes de la forma “la extensión del concepto F”. Así, en noviembre de 1906 le escribió a Husserl que “la tarea principal de la lógica consiste en liberarla del lenguaje”,9 y en el artículo “Erkenntnisquellen”, completado en el último año de su vida, afirmó que “una gran parte del trabajo del filósofo consiste en… una lucha con el lenguaje”.10
¿Había sido una aberración, entonces, el giro lingüístico dado en Grundlagen? ¿Frege se había anticipado inadvertidamente a la filosofía analítica, pero subsecuentemente se ubicó en otro camino? Un diagnóstico tal es superficial. Después de todo, mientras que es en los escritos de su período tardío (mediados de 1906 hasta su muerte) que encontramos las denuncias más vehementes contra el lenguaje natural, es también en los escritos de ese período que encontramos la mayor insistencia en el reflejo de los pensamientos por las oraciones. “La oración puede ser considerada como una imagen del pensamiento en que la relación entre la parte y el todo dentro del pensamiento corresponde en general a la misma relación entre la parte de la oración y la oración”, escribió Frege en sus notas para Darmstaedter.11 El lenguaje podrá ser un espejo que distorsiona: pero es el único espejo que tenemos.
Aquello que, sobre todo, provoca que el diagnóstico propuesto sea superficial es la presencia en la filosofía de Frege de corrientes profundas que conducen la investigación acerca de los pensamientos a través del análisis del lenguaje. Resulta claro que él mismo no tenía plena conciencia de la confianza en esa dirección, que proviene de algunas de sus doctrinas, pero que fue obstaculizada por otras. En Grundlagen su actitud hacia el lenguaje no estaba todavía perturbada por los sentimientos ambivalentes que después desarrolló; pero el giro lingüístico que aconteció en ese libro representa fielmente la tendencia general de su pensamiento, una tendencia oscurecida pero no eliminada por las reservas sobre la confianza en las formas lingüísticas que posteriormente expresó.
Tengo que discutir tres características de la filosofía de Frege que hacen del giro lingüístico un desarrollo natural de ella, aunque él nunca haya reconocido explícitamente que tenga ese carácter.
1) El discernimiento de los sentidos constituyentes como partes de un pensamiento es parasitario de la aprehensión de la estructura de la oración que lo expresa. Frege reivindicó que la estructura de un pensamiento debe estar reflejada en la estructura de una oración que la expresa, y en verdad esto parece esencial a la noción de expresar un pensamiento, como algo distinto de meramente codificarlo. Pero, a la inversa, es difícil de explicar qué se entiende al hablar sobre la estructura de un pensamiento sin aludir a su expresión verbal. No pretendo sugerir que la noción relevante de estructura de una oración sea accesible sin considerar su sentido: por el contrario, el análisis sintáctico debe ser llevado a cabo con un ojo en la explicación semántica subsiguiente sobre cómo se determina la oración como verdadera o falsa de acuerdo con su composición. Las dos nociones, la de la estructura de la oración y la de la estructura del pensamiento, deben ser desarrolladas en conjunto. Pero esto es suficiente para anular la concepción de un estudio de la estructura de pensamientos llevado a cabo sin referencia alguna a sus expresiones lingüísticas. Esto, a la inversa, no derrumba la concepción de un estudio sobre el lenguaje independientemente de un estudio directo sobre los pensamientos, considerados como no mediados por el lenguaje. La oración expresa un pensamiento en virtud de la posesión de propiedades semánticas, de ser evaluable por ciertos medios como verdadera o falsa. El pensamiento es captado en la captación de las propiedades semánticas de la oración: hablar de la estructura del pensamiento es hablar de la interrelación semántica de las partes de la oración.
En especial ello es cierto con respecto a la idea principal de Frege de extraer un concepto (en el sentido de “concepto” previo a 1890) mediante la descomposición de un pensamiento completo. El proceso fue descrito originalmente en sus Begriffsschrift como aplicado a una oración12 pero, como le comentó a Russell en una carta de julio, 1902, “a la descomposición de la oración se corresponde una descomposición del pensamiento”.13 No debe hacerse ninguna objeción a la descomposición del pensamiento de la que habla Frege: pero es muy dudoso que la noción pueda ser explicada salvo por referencia a la oración. Porque el proceso, como se aplica a la oración, implica la selección, no solo para un nombre propio que se encuentra en ella, sino para las particulares apariciones de ese nombre, y su reemplazo en aquellas apariciones por algún otro término: es bastante poco claro que cualquier explicación pueda ser dada de “aparición” del sentido de un nombre dentro de un pensamiento sin haber hecho una transacción con la forma de su expresión lingüística.
2) Frege sostuvo que es el pensamiento quien ante todo dice ser verdadero o falso, la oración es denominada verdadera o falsa solo en un sentido derivado; y, ya que para Frege la referencia de la oración es su valor veritativo, ello significa que es el sentido de la oración aquello que en primer lugar tiene la referencia, y la oración la tiene solo de manera derivada. Puso poco énfasis en la generalización de este principio para todas las expresiones, pero lo hizo reconociéndolo como correcto: consiguientemente, por ejemplo, es el sentido de un nombre propio, más que el nombre propio mismo, el que en primer lugar refiere al objeto.
En la práctica, sin embargo, Frege nunca se ajustó a ese orden de prioridad cuando expuso la distinción entre sentido y referencia. En primer lugar, nunca introduce la noción de sentido, explicando subsecuentemente la referencia como una característica de los sentidos: primero habla de la expresión como teniendo referencia, y también procede a argumentar que ad...
Table of contents
- Cubierta
- Portada
- Sobre el autor
- Índice
- Introducción. Pensar dentro y más allá de la tradición: el caso Dummett
- Prólogo
- Orígenes de la filosofía analítica
- Prefacio
- Capítulo 1. La historia de los pensadores y la historia de las ideas
- Capítulo 2. El giro lingüístico
- Capítulo 3. Verdad y significado
- Capítulo 4. La exclusión de los pensamientos de la mente
- Capítulo 5. El legado de Brentano
- Capítulo 6. La visión de Husserl sobre el significado
- Capítulo 7. Sentido sin referencia
- Capítulo 8. Noemata e idealismo
- Capítulo 9. Frege sobre la percepción
- Capítulo 10. Captando un pensamiento
- Capítulo 11. Husserl sobre la percepción: la generalización del significado
- Capítulo 12. Proto-pensamientos
- Capítulo 13. Pensamiento y lenguaje
- Capítulo 14. Conclusión: ¿una metodología o un tema?
- Apéndice. Entrevista
- Créditos
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