1995
La vida nunca había obligado a Laura a adentrarse a solas en territorios inexplorados, y las escasas ocasiones en que había decidido hacerlo a lo largo de los años había salido muy bien parada. Por ejemplo, en el caso de Associated Value. Pensaba en todo el dinero que había ahorrado comprando allí. Un orgullo parecido sintió al descubrir la Escuela para el Individuo Ético, un internado progresista situado en Vermont del que nadie había oído hablar.
Incapaz de dormir, se había puesto a leer el New Yorker en la cama y, aburrida por un artículo sobre el inminente juicio de O. J. Simpson, su mirada vagó por la página hasta encontrar una viñeta cómica en la que un zorro era entrevistado por una oca para un trabajo de oficina; y después hasta los márgenes donde, en varios recuadros, se anunciaban las diversas frivolidades habituales: vacaciones en yate, placas conmemorativas, sombreros hechos a mano. Al final de la página había un pequeño anuncio, que casi pasa por alto, en el que se leía: «En lugar de respuestas, una escuela debería enseñar a sus alumnos a hacer preguntas».
Laura se sintió intrigada, de modo que a la mañana siguiente llamó a la Escuela para el Individuo Ético y pidió un folleto informativo. Llegó una semana más tarde.
—¿Qué es esto? —preguntó Emma, mientras curioseaba ente el correo después de clase.
—Es una escuela de Vermont —dijo Laura—. Me pareció que podría interesarte.
—¿Un internado?
—No es el típico internado.
Emma parecía desconcertada.
—¿Quieres que vaya a un internado?
—Por supuesto que no —respondió Laura—. La idea de separarme de ti me pone muy triste. Es solo que vi el anuncio en el New Yorker y me pareció el tipo de sitio... No sé, todavía estás en séptimo, pero pensé que quizá más adelante... te gustaría valorar otras opciones a la hora de elegir instituto.
Emma se llevó el folleto a su habitación. Dos horas más tarde se encontró con Laura en la sala de estar.
—Tienen octavo curso —anunció—. Podría empezar el año que viene.
—¿Octavo? —repitió Laura—. ¿Estás segura? Me parece demasiado pronto.
Emma asintió y le enseñó una página del catálogo.
—El plazo para las preinscripciones termina el próximo lunes —dijo.
—¿Quedan cuatro días?
—Once días —respondió Emma—. No es este lunes sino el siguiente.
—Bueno, pues es una pena —dijo Laura—. Este tipo de cosas llevan su tiempo. Tendremos que pedirles que nos envíen un impreso de solicitud y habrá formularios que rellenar, además tendremos que dar parte en Winthrop e imagino que tendrás que escribir un ensayo...
—Lo sé —contestó Emma—. Ya he empezado a escribirlo.
—¿Qué?
—He llamado a la secretaría para pedir un impreso de preinscripción —dijo Emma— y la mujer me dijo por teléfono cuál era el tema del ensayo... Fue muy amable —añadió con suavidad, mientras se enrollaba un mechón de pelo en el dedo—. El tema es muy fácil; solo tengo que explicar por qué quiero estudiar allí.
Ese fin de semana fueron en coche a visitar las instalaciones y pasaron la noche en la casa de invitados de la escuela, que estaba situada entre la oficina de Admisiones y el gallinero. Además de gallinas, en el campus había llamas, ovejas, patos y cabras, cuyo cuidado corría a cargo de los estudiantes. El profesorado y el resto del personal se trataban por su nombre de pila e iban vestidos con pantalones vaqueros y botas de montaña. A Emma le sorprendió lo serios y amables que le parecieron los estudiantes, y al verla dejaban lo que estuvieran haciendo para saludarla e intentar que se sintiera bienvenida. Lo cierto es que el entusiasmo que mostraban por su escuela no parecía propio de adolescentes.
Laura quedó encantada y gratamente impresionada en todos los aspectos.
—Creo que deberías preinscribirte en noveno curso —le dijo a Emma cuando se subieron al coche—. Desde el punto de vista emocional, estarás más preparada para irte de casa.
—Ya estoy preparada —contestó Emma.
Laura sintió que se le encogía el corazón al ver a Emma salir por fin de su cuarto, con la carta que había llegado esa tarde en la mano y los ojos llorosos.
—Son idiotas —dijo Laura, sacudiendo la cabeza, aunque una parte de ella estaba egoístamente aliviada—. ¡Necios! Ellos se lo pierden.
—No, mamá —respondió Emma, parpadeando con fuerza—. Me quieren. Me han aceptado.
En el pasado, Douglas siempre se había reunido de forman individual con sus hijos para tratar asuntos financieros, pero ese año decidió hacerlo con los dos a la vez y también con Stephanie. Los cuatro concertaron una comida a mitad de semana en Serafina.
—Este año vamos a tener que apretarnos un poco el cinturón —les anunció en cuanto se sentaron.
—Lo sé, papá —dijo Nicholas con gesto adusto—. Nos daremos de baja en el Lawrence Beach Club.
—¿Eso lo paga papá? —dijo Laura, alcanzado la cesta del pan—. No lo sabía.
—Como que tú no aceptas donaciones ocasionales —respondió Nicholas.
—Para cosas necesarias, por supuesto. No para gastos frívolos —dijo ella, masticando—. Por ejemplo, nada más entrar le pagué al encargado parte de la reserva para la fiesta de despedida de Emma... —Laura hizo una pausa para tragar un bocado y de paso para darle la oportunidad a Douglas de ofrecerse a reembolsarle el dinero. Al ver que no decía nada, continuó—: No sé si habéis recibido ya las invitaciones, pero se celebrará en una sala privada del primer piso. De todas formas, chico, no ha sido ninguna limosna. Esta será la última comida de la que disfrutaré en mucho tiempo, eso seguro.
Nadie dijo nada mientras les servían té helado.
—De todas formas, no dudo que tu cuota anual de la LBS sea escanda...