LIBRO UNO
Té en el Sahara
Lo que tiene nuestro destino de nuestro y de distinto es lo que tiene de parecido con nuestro propio recuerdo.
Eduardo Mallea
I
Despertó, abrió los ojos. La habitación no le era familiar; estaba demasiado absorto en el no-ser del que acababa de llegar. Si carecía de energía suficiente para determinar su posición en el tiempo y el espacio, también le faltaban las ganas. Estaba en alguna parte, había regresado, atravesando vastas regiones, desde ninguna parte; existía en la médula de su conciencia la certeza de una tristeza infinita, pero tranquilizadora, porque era lo único que le resultaba familiar. No necesitaba otro consuelo. Con extremo bienestar, extrema relajación, permaneció absolutamente quieto durante un rato, y luego se sumió en uno de esos duermevelas que se producen tras haber conciliado un sueño largo, profundo. De pronto abrió de nuevo los ojos y miró su reloj de pulsera. Fue un acto del todo inconsciente, pues ver la hora solo logró confundirlo. Se irguió, echó una mirada por la habitación cursi, se llevó la mano a la frente y, suspirando hondo, se dejó caer de nuevo en la cama. Pero ahora estaba despierto; pocos segundos después supo dónde estaba, sabía que era avanzada la tarde y que había dormido desde el almuerzo. En la habitación contigua oía a su esposa deslizar las babuchas por el liso piso enlosado, y el sonido le tranquilizó, pues había alcanzado otro nivel de conciencia en que la mera certidumbre de estar vivo no era suficiente. Pero qué difícil se le hacía aceptar aquella habitación alta y angosta, aquel techo con vigas, aquellos enormes y apáticos motivos ornamentales estarcidos en distintos colores por las paredes, aquella ventana cerrada de cristales rojos y naranjas. Bostezó: no había aire en la habitación. Más tarde bajaría del alto lecho y abriría la ventana de golpe, y en aquel momento, recordaría el sueño. Porque, aunque no lograba recordar ningún detalle, sabía que había soñado. Del otro lado de la ventana estarían el aire, las azoteas, la ciudad, el mar. El viento de la tarde le refrescaría el rostro mientras estuviera allí mirando, y en aquel momento, llegaría el sueño. De momento solo podía seguir estirado, respirando despacio, casi a punto de dormirse otra vez, paralizado en el cuarto sin aire, sin esperar el crepúsculo, pero permaneciendo quieto hasta que llegara.
II
En la terraza del Café d’Eckmühl-Noiseux había unos cuantos árabes sentados, bebiendo agua mineral; solo los feces de distintas tonalidades de rojo los distinguían del resto de la población portuaria. Sus ropas europeas estaban ajadas y grises; habría sido difícil distinguir el corte original de cualquier prenda. Los niños limpiabotas, casi desnudos, se acuclillaban en sus cajas con la vista clavada en el pavimento, sin energía suficiente para ahuyentar con la mano las moscas que paseaban por sus caras. En el interior del bar el aire era más fresco, pero no circulaba, y olía a vino rancio y a orín.
A la mesa, en la esquina más oscura, se hallaban sentados tres norteamericanos: dos muchachos y una joven. Conversaban tranquilamente, como quienes tienen todo el tiempo del mundo para todo. Uno de los hombres, el flaco de rostro algo torcido y consternado, doblaba unos grandes mapas multicolores que un momento antes había desplegado sobre la mesa. Su esposa observaba sus meticulosos movimientos divertida y exasperada; los mapas le aburrían y el los consultaba a cada rato. Aun en los breves períodos en que sus vidas se hallaban estacionarias, bastante escasos desde su boda doce años antes, bastaba con que viese un mapa para que se pusiera a estudiarlo con pasión, y luego, casi siempre, se ponía a planear un viaje nuevo, imposible, que a veces acababa convirtiéndose en realidad. No se consideraba turista; era un viajero. La diferencia, explicaba, radica en parte en el tiempo. Mientras que el turista suele apresurarse a volver a casa al cabo de pocas semanas o pocos meses, el viajero, sin pertenecer más a un lugar que a otro, se desplaza despacio y durante un período de años desde una parte de la tierra hasta la otra. En efecto, le habría costado mucho decir, entre los diversos lugares donde había vivido, en cuál se había sentido precisamente más en casa. Antes de la guerra eran Europa y Oriente Próximo, durante la guerra fueron las Antillas y Sudamérica. Y ella lo había seguido sin reiterar sus quejas ni con demasiada frecuencia ni con demasiada amargura.
En aquel momento acababan de atravesar el Atlántico por primera vez desde 1939, con una gran cantidad de equipaje y con la intención de hallarse lo más lejos posible de los lugares tocados por la guerra. Pues, como mantenía él, otra diferencia importante entre un turista y un viajero es que el primero acepta sin reservas su propia civilización; no así el viajero, quien la compara con las demás y rechaza aquellos elementos que no son de su agrado. Y la guerra era una faceta de la era mecanizada que él quería olvidar.
En Nueva York habían descubierto que África del Norte era uno de los pocos destinos al que podían permitirse comprar un pasaje de barco. Desde sus primeras visitas en sus años de estudiante en París y Madrid, le había parecido un lugar probable donde pasar alrededor de un año; en cualquier caso estaba cerca de España e Italia, y siempre podían cruzar allí si aquello no salía bien. El día anterior, el pequeño carguero les había expulsado de su cómodo buche sobre las calientes dársenas del puerto, donde, sudorosos y ceñudos por la ansiedad, transcurrió mucho tiempo antes que nadie les prestase la menor atención. De pie bajo el sol abrasador, había sentido la tentación de regresar al buque e intentar sacar un pasaje en el próximo barco a Estambul, pero habría sido difícil hacerlo sin perder la cara, pues era él quien les había inducido a seguirlo África del Norte. Se limitó a pasear una mirada flemática de un extremo al otro del muelle, hizo algunas observaciones razonablemente poco halagüeñas acerca del lugar y lo dejó así, decidiendo en silencio que se dirigiría al interior lo antes posible.
El otro hombre sentado a la mesa, cuando no hablaba, silbaba por lo bajo pequeñas melodías interminables. Era unos años más joven, más fornido y despampanantemente guapo a su manera Paramount tardía, como solía decirle la joven. En general su rostro liso no ofrecía expresiones de ningún tipo, aunque los rasgos estaban formados de tal manera que, en reposo, sugerían una insulsa satisfacción.
Miraban absortos el fulgor polvoriento de la tarde calle adentro.
—No cabe duda de que la guerra ha dejado aquí su huella.
Pequeña, de pelo rubio y tez cetrina, la intensidad de su mirada la salvaba de ser bonita. Tras verle los ojos, el resto de su rostro se volvía vago, y cuando después uno intentaba recordar su imagen, no quedaba sino la penetrante e interrogativa violencia de sus ojazos.
—Es natural. Las tropas pasaron por aquí durante un año o más.
—Podría haber habido algún lugar en el mundo que dejasen en paz —dijo la joven.
Quería complacer a su marido, porque sentía haberse enfadado con él minutos antes por los mapas. Él, reconociendo el gesto, pero sin entender por qué lo hacía, no le prestó atención.
El otro hombre se rio con condescendencia, y el marido se le unió.
—¿En beneficio tuyo? —dijo el marido.
—En el nuestro. Sabes que odias todo esto tanto como yo.
—¿Qué es todo esto? —reclamó él a la defensiva—. Si te refieres a esta catástrofe incolora que se autodenomina ciudad, sí. Pero prefiero a años luz estar aquí que de regreso en los Estados Unidos.
Ella se apresuró a coincidir.
—Oh, por supuesto. Pero no me refería a este lugar ni a ningún otro en particular. Me refiero a las cosas horribles que suceden después de cada guerra, en todas partes.
—Vamos, Kit —dijo el otro hombre—. No recuerdas ninguna otra guerra.
Ella no le prestó atención.
—Las gentes de cada país cada día se parecen más a las de cualquier otro. No tienen ni carácter ni belleza ni ideales ni cultura… nada de nada.
Su marido extendió el brazo y le dio unas palmaditas en la mano.
—Tienes razón —dijo sonriendo—. Está poniéndose todo gris, y se pondrá aún más gris. Pero algunos lugares soportan la enfermedad más tiempo del que crees. Ya verás, aquí en el Sahara…
Del otro lado de la calle una radio proyectaba los gritos histéricos de una soprano de coloratura. Kit se estremeció.
—Démonos prisa en llegar allí —dijo—. Quizá escaparíamos de eso.
Escuchaban fascinados mientras el aria, que tocaba a su fin, entraba en los ortodoxos preparativos de la inevitable última nota.
En aquel momento Kit dijo:
—Ahora que eso ha terminado, tengo que tomarme otra botella de Oulmès.
—Dios mío, ¿más de ese gas? Despegarás.
—Lo sé, Tunner —dijo ella—, pero no puedo quitarme el agua de la cabeza. Mire lo que mire, me da sed. Por una vez siento que podría dejar de beber alcohol para siempre. No puedo beber con el calor.
—¿Otro Pernod? —le dijo Tunner a Port.
Kit frunció el ceño.
—Si fuera Pernod de verdad…
—No está mal —dijo Tunner, mientras el camarero colocaba una botella de agua mineral sobre la mesa.
—Ce n’est pas du vrai Pernod?
—Si, si, c’est du Pernod —dijo el camarero.
—Tomemos otro trago —dijo Port.
Clavaba la mirada en su vaso, tontamente. Nadie habló mientras el camarero se retiraba. La soprano inició otra aria.
—¡Ha vuelto a arrancar! —gritó Tunner.
Durante unos momentos el estruendo de un tranvía que atravesaba la terraza de fuera, haciendo sonar la campanilla, ahogó la música. Protegidos por el toldo, vieron un atisbo del vehículo abierto al pasar zarandeándose bajo el sol. Iba atestado de gente andrajosa.
Port dijo:
—Ayer tuve un sueño extraño. He estado intentando recordarlo, y acabo de hacerlo en este minuto.
—¡No! —exclamó Kit enérgicamente—. ¡Los sueños son tan aburridos! ¡Por favor!
—¡No quieres oírlo! —rio—. Pero te lo contaré de todos modos.
Dijo esto último con una cierta ferocidad, que en la superficie parecía fingida, pero Kit percibió, mirando su marido, que en realidad disimulaba la violencia que sentía. Calló los reproches que tenía en la punta de la lengua.
—Seré rápido —sonrió—. Sé que si me escuchas me haces un favor, pero no puedo recordarlo con solo pensar en él. Era de día y estaba en un tren que iba cobrando velocidad. Pensé para mis adentros: “Vamos a estrellarnos contra un gran lecho con sábanas como montañas”.
Tunner dijo con malicia:
—Consúltese el Diccionario gitano de los sueños de Madame La Hiff.
—Cállate. Y pensaba que si quisiera podría volver a vivir, empezar desde el principio y llegar hasta el mero presente, teniendo punto por punto la misma vida, hasta el más nimio detalle.
Kit cerró los ojos disgustada.
—¿Qué te pasa? —reclamó Port.
—Pienso que es en extremo desconsiderado y egoísta de tu parte insistir en el sueño cuando sabes lo aburrido que es para nosotros.
—Pero a mí me divierte mucho —sonrió alegre—. Y apuesto a que además Tunner quiere oírlo. ¿Verdad?
Tunner sonrió.
—Los sueños son lo mío. Me sé el La Hiff de memoria.
Kit abrió un ojo y lo miró. Llegaron las bebidas.
—Así que me dije a mí mismo: “¡No! ¡No!”. Me horrorizaba la idea de revivir todos aquellos miedos y daños abominables, en detalle. Y luego, sin motivo, miré por la ventana los árboles y me oí decir: “¡Sí!”. Porque sabía que podría volver a pasar por todo aquello solo para oler la primavera como cuando era niño. Pero entonces me di cuenta de que era demasiado tarde, porque mientras pensaba “¡No!” había levantado la mano y me había arrancado los incisivos como si fueran de yeso. El tren se había detenido, yo tenía mis dientes en la mano y prorrumpí en sollozos. ¿Saben?, ¿esos terribles sollozos de los sueños que nos sacuden como un terremoto?
Kit se levantó de la mesa con torpeza y se dirigió a una puerta ...