Hay crímenes que desafían la lógica. Su rango de singularidad abre la puerta a una historia mayor. A un caso de esta naturaleza se enfrenta el inspector Izidine Naíta. Es un policía de ciudad y debe investigar el asesinato del director de un asilo, albergado en un edificio que fue una legendaria fortaleza, ubicada lejos de la modernidad urbana. El país es Mozambique; el año, 1976. Poco tiempo atrás hubo una revolución, entre otras misiones, que aspira a dejar atrás la cultura ancestral, los mitos y las leyendas. La primera sorpresa surge en los interrogatorios: cada uno de los sospechosos se declara culpable; cada uno detalla las buenas razones que lo llevaron a cometer el crimen. El inspector no tiene más remedio que investigarlos, hurgar en el pasado de sus vidas y de la región; vale decir, en el Mozambique que la revolución quiere sepultar. No se dará tan fácilmente por vencido. Mientras avanza la investigación, el relato se puebla de episodios fabulosos y violentos. Un fallecido vuelve brevemente a la vida porque no ha muerto "bien" y puede convertirse en héroe nacional, las leyendas populares se imponen a la investigación detectivesca, y la tradición del lugar, una tradición donde la fantasía y la magia son aliadas y hermanas de la mera realidad y no rivales, se convierte en actor principal.Solo un escritor como Mia Couto, de una destreza narrativa notable, puede convertir una trama policial en una impecable y sorprendente novela sobre el destino de un país. Su escritura diáfana, su magistral manejo de los tonos, sumerge al lector en un palpitante y colorido misterio. Al cabo, en La terraza del frangipani el crimen primordial no es el del director del asilo, sino el pasado de un pueblo, aquello que se quiere eliminar.

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La terraza del frangipani
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Crime & Mystery LiteratureIndex
LiteratureNoveno capítulo
La confesión de Nãozinha
Soy Nãozinha, la hechicera. Mis recuerdos son difíciles de llamar. No me pida desenterrar pasados. ¿La serpiente traga su propia saliva? ¿Tengo que hablar, para obedecerle? Es verdad. Pero quede sabiendo, señor. Nadie obedece sino fingiendo. No le imponga una orden a mi alma. Si no, quien va a hablar es solo mi cuerpo.
Primero, le digo: no deberíamos hablar así, de noche. Cuando se cuentan cosas en la oscuridad, nacen mutilados. Cuando termine mi historia, todos los mutilados del mundo estarán suspendidos sobre ese árbol en el que usted se apoya. ¿No tiene miedo? Lo sé, usted, aun siendo negro, es de allá de la ciudad. No sabe ni respeta.
Vamos entonces a excavar en ese cementerio. Digo bien: cementerio. Todos los que amé están muertos. Mi memoria es una tumba en la que me voy enterrando a mí misma. Mis recuerdos son seres muertos, sepultados no en tierra sino en agua. Revuelvo esa agua y todo se enrojece.
¿Le inspiro miedo? Por esa misma razón, el miedo, fui echada de mi casa. Me acusaron de hechicería. Según la tradición, allá en nuestras aldeas, una vieja siempre corre el riesgo de ser vista como hechicera. También yo fui acusada, injustamente. Me culparon de muertes que ocurrían en nuestra familia. Fui expulsada. Sufrí. Nosotras, las mujeres, estamos siempre bajo la sombra de la espada: impedidas de vivir, mientras jóvenes; acusadas de no morir, cuando ya viejas.
Pero hoy me aprovecho de esa acusación. Me conviene que piensen que soy hechicera. Así me recelan, no me golpean, no me empujan. ¿Me entiende? Mis poderes nacen de la mentira. Todo esto tiene su razón: mi vida fue un camino contracorriente, un mar que desaguó en un río. Sí, yo fui mujer de mi padre. Entiéndame bien. No fui yo quien durmió con él. Fue él quien me durmió.
Tengo que demorar ese recuerdo. Disculpe, señor inspector, pero debo volver a recordar a mi padre. ¿Por qué? Porque yo misma maté al mulato Excelêncio. ¿Se sorprende? Pues le digo, ahora: ese demonio tenía el espíritu de mi padre. Tuve que matarlo porque él era un simple brazo ejecutando los deseos de mi padre muerto. Es por eso: para hablar de ese Vasto Excelêncio, que en paz descanse, debo hablar primero de mi padre. ¿Puedo demorarme en él, en los viejos tiempos? Le pido permiso porque usted empezó con órdenes, incluso antes de que yo abriera la boca. No quiero perderle el tiempo, pero usted no va a entender nada si no me hundo en mis recuerdos. Es que las cosas empiezan incluso antes de nacer.
Mi padre sufría una demoniación. Siempre que estaba por hacer el amor se quedaba ciego. Tocaba un cuerpo de mujer y perdía la vista. Cansado, mi padre consultó al hechicero. No eran solo esas cegueras momentáneas que le preocupaban. Estaba sintiéndose apretado, en medio de tanto mundo. Fue así que se decidió a acostar su vida en la estera del nhamussoro. Lo que el otro le dijo fueron garantías de riqueza. Y le anticipó promesas: ¿mi viejo quería alcanzar la tranquilidad de la abundancia? Entonces, debía tomar a su hija mayor, yo misma, y comenzar un romance con ella. Así nomás: transitar de padre a marido, de pariente a amante.
–¿Seducirla? –preguntó mi padre.
–Sí, seducirla a ella, justamente –respondió el nhamussoro.
–Pero ¿si ella no me acepta?
–Va a aceptar, después de beber los remedios que te voy a dar.
–¿No son peligrosos?
–Esos remedios alejan la boca del corazón. Ella va a aceptar.
–¿Y en caso de que no?
–En caso de que no… es mejor que no lo pensemos porque, en ese caso, tendrás que morir.
Mi viejo tragó saliva. ¿Morir? Aturditonto, aún dudó. Pero ¿qué otra cosa podía hacer? La cosa le resultó, pues, aceptable. Volvió a casa y fui justo yo, su hija destinada, quien le abrió la puerta. En aquel momento, a contraluz del xipefo, ¿sabe lo que él vio? Me vio a mí, entera. Le pareció que yo estaba desvestida.
–Nãozinha: ¿estás sin ropa?
Solo pude reírme. ¿Sin ropa? Y sacudí la capulana para que él viera mis ropas. Pero, en aquella confusión, la capulana se soltó y quedaron a la vista mis senos, mi piel que, en aquel tiempo, era una invitación a los dedos. En aquel instante, sucedió que él me dejó de ver. Mi padre perdía la visión. Quería decir: su hija varona ya le resultaba deseable, igual que cualquier otra mujer. Estudió el camino con las manos, como un ciego. Quería apoyarse en la puerta, pero, en vez de eso, me tocó los hombros. Y sintió mi escalofrío.
–Padre, ¿te sientes bien?
–Ayúdame a entrar, es solo el exceso de oscuridad.
Al día siguiente, él me dio las bebidas que el curandero había preparado. No pregunté qué era aquello. Mis ojos estaban llenos de duda, simplemente bajé la cabeza. No ingerí enseguida la bebida. Me quedé parada, como si adivinase lo que iría a suceder.
–¿Puedo beberlo mañana?
–Puedes, hija. Bebe cuando sientas deseo.
Comenzó entonces el romance. Mi padre fue, al final, mi primer hombre. Pero, debo confesar algo: nunca bebí la poción. La calabaza del hechicero estuvo durante años esperando por mis labios. Mi viejo siempre creyó que yo estaba bajo el cuidado de los espíritus y que actuaba bajo el mando de los remedios. Sin embargo, mi único remedio fui yo misma.
Y así me sucedí, esposa e hija, hasta que mi viejo murió. Se colgó como un murciélago, en desmayo de una rama desfrutecida. Vino el poniente. Vino la asombrable sombra: la noche. Pasaron las horas y él balanceándose en la oscuridad. La oscuridad balanceándose dentro de mí. No me dejaron verlo. En ese tiempo, estaba prohibido que los niños vieran a los fallecidos. Usted sabe, la muerte es como una desnudez: después de verla, se la quiere tocar. De mi padre no quedó ninguna imagen, ningún rastro de su presencia. Siguiendo las antiguas costumbres, todas las pertenencias, incluyendo fotografías, eran enterradas con el difunto.
Así, quedé huérfana y viuda. Ahora soy vieja, flaca y oscura como la noche en que el mutilado quedó ciego. Oscuridad que no viene de la raza sino de la tristeza. Mas qué importa todo eso, cada cual tiene tristezas que son más grandes que la humanidad. Pero yo tengo un secreto, mío y único. Los viejos aquí saben, nadie más. Se lo cuento ahora, pero no es para escribir en ninguna parte. Escuche bien: cada noche, me convierto en agua, me traspaso a líquido. Mi cama es, por esa razón, una bañera. Hasta los otros viejos vinieron a presenciarlo: me acuesto y comienzo transpirando en abundancia, la carne traduciéndose en sudores. Chorreo, liquideshecha. Aquello duele tanto de ver que los otros se retiran, medrosos. No hubo nunca quien asistiera hasta el final cuando me desvanecía, transparente, en la bañera.
¿Usted no me cree? Venga a verme, entonces. Esta misma noche, después de esta charla. ¿Tiene miedo? No recele. Porque, en cuanto amanece, se rehace mi sustancia. Primero, se conforman los ojos, como peces sumergidos en improvisado acuario. Después, se componen la boca, el rostro, todo lo demás. Lo último son las manos, que se resisten a atravesar esa frontera. Algún día, las manos seguirán siendo agua. ¡Qué bueno sería no volver!
A decir verdad, solo me siento feliz cuando me voy aguando. En ese estado en que me duermo, estoy dispensada de soñar: el agua no tiene pasado. Para el río, todo es hoy, ola que pasa sin haber pasado nunca. Hay una adivinanza que dice así: “¿A quién puedes golpear sin nunca lastimar?”. ¿Sabe usted la respuesta?
Yo le respondo: al agua puede golpearse, sin causarle herida. A mí, la vida puede golpearme cuando soy agua. Ojalá yo pudiese residir para siempre en líquida materia esparciéndose, río en estuario, mar en infinito. Ni arruga, ni dolor, bien protegidita por el tiempo. Pero dejemos mis devaneos. No fue para esto que me ordenó hablar. Usted solo quiere saber de hechos, ¿no? Pues, a ellos regreso.
Aquella noche, me dirigía a mi bañera cuando encontré a Nhonhoso y Xidimingo durmiendo en la terraza. Estaban enredados uno con otro, se calentaban. Pero aquel sereno no era bueno para sus edades. Los desperté suavemente. Nhonhoso fue el primero en reaccionar. Cuando descubrió al viejo Mourão anidado en su regazo, comenzó a gritar. Con brusquedad, empujó a Xidimingo al suelo. El blanco se despertó de golpe, atontado:
–¿Qué es eso, Nhonhoso, estás loco?
–Es que pensé que estabas muerto.
–¿Y entonces, me empujas así?
Yo entendía el miedo de Nhonhoso. Aquel anciano no derrochaba corazón. No se puede dejar a alguien extinguirse en nuestro regazo, enfriarse junto a nuestro cuerpo. Los muertos se agarran al alma y nos arrastran con ellos a las profundidades. Aquí, en este asilo, se muere tanto que, a veces, me pregunto: ¿para qué sirven los muertos? Sí, tanta gente ahí, abonando la tierra. ¿El señor inspector sabe la razón del amontonamiento de los fallecidos? Yo, por mi parte, llegué a una conclusión: los muertos sirven para pudrir la piel de este mundo, de este mundo que es como un fruto con pulpa y carozo. Es necesario que caiga la cáscara para que la parte de adentro pueda salir. Nosotros, los vivos y los muertos, estamos desenterrando ese carozo donde viven admirables maravillaciones. Disculpe, inspector, me fui por las ramas. Vuelvo a nuestro asunto, a aquella noche en que encontré a los dos viejos. Me acuerdo de haberles preguntado:
–¿Ustedes dos están como para quedarse ahí, durmiendo afuera?
–Mira, Nãozinha, déjanos aquí nomás, hoy no tenemos ganas de quedarnos allá junto a los vejestorios…
–Soy yo la que tengo que dormir sin falta en mi bañera. Si no, también me quedaba aquí…
Los dos se rieron, aliviados al ver que me alejaba. Como todos los demás, ellos también creían que yo era una hechicera. Imaginaban que había sido yo quien había encomendado la muerte de mi marido, mis hijos. Pensaban que había matado a mi padre para quedarme con mi marido, que había matado a mi marido para quedarme con mis hijos, que había matado a los hijos para quedarme con los nietos. Que pensaran lo que quisieran.
Aquella noche, me demoré en la compañía de esos dos viejos. También vi a Marta llegar y extenderse, desnuda, en pleno suelo. Nhonhoso y Mourão habían intercambiado menudencias. Fue cuando llegó el director mulato. Nos llamó a los tres, ordenó que lo acompañásemos a su gabinete. Era allí donde se dedicaba a sus maldades. Nos...
Table of contents
- Cubierta
- Portada
- Sobre este libro
- Créditos
- Índice
- Nota del traductor
- Epígrafe
- Primer capítulo. El sueño del muerto
- Segundo capítulo. Debut entre los vivientes
- Tercer capítulo. La confesión de Navaia
- Cuarto capítulo. Segundo día entre los vivientes
- Quinto capítulo. La confesión del viejo portugués
- Sexto capítulo. Tercer día entre los vivientes
- Séptimo capítulo. La confesión de Nhonhoso
- Octavo capítulo. Cuarto día entre los vivientes
- Noveno capítulo. La confesión de Nãozinha
- Décimo capítulo. Quinto día entre los vivientes
- Undécimo capítulo. La carta de Ernestina
- Duodécimo capítulo. De regreso al cielo
- Décimo tercer capítulo. La confesión de Marta
- Decimocuarto capítulo. La revelación
- Decimoquinto capítulo. El último sueño
- Glosario
- Notas del traductor
- Sobre el autor
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