Así nacieron los tangos
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Así nacieron los tangos

Francisco García Jiménez, Pedro Olgo Ochoa

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Así nacieron los tangos

Francisco García Jiménez, Pedro Olgo Ochoa

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Este libro se ha transformado, con el paso el tiempo, en un clásico de la bibliografía tanguera. De sus páginas surgen, con la sintética vividez de los pantallazos cinematográficos, las biografías de sesenta y cinco tangos memorables. Esta nueva edición, corregida y anotada por Pedro Ochoa, añade, además, valiosas ilustraciones y fotografías de la época.

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El entrerriano


Sobre el fin de siglo, el tango es segura clave de atracción en la nocturna vida alegre. El marco de arrabal sórdido se disuelve al ensancharse. La viñeta de sobresalto empieza a retroceder al dominio de la anécdota. El primitivo patio térreo de la pulpería corralera, el cuchillero que baila visteando y la “prienda” que revolea polleras almidonadas, sin dejar de pervivir, están superados en las etapas alcanzadas pronto por una melodía que gana con facilidad la entraña.
Las casas de baile –o “las casitas”, en un lenguaje de entendimiento– donde el tango hace triángulo indisoluble con sexo y alcohol, se abren para clientelas de distintas categorías, según estén en la Ensenada o en Palermo; según admitan la timba “mistonga” y el riesgo de algún lío con puñaladita… o sean regidas por patronas duchas en contentar clientes de rumbo y evitar motivos de escándalo. En estas últimas “casitas” –que constituyen en cierto modo el paso anterior al cabaret importado– se sirven manjares y licores, no faltan concurrentes de avería (que aquí se cuidan de esconder las uñas), y hacen la fuerza del negocio los distinguidos habitués masculinos y las decorativas damiselas “sin compromisos”.

Recorriendo el espinel

En las noches del caduco siglo diecinueve, cuando astrólogos y astrónomos venían anunciando el fin del mundo –que en las chácharas populares era “la fin”–, cada punto cardinal de Buenos Aires tenía un imán fiestero para calaveras consuetudinarios y para quienes, sin serlo, anduviesen “con ganas de guerra”. A cada imantado lo esperaba la coquetería cautivante de una mujer… con la bienvenida de un abrazo en un tango.
A “recorrer el espinel” de esas casas del radio porteño, iban los nocharniegos ocupando elásticas “victorias de plaza” con ruedas de llantas blancas y rayos amarillos, cuya yunta trotadora manejaba por lo común un moreno cochero de galerita gris y mazamorrera risa, que se sabía al dedillo todas las estaciones que debía hacer en su viaje hacia los cuatro puntos cardinales de lo equívoco.
Un pianista de campechana nombradía era siempre el gran sacerdote pagano que oficiaba el ritual tanguero en esos templetes de la farra corrida. Su feligresía giraba, entre “sentadas” y “medias lunas”, alrededor del ara de su teclado. La índole reservada de las “casitas” ponía en su aptitud unitaria la responsabilidad filarmónica. Bastaban sus dedos y pies ubicuos para extraer de marfiles y pedales todo el sabroso e indispensable condimento musical. El “virtuoso” no tenía papel pentagramado en el atril. Las más de las veces era analfabeto para tal lectura, porque la música propia se la volcaba de adentro el repentino, y si era ajena la llevaba prendida al “óido” magnético.
Tanto los juveniles bailarines incansables como los apacibles oyentes obesos de las “casitas”, tenían sus predilectos pianistas, que además ostentaban condignas credenciales en la creación tanguista. En lo de “la parda” Adelina, el sitial podía pertenecer a Bevilacqua, el del tango Independencia. En lo de Concepción Amaya, al pibe Roncallo, autor del No crea, rubio. En lo de “la china” Rosa tecleaba lindamente el “yony” Harold, uno de los poquitos que sabía leer en el pentagrama. En lo de Laura –calle Paraguay llegando a Centro América (hoy, Pueyrredón)– se floreaba Campoamor, con su crédito La cara de la luna, para “jailaifes” asiduos. En lo de María “la vasca” –calle Europa (hoy, Carlos Calvo) número 2721–, que en campanillas no le iba en zaga a la anterior, el morocho Rosendo Mendizábal (1868-1913) refirmaba la potestad del tango con su flamante y consagratoria composición que es el tema de esta evocación.

“Se lo dedico, señor”

En esas tenidas de vicios caros y livianos amoríos, la fama de Mendizábal se había afincado primero por su manera inimitable de tocar las milongas en el piano, manejando una zurda generosa de bordones. Cuando sus dedos corrían como tarántulas por las teclas, el piso tornábase terreno prohibido para los lerdos y predio exclusivo de los firuleteros. Hasta que una noche de 1897, el moreno pianista realiza una trasmutación chisporroteante de compases. Embravecido pirotécnico del teclado, Rosendo se lanza a unos entrecruzados fuegos de artificio. Plantea y resuelve la composición viril, sin flojeras ni resuellos. De una hebra tomada y retomada de punta a punta, sin solución de continuidad, estremeciendo los cimientos de la casita de la calle Europa, desde la cancela de hierro calado en arabescos, hasta los macetones floridos del traspatio.
Gracias al 'ex libris' que figura en el ejemplar que se conserva en la Academia Nacional del Tango, sabemos que la partitura es de 1908 o anterior. Es la edición más antigua de la que se tiene noticia pero no se sabe el año de su impresión (la tradición dice que 'El Entrerriano' fue estrenado en 1897). “Entrerriano” está escrito con una sola ere (como si fuera “entre riano”) y la composición está firmada con el pseudónimo usual de Mendizábal: 'A. Rosendo'.
Gracias al ex libris que figura en el ejemplar que se conserva en la Academia Nacional del Tango, sabemos que la partitura es de 1908 o anterior. Es la edición más antigua de la que se tiene noticia pero no se sabe el año de su impresión (la tradición dice que El Entrerriano fue estrenado en 1897). “Entrerriano” está escrito con una sola ere (como si fuera “entre riano”) y la composición está firmada con el pseudónimo usual de Mendizábal: “A. Rosendo”.
En la alta noche de la farra, el tango arrollador es un trampolín hacia el disloque. Un señorón hacendado del litoral, cuya periódica presencia de manirroto concita las mayores atenciones de la vasca María, pone el remache dorado a los aplausos y exclamaciones aprobatorias:
—¡Bravo, Rosendo! ¡Qué tangazo le ha salido!
—Se lo dedico, señor –dice el moreno, con amplia sonrisa.
—¡Muy bien, negro! –salta la avispada vasca–. Le pones de nombre El entrerriano.
El hacendado asiente, halagado por el homenaje. De su billetera sale un “canario” (¡aquel papel de cien, tan rendidor como el de cien mil de hoy!) que va a alegrar el fláccido bolsillo de Rosendo.
Los dedos múltiples de este repiten la orgía de compases. Oírlo es una gloria. Mendizábal hace vibrar el teclado, levantando a los muertos y empujando a bailar a los paralíticos. Ya nació y tiene nombre su tangazo. Es El entrerriano, desde esa noche y para siempre.

Don Juan


Dentro de lo que me permite el espacio, quiero aprovechar esta crónica para hacer una referencia más o menos circunstanciada del local que los porteños del 900 llamaron “lo de Hansen”, con llana elipsis.
Sintetizaré el comienzo de una nota de Ricardo M. Llanes, cordial evocador del pasado de Buenos Aires, en el libro y el periodismo: “En los últimos años del siglo pasado, y en los primeros del presente, la entrada principal a los jardines del Parque Tres de Febrero y a sus construcciones –una de ellas, la del Pabellón de los Lagos– eran los Portones de Palermo, a los que la voz corriente ubicaba con solo decir los Portones. Su conjunto no guardaba un estilo puro ni definido, pues así como presentaba elementos clásicos, dejaba ver otros barrocos. Con todo, los Portones daban una de las notas elegantes y de buen gusto, y tanto que, con un poco de imaginación, resultaban hermosos, con la donosura de lo versallesco. Y ahora la memoria se complace en reflejarnos aquella impresión cuya imagen ha permanecido inalterable: éramos niños, y en compañía de nuestros padres acabábamos de tomar el té en el Restaurante del Parque Tres de Febrero…”.
Hasta aquí, no más, mi estimado amigo Llanes. Ha puesto usted el dedo en la llaga, para lo que a mí me interesa contarles a los lectores de esta crónica.

Tardes inofensivas y noches entreveradas

Ese Restaurante del Parque Tres de Febrero (situado en el actual cruce de las avenidas Sarmiento y Figueroa Alcorta) donde se tomaban los inofensivos y “chics” tés de la tarde, al borde mismo de un tradicional paseo de coches por el bosque, era precisamente “lo de Hansen” en las noches entreveradas de ese tiempo. Estaba dentro de los que fueran extensos dominios de Juan Manuel de Rosas rodeando su posesión de San Benito de Palermo, que, a casi veinte años de Caseros, en 1870, albergaría hasta 1892 al Colegio Militar y al anexo regimiento 1º de artillería. Lo cual sembró allí una profusión de ranchos habitados por las mal afamadas “chinas cuarteleras”. Sobre el comienzo del nuevo siglo, la augural afición al deporte por parte de algunas figuras distinguidas de la época y la predilección que mostraron por el lugar las damas y los niños, varió su fisonomía. El Hipódromo Argentino, el Velódromo, el circuito de bicicletas K.D.T., los senderos para jinetes y el “skating” del Pabellón de las Rosas, formaron un jalonado contorno que iba desde la avenida Alvear (hoy, del Libertador) hasta las callejuelas del bosque.
Pero si el lugar había cambiado con la práctica del “sport” en horas diurnas, se tornó en la noche el punto de cita para bailar tango y hacer bulla, dos fórmulas prácticas en las cuales entraba por mucho la indispensable dosis de audacia. Los apacibles refrigerios que de mañana y de tarde despachaba el sueco J. Hansen en su restaurante, y los que en análoga forma se servían en el recreo Belvedere –próximo al Velódromo– y en los pintorescos locales llamados El Tambito y El Quiosquito, adquirieron en la nocturnidad la encendida promoción alcohólica y las competencias amatorias y danzantes de parroquianos de opuestas categorías.
En muy especial modo, la jarana escandalosa le perteneció a las glorietas de Hansen, ornadas de farolitos de colores, donde se bailaba al son de las orquestillas más duchas en el tango “canyengue”. Dice Manuel Castro –otro agudo memorista del Buenos Aires de antes–: “Nunca vimos bailes de concurrencia más abigarrada y dispar: endomingadas chinitas de los alrededores y rubias francesas del Royal o el Petit Salón, milicos y cosacos de los cuarteles vecinos en traje de particular, pesados arrabaleros y niños bien”.
Hasta la medianoche, esos pesados y esos niños se repartían por otros lugares de la ciudad donde se bailaba el tango; pero luego, en la alta noche, eran las glorietas de Hansen las que recogían a los dispersos “seguidores”, mezclando “patota” elegante y. “barra” compadrona.
La tradición quiere que 'Don Juan' fue creado entre 1898 y 1900. La ilustración de la segunda edición de la partitura, realizado por E. Caviglia, está fechada en 1910. Lleva la letra de Podestá y es una edición de “propiedad reservada” del autor. Es decir que la autogestión en el tango no es cosa nueva. Lamentablemente no tenemos noticia de que se hayan conservado ejemplares de la primera edición.
La tradición quiere que Don Juan fue creado entre 1898 y 1900. La ilustración de la segunda edición de la partitura, realizado por E. Caviglia, está fechada en 1910. Lleva la letra de Podestá y es una edición de “propiedad reservada” del autor. Es decir que la autogestión en el tango no es cosa nueva. Lamentablemente no tenemos noticia de que se hayan conservado ejemplares de la primera edición.
Solo el anuncio perentorio del lucero del alba apagaba en Hansen el ascua ardiente del ruidoso festejo; de los amores “fáciles”, que son, por paradoja, los más dificultados por celos y recelos; de la competencia tanguista, a la que, en el tiempo a que me refiero, ponía sabroso ingrediente musical el trío del violinista Ponzio (1885-1934) –o sea, “el pibe” Ernesto, mil veces mentado–, con “el tano” Vicente Pecce en la flauta y “el cieguito” Aspiazú en la guitarra.

El gallardete sonoro de Hansen

Contertulio de arrastre, en esas noches, era don Juan Cabello, hombre ubicuo, de gran ascendiente, de criolla sutileza, que sabía darse con los dos juegos de la baraja social y vencía cualquier resistencia con su doble facultad de hacerse simpático y temido. A ese personaje dedicó el pibe Ernesto un tango de remachados compases, que obtuvo el unánime favor de la efervescente clientela de Hansen. Por de contado que se tituló Don Juan y fue gallardete sonoro del reducto palermitano. Salpicada su melodía de esos muelles mecimientos sensuales y súbitos arrestos de roncador que siguen siendo hoy su fuerte atractivo, una letrilla incipiente que le acomodaron se aprontó para amagar y herir, como un chuzo parlero esgrimido por las dos clases entreveradas en el baile. Al elegante de pechera dura, le dedicaba este alarde:
Me yamo don Juan Cabeyo;
anoteseló en el cueyo…
Del bailarín compadrito tomó la fanfarrona personería:
En el tango soy tan taura
que cuando hago un doble corte
corre la voz por el norte
si es que m’encuentro en el sur…

Borrón y cuenta nueva

El “fin de fiesta” de Hansen era el acostumbrado. Peleaban la “barra” y la “patota”. Fariñera legendaria contra boxeo importado. Había lastimados, por los dos bandos. Entre algún tirito al aire, se ahogaban gritos de mujeres; y en coches que tomaban dispares rumbos, se alejaban vociferando los antagonistas. Ponzio, Pecce y Aspiazú ponían a resguardo sus instrumentos y sus físicos. El sueco Hansen se hacía el ídem, dando explicaciones a la demorada autoridad complaciente… y allí no había pasado nada.
A la noche siguiente volverían a sonar con igual temple los tangos del trío, y las parejas entusiastas seguirían “sacándole viruta al piso”.

El choclo


Cualquier paseo retrospectivo por las calles funámbulas del tango, debe culminar en una cita entrañable con Ángel Villoldo (1864-1919). Este hombre de mostachos tan frondosos como cortito chambergo, hizo de todo en su vida: desde changuero hasta músico, desde cuarteador de los “tránguays” de caballos hasta tipógrafo, desde payaso de circo a cronista de diarios. Lo mismo escribió la letra de La morocha –insospechablemente perdurable– que unas fugaces estrofas carnavalescas para la comparsa Los Nenes de Mamá ...

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