La casa de la araña
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La casa de la araña

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La casa de la araña

About this book

Ambientada en Fez, Marruecos, durante el levantamiento nacionalista de 1954, La casa de la araña es quizás la novela más bella y sutil de Paul Bowles. También es, sin duda, la más política y visionaria. Escrita en 1955, detecta con maestría las irresolubles tensiones del mundo árabe, las mismas que estallarán varias décadas más tarde.La trama reúne a tres personajes disímiles: John Stenham, un escritor norteamericano devoto de la antigua cultura del lugar y que detesta al imperialismo francés que por entonces dominaba Marruecos; Polly Veyron, turista norteamericana de buena conciencia que defiende el desarrollo de los países oprimidos, y Amar, un muchacho marroquí analfabeto que se gana la vida en la calle, un musulmán ortodoxo que desprecia por igual el progresismo impío de los revolucionarios y la ocupación colonial.En una ciudad asediada por la violencia, cuya intensidad se palpita en magnificas descripciones, a través de ese trío que persigue ideales inconciliables, todos en buena medida imposibles de alcanzar, Paul Bowles articula los temas centrales de su literatura, la soledad, las vivencias de los expatriados y la incomprensión entre personas de distintas culturas, con la potencia de un thriller político. La casa de la araña, por su ambición narrativa y por un resultado que está a la altura de esa ambición, por su continua perspicacia psicológica, esta considerada una obra maestra.

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Information

Publisher
EDHASA
eBook ISBN
9789876286251
Year
2021

Libro cuarto

Las escaleras ascendentes

Un preguntador preguntó acerca del destino fatídico que Alá, Señor de las Escaleras Ascendentes, reserva a los infieles, un destino del que ninguno de ellos puede escapar.
El Corán

Capítulo 24

El hombre y la mujer permanecieron allí un momento, mientras el qaouaji cerraba la puerta y echaba el cerrojo tras ellos. Las carreras de los soldados desde los camiones a la barricada que estaban construyendo al pie de la gran puerta habían levantado una nube de polvo sobre la plaza. Amar estaba pensando: “Alá es todopoderoso”. Una vez más, Él había intervenido en su favor. Ahora, al recordar los acontecimientos de las dos o tres últimas horas, le parecía recordar que ya desde el primer momento en que el hombre había entrado en el café había notado una extraña luz alrededor de su cabeza. Un segundo después había visto que se trataba tan sólo del destello de sus rubios cabellos. Pero ahora que sus dos destinos estaban indisolublemente unidos, recordó la luminosidad que había brillado en el aire al lado de la cabeza del hombre y prefería interpretarlo como un signo que Alá le proporcionaba para indicarle el camino que debía seguir. Era su propio poder secreto, se dijo a sí mismo, lo que había hecho posible reconocer la señal y comportarse en consecuencia. Desde el instante en que había visto el gesto adusto del hombre mirándole por la ventana, cuando estaba sentado al borde de la piscina, había sabido que podría –‍si así lo quería‍– contar con su protección. Era incluso factible que lograra, además, añadir lo suficiente a sus ahorros para comprarse un par de zapatos. Pero era esta una consideración de segundo orden de la que se sintió avergonzado tan pronto como se le ocurrió. “No quiero los zapatos”, le dijo a Alá mientras atravesaban la plaza. “Lo único que quiero es quedarme con los nazarenos y obedecer sus órdenes hasta que pueda volver a casa.”
El hecho de que fuera la mujer quien hubiera formulado la sugerencia de llevarle al hotel no tenía mayor importancia: la horma de la vida era tal que las mujeres estaban en la tierra sólo para llevar a cabo los mandatos del hombre, y aunque pudiera parecer que una mujer estaba imponiendo sus deseos, era siempre la voluntad del hombre lo que se hacía, ya que Alá se expresaba tan sólo a través de los hombres. “Y cuán acertadamente”, pensó Amar, contemplando con aversión los ligeros vestidos que lucía aquella mujer y el modo desvergonzado en que paseaba su garbo al lado del hombre, como si fuera lo más normal del mundo estar en la calle vestida de aquella manera.
Habían llegado a una hilera de policías apostados junto a la salida de la plaza. El hombre estaba hablando con ellos. Uno de los policías señalaba a Amar. Este supuso que el hombre estaba explicándoles que era su criado, pues, en última instancia, cualesquiera dificultades que se hubieran planteado habían quedado resueltas y los franceses parecían satisfechos. Dos de los hombres de uniforme comenzaron a andar a su lado, de modo que el grupo ascendía ya a cinco personas, todos ellos subiendo la larga avenida que había entre las murallas en dirección a la puesta de sol.
Había soldados en todas partes; caminaban por los jardines públicos bajo los naranjos, estaban apoyados contra el muro a lo largo del río, se pavoneaban entre las tumbonas volcadas en los cafés del parque y permanecían en posición de firmes mirando furiosamente a ambos lados del gran portal que conducía al antiguo palacio del Sultán. Unos pocos eran franceses, pero la mayoría eran bereberes malencarados, con la cabeza afeitada y ojos pequeños y rasgados. Habían ayudado a los franceses en Indochina, y ahora volvían a ayudarles en su tierra natal en la lucha contra sus propios compatriotas. Amar sintió que su corazón se inflamaba de odio al pasar a su lado, pero intentó pensar en otra cosa, por miedo a que los franceses que les acompañaban sintieran la fuerza de su rencor. El hombre y la mujer iban hablando animadamente cuando doblaron hacia la larga avenida de Fez-Djedid, y de vez en cuando incluso se reían, como si no tuvieran presente que la muerte estaba por doquier a su alrededor, tras los muros de las casas y en los callejones bañados por la luz crepuscular, a su izquierda, a su derecha. Acaso no sabían siquiera lo que estaba sucediendo: ellos pertenecían a otro mundo, y los franceses les mostraban respeto.
Al llegar a la mitad del camino hacia Bab Semmarine, la calle empezó a mostrar un aspecto algo más normal. Aquí los grandes cafés argelinos estaban a rebosar, las llamas de las lámparas parpadeaban sobre los rostros de los clientes que degustaban su té, algunas tiendas de ropa estaban abiertas, grupos numerosos de hombres y muchachos recorrían la calle arriba y abajo hablando con gran excitación, pero la policía impedía que se detuvieran, instándoles con bruscos ademanes una y otra vez a que se movieran: “Allez! Zid! Zid! Vas-y!”. Fue en aquella parte de la ciudad donde Amar se dio cuenta de improviso de que había alguien caminando a sus espaldas, y pronunciaba su nombre en un susurro: “Amar! Yah, Amar!”. La voz era profunda, suave, resonante; era Benani. Pero al recordar el aviso que este le había transmitido la noche anterior, previniéndole de que no atravesara las murallas de la Medina, optó por fingir que no oía nada, y siguió andando tan cerca del cristiano como le era posible. Pese a ello la voz continuaba pronunciando su nombre con gran discreción, tal vez a un par de metros de distancia, entre el vocerío de la multitud, sin aumentar el volumen o modificar su inflexión.
“Conque así son ellos”, pensó cínicamente. Se suponía que Amar debía estar dentro de la Medina y esperar a que los franceses le dispararan o le llevaran a la cárcel, mientras los miembros del partido, una vez fraguado el problema, se cuidaban muy mucho de quedarse fuera, gozando con ello de absoluta libertad.
En un café situado a la derecha del camino varios argelinos estaban cantando, agrupados alrededor de un joven que tocaba un oud. Los dos turistas pretendían quedarse allí un momento para escuchar, pero los policías no se lo permitieron, y más bien les alentaron a que se dieran prisa para llegar cuanto antes a Bab Semmarine. Fue en el momento de pasar debajo del primer arco, mientras aguantaban la respiración para no percibir la violenta acometida del hedor procedente de los urinarios públicos, cuando la insistente voz se hizo más acuciante. “¡Amar!”, decía. “No te vuelvas. Está bien; ya sé que me oyes.” (Amar miró tímidamente al policía de su izquierda, luego al de su derecha. En apariencia, ninguno de ellos entendía árabe, y aunque así hubiera sido, era poco probable que pudieran oír y reconocer aquella voz aislada en medio del tumulto.) “¡Amar! Recuerda que no tienes lengua. Nosotros...” El sonido retumbante de un carruaje que pasaba por el túnel abovedado ocultó el resto del mensaje. Cuando llegaron al otro arco y se vieron de nuevo en el espacio abierto, la voz había desaparecido. Aquel mal sueño se había disipado con la admonición de guardar silencio; Benani suponía que los dos extranjeros y él estaban bajo arresto.
La rue Bou Khessissate estaba casi desierta, los escaparates habían sido cubiertos con listones de madera, y las ventanas de los apartamentos de los pisos superiores, donde vivían las familias judías más afortunadas, tenían los postigos echados. Mientras recorrían briosamente la larga y sinuosa calle, Amar veía de vez en cuando detrás de las persianas entreabiertas una corpulenta matrona con su tocado de flecos en la cabeza y una lámpara en la mano, mirando hacia la calle con ojos ansiosos. Sin duda se preguntaban si aquello que tanto temían los judíos en épocas de crisis podía llegar a suceder –‍que los exasperados musulmanes, frustrados por su impotencia para desquitarse de los cristianos, pudieran desahogar una parte de su rabia por medio del tradicional ataque contra la Mellah‍–‍. Ciertamente no había nada que lo impidiera si tal deseo llegaba a apoderarse de ellos: un simbólico destacamento de la policía, compuesto en su mayor parte por los propios judíos, y un pequeño coche de radio-patrulla estacionado en el interior de Bab Chorfa, que la turba podría haber volcado con una mano si le venía en gana. Amar se preguntó si los jóvenes árabes acudirían esa noche a matar a los hombres y violar a las mujeres (porque aunque no fuera un espléndido triunfo violar a una chica judía, seguía siendo un hecho que unas cuantas de ellas eran vírgenes, y ello constituía un atractivo innegable por sí mismo); mas su intuición le dijo que en esta oportunidad no sería igual que otras veces, que el Istiqlal promulgaría directrices especiales prohibiendo tan inútiles excesos. Por el momento se sentía muy superior: caminaba con dos nazarenos, y podía contar con su protección. Entonces se acordó de aquel viejo refrán: “Puedes compartir la comida de un judío, pero no su cama. Puedes compartir la cama de un cristiano, pero no su comida”, y se preguntó si tendría que compartir la cama de aquel hombre. Se sabía a ciencia cierta que a muchos cristianos les gustaban los jóvenes árabes. Si el cristiano le atacaba, le plantaría cara; de eso estaba seguro. Pero no creía probable que ocurriera tal cosa.
Cuando llegaron a la Place du Commerce, descubrió que la feria que ocupaba la plaza la noche anterior había sido desmantelada casi por completo. Aun en la oscuridad, con ayuda de linternas y lámparas de carburo, los trabajadores estaban doblando a toda prisa los endebles tabiques, embalando los aparatos mecánicos y amontonando todo en los camiones que habían estado aparcados detrás de los puestos. Había varios taxis en el otro extremo de la plaza. Los policías les condujeron hasta el primero de ellos, y cuando Amar y los dos turistas se acomodaron en el interior, uno de ellos se subió al lado del conductor. El otro retrocedió, saludó y dijo al hombre que llevaba el vehículo que pusiera rumbo al Mérinides Palace. Amar no cabía en sí de gozo. No había estado nunca en un taxi, ni tampoco, de hecho, en un automóvil común –‍sólo en autobuses y camiones, y nadie podía negar que estos pequeños vehículos iban mucho más rápido‍–‍. Los pequeños chalés de las afueras pasaban ante sus ojos a gran velocidad, después el estadio y el paso a nivel del tren, y allí estaban, a un lado, las grandes murallas, intactas, con los huertos del Sultán en el interior; al otro, la amplia y desolada planicie.
Hasta ese momento, el hombre había evitado meticulosamente hablar una sola vez con Amar, y este supuso que no quería que la policía supiera que entendía el árabe. De vez en cuando la mujer le dirigía una sonrisa de ánimo, como si pensara que él podía tener miedo por encontrarse al lado de extranjeros. Cada vez que ella obraba así, él le devolvía una sonrisa de cortesía. Sabía que estaban hablando de él en aquel momento, pero lo hacían en su propio idioma, y no le parecía mal.
Fuera de Bab Segma había gran actividad. Sobre el polvo que levantaban los vehículos en movimiento, los haces de varios reflectores de gran potencia se cruzaban entre sí, creando un dibujo que se complicaba aún más al mezclarse con los faros de los camiones y furgonetas. A medida que el taxi se aproximaba a la puerta, Amar vio una hilera de tanquetas alineadas contra el muro. Una duda fatídica y repentina se apoderó de él. Era perfectamente inútil esta absurda huida que estaba llevando a cabo, alejándose de su propia gente para internarse en un recinto extranjero, lleno de extranjeros. Incluso si la policía no le sacaba del coche aquí en Bab Segma, o en algún otro punto de la carretera, o en Bab Jamaï, a buen seguro le detendrían en el hotel. E incluso si la amable señorita y el caballero se las arreglaban para protegerle durante un cierto período de tiempo, antes o después llegaría un instante en que se encontraría a solas momentáneamente, y era todo lo que necesitaban los franceses. No cabía duda de que sería más sospechoso a sus ojos por haber estado con los dos forasteros.
El taxi torció a la izquierda, subió la colina que conducía a la entrada de la Casbah Cherarda, donde estaban acuarteladas las tropas senegalesas. Aquí también había tanques, y resultaba evidente que aquella noche los centinelas no eran los habituales hombres negros de gran estatura, cuyas caras estaban decoradas con dibujos realizados a punta de cuchillo y que sostenían a un lado las bayonetas con rígido ademán; habían sido reemplazados por franceses de cara colorada con ametralladoras. En la cima de la colina el coche viró a la derecha y siguió por la yerma extensión donde todos los jueves se celebraba el mercado de ganado. El policía se recostó al lado del conductor, con un brazo por encima de su asiento y fumando un cigarrillo. Ahora que estaban en pleno campo y los temores de Amar se habían disipado en parte, era capaz nuevamente de contemplar las cosas con racionalidad y se avergonzaba de las emociones que le habían dominado un minuto antes. Alá le había proporcionado los medios para poder escapar del café, sin los cuales era obvio que habría tenido que quedarse allí por un tiempo indefinido, pues nadie más se habría atrevido a salir afuera, con todos aquellos soldados en la plaza. Y era probable que comiera aquella noche y durmiera tranquilamente hasta la mañana siguiente. En justicia, ningún hombre podía pedir más. Cuando llegara la mañana, sería un nuevo día con nuevos problemas y posibilidades, aunque desde luego era muy censurable pensar en un día que aún no había llegado. El hombre había sido hecho para considerar sólo el presente; preocuparse por el futuro, ya fuera con regocijo o con inquietud, denotaba una falta de humildad ante la Providencia, y era imperdonable.
De súbito el coche se vio anegado por un olor dulce, como de flores, al abrir la señorita un pequeño bolso que llevaba consigo, con intención de sacar un paquete de cigarrillos. Fez se extendía abajo en la lejanía, envuelta en las brumas; sólo algunos débiles y aislados destellos rojizos delataban su presencia –‍una lámpara en alguna ventana o una hoguera en un patio, visibles tan sólo durante una fracción de segundo a medida que el taxi avanzaba siguiendo el camino serpenteante de la carretera al borde de los acantilados.
Llegaron a la cima. Las ruinas de las tumbas de la familia real Mérinide dominaban los bosquecillos de olivos y el extremo oriental de la ciudad. Las rotas cúpulas sobresalían negras y desportilladas sobre el límpido cielo nocturno. Amar se acordó de la última vez que había bajado por aquellas curvas y pendientes: regresaba a casa presto a recibir una paliza. Sonrió al recordar cómo había malinterpretado el muchacho que llevaba la bicicleta su pregunta acerca de los frenos, imaginando que Amar tenía miedo de que se salieran de la carretera, cuando en realidad él deseaba que ocurriera justo eso y ambos fueran catapultados hacia un barranco. Y sonrió de nuevo al pensar en qué med...

Table of contents

  1. Cubierta
  2. Portada
  3. Sobre este libro
  4. Créditos
  5. Índice
  6. Prefacio
  7. Prólogo
  8. Libro primero. El señor de la sabiduría
  9. Libro segundo. Los pecados se han terminado
  10. Libro tercero. La hora de las golondrinas
  11. Libro cuarto. Las escaleras ascendentes
  12. Sobre el autor