El marketing de las ideas
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El marketing de las ideas

Los 'think tanks' en España y en el mundo

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El marketing de las ideas

Los 'think tanks' en España y en el mundo

About this book

Los think tanks (laboratorios de ideas) participan eficazmente en la elaboración de conceptos, doctrinas, estrategias y políticas en numerosos ámbitos. Aunque son un fenómeno esencialmente norteamericano, en las últimas décadas los think tanks se han extendido por todo el mundo. Actualmente, existen más de 5.400 laboratorios de ideas repartidos en 169 países diferentes. En España, la presencia de estar organizaciones se encuentra en una fase inicial respecto a los EE.UU pero, sin lugar a dudas, jugaran un papel decisivo a la hora de afrontar los retos sociopolíticos de las sociedades cambiantes de nuestro siglo. En este sentido, una aproximación completa y rigorosa a los think tanks debe analizar la perspectiva de la comunicación persuasiva y el marketing de las ideas, especialmente en los sistemas democráticos como el nuestro donde los partidos políticos han visto en los laboratorios de ideas un potente instrumento de comunicación política y relaciones públicas al servicio de sus intereses.

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Information

Year
2014
eBook ISBN
9788490640210
Edition
1
1

Radiografía de los ‘think tanks

Concepto

Think tank es una expresión de origen norteamericano que significa laboratorio o tanque de ideas. Encontramos su origen en el ámbito militar. Durante la Segunda Guerra Mundial se denominaba think tank al recinto cerrado y seguro donde los científicos y militares se reunían para definir la estrategia político-militar. Así pues, la génesis de esta expresión hace hincapié en el contexto óptimo de generación de ideas y propuestas. Actualmente, en EE.UU. se cuentan alrededor de 1.500 think tanks. Su impulso se debe a una serie de factores como el fin de la guerra fría y, más tarde, del comunismo, los conflictos étnicos europeos, el paro y la pobreza generados por la crisis económica internacional, el colapso de los sistemas de sanidad pública y privada, el nuevo panorama internacional derivado de los atentados del 11 de septiembre de 2001 o la crisis económica de 2008.
La noción de think tank es resbaladiza. Por este motivo, para proceder a aclarar qué son los think tanks y cuáles son sus fronteras –si es que existen– estructurales, funcionales y operativas en relación con otras figuras similares, hay que adoptar una metodología fundamentada en la observación y el análisis de aquellas organizaciones que son consideradas como tales.
Su realidad demuestra la diversidad de envergaduras, estructuras, áreas políticas de análisis y significación política de los think tanks. Algunos se manifiestan no implicados ideológicamente. Otros gozan de motivaciones políticas e ideológicas. Unos tienen un talante académico, basado en la investigación y adaptado a los intereses universitarios, mientras que los hay más comprometidos con la defensa y el marketing de las ideas. La especialización también es un elemento diferencial. Sin ir más lejos, encontramos think tanks para temas de medio ambiente, otros centrados en ámbitos geográficos determinados o los hay especializados en política internacional.
Un factor crucial al que se le ha prestado poca atención es el de la dimensión mediática de los think tanks: su relación con los medios de comunicación. Como librepensadores, han de informar a sus públicos. Estos públicos son esencialmente dos: los decisores públicos y los medios de comunicación social. Se crea así una dinámica que ha generado la interdependencia entre las organizaciones de análisis político y sus públicos, que ha derivado en una necesidad mutua.
La presencia de la etiqueta “think tank” en un informe de una organización es aparentemente una garantía de atención mediática. Esta necesidad mutua ha llegado a desnaturalizar la actividad de los think tanks que, al actuar como meros agentes de prensa, se han sometido a los imperativos de la cobertura y presencia mediáticas.
A pesar de las dificultades conceptuales expuestas, entendemos que, en términos generales, un think tank es una organización formada por intelectuales y analistas diversos, que recibe contratos o encargos de organizaciones públicas o privadas para analizar ideas y proyectos, y proponer formas de aplicación de las diferentes actividades gubernamentales y/o industriales para ser difundidas a través de los medios de comunicación social e influir así en el debate público.
Entre otros aspectos que hay que considerar a la hora de definirlos, debemos tener en cuenta que se trata de organizaciones permanentes encargadas de suministrar una producción original de reflexiones, análisis y asesoramiento, pero que no están al cargo de misiones gubernamentales. Además, su trabajo tiene, o debería tener, la ambición, explícita o implícita, de servir a una determinada concepción del bien público, por oposición a las organizaciones con ánimo únicamente comercial y lucrativo.
Aunque los think tanks no lleven a cabo actividades de presión e influencia parlamentarias propiamente dichas, desempeñan un papel muy notable en el desarrollo de estrategias de influencia, pues su opinión es una de las más tenidas en cuenta a la hora de abordar cualquier asunto de índole pública o política.

Historia

Los think tanks no surgieron de la nada a principios del siglo XX en EE.UU. Nacieron del ideal progresista que dominó las políticas de McKinley y Roosevelt así como del entusiasmo por unas ciencias sociales que empezaban a consolidarse. El proceso político requería la aplicación de los nuevos métodos científicos que habían sido probados en el ámbito industrial: la experiencia y la investigación, favorecidas por las universidades de la época, debían emplearse para profesionalizar el juego político.
A esto se sumó la multiplicación de nuevos problemas a menudo relacionados con el fin de la Norteamérica rural y con la dominación industrial y el consiguiente auge del proletariado urbano, que generaron graves problemas sociales que convirtieron en inhumano el tradicional laissez-faire del liberalismo económico clásico. En este contexto, la ciencia se convirtió en la panacea universal y, según muchos, el Estado debía responsabilizarse de solucionar las cuestione sociales que hasta la fecha eran casi competencia exclusiva de las asociaciones de beneficencia.
Sin embargo, el entusiasmo por las ciencias sociales no era general. Había quien advertía a los reformadores de las consecuencias negativas del intervencionismo estatal. Con todo, el papel del experto –recién llegado al mundo de la política– iba afirmándose, aunque se limitó durante bastante tiempo a asesorar a líderes políticos y a sugerir alguna que otra iniciativa legislativa, sin intentar influir sobre las decisiones políticas en el sentido en el que lo hacen los grupos de presión. Hasta la Primera Guerra Mundial estos expertos asesoraron al Congreso estadounidense y a la Casa Blanca.
Aunque sus servicios eran individuales, estos intelectuales no carecían de ambición política ni de espíritu emprendedor, por lo que algunos intentaron, sin demasiado éxito, crear institutos de investigación. Lo que realmente transformó estos institutos efímeros en instituciones estables fue el advenimiento de una nueva institución norteamericana: la fundación filantrópica.
A principios del siglo XX, estas fundaciones filantrópicas financiaron numerosos institutos de investigación, incluso llegaron a crear algunos, y ofrecieron a los investigadores surgidos de las universidades un estatuto respetable y los recursos financieros necesarios para desarrollar su tarea. Las grandes fundaciones filantrópicas, algunas de las cuales todavía existen, llevaban el nombre de su fundador, generalmente líderes del mundo de la industria o de las finanzas. La Fundación Carnegie (1911), de Andrew Carnegie, o la Fundación Rockefeller (1913), de John D. Rockefeller sénior, son las más representativas.
Sin embargo, el punto de inflexión hacia lo que hoy conocemos como un think tank fue la creación, en 1907, de la Russell Sage Foundation (www.russellsage.org) con el objetivo de formar una nueva elite política capaz de llevar al Gobierno federal a encargarse de los problemas sociales, pues las asociaciones de beneficencia estaban desbordadas por el número y la complejidad de estas problemáticas. En el mismo año, 1907, también se fundó en Nueva York el Bureau of Municipal Research, con la misma finalidad pero enfocado hacia una reforma de los métodos de gobierno local. En el Bureau colaboraban hombres de negocios influyentes y universitarios de los departamentos de derecho y finanzas de las más prestigiosas universidades estadounidenses.
Conforme a los deseos de sus fundadores o benefactores, estos primeros think tanks eran absolutamente neutros respecto de los partidos políticos, lo que les hizo ganarse una legitimidad y una autoridad incuestionables ante los legisladores que, cada vez más, recurrieron a ellos. La tecnicidad galopante de los nuevos problemas en un país que se convirtió en potencia mundial requería una experiencia que los gobernantes no tenían por qué poseer. Por su parte, expertos y especialistas reconocían que una independencia total del Gobierno, del mundo de las finanzas y de la industria, de los partidos políticos o, incluso, de los intereses particulares era la condición ineludible de su credibilidad. De este modo, la filantropía aparecía como la nueva forma emergente de la vida política norteamericana; la que permitía la existencia de institutos de investigación libres de cualquier fidelidad, incluso hacia sus fundadores-benefactores.
Llegados a este punto y desde una óptica histórica, podemos afirmar, sin embargo, que el auge de los think tanks modernos corrió paralelo al de la potencia estadounidense, hasta su liderazgo mundial. En esta evolución podemos distinguir cuatro fases.
La primera fase, que abarca el periodo que incluye la Primera Guerra Mundial y la inmediata posguerra, estuvo marcada por la aparición de algunos organismos apolíticos que se otorgaron la misión de ayudar, a través de sensatos consejos, a su Gobierno en cuestiones internacionales. Fue el caso del Institute for Government Research, creado en 1916 y que en 1927 se disolvió para dar paso a la Brookings Institution, una de las instituciones más venerables de Washington D.C. Otro ejemplo lo constituye The Inquiry, grupo creado durante el invierno de 1917- 1918 por el coronel Edward M. House, consejero de Woodrow Wilson, que se fijó como objetivo el preparar la posguerra en Europa. Esta organización había asesorado a los miembros de la delegación estadounidense durante la Conferencia de Paz de París, el 25 de enero de 1921, y se convirtió, en ese mismo año, en el Council on Foreign Relations, una institución que también tiene un peso histórico considerable.
Por otro lado, a principios de la década de 1920 el entusiasmo por las ciencias sociales había decaído. La experiencia había mostrado sus limitaciones pero las nociones de rigor, precisión y eficacia seguían siendo las claves de la “democracia inteligente”, según las palabras de Wesley Mitchell, fundador en 1920, en Nueva York, del National Bureau of Economic Research, un think tank –todavía existente– que obtuvo pronto el éxito gracias a sus trabajos sobre los ciclos económicos y el crecimiento económico a largo plazo, con lo que demostró la utilidad de los economistas profesionales en la elaboración de la política nacional.
En la misma línea, Herbert Hoover, secretario de Comercio y futuro presidente de EE.UU., creó en 1919 un nuevo think tank, la Hoover Institution on War, Revolution and Peace, en el seno de la Universidad de Stanford (California). Sus archivos sobre las consecuencias de la Primera Guerra Mundial y, luego, sobre las revoluciones comunistas (rusa y china) son únicos en el mundo.
El crac de 1929 y la Gran Depresión supusieron una ruptura en la historia de las ciencias sociales: las estadísticas se convirtieron en poco fiables o erróneas, cuando no inútiles, los estudios de movimientos sociales inadecuados y, consecuentemente, se volvió a dudar del valor de los expertos. Aun así, no fue el final de los expertos en ciencias políticas, pues la tecnicidad de los problemas políticos y sociales convertía a los políticos profesionales en dependientes de los expertos. Si los expertos utilizados hasta la fecha habían fallado, se trataba de buscar a otros más competentes, al tiempo que quizás era el momento de sustituir los conocimientos “desinteresados” por análisis basados en argumentos políticos. Llegó el momento, pues, de acabar con la sacrosanta neutralidad de los expertos para así permitirles decir que lo que pensaban eran alternativas políticas beneficiosas.
El candidato Franklin D. Roosevelt había prometido al país el New Deal para salir de la crisis. Ya en la campaña electoral creó su famoso brain trust (asociación de cerebros), un grupo de expertos que le proporcionaba los conocimientos sobre todos los problemas posibles, que actuaba como un think tank de hecho al servicio de la presidencia y del Gobierno. Este grupo se mantuvo hasta 1933, un tiempo demasiado largo que condujo a que la opinión pública percibiese a Roosevelt como una marioneta manipulada por sus consejeros. ¿Cómo, si no, podríamos disociar la política del New Deal de la influencia del teórico John M. Keynes; o del eminente jurista Felix Frankfurter? Lo que fomentó la tesis de la manipulación de Roosevelt fue tanto la fuerte personalidad de sus asesores como el hecho de que los recolocó luego en cargos públicos, con lo cual inició una práctica actualmente en plena vigencia, conocida como spoil system o revolving door (puerta giratoria), que abrió el camino a la politización de los expertos. En este sentido, el American Enterprise Institute (AEI) es el ejemplo perfecto de puerta giratoria ya que es de donde procede la gente de la administración cuando el Partido Republicano ocupa la Casa Blanca y es a donde va cuando no lo está. Este camino de ida y vuelta se inició cuando el presidente Ford perdió las elecciones de 1976 ante Jimmy Carter y se fue al AIE llevándose consigo a una decena de sus colaboradores más destacados. Por otra parte, Ronald Reagan propició una crisis organizativa en el AIE al vaciarla de efectivos para llenar su administración.
La segunda fase corresponde al final de la Segunda Guerra Mundial y a la emergencia de la superpotencia estadounidense, enfrentada a la guerra fría y a cuestiones como la disuasión nuclear. Por aquel entonces, EE.UU. había invertido mucho en organismos de investigación como la Rand Corporation (Rand: research and development) que inició modestamente sus actividades en 1948 como una oficina de estudios financiada por el ejército del aire estadounidense y organizada de acuerdo con sus intereses. Aquí se establecieron para las generaciones futuras las bases de la planificación moderna, de los escenarios de crisis, de la teoría de los juegos y de la negociación estratégica.
Con el sistema de financiación de la Rand Corporation aparecía un nuevo tipo de think tank, aquel con vínculos contractuales con el Estado. En efecto, este think tank se financiaba casi exclusivamente a través de contratos gubernamentales. El ejército del aire subvencionaba a expertos para la realización de informes específicos. La Rand fue el prototipo de unos trescientos think tanks que se crearon siguiendo su modelo y fue con su irrupción como la expresión thi...

Table of contents

  1. Introducción
  2. Radiografía de los ‘think tanks’
  3. ‘Think tanks’, marketing de las ideas y comunicación
  4. Conclusiones
  5. Bibliografía