Obra maestra de la novela corta. Dona Berta, último y anciano miembro de la estirpe de los Rondaliegos, recibe la inesperada visita de un pintor que no sólo le devuelve la evocación de dulces y terribles recuerdos de juventud, sino la posibilidad de reparar una lejanísima culpa. Un delirio quijotesco de extraordinaria fuerza dramática y belleza literaria.
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Dona Berta
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Literature GeneralIndex
LiteratureCapítulo 1
Hay un lugar en el Norte de España adonde no llegaron nunca ni
los romanos ni los moros; y si doña Berta de Rondaliego,
propietaria de este escondite verde y silencioso, supiera algo más
de historia, juraría que jamás Agripa, ni Augusto, ni Muza, ni
Tarick habían puesto la osada planta sobre el suelo, mullido
siempre con tupida hierba fresca, jugosa, obscura, aterciopelada y
reluciente, de aquel rincón suyo, todo suyo, sordo, como ella, a
los rumores del mundo, empaquetado en verdura espesa de árboles
infinitos y de lozanos prados, como ella lo está en franela
amarilla, por culpa de sus achaques.
Pertenece el rincón de hojas y hierbas de doña Berta a la
parroquia de Pie del Oro, concejo de Carreño, partido judicial de
Gijón; y dentro de la parroquia se distingue el barrio de doña
Berta con el nombre de Zaornín, y dentro del barrio se llama
Susacasa la hondonada frondosa, en medio de la cual hay un gran
prado que tiene por nombre Aren. Al extremo Noroeste del prado pasa
un arroyo orlado de altos álamos, abedules y cónicos humeros de
hoja obscura, que comienza a rodear en espiral el tronco desde el
suelo, tropezando con la hierba y con las flores de las márgenes
del agua.
El arroyo no tiene allí nombre, ni lo merece, ni apenas agua
para el bautizo; pero la vanidad geográfica de los dueños de
Susacasa lo llamó desde siglos atrás el río, y los vecinos de otros
lugares del mismo barrio, por desprecio al señorío de Rondaliego,
llaman al tal río el regatu, y lo humillan cuanto pueden,
manteniendo incólumes capciosas servidumbres que atraviesan la
corriente del cristalino huésped fugitivo del Aren y de la llosa; y
la atraviesan ¡oh sarcasmo!, sin necesidad de puentes, no ya
romanos, pues queda dicho que por allí los romanos no anduvieron;
ni siquiera con puentes que fueran troncos huecos y medio podridos,
de verdores redivivos al contacto de la tierra húmeda de las
orillas. De estas servidumbres tiranas, de ignorado y sospechoso
origen, democráticas victorias sancionadas por el tiempo, se queja
amargamente doña Berta, no tanto porque humillen el río, cruzándole
sin puente (sin más que una piedra grande en medio del cauce,
islote de sílice, gastado por el roce secular de pies desnudos y
zapatos con tachuelas), cuanto porque marchitan las más lozanas
flores campestres y matan, al brotar, la más fresca hierba del Aren
fecundo, señalando su verdura inmaculada con cicatrices que lo
cruzan como bandas un pecho; cicatrices hechas a patadas. Pero
dejando estas tristezas para luego, seguiré diciendo que más allá y
más arriba, pues aquí empieza la cuesta, más allá del río que se
salta sin puentes ni vados, está la llosa, nombre genérico de las
vegas de maíz que reúnen tales y cuales condiciones, que no hay
para qué puntualizar ahora; ello es que cuando las cañas crecen, y
sus hojas, lanzas flexibles, se columpian ya sobre el tallo,
inclinadas en graciosa curva, parece la llosa verde mar agitado por
las brisas. Pues a la otra orilla de ese mar está el palacio, una
casa blanca, no muy grande, solariega de los Rondaliegos, y ella y
su corral, quintana, y sus dependencias, que son: capilla, pegada
al palacio, lagar (hoy convertido en pajar), hórreo de castaño con
pies de piedra, pegollos, y un palomar blanco y cuadrado, todo
aquello junto, más una cabaña con honores de casa de labranza, que
hay en la misma falda de la loma en que se apoya el palacio, a
treinta pasos del mismo; todo eso, digo, se llama Posadorio.
Capítulo 2
Viven solas en el palacio doña Berta y Sabelona. Ellas y el
gato, que, como el arroyo del Aren, no tiene nombre porque es
único, el gato, su género. En la casa de labor vive el casero, un
viejo, sordo como doña Berta, con una hija casi imbécil que, sin
embargo, le ayuda en sus faenas como un gañán forzudo, y un criado,
zafio siempre, que cada pocos días es otro; porque el viejo sordo
es de mal genio, y despide a su gente por culpas leves. La casería
la lleva a medias. Aun entera valdría bien poco; el terreno tan
verde, tan fresco, no es de primera clase, produce casi nada: doña
Berta es pobre, pero limpia, y la dignidad de su señorío casi
imaginario consiste en parte en aquella pulcritud que nace del
alma. Doña Berta mezcla y confunde en sus adentros la idea de
limpieza y la de soledad, de aislamiento; con una cara de pascua
hace la vida de un muni… que hilara y lavara la ropa, mucha ropa,
blanca, en casa, y que amasara el pan en casa también. Se amasa
cada cinco o seis días; y en esta tarea, que pide músculos más
fuertes que los suyos y aun los de la decadente Sabel, las ayuda la
imbécil hija del casero; pero hilar, ellas solas, las dos viejas: y
cuidar de la colada, en cuanto vuelve la ropa del río, ellas solas
también. La huerta de arriba se cubre de blanco con la ropa puesta
a secar, y desde la caseta del recuesto, que todo lo domina, doña
Berta, sorda, callada, contempla risueña, y dando gracias a Dios,
la nieve de lino inmaculado que tiene a los pies, y la verdura, que
también parece lavada, que sirve de marco a la ropa, extendiéndose
por el bosque de casa, y bajando hasta la llosa y hasta el Aren; el
cual parece segado por un peluquero muy fino, y casi tiene aires de
una persona muy afeitada, muy jabonada y muy olorosa. Sí. Parece
que le cortan la hierba con tijeras y luego lo jabonan y lo pulen:
no es llano del todo, es algo convexo, se hunde misteriosamente
allá hacia los humeros, al besar el arroyo; y doña Berta mil veces
deseó tener manos de gigante, de un día de bueyes cada una, para
pasárselas por el lomo al Aren, ni más ni menos que se las pasa al
gato. Cuando está de mal humor, sus ojos, al contemplar el prado,
se detienen en las dos sendas que lo cruzan; manchas infames,
huellas de la plebe, de los malditos destripaterrones que, por
envidia, por moler, por pura malicia, mantienen sin necesidad, sin
por qué ni para qué, aquellas servidumbres públicas, deshonra de
los Rondaliegos.
Por aquí no se va a ninguna parte; en Zaornín se acaba el mundo;
por Susacasa jamás atravesaron cazadores, ejércitos, bandidos, ni
pícaros delincuentes; carreteras y ferrocarriles quédanse allá
lejos; hasta los caminos vecinales pasan haciendo respetuosas eses
por los confines de aquella mansión embutida en hierba y follaje;
el rechino de los carros se oye siempre lejano, doña Berta ni lo
oye… y los empecatados vecinos se empeñan en turbar tanta paz, en
manchar aquellas alfombras con senderos que parecen la podre de
aquella frescura, senderos en que dejan las huellas de los
zapatones y de los pies desnudos y sucios, como grosero sello de
una usurpación del dominio absoluto de los Rondaliegos. ¿Desde
cuándo puede la chusma pasar por allí? «Desde tiempo inmemorial»,
han dicho cien veces los testigos. «¡Mentira! -replica doña Berta-.
¡Buenos eran los Rondaliegos de antaño para consentir a los
sarnosos marchitarles con los calcaños puercos la hierba del
Aren!». Los Rondaliegos no querían nada con nadie; se casaban unos
con otros, siempre con parientes, y no mezclaban la sangre ni la
herencia; no se dejaban manchar el linaje ni los prados. Ella, doña
Berta, no podía recordar, es claro, desde cuándo había sendas
públicas que cruzaban sus propiedades; pero el corazón le daba que
todo aquello debía de ser desde la caída del antiguo régimen, desde
que había liberales y cosas así por el mundo.
«Por aquí no se va a ninguna parte, este es el finibusterre del
mundo», dice doña Berta, que tiene caprichosas nociones
geográficas; un mapa-mundi homérico, por lo soñado; y piensa que la
tierra acaba en punta, y que la punta es Zaornín, con Susacasa, el
prado Aren y Posadorio.
«Ni los moros ni los romanos pisaron jamás la hierba del Aren»,
dice ella un día y otro día a su fidelísima Sabelona (Isabel
grande), criada de los Rondaliegos desde los diez años, y por la
cual tampoco pasaron moros ni cristianos, pues aún es tan virgen
como la parió su madre, y hace de esto setenta inviernos.
«¡Ni los moros ni los romanos!» repite por la noche doña Berta,
a la luz del candil, junto al rescoldo de la cocina, que tiene el
hogar en el suelo; y Sabelona inclina la cabeza, en señal de
asentimiento, con la misma credulidad ciega con que poco después
repite arrodillada los actos de fe que su ama va recitando delante.
Ni doña Berta ni Isabel saben de romanos y moros cosa mayor, fuera
de aquella noticia negativa de que nunca pasaron por allí; tal vez
no tienen seguridad completa de la total ruina del Imperio de
Occidente ni de la toma de Granada, que doña Berta, al fin más
versada en ciencias humanas, confunde un poco con la gloriosa
guerra de África, y especialmente con la toma de Tetuán: de todas
suertes, no creen ni una ni otra tan remotas, como lo son, en
efecto, las respectivas dominaciones de agarenos y romanos; y en
definitiva, romanos y moros vienen a representar para ambas, como
en símbolo, todo lo extraño, todo lo lejano, todo lo enemigo; y
así, cuando algún raro interlocutor osó decirles que los franceses
tampoco llegaron jamás, ni había para qué, a Susacasa, ellas se
encogieron de hombros; como diciendo: «Bueno, todo eso quiere decir
lo de moros y romanos». Y es que esta manía, hereditaria en los
Rondaliegos, le viene a doña Berta de tradición anterior a la
invasión francesa.
Capítulo 3
¡Ay, los liberales! Esos sí habían llegado a Posadorio. Se ha hablado antes de la virginidad intacta de Sabelona. El lector habrá supuesto que doña Berta era viuda, o que su virtud se callaba por elipsis. Virtuosa era… , pero virgen no; soltera sí. Si Sabel se hubiera visto en el caso de su ama, no estaría tan entera. Bien lo comprendía, y por eso no mostraba ningún género de superioridad moral respecto de su señora. Había sido una desgracia, y bien cara se había pagado, desgracia y todo. Eran los Rondaliegos cuatro hermanos y una hermana, Berta, huérfanos desde niños. El mayorazgo, don Claudio, hacía de padre. La limpieza de la sangre era entre ellos un culto. Todos buenos, afables, como Berta, que era una sonrisa andando, hacían obras de caridad… desde lejos. Temían al vulgo, a quien amaban como hermano en Cristo, no en Rondaliego; su soledad aristocrática tenía tanto de ascetismo risueño y resignado, como de preocupación de linaje. La librería de la casa era símbolo de esas tendencias; apenas había allí más que libros religiosos, de devoción recogida y desengañada, y libros de blasones; por todas partes la cruz; y el oro, y la plata, y los gules de los escudos estampados en vitela. Un Rondaliego, tres o cuatro generaciones atrás, había aparecido muerto en un bosque, en la Matiella, a media legua de Posadorio, asesinado por un vecino, según todas las sospechas. Desde entonces toda la familia guardaba la espalda hasta al repartir limosna. El mayor pecado de los Rondaliegos era pensar mal de la plebe a quien protegían. Por su parte, los villanos, tal vez un día dependientes de Posadorio, recogían con gesto de humillación servil los beneficios, y a solapo se burlaban de la decadencia de aquel señorío, y mostraban, siempre que no hubiese que dar la cara, su falta de respeto en todas las formas posibles. Para esto, los ayudaban un poco las nuevas leyes, y la nueva política especialmente. El símbolo de las libertades públicas (que ellos no llamaban así, por supuesto) era para los vecinos de Pie del Oro el desprecio creciente a los Rondaliegos, y la sanción legal que a tal desprecio los alentaba, mediante recargo de contribución al distribuirse la del concejo, trabajo forzoso y...
Table of contents
- Título
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
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