Aurora roja
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Aurora roja

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Ultimo tomo de la trilogĂ­a "la lucha por la vida" en "Aurora roja" encontramos una novela polĂ­tica, antiurbana, que parece reproducir la idea marxista de la lucha obrera.

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Information

Publisher
Booklassic
eBook ISBN
9789635269419

Parte 1

CapĂ­tulo 1 Un barrio sepulcral. Divagaciones trascendentales Electricidad y peluquerĂ­a. Tipos raros, buenas personas

La casa estaba en esa plazoleta sin nombre, cruzada por la calle de Magallanes, cerca de antiguos y abandonados cementerios. Limitaban la plazoleta, por un lado, unas cuantas casas sórdidas que formaban una curva, y por el otro, un edificio amarillo, bajo, embutido en larga tapia. Este edificio amarillo, con su bóveda pizarrosa, su tinglado de hierro y su campana, era, a juzgar por un letrero medio borrado, la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores.
A derecha e izquierda de esta iglesia seguía una tapia medio derruida; a la izquierda, la tapia era corta y tenía una puerta pequeña, por cuyas rendijas se veía el cementerio, con los nichos vacíos y las arcadas ruinosas; a la derecha, en cambio, la pared, después de limitar la plazoleta, se torcía en ångulo obtuso, formando uno de los lados de la calle de Magallanes, para lo cual se unía a las verjas, paredones, casillas y cercas de varios cementerios escalonados unos tras de otros. Estos cementerios eran el general del Norte, las Sacramentales de San Luis y San Ginés y la Patriarcal.
Al terminar los tapiales en el campo, desde su extremo se veĂ­an en un cerrillo las copas puntiagudas de los cipreses del cementerio de San MartĂ­n, que se destacaban rĂ­gidas en el horizonte.
Por lo dicho, se comprende que pocas calles podrĂ­an presentar mĂ©ritos tan altos, tan preeminentes para obtener los tĂ­tulos de sepulcral y de fĂșnebre como la de Magallanes.
En Madrid, donde la calle profesional no existe, en donde todo anda mezclado y desnaturalizado, era una excepciĂłn honrosa la calle de Magallanes, por estar francamente especializada, por ser exclusivamente fĂșnebre, de una funebridad Ășnica e indivisible. Solamente podĂ­a parangonarse en especializaciĂłn con ella alguna otra callejuela de barrios bajos y la calle de la justa, hoy de Ceres. Esta Ășltima, sobre todo, dedicada galantemente a la diosa de las labores agrĂ­colas, con sus casuchas bajas en donde hacen tertulia los soldados; esta calle, resto del antiguo burdel, poblada de mujeronas bravĂ­as, con la colilla en la boca, que se hablan de puerta a puerta, acarician a los niños, echan cĂ©ntimos a los organilleros y se entusiasman y lloran oyendo cantar canciones tristes del presidio y de la madre muerta, podĂ­a sostener la comparaciĂłn con aquĂ©lla, podĂ­a llamarse, sin protesta alguna, calle del Amor, como la de Magallanes podĂ­a reclamar con justicia, el nombre de calle de la Muerte.
Otra cualidad un tanto paradĂłjica unĂ­a a estas dos calles, y era que, asĂ­ como la de Ceres, a fuerza de ser francamente amorosa, recordaba el sublimado corrosivo y a la larga la muerte; asĂ­ la de Magallanes, por ser extraordinariamente fĂșnebre, parecĂ­a a veces una calle jovial, y no era raro ver en ella a algĂșn obrero cargado de vino, cantando, a alguna pareja de golfos sentados en el suelo, recordando sus primeros amores.
La plazoleta innominada, cruzada por la calle de Magallanes, tenía una parte baja por donde corría ésta y otra a un nivel mås alto, que formaba como un raso delante de la parroquia. En este raso o meseta, con una gran cruz de piedra en medio, solían jugar los chicos novilleros de la vecindad.
Todas las casas de la plazoleta y de la calle de Magallanes eran viviendas pobres, la mayorĂ­a de piso bajo, con un patio grande y puertas numeradas; casi todas ellas eran nuevas, y en la lĂ­nea entera Ășnicamente habĂ­a una casa aislada, una casita vieja de un piso, pequeña y rojiza.
Tenía la tal casuca un tejado saliente y alabeado, puerta de entrada en medio, a un lado de ésta una barbería y al otro una ventana con rejas.
Algunas casas, como los hombres, tienen fisonomía propia, y aquélla la tenía; su fachada era algo así como el rostro de un viejo alegre y remozado; los balcones con sus cortinillas blancas y sus macetas de geranios rojos y capuchinas verdes, debajo del alero torcido y prominente, parecían ojos vivarachos sombreados por el ala de un chambergo.
La portada de la barberĂ­a era azul, con un rĂłtulo blanco que decĂ­a:
LA ANTISÉPTICA
PELUQUERÍA ARTÍSTICA

En los tableros de ambos lados de la tienda habĂ­a pinturas alegĂłricas: en el de la izquierda se representaba la sangrĂ­a por un brazo, del cual manaba un surtidor rojo, que iba a parar con una exactitud matemĂĄtica al fondo de una copa; en el otro tablero se veĂ­a una vasija repleta de cintas oscuras. DespuĂ©s de contemplar Ă©stas durante algĂșn tiempo, el observador se aventuraba a suponer si el artista habrĂ­a tratado de representar un vivero de esos anĂ©lidos vulgarmente llamados sanguijuelas.
ÂĄLa sangrĂ­a! ÂĄLas sanguijuelas! ÂĄA cuĂĄntas reflexiones mĂ©dico-quirĂșrgicas no se prestaban estas elegantes alegorĂ­as! Del otro lado de la puerta de entrada, en el cristal de la ventana con rejas, escrito con letras negras, se leĂ­a:
REBOLLEDO
MECÁNICO-ELECTRICISTA
SE HACEN INSTALACIONES DE LUCES
TIMBRES, DINAMOS, MOTORES
LA ENTRADA POR EL PORTAL

Y, para que no hubiera lugar a dudas, una mano con ademĂĄn imperativo mostraba la puerta, oficiosidad un tanto inĂștil, porque no habla mĂĄs portal que aquĂ©l en la casa.
Los tres balcones del Ășnico piso, muy bajos, casi cuadrados, estaban atestados de flores. En el de en medio, la persiana verde, antes de llegar al barandado, se abombaba al pasar por encima de un listĂłn saliente de madera; de este modo, la persiana no cubrĂ­a completamente el balcĂłn y dejaba al descubierto un letrero que decĂ­a:
BORDADORA
SE DAN LECCIONES


El zaguĂĄn de la casa era bastante ancho; en el fondo, una puerta daba a un corralillo; a un lado partĂ­a recia escalera de pino, muy vieja, en donde resonaban fuertemente los pasos.
Eran poco transitados aquellos parajes; por la mañana pasaban carros con grandes piedras talladas en los solares de corte y volquetes cargados de escombros.
Después, la calle quedaba silenciosa, y en las horas del día no transitaban por ella mås que gente aviesa y maleante.
AlgĂșn trapero, sentado en los escalones de la gran cruz de piedra, contemplaba filosĂłficamente sus harapos; algunas mujeres pasaban con la cesta al brazo, y algĂșn cazador, con la escopeta al hombro, cruzaba por aquellos campos baldĂ­os.
Al caer de la tarde los chicos que salían de una escuela de pårvulos llenaban la plaza; pasaban los obreros, de vuelta del Tercer Depósito, en donde trabajaban, y ya al anochecer, cuando las luces rojas del poniente se oscurecían y las estrellas comenzaban a brillar en el cielo, se oía, melancólico y dulce, el tañido de las esquilas de un rebaño de cabras. Una tarde de abril, en el taller de Rebolledo, el mecånico-electricista, Perico y Manuel charlaban.
-ÂżNo salĂ­s hoy? -preguntĂł Perico.
-¿Quién sale con este tiempo? Va a llover otra vez.
-SĂ­, es verdad.
Manuel se acercĂł a mirar por la ventana. El cielo estaba nublado, el ambiente gris; el humo de una fĂĄbrica salĂ­a de la alta chimenea y envolvĂ­a la torre de ladrillo y la cĂșpula pizarrosa de una iglesia cercana. El lodo cubrĂ­a el raso de la parroquia de los Dolores, y en la calle de Magallanes, el camino, roto por la lluvia y por las ruedas de los carros, tenĂ­a profundos surcos llenos de agua.
-ÂżY la Salvadora? -preguntĂł Perico.
-Bien.
-ÂżYa estĂĄ mejor?
-Sí. No fue nada
 un vahído.
-Trabaja mucho.
-SĂ­; demasiado. Se lo digo, pero no me hace caso.
-Vais a haceros ricos pronto. GanĂĄis mucho y gastĂĄis poco.
-¥Pchs!
 no sé.
-¡Bah!
 que no sabes

-No. Que Ă©sas deben tener algĂșn dinero guardado, sĂ­; pero, no sĂ© cuĂĄnto
 para emprender algo; nada.
-ÂżY quĂ© emprenderĂ­as tĂș si tuvieras dinero?
-¡Hombre!
 tomaría una imprenta.
-¿Y qué le parece eso a la Salvadora?
-Bien; ella, como es tan decidida, cree que todo se puede conseguir con voluntad y con paciencia, y cuando le digo que hay alguna mĂĄquina que se vende o algĂșn local que se alquila, me hace ir a verlos
 Pero, todavĂ­a eso estĂĄ muy lejos; quizĂĄ, tiempo adelante podamos hacer algo.
Manuel volvió a mirar distraído por la ventana, mientras Perico le contemplaba con curiosidad. Comenzó a llover; cayeron gruesas gotas, como perlas de acero, que saltaron en el agua negra de los charcos; poco después una råfaga de viento arrastró las nubes y salió el sol; se aclaró el cuarto; al poco tiempo volvió a nublarse, y el taller de Perico Rebolledo quedó a oscuras.
Manuel seguĂ­a con la vista los cambios de forma del humo negrĂ­simo espirado por la chimenea de la fĂĄbrica; unas veces subĂ­a a borbotones, oblicuamente, en el aire gris; otra, era una humareda tenue que rebasaba los bordes del tubo, como el agua en un surtidor sin fuerza, y se derramaba por las paredes de la chimenea; otras, subĂ­a como una columna recta al cielo, y cuando venĂ­a una rĂĄfaga huracanada, el viento parecĂ­a arrancar violentamente pedazos de humo y escamotearlos en la extensiĂłn del espacio.
El cuarto donde hablaban Perico y Manuel era el taller del electricista: un cuartito pequeño y bajo de techo como un camarote de barco. En la ventana, sobre el alfĂ©izar, habĂ­a un cajĂłn lleno de tierra, donde nacĂ­a una parra que salĂ­a al exterior por un agujero de la madera. En medio del cuarto estaba la mesa de trabajo, y, unido a Ă©sta, un banco de carpintero con su tornillo de presiĂłn. A un lado de la ventana, en la pared, habĂ­a un reloj de pesas, de madera pintarrajeada, y al otro lado, una librerĂ­a alta con unos cuantos tomos, y, en el Ășltimo estante, un busto de yeso que, desde. la altura que se encontraba, miraba con cierto olĂ­mpico desdĂ©n a todo el mundo. HabĂ­a, ademĂĄs, en las paredes, un cuadro para probar lamparillas elĂ©ctricas, dos o tres mapas, fajos de cordones flexibles, y, en el fondo, un viejĂ­simo y voluminoso armario desvencijado. Encima de este armatoste, entre llaves de metal y de porcelana, se advertĂ­a un aparato extraño, cuya aplicaciĂłn prĂĄctica era difĂ­cil de comprender al primer golpe de vista, y, quizĂĄ, tambiĂ©n al segundo.
Era un artificio mecĂĄnico, movido por la electricidad, que Perico tuvo en el escaparate durante mucho tiempo como un anuncio de su profesiĂłn. Un motor elĂ©ctrico movĂ­a una bomba; Ă©sta sacaba el agua de una cubeta de cinc y la echaba a un depĂłsito de cristal, colocado en alto; de aquĂ­ el agua pasaba por un canalillo, y, despuĂ©s de mover una rueda, caĂ­a a la cubeta de cinc, de donde habĂ­a partido. Esta maniobra continua del aparato atraĂ­a continuamente un pĂșblico de chiquillos y de vagos.
Perico se cansĂł de exhibirlo, porque se colocaban los grupos delante de la ventana y le quitaban la luz.
-Sí, hombre -dijo Perico después de un largo rato de silencio-; debías establecerte cuanto antes y casarte.
-¥Casarme! ¿Con quién?
-ÂĄToma! ÂżCon quiĂ©n? Con la Salvadora. Tu hermana, el chiquillo, tĂș y ella
 podĂ©is vivir al pelo.
-Es que la Salvadora es una mujer muy rara, chico -dijo Manuel-. ÂżTĂș la entiendes? Pues yo tampoco. Me tiene, creo yo, algĂșn cariño, porque soy de la casa, como al gato; pero en lo demĂĄs

-ÂżY tĂș?
-Hombre, yo no sé si la quiero o no.
-ÂżAĂșn te acuerdas de la otra?
-Al menos aquélla me quería.
-Lo que no impidiĂł que te dejara; la Salvadora te quiere.
-¥Qué sé yo!
-No digas. Si no hubiese sido por ella, ÂżdĂłnde estarĂ­as tĂș?
-EstarĂ­a hecho un golfo.
-Me parece.
-Si no lo dudo; pero el cariño no es como el agradecimiento.
-ÂżY tĂș no tienes mĂĄs que agradecimiento por ella? -No lo sĂ©, la verdad. Yo creo que por ella serĂ­a capaz de hacer cualquier cosa; pero me impone como si fuera una hermana mayor, casi como si fuera mi madre.
Manuel callĂł, porque el padre del electricista, Rebolledo el jorobado, y un amigo suyo entraron en el taller.
E...

Table of contents

  1. TĂ­tulo
  2. Parte 1
  3. Parte 2
  4. Parte 3

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