Ultimo tomo de la trilogĂa "la lucha por la vida" en "Aurora roja" encontramos una novela polĂtica, antiurbana, que parece reproducir la idea marxista de la lucha obrera.
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Aurora roja
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Literature GeneralIndex
LiteratureParte 1
CapĂtulo 1 Un barrio sepulcral. Divagaciones trascendentales Electricidad y peluquerĂa. Tipos raros, buenas personas
La casa estaba en esa plazoleta sin nombre, cruzada por la calle de Magallanes, cerca de antiguos y abandonados cementerios. Limitaban la plazoleta, por un lado, unas cuantas casas sórdidas que formaban una curva, y por el otro, un edificio amarillo, bajo, embutido en larga tapia. Este edificio amarillo, con su bóveda pizarrosa, su tinglado de hierro y su campana, era, a juzgar por un letrero medio borrado, la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores.
A derecha e izquierda de esta iglesia seguĂa una tapia medio derruida; a la izquierda, la tapia era corta y tenĂa una puerta pequeña, por cuyas rendijas se veĂa el cementerio, con los nichos vacĂos y las arcadas ruinosas; a la derecha, en cambio, la pared, despuĂ©s de limitar la plazoleta, se torcĂa en ĂĄngulo obtuso, formando uno de los lados de la calle de Magallanes, para lo cual se unĂa a las verjas, paredones, casillas y cercas de varios cementerios escalonados unos tras de otros. Estos cementerios eran el general del Norte, las Sacramentales de San Luis y San GinĂ©s y la Patriarcal.
Al terminar los tapiales en el campo, desde su extremo se veĂan en un cerrillo las copas puntiagudas de los cipreses del cementerio de San MartĂn, que se destacaban rĂgidas en el horizonte.
Por lo dicho, se comprende que pocas calles podrĂan presentar mĂ©ritos tan altos, tan preeminentes para obtener los tĂtulos de sepulcral y de fĂșnebre como la de Magallanes.
En Madrid, donde la calle profesional no existe, en donde todo anda mezclado y desnaturalizado, era una excepciĂłn honrosa la calle de Magallanes, por estar francamente especializada, por ser exclusivamente fĂșnebre, de una funebridad Ășnica e indivisible. Solamente podĂa parangonarse en especializaciĂłn con ella alguna otra callejuela de barrios bajos y la calle de la justa, hoy de Ceres. Esta Ășltima, sobre todo, dedicada galantemente a la diosa de las labores agrĂcolas, con sus casuchas bajas en donde hacen tertulia los soldados; esta calle, resto del antiguo burdel, poblada de mujeronas bravĂas, con la colilla en la boca, que se hablan de puerta a puerta, acarician a los niños, echan cĂ©ntimos a los organilleros y se entusiasman y lloran oyendo cantar canciones tristes del presidio y de la madre muerta, podĂa sostener la comparaciĂłn con aquĂ©lla, podĂa llamarse, sin protesta alguna, calle del Amor, como la de Magallanes podĂa reclamar con justicia, el nombre de calle de la Muerte.
Otra cualidad un tanto paradĂłjica unĂa a estas dos calles, y era que, asĂ como la de Ceres, a fuerza de ser francamente amorosa, recordaba el sublimado corrosivo y a la larga la muerte; asĂ la de Magallanes, por ser extraordinariamente fĂșnebre, parecĂa a veces una calle jovial, y no era raro ver en ella a algĂșn obrero cargado de vino, cantando, a alguna pareja de golfos sentados en el suelo, recordando sus primeros amores.
La plazoleta innominada, cruzada por la calle de Magallanes, tenĂa una parte baja por donde corrĂa Ă©sta y otra a un nivel mĂĄs alto, que formaba como un raso delante de la parroquia. En este raso o meseta, con una gran cruz de piedra en medio, solĂan jugar los chicos novilleros de la vecindad.
Todas las casas de la plazoleta y de la calle de Magallanes eran viviendas pobres, la mayorĂa de piso bajo, con un patio grande y puertas numeradas; casi todas ellas eran nuevas, y en la lĂnea entera Ășnicamente habĂa una casa aislada, una casita vieja de un piso, pequeña y rojiza.
TenĂa la tal casuca un tejado saliente y alabeado, puerta de entrada en medio, a un lado de Ă©sta una barberĂa y al otro una ventana con rejas.
Algunas casas, como los hombres, tienen fisonomĂa propia, y aquĂ©lla la tenĂa; su fachada era algo asĂ como el rostro de un viejo alegre y remozado; los balcones con sus cortinillas blancas y sus macetas de geranios rojos y capuchinas verdes, debajo del alero torcido y prominente, parecĂan ojos vivarachos sombreados por el ala de un chambergo.
La portada de la barberĂa era azul, con un rĂłtulo blanco que decĂa:
LA ANTISĂPTICA
PELUQUERĂA ARTĂSTICA
En los tableros de ambos lados de la tienda habĂa pinturas alegĂłricas: en el de la izquierda se representaba la sangrĂa por un brazo, del cual manaba un surtidor rojo, que iba a parar con una exactitud matemĂĄtica al fondo de una copa; en el otro tablero se veĂa una vasija repleta de cintas oscuras. DespuĂ©s de contemplar Ă©stas durante algĂșn tiempo, el observador se aventuraba a suponer si el artista habrĂa tratado de representar un vivero de esos anĂ©lidos vulgarmente llamados sanguijuelas.
ÂĄLa sangrĂa! ÂĄLas sanguijuelas! ÂĄA cuĂĄntas reflexiones mĂ©dico-quirĂșrgicas no se prestaban estas elegantes alegorĂas! Del otro lado de la puerta de entrada, en el cristal de la ventana con rejas, escrito con letras negras, se leĂa:
REBOLLEDO
MECĂNICO-ELECTRICISTA
SE HACEN INSTALACIONES DE LUCES
TIMBRES, DINAMOS, MOTORES
LA ENTRADA POR EL PORTAL
Y, para que no hubiera lugar a dudas, una mano con ademĂĄn imperativo mostraba la puerta, oficiosidad un tanto inĂștil, porque no habla mĂĄs portal que aquĂ©l en la casa.
Los tres balcones del Ășnico piso, muy bajos, casi cuadrados, estaban atestados de flores. En el de en medio, la persiana verde, antes de llegar al barandado, se abombaba al pasar por encima de un listĂłn saliente de madera; de este modo, la persiana no cubrĂa completamente el balcĂłn y dejaba al descubierto un letrero que decĂa:
BORDADORA
SE DAN LECCIONES
El zaguĂĄn de la casa era bastante ancho; en el fondo, una puerta daba a un corralillo; a un lado partĂa recia escalera de pino, muy vieja, en donde resonaban fuertemente los pasos.
Eran poco transitados aquellos parajes; por la mañana pasaban carros con grandes piedras talladas en los solares de corte y volquetes cargados de escombros.
DespuĂ©s, la calle quedaba silenciosa, y en las horas del dĂa no transitaban por ella mĂĄs que gente aviesa y maleante.
AlgĂșn trapero, sentado en los escalones de la gran cruz de piedra, contemplaba filosĂłficamente sus harapos; algunas mujeres pasaban con la cesta al brazo, y algĂșn cazador, con la escopeta al hombro, cruzaba por aquellos campos baldĂos.
Al caer de la tarde los chicos que salĂan de una escuela de pĂĄrvulos llenaban la plaza; pasaban los obreros, de vuelta del Tercer DepĂłsito, en donde trabajaban, y ya al anochecer, cuando las luces rojas del poniente se oscurecĂan y las estrellas comenzaban a brillar en el cielo, se oĂa, melancĂłlico y dulce, el tañido de las esquilas de un rebaño de cabras. Una tarde de abril, en el taller de Rebolledo, el mecĂĄnico-electricista, Perico y Manuel charlaban.
-ÂżNo salĂs hoy? -preguntĂł Perico.
-¿Quién sale con este tiempo? Va a llover otra vez.
-SĂ, es verdad.
Manuel se acercĂł a mirar por la ventana. El cielo estaba nublado, el ambiente gris; el humo de una fĂĄbrica salĂa de la alta chimenea y envolvĂa la torre de ladrillo y la cĂșpula pizarrosa de una iglesia cercana. El lodo cubrĂa el raso de la parroquia de los Dolores, y en la calle de Magallanes, el camino, roto por la lluvia y por las ruedas de los carros, tenĂa profundos surcos llenos de agua.
-ÂżY la Salvadora? -preguntĂł Perico.
-Bien.
-ÂżYa estĂĄ mejor?
-SĂ. No fue nada⊠un vahĂdo.
-Trabaja mucho.
-SĂ; demasiado. Se lo digo, pero no me hace caso.
-Vais a haceros ricos pronto. GanĂĄis mucho y gastĂĄis poco.
-¥Pchs!⊠no sé.
-ÂĄBah!⊠que no sabesâŠ
-No. Que Ă©sas deben tener algĂșn dinero guardado, sĂ; pero, no sĂ© cuĂĄnto⊠para emprender algo; nada.
-ÂżY quĂ© emprenderĂas tĂș si tuvieras dinero?
-ÂĄHombre!⊠tomarĂa una imprenta.
-¿Y qué le parece eso a la Salvadora?
-Bien; ella, como es tan decidida, cree que todo se puede conseguir con voluntad y con paciencia, y cuando le digo que hay alguna mĂĄquina que se vende o algĂșn local que se alquila, me hace ir a verlos⊠Pero, todavĂa eso estĂĄ muy lejos; quizĂĄ, tiempo adelante podamos hacer algo.
Manuel volviĂł a mirar distraĂdo por la ventana, mientras Perico le contemplaba con curiosidad. ComenzĂł a llover; cayeron gruesas gotas, como perlas de acero, que saltaron en el agua negra de los charcos; poco despuĂ©s una rĂĄfaga de viento arrastrĂł las nubes y saliĂł el sol; se aclarĂł el cuarto; al poco tiempo volviĂł a nublarse, y el taller de Perico Rebolledo quedĂł a oscuras.
Manuel seguĂa con la vista los cambios de forma del humo negrĂsimo espirado por la chimenea de la fĂĄbrica; unas veces subĂa a borbotones, oblicuamente, en el aire gris; otra, era una humareda tenue que rebasaba los bordes del tubo, como el agua en un surtidor sin fuerza, y se derramaba por las paredes de la chimenea; otras, subĂa como una columna recta al cielo, y cuando venĂa una rĂĄfaga huracanada, el viento parecĂa arrancar violentamente pedazos de humo y escamotearlos en la extensiĂłn del espacio.
El cuarto donde hablaban Perico y Manuel era el taller del electricista: un cuartito pequeño y bajo de techo como un camarote de barco. En la ventana, sobre el alfĂ©izar, habĂa un cajĂłn lleno de tierra, donde nacĂa una parra que salĂa al exterior por un agujero de la madera. En medio del cuarto estaba la mesa de trabajo, y, unido a Ă©sta, un banco de carpintero con su tornillo de presiĂłn. A un lado de la ventana, en la pared, habĂa un reloj de pesas, de madera pintarrajeada, y al otro lado, una librerĂa alta con unos cuantos tomos, y, en el Ășltimo estante, un busto de yeso que, desde. la altura que se encontraba, miraba con cierto olĂmpico desdĂ©n a todo el mundo. HabĂa, ademĂĄs, en las paredes, un cuadro para probar lamparillas elĂ©ctricas, dos o tres mapas, fajos de cordones flexibles, y, en el fondo, un viejĂsimo y voluminoso armario desvencijado. Encima de este armatoste, entre llaves de metal y de porcelana, se advertĂa un aparato extraño, cuya aplicaciĂłn prĂĄctica era difĂcil de comprender al primer golpe de vista, y, quizĂĄ, tambiĂ©n al segundo.
Era un artificio mecĂĄnico, movido por la electricidad, que Perico tuvo en el escaparate durante mucho tiempo como un anuncio de su profesiĂłn. Un motor elĂ©ctrico movĂa una bomba; Ă©sta sacaba el agua de una cubeta de cinc y la echaba a un depĂłsito de cristal, colocado en alto; de aquĂ el agua pasaba por un canalillo, y, despuĂ©s de mover una rueda, caĂa a la cubeta de cinc, de donde habĂa partido. Esta maniobra continua del aparato atraĂa continuamente un pĂșblico de chiquillos y de vagos.
Perico se cansĂł de exhibirlo, porque se colocaban los grupos delante de la ventana y le quitaban la luz.
-SĂ, hombre -dijo Perico despuĂ©s de un largo rato de silencio-; debĂas establecerte cuanto antes y casarte.
-¥Casarme! ¿Con quién?
-ÂĄToma! ÂżCon quiĂ©n? Con la Salvadora. Tu hermana, el chiquillo, tĂș y ella⊠podĂ©is vivir al pelo.
-Es que la Salvadora es una mujer muy rara, chico -dijo Manuel-. ÂżTĂș la entiendes? Pues yo tampoco. Me tiene, creo yo, algĂșn cariño, porque soy de la casa, como al gato; pero en lo demĂĄsâŠ
-ÂżY tĂș?
-Hombre, yo no sé si la quiero o no.
-ÂżAĂșn te acuerdas de la otra?
-Al menos aquĂ©lla me querĂa.
-Lo que no impidiĂł que te dejara; la Salvadora te quiere.
-¥Qué sé yo!
-No digas. Si no hubiese sido por ella, ÂżdĂłnde estarĂas tĂș?
-EstarĂa hecho un golfo.
-Me parece.
-Si no lo dudo; pero el cariño no es como el agradecimiento.
-ÂżY tĂș no tienes mĂĄs que agradecimiento por ella? -No lo sĂ©, la verdad. Yo creo que por ella serĂa capaz de hacer cualquier cosa; pero me impone como si fuera una hermana mayor, casi como si fuera mi madre.
Manuel callĂł, porque el padre del electricista, Rebolledo el jorobado, y un amigo suyo entraron en el taller.
E...
Table of contents
- TĂtulo
- Parte 1
- Parte 2
- Parte 3
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