La novela forma un díptico con Dona Milagros y se centra en las relaciones entre hombres y mujeres en el el matrimonio. A través de los personajes femeninos es posible ver las ideas de Pardo Bazán sobre la situación de la mujer en su época. Se concentra en particular en las jóvenes de clase media.

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Memorias de un solterón: Adán y Eva
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Letteratura generaleCapítulo 1
A mí me han puesto
de mote el Abad. En esta Marineda tienen buena sombra para motes,
pero en el mío no cabe duda que estuvieron desacertados. ¿Qué
intentan significar con eso de Abad? ¿Que soy regalón, amigo de mis
comodidades, un poquito epicúreo? Pues no creo que estas aficiones
las hayan demostrado los abades solamente. Además, sospecho que el
apodo envuelve una censura, queriendo expresar que vivo esclavo de
los goces menos espirituales y atendiendo únicamente a mi cuerpo.
Para vindicarme ante la posteridad, referiré, sin quitar punto ni
coma, lo que soy y cómo vivo, y daré a la vez la clave de mi
filosofía peculiar y de mis ideas.
Yo friso en los treinta y cinco años, edad en que, si no se han
perdido enteramente las ilusiones, al menos los huesos empiezan a
ponerse durillos, y vemos con desconsoladora claridad la verdadera
fisonomía de las cosas. -En lo físico soy alto, membrudo,
apersonado, de tez clara y color mate, con barba castaña siempre
recortada en punta, buenos ojos, y anuncios apremiantes de calvicie
que me hacen la frente ancha y majestuosa. En resumen, mi tipo es
más francés que español, lo cual justifican algunas gotas de sangre
gala que vienen por el lado materno. -He formado costumbre de
vestir con esmero y según los decretos de la moda; mas no por eso
se crea que soy de los que andan cazando la última forma de solapa,
o se hacen frac colorado si ven en un periódico que lo usan los
gomosos de Londres. Así y todo, mi indumentaria suele llamar la
atención en Marineda, y se charló bastante de unos botines blancos
míos. Lo atribuyo a que en las personas de amplias proporciones y
que se ven de lejos, es más aparente cualquier novedad. Mis botines
blancos tenían las dimensiones de una servilleta.
No crean, señores, que me acicalo por afeminación. Es que
practico (sin fe, pero con fervor) el culto de mi propia persona, y
creo que esta persona, para mí archiestimable, merece no andar
envuelta en talegos o en prendas, ¿Voy a vestirme como un cesante?
Mil veces no. Me atrae todo lo que es confort, bien estar,
pulcritud, decoro. Como que de estas condiciones externas pende y
se deriva, en muchos casos, la paz del espíritu y la armonía del
carácter.
Soy solterón, y lo soy con deliberado propósito y casi diría que
por convicción religiosa. Ya explanaré detenidamente mis teorías
sobre tan delicado punto.
Libre de familia, vivo, no en una fonda, donde me tratarían a
puntapiés, me entregarían la ropa sin botones y no me barrerían el
cuarto, sino en una casa de huéspedes muy especial que he
descubierto, y donde me agazapé mientras no arreglo la garçonnière
con que sueño, y a la cual me llevaré probablemente, en calidad de
ama de llaves, a mi patrona actual, la mismísima doña Consolación
Fontán y Guripe, a quien por ahorrar saliva llamo doña Consola. En
España, la peor casa de huéspedes es siempre preferible a un hotel;
pero la mía merece el dictado de la perla del género. Fue doña
Consola, en sus juventudes, doncella de confianza de una notable
mujer marinedina, la ilustre viuda del guerrillero Esteva, a quien
Isabel II hizo merced del título de duquesa de la Piedad. En la
larga emigración de la dama, que pasó a Inglaterra acompañando a su
esposo perseguido por liberal, doña Consola no se apartó de ella, y
mientras hincaba el diente al negro pan consabido, aprendió muchas
cosas que se ignoran por aquí: a asar bien, a servir un té en
punto, a preparar las tostadas del desayuno como un ángel (si los
ángeles se dedicasen a tales menesteres); a tener la ropa blanca lo
mismo que un monte de nieve; a cultivar las virtudes del orden, de
la puntualidad, de la formalidad, del aseo… Fue doña Consola uno de
esos criados en quienes la veneración y el cariño hacia un amo
insigne trascienden misteriosamente a lo físico, y causan un
parecido singular, más aún que en las facciones, en los
movimientos, en la voz, en el gesto. Doña Consola tiene el rostro
moreno, severo, algo bigotudo, de la duquesa; lleva, como ella, el
pelo gris en bandós lisos; habla con reposado énfasis y frase
escogida; usa por casa, en invierno, guantes de lana verde o negra,
y siempre se la ve muy derecha, muy puritana, con cuello blanco
planchado y delantal de seda a cuadritos, honrando su pecho la
cadena de oro del reloj legado por su ama. Ha aprendido también en
aquellos tiempos memorables a respetar al modo sajón la libertad
del individuo, a no meterse en vidas ajenas, y a no fiscalizar a
los huéspedes so pretexto de quererles como a hijos. Este tipo
digno y serio es inconfundible con el de nuestras clásicas
patronas.
Como asistió a la duquesa con abnegación, sin acostarse en
treinta noches, nadie extrañó que quedase asegurada su suerte, y
que además, la duquesa dispusiese en su favor de todos sus muebles
y ropas, con lo cual pudo montar la casa de pupilos. Estos muebles
son ricos, de poco gusto y anticuados. Corresponden a la última
época del Imperio: mi cama, de caoba, tiene sus rosetas pseudo
egipcias, y el sofá y sillería están forrados con bonitas sedas, de
un verde pálido rameado de malva. Sobre la mesa dorada, redonda, de
acanaladas patitas, campea un soberbio reloj con asunto mitológico,
de bronce y mármol, pero que rige, pues le honra una mecánica nada
menos que de French. Deliciosas miniaturas de la familia Real
penden de la pared, entreveradas con ridículos trabajos de conchas,
cuadros matizados de pluma y pelo, y un retrato al óleo, muy duro y
mal engestado, de la duquesa. Vese asimismo un ejemplar de
caligrafía barroca y enrevesada, (ofrenda de algún protegido o
admirador), puesto en un marco de grandes pretensiones. Descifrado,
no sin trabajo, dice así textualmente: «La gloria, con su fulgente
aureola, enaltece vuestra sien. En el panteón de la inmortalidad os
tejen los querubes dos purísimas guirnaldas. Ved, su lema:
Beneficencia y Patriotismo. Vuestro evangélico y digno título
simboliza elocuentemente vuestra alma, y en el Elíseo de los
justos, donde mora vuestro esposo, un sinnúmero os bendice. Al
adalid de la libertad, el cielo plugo concederle una heroína». El
texto que traslado, figuréselo el lector con el aditamento de
infinitos rabos de cometa, nebulosas de rayas, espirales, cohetes,
sombras y arabescos: cuanto pudo discurrir el calígrafo, echando el
resto sobre todo en las palabras que expresan algún concepto
grandioso, las cuales llevan mayúscula: vr. gr., Inmortalidad,
Gloria, Libertad y Patria. -No eran, sin embargo, los cuadros ni
los muebles la mejor parte del legado de la duquesa. Constituíala
una biblioteca, excepcional por lo escogida, que la heroína no
había reunido, sino que a su vez le había legado un amigo y
compañero de emigración, bibliófilo eminente, de la raza vivaz de
los Salvas y los Gallardos. Era la tal biblioteca, en poder de doña
Consola, tocino en casa del judío, y algunas veces se le había
ocurrido enajenarla, gestionando que la adquiriese la provincia.
Sólo que con valer mucho aquella espléndida colección de libros
raros, no valía en venta todo lo que imaginaba doña Consola, y como
la excelente pupilera no se resolvía a deshacerse de ella, yo la
usufructuaba con deleite.
A pesar de que los recuerdos de la heroína no carecen de
atractivo, no acaban de convencerme estas antiguallas
patriótico-progresistas, que huelen a milicia nacional desde una
legua, y voy poco a poco vistiendo las paredes con los cachivaches
de moda, porcelanitas, acuarelas, manchas de paisaje encerradas en
marco inmenso, fotografías, grabados, estatuillas en repisas,
pedazos de tela vieja bordada, un yatagán, dos floretes, un relieve
en bronce… Cuando me decida a arreglar mi nido (nido sin cría, por
supuesto, ni más pájara que doña Consola, que es pájara disecada),
entonces haré primores, y mi salita y mi despacho serán la envidia
de todos los solteros marinedinos.
¡Sin pájara, sin cría! ¡Y qué bien, qué sosegado! -No te
figures, lector, que en lo que voy a decir se contienen las
verdaderas, las íntimas razones que me alejan del estado
matrimonial; son las más superficiales, y ya llegaremos al análisis
de las otras; pero ¿has admitido tú alguna vez el absurdo sofisma
de que para vivir con tranquilidad, y hasta con un poco de poesía
doméstica, sea preciso casarse? ¿Has transigido con la vulgaridad
de que las moradas de los solteros tengan que parecer una leonera o
una zahúrda? Digan lo que digan, y aunque Pereda, de quien soy
lector constante, haya declamado contra el buey suelto, nunca
poseemos un interior más pacífico y más estéticamente arreglado
para recrear en su serenidad el alma, que cuando podemos hacerlo
todo a nuestra imagen, y no según las exigencias siempre algo
prosaicas de la vida de familia. Yo no soy como aquel Gedeón, el
héroe de Pereda, un vicioso burdo y sin miaja de pesquis, a que no
sabía ponerse de acuerdo consigo mismo, y que, por incapacidad,
necesitaba con urgencia mujer, como los chicos niñera. Ninguna
persona de mediano criterio tropezará en los inconvenientes en que
tropezaba aquel zanguango.
Los defensores sistemáticos del matrimonio me dan la razón en
este particular sin querer, cuando llaman egoístas a los que como
yo piensan. Nos cortan sayos, porque atendemos a nuestro propio
bien y labramos como la abeja el panal de nuestra apacible vida,
sin preocuparnos de la ajena y desoyendo el mandato de Dios al
hombre, por lo cual, en vez de abejas, deberíamos llamarnos
zánganos.
Aun suponiendo, señores, que fuese labor… muy laboriosa la de
engendrar un hijo cada once meses, siempre el producir humanidad
sería lo contrario de destilar miel. Rejalgar es lo que
generalmente destila el padre de una familia numerosa, y a rejalgar
sabe la existencia condenada si al venir a ella no traemos
condiciones que nos la hagan llevadera al menos. Yo de mí sé decir
que, dadas las agonías y estrecheces y sonrojos y miserias con que
se vive en ciertas casas, hiel y vinagre debe de ser la cotidiana
bebida. El maltusianismo es el a, b, c, es la doctrina más trillada
en los que sobre el matrimonio filosofamos; convengo en ello; pero
también sé que estas razones no se han hecho vulgares sino a fuerza
de ser evidentes.
Sólo la gente superficial e irreflexiva condena el egoísmo,
cuando habría que erigirle altares como a numen tutelar: La pasión
y el altruismo son los que casi siempre nos ponen en el caso de
molestar, dañar y herir al prójimo: el egoísmo nunca. Consejero
prudente sentado a nuestra cabecera y consagrado a reprimir
nuestros caprichos sentimentales, nuestros arrechuchos, nuestras
vehemencias, él es quien nos manda no alterar la paz del hogar
ajeno, no meter la hoz en la mies del vecino, no revolver el
cotarro, no buscar quimera, rehuir la acción y evitar el interés y
la lucha, fuente de todo dolor. Rara vez nos aconsejará el egoísmo
acciones malas, pues como inteligente y discreto sabe que en la
fosa que cavamos nos rompemos las piernas. ¡Oh guía seguro y
honrado, oh buen Mentor, oh incomparable egoísmo! Téngate, yo en mi
compañía por siempre jamás amén.
Soy capaz de probar con argumentos firmes y sólidos que más amo
yo a la esposa que no torno y a los hijos que no tengo, que todos
los casados y padres de familia del mundo a sus hijos y esposas.
Porque amo a esa tierna compañera, no quiero verla convertida en
ama de llaves, en sirviente o en nodriza fatigada y malhumorada;
porque idolatro a esos niños encantadores, a esos ángeles rubillos,
no quiero procrearlos, no pudiendo untarles con manteca y miel las
tortitas que han de merendar. ¡Querubines de mi corazón! No temáis,
no, que os juegue la mala pasada de traeros a este mundo…
No me salgan a mí por el registro de la modestia y el arreglo en
el hogar. Hoy nadie puede pasarlo modestamente; es decir, nadie que
sea burgués; y hasta a los mismos proletarios se les imponen
necesidades y refinamientos que antes desconocían. El rasero ha
pasado, yo visto como el millonario y como el magnate; mis hijas
tendrían que gastar iguales trapos que las de la marquesa de
Veniales o las de ese podrido de dinero, Chucho Díaz. No hay
clases, como dijo el otro. No hay más que apetitos, vanistorios y
exigencias. Nuestras instituciones democráticas han amenguado la
fuerza social de la nobleza de sangre, pero han duplicado la del
dinero. ¿Cómo quieren Vds. que sustente principios rígidos de honor
y de altivez un padre de familia?
¡Engendrar hijos y no poder satisfacer, no digo ya sus
necesidades, sino sus antojos! En el padre comprendo y llego a
excusar no sólo el delito, sino el crimen. Ahí si que cabe decir
que el fin justifica los medios. Vean Vds. por qué entiendo que la
paternidad es incompatible con el cumplimiento de la ley moral,
pues nadie es capaz de afirmar que resistirá a ciertas tentaciones
si es amante padre y esposo, y siente pesar sobre sus hombros la
responsabilidad más abrumadora, la del sustento y el bienestar de
seres que trajimos a la existencia sin que ellos lo solicitasen.
Por eso un observador atento de este agitado mar que llamamos la
sociedad y las costumbres, podrá anotar en su cartera que a fines
del siglo XIX han coincidido dos fenómenos morales: una exaltación
casi morbosa de los sentimientos de familia, y un ansia de riquezas
y de goces desenfrenada, que ocasiona la corrupción política y
administrativa y la lucha más rabiosa por una migaja de pan.
Gracias sean dadas a mi numen, al santo egoísmo, yo no necesito
pelearme con nadie por el mendrugo. Mi profesión de arquitecto, que
ejerzo sosegadamente, a sus horas, y mi humilde patrimonio, me
bastan para vivir con desahogo y para disfrutar de ciertas gratas
su perfluidades. No me hace falta intrigar, ni disputar a un
compañero, por esos medios que calificaría de indignos si la
paternidad no los cohonestase, el encargo lucrativo, la apetecida
comisión, la cátedra de la Escuela de Bellas Artes o la dirección
del edificio público. Así conservo mi ecuanimidad, y miro desde la
orilla las batallas navales en una palangana que se riñen en
Marineda por presas siempre mezquinas, pero que para algunas
familias representan el pan.
Repito que no es esto sólo lo que me ha determinado a
conservarme doncello, y que no faltan otras consideraciones de un
orden más elevado o por lo menos más alambicado y sutil. Mientras
llegamos a tal capítulo, oigan y envidien el pasar de este
empedernido solterón.
.
Capítulo 2
En verano dejo las ociosas plumas a la metálica voz del French, cuando lanza ocho estridentes notas en la soñolienta atmósfera de la sala, contigua al dormitorio. Me lavo a escape, me visto de negligé y corro a la playa del Rial a tomar un baño. Salgo del chapuzón regenerado, con la sangre fresca, dispuesto a resistir bien el calor del día. Desde el baño hago rumbo al Casino de la Amistad, muy próximo a mi casa (vivo en la calle Mayor, el corazón de Marineda), y me arrellano en una butaca, a leer la prensa de la corte, a abrir y gulusmear Ilustraciones y Revistas. La de Ambos Mundos, decadente y todo, sigue siendo mi predilecta; devoro sus novelas interesándome mucho en la ficción; tampoco me desagradan los reposados y agudos estudios críticos de Lemaître y Brunetière, ni ciertos artículos de carácter biográfico: con los administrativos, económicos y científicos no me atrevo nunca de puro respeto que me infunden. No descuido el movimiento literario ameno, el que no fatiga el cerebro ni lo atolla en indigestas e insolubles cuestiones: leo a unos autores porque me divierten y estimulan (como Gyp), a otros porque me causan grata fiebre, (como Bourget), y a otros, (como Prevost), porque me tocan en el corazón. A las doce o doce y media vuelvo a mi domicilio, termino las operaciones de aseo, me pongo a gusto, en batín, y salgo al comedor. No me tengan Vds. por glotón; al contrario: en las horas de la mañana soy excesivamente sobrio, y guardo extraño régimen. Lo que me sirve con sus secas manos doña Consola, es buenamente ancha bandeja donde campea un tazón, no chinesco sino de nítida loza británica, rebosando de hirviente chocolate; un vidrio de agua cristalina y pura; un blanco azucarillo; unas rebanadas de dorado pan, y una limpia y bien planchada servilleta… Ni más ni menos.
¿Me dices, ¡oh lector abogado de la santa coyunda!, que es triste eso de sentarse a la mesa solo? ¡Bah! Lo de la soledad es según se entienda. No me falta compañía. La ex doncella de la heroína se encarga a veces de distraerme contándome las proezas y glorias de su ama, y cómo en aquella casa se vieron reunidos a la mesa el Gobernador, el Capitán general, el señor de Picavia y D. Salustiano Olózaga. «Si el general Espartero viene a Marineda -acostumbra añadir la buena mujer- a la mesa le tenemos seguro». Ni es la compañía de doña Consola mi único solaz. Poseo un amigo, un repolludo gato, negro, lucio, manso, con redondas pupilas de esmeralda, que al sentirme entrar acude enarcando el lomo, entiesando el rabo y fregándose contra las paredes. Llégase a mi asiento y se pone a hacer carretilla, alargando delicadamente una pata de terciopelo, a fin de avisarme de su presencia. Yo le arrojo bolitas de pan, y él juguetea con los proyectiles. Sus brincos, zapatetas y zarpazos me divierten, como me divertirían las gracias de un rapazuelo.
Raro es también que a la hora del chocolate no parezca algún conocido a traerme la chismografía de la ciudad: quién se casa, quién se muere, quien está tronado, a quién destinaron a Filipinas… Yo confieso que soy aficionado, no precisamente a arrancar a tiras el pellejo, pero sí a llevar un alta y baja de observación de las vidas ajenas, que ofrece sorpresas más entretenidas que novela alguna. Así, mientras chupo un excelente Henry Clay, traído en dechura de la Habana por un capitán de barco, me entero de cuanto ocurre en Marineda. Mi mejor reporter es el festivo maldiciente de la Pecera, Primo Cova (el que ha sentado y defendido la teoría de que la murmuración es el pan del espíritu).
Volviendo al Henry Clay, afirmo que es uno de los más exquisitos goces que debo a mi soltería. ¿Conocen Vds. algún hombre casado que a los ojos de su mujer tenga derecho a invertir peseta y media o dos pesetas en un puro? Apenas prendiese la cerilla, saldría, mi dulce compañera con que los niños necesitan esto, y que ella carece de lo otro, y que es no tener vergüenza ni corazón derrochar en humo y vicios el pan de la casa.
Después del chocolate, al trabajo, a recorrer mis obras o a levantar mis planitos. Si no hay que hacer y me encuentro exento de servicio, me voy a nuestra querida sociedad de la Pecera, me reclino en la mecedora mejor situada, ¡y que se me escape una rata ya! Como tan bien informado, sorprendo y descifro en la cara de los transeúntes el por qué pasan y qué objeto les guía. El cristal de mi Pecera es un microscopio. Cuando cruza Antoñita Marqués, muy remilgada y andando a saltitos, ya sé que detrás ha de venir Demetrio Llana; cuando Baltasar Sobrado atraviesa la calle aprisa, con la quijada en el pecho y las manos en los bolsillos, ya sé que busca el medio de deslizarse por la apartada callejuela donde vive quien él y el diablo saben… Sin poder remediarlo me río de la pobre humanidad, de su eterna ilusión, de la fidelidad con que reproduce, a distancia de años, gestos, actitudes y errores, que sin embargo afecta conocer y despreciar… Cuido, eso sí, de no reír en alto, porque no es de hombres prevenidos el decir en esta piedra no tropezaré…
Si hace bueno (caso en Marineda no muy frecuente), voy a dar mi paseíto largo por los alrededores del pueblo. De dos o tres años acá noto propensión a engordar, y, por higiene, me he recetado ejercicio en píldoras de excursiones que entre ida y vuelta no suelen pasar de seis u ocho kilómetros. A eso de las cuatro, como con robusto apetito, avivado por el movimiento. Doña Consola me presenta golosinas y piperetes, consultándome y estudiando mis gustos y antojos; y aun cuando no está muy fuerte en primores a la francesa, su esmero en elegir la flor del mercado, su tino para espumar los puestos, así los de las legumbres y hortalizas que cría este privilegiado suelo como los de los suculentos mariscos de esta costa, y la limpieza y seguridad con que los condimenta, bastan para hacer de mis comidas verdaderos festines. Los cuatro o seis platos británicos en que doña Consola es maestra, realzan de vez en cuando con un saborcillo exótico mis menús castizos y regionales.
Procuro tenerme a raya y no entregarme sin tino a la satisfaccioncilla sensual de la gula, resistiendo las asechanzas de la fresca langosta, de la sabrosa cachucha y del chorizo reventón y gorduroso. Paréceme que un hombre algo culto debe levantarse de la mesa cortés consigo mismo, no ahíto ni pesado, y no soy de los que a un hartazgo le llaman placer. Sin desconocer que la naturaleza tiene sus leyes imperiosas y ha puesto goces en el cumplimiento de todas ellas, prefiero a las expansiones de la materia las del espíritu. Además, temo contraer las enfermedades que son reato y castigo del comer brutal y desordenado.
La noche es para mí lo más grato de la jornada. Si hay compañía de teatro, me abono a mi butaquita, la misma siempre… (a no ser en ciertas ocasiones excepcionales). Si falta este matadero de horas y alivio de las noches largas del invierno, entonces me recojo a mi madriguera casi temprano -a las diez-. El gato me aguarda apelotonado, haciendo un valle profundo en mi edredón de seda roja, y al llegar yo entreabre sus verdes ojazos y carraspea voluptuosamente, cual si murmurase: «Somos un par de filósofos, Mauro amigo. ¡Cáspita si entendemos la aguja de marear!». Doña Consola ha cuidado de abrir el embozo de mi cama, de tener reluciente como el oro el velón alemán de aceite de oliva, de que esté a la cabecera mi tisana contra los romadizos incipientes -una parte de té por dos de leche, y una cucharada de coñac añejo-, y ...
Table of contents
- Título
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
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