Interesante libro que mezcla la historia, el ensayo literario y la novela, trata sobre la conquista del Perú y el incio de la colonia.

- English
- ePUB (mobile friendly)
- Available on iOS & Android
eBook - ePub
La Conquista del Perú novela histórica original
About this book
Trusted by 375,005 students
Access to over 1.5 million titles for a fair monthly price.
Study more efficiently using our study tools.
Information
Subtopic
Literary CriticismIndex
LiteratureCapítulo 1 Los Reyes Católicos
Mal pudiéramos
conducir a nuestros lectores a la perfecta inteligencia de los
manuscritos y textos peruanos que nos han servido de guía en esta
obra, si ligeramente no describiésemos en breves pinceladas el
estado político del antiguo mundo en el siglo dieciséis, y no
profundizásemos en algo la corte de los reyes católicos y su
situación interior y exterior.
España, este suelo alumbrado por el sol más hermoso de la
Europa, ha sido en todos los siglos el campo de batalla en que se
han resuelto con las armas los destinos del antiguo mundo. Después
de verse vencida en los campos celtíberos, la belicosa república de
Cartago, sucumbió también en sus arenas la altivez romana; y si el
trono de los godos con el trascurso de los siglos adquirió en
nuestro suelo nacionalidad y poderío la molicie de la corte de
Witiza y de Rodrigo, abrió las puertas de España a los testados
hijos de la Libia, y sufrió por ocho siglos el duro y ominoso yugo
sarraceno, perdiendo su libertad, su independencia, y hasta sus
creencias religiosas.
Mas no el león español rugiera por siempre abatido a los pies de
sus opresores; la patria de los héroes alzó su temerosa frente y se
estremeció Damasco. El instinto de la libertad y del amor a la
patria, a una con el fanatismo y la superstición, concitaron a
Cueba Donga, a los antiguos celtíberos y lusitanos, y Pelayo abrió
la campaña más obstinada y sangrienta que jamás pregonar a la
historia. Setecientos ochenta años de combates, y tres mil
setecientas batallas, habían arrojado a los sarracenos de las
montañas cantábricas a los montes de Toledo; de los montes de
Toledo a las fragosas sierras de Andalucía; y los habían al fin
reducido a los muros de Granada. A Fernando y a Isabel les
guardaban los destinos la gloria de tremolar el estandarte de la
cruz en las almenas de la Alambra, y al menos por una vez el
fanatismo hizo causa común con la libertad.
A tan atroz campaña hubiera de tener en pie poderosos ejércitos,
ni hubieran formado un sistema de hacienda pública con recursos
bastantes para vastos proyectos. Aunque los reyes de Castilla
entraban todos los años desolando las campiñas de los sarracenos,
con cincuenta o setenta mil hombres, estos ejércitos sólo se
componían de vasallos que por otro tiempo les prestaban los señores
feudales, o de fanáticos que por cuarenta días concitaba, en nombre
de Dios, el señor del Vaticano. El ejército francés de Carlos
séptimo fue la primer fuerza permanente que conoció la Europa, y
que preparó la importante revolución de quitar a los nobles la
dirección de la fuerza militar de los Estados. Los reyes con poco
poder, su erario era tan débil, que no podían entrar en gastos ni
empresas; y si pedían socorro a los pueblos, los pueblos se los
prestaban con escasez.
Entraron Fernando e Isabel vencedores en Granada el segundo día
de 1493; la dominación sarracena en España exhaló el último
suspiro, y unida la corona de Aragón y de Castilla por el
matrimonio de esos dos príncipes, sus dominios eran muy extensos,
si bien su poder no era absoluto. El poder legislativo estaba en
las Cortes, y el rey tenía el ejecutivo muy limitado. Los tiempos
románticos aun no habían acabado enteramente; la bizarría, la
gentileza y el valor, eran el distintivo de los nobles caballeros,
pero el feudalismo gozaba de toda la extensión de su poder; los
señores feudatarios eran los reyes, y los monarcas unas huecas
fantasmas, sin esplendor, y sin aparato. Empero, Fernando, que
recogió el fruto de cuatro mil victorias, supo aprovecharse de las
ventajas que le ofrecía su situación política. De capacidad
profunda en la combinación de sus planes; la actividad, constancia
y firmeza para su ejecución, consumó la obra do la tiranía que lo
inspiraba su corazón y lo dictaba su orgullo. Fernando, que la
corte de Roma le llamó el Católico, porque le temía, unas veces
bajo diferentes pretextas, otras con atroces violencias, y muchas
por sentencias de tribunales de justicia, despojó a los barones de
una parte de las tierras que obtuvieron de la inconsiderada
generosidad de los antiguos monarcas, y principalmente de la
debilidad y prodigalidad de su predecesor, Enrique cuarto. Hizo su
corte pomposa, e infundía respeto a los grandes con oropel y con
brillo: unió a la corona las poderosas maestrías de las órdenes de
Santiago, Alcántara y Calatrava, y fue constantemente un tirano
sutil para ir robando las libertades al pueblo, si bien aun su
poder era menor que el de otros soberanos de Europa, España fue
libre, hasta la aciaga derrota de los campos de Villalar.
Si tantas ventajas pudieran hacer colosal el trono de Fernando,
sus errores políticos debilitaron empero su poder. El proselitismo,
atributo inseparable de los fanáticos, dominó a Fernando, o dominó
a lo menos a su política. Apenas la enseña de Sión tremoló en los
muros de Granada, cuando un desacertado decreto ordenó a los judíos
y mahometanos, derramados por todas las provincias españolas, que
en el término de cuatro meses recibieran el agua del bautismo, o
saliesen de los dominios castellanos. Pocos se bautizaron, pero
ochocientos mil de todos sexos y edades buscaron en otros climas la
tolerancia de sus creencias. Las campiñas devastadas por la guerra;
la propiedad territorial monopolizada en pocas manos; la corta
extensión del comercio, y la poca actividad en las comunicaciones
interiores, todo hacía que la agricultura desfalleciera y la
riqueza pública fuese bien escasa. Una guerra desoladora de ocho
siglos; una espantosa emigración, dictada por el fanatismo; los
entorpecimientos de los matrimonios, propios de los derechos
feudales, todo contribuía a la despoblación, y a la escasez de
brazos para la cultura de las artes y de las ciencias.
Tal era el estado político e interior de España, cuando se
presentó Colon ofreciendo a los monarcas castellanos un vasto
imperio, cuya existencia le había inspirado su instinto. Fernando,
aun que algún tanto elevado sobre las ruinas del feudalismo, era un
monarca cuyo débil erario no bastaba a las urgencias interiores; un
monarca que no contaba demasiado con el amor de su pueblo; un
monarca en fin, de más pompa y vanidad en su corte, que de poder
para vastas empresas: y absorbida toda su atención en la derrota de
los sarracenos, no era fácil prestara oídos a un hombre tenido por
visionario en toda Europa.
Si tampoco favorecía esta situación política al virtuoso
descubridor del Nuevo Mundo, la ignorancia y fanatismo lo
presentaban un escollo casi insuperable. La infalibilidad del
pontífice había excomulgado a los que creyesen en la existencia de
los antípodas; y España, sepultada, como todas las naciones, en la
estupidez y en el terror religioso, no era fácil, que siguiera el
parecer de un hombre obscuro abandonando la evidencia el Génesis y
el Pontífice. Difícil sería investigar la remoción de tantos
obstáculos, sino se recurriera a la ambición de los reyes; pero la
sed ardiente de dominar, y el fausto pomposo de amarrar imperios al
carro de la victoria, que parecía dominar a los reyes católicos,
les hicieron prestar oídos al intrépido Colon, e imponiendo
silencio al Génesis y al Pontífice, se arrojaron al furor de
desconocidos mares, en busca de esclavos y de tesoros.
Capítulo 2 Colón
Envanecidos los
reyes católicos con las conquistas que diariamente arrebataban de
las manos de los sarracenos; orgullosos de los triunfos que
conseguían sobre sus nobles e infanzones, arrancándoles sus
antiguos derechos feudales, con que engrandecían su poder supremo,
tendían arrogantes su vista al Océano, y fácilmente se persuadían
del agradable delirio que detrás de aquellas movibles montañas de
olas, habría también otros imperios y otras coronas que ceñir a sus
frentes, y que engrandecieran su poderío. Hubo un hombre atrevido,
más grande que su siglo, que les ofreció a sus plantas un Nuevo
Mundo, y la antigua Península era ya corto límite para encerrar el
poder de los reyes de Aragón y de Castilla. Colón lisonjeaba la
vanidad de estos poderosos monarcas, y el Génesis y el Pontífice
habían de enmudecer ante la voluntad inflexible de los
conquistadores de Granada, que habían de amarrar un nuevo mundo al
trono colosal de Carlos quinto.
Cristóbal Colón, natural de Génova, había pasado su preciosa
existencia en viajes marítimos de más o menos importancia. Este
hombre obscuro, más adelantado que su siglo en el conocimiento de
la astronomía y de la navegación, conoció como por instinto que
debía haber otro continente, y que le estaba reservada la eterna
gloria de descubrirle. Los antípodas, que la razón condenaba como
quimera, y la superstición como error o impiedad, eran para este
hombre extraordinario una verdad incontrastable. Poseído de esta
idea, la más grandiosa que ha concebido humano, propuso a Génova,
su patria, poner bajo sus leyes otro hemisferio. Despreciado por
esa débil república, por Portugal donde vivía, por Inglaterra,
aunque pareciera siempre dispuesta a cualquiera empresa marítima,
cifró las esperanzas de sus proyectos en Isabel.
Los ministros de esta princesa tuvieron desde luego por
visionario a un hombre que quería descubrir un Nuevo Mundo, y por
mucho tiempo lo trataron con la altanería que los hombres comunes,
en medio de su fortuna, acostumbran a tratar a los hombres de
genio. Colón empero, no se arredró a vista de las dificultades.
Tenía como todos los que forman proyectos extraordinarios la
grandeza de alma, el entusiasmo que les anima contra los juicios de
la ignorancia, los desprecios del orgullo, las bajezas de la
pereza; firme, enérgico, valeroso, su prudencia y su destreza
triunfó de todos los obstáculos. Isabel vendió sus joyas y piedras
preciosas; comprometió a su corte, y armadas que le fueron tres
fragatas, tripuladas por noventa hombres, Colón se dio a la vela el
3 de agosto de 1492, para admirar al mundo.
Cristóbal Colón iba a transformar el antiguo mundo, y su empresa
necesitaba un valor sublime. Después de una larga navegación, las
tripulaciones, horrorizadas a la inmensa distancia que las separaba
de su patria, empezaron a desconfiar de que llegaran al fin de sus
deseos, y pensaron por muchas veces arrojar a Colón al mar, para
volverse a España. El almirante disimuló cuanto le fue posible,
hasta que, viendo ya el volcán amenazando el horroroso estallido
propuso que si en tres días no descubrían tierra, darían vela para
Europa. Afortunadamente antes de los tres días, en el mes de
octubre, se descubrió el Nuevo Mundo. Colón abordó a la isla de San
Salvador, y tomó posesión de ella en nombre de Isabel. ¡Nadie en
Europa creía entonces injusto apoderarse de un país no habitado por
cristianos! Los insulares, conturbados a la vista de los navíos, y
de hombres tan diferentes a ellos, huyeron despavoridos a la
profundidad de las selvas. Los españoles pudieron coger algunos,
que llenos de caricias y presentes, volvieron a mandar a sus
hordas, y fue lo bastante para atraerse toda la nación errante.
Entre festivo alborozo los desgraciados habitantes del Nuevo
Mundo corrieron a la playa, y reconocían los navíos y acariciaban a
los europeos. Los europeos al contrario, viendo hombres de color de
cobre, sin barba en su rostro, sin bello en su cuerpo, en la
simplicidad de la naturaleza, les miraron como animales
imperfectos, nacidos para su desprecio, para amarrarlos a la férrea
argolla, para venderlos en los mercados, y condenarlos a una eterna
servidumbre.
Los insulares habitando las selvas, buscando los frutos de la
naturaleza y satisfaciendo al pudor con sencillos tejidos,
ignoraban el valor de los metales; y el despreciado cobre, y el oro
ansiado, saciaban igualmente su cándido orgullo; adornaban sus
templos, realzaban el atractivo de sus hermosas. Los invasores
tendían en tanto a su alrededor penetrantes miradas, en busca de
preciados metales y de piedras preciosas, y miraban con sonrisa, a
los indios cargados de tesoros en sus adornos, y allá en su pecho
meditaban el crimen y el despojo. ¡Oh, sublime Colón! jamás
mancillará la historia tus virtudes; la ambición del saber, no la
ambición del oro, te inspiró la existencia de otros nuevos
continentes; si hubieras podido abrir el libro de los destinos de
los pueblos, América yaciera en el olvido, y no turbaras las ondas
de las tranquilas y lejanas playas, para verlas después enrojecidas
de sangre. Sensible, tierno, virtuoso, tú fuiste el amor de los
sencillos insulares, y el odio de la corte de Castilla; y tu
memoria será cara al Nuevo Mundo, mientras viva en los pechos el
recuerdo de tu virtud.
El celo infatigable de Colón por los descubrimientos, y el
incentivo del oro en los castellanos, les llevó a la isla de Santo
Domingo y a otros continentes de América. En tanto que Colón estuvo
al frente de las tripulaciones, la ambición de los expedicionarios
halló un dique insuperable; pero teniendo que volver a la corte de
Castilla, teniendo que abandonarse a la inmensidad del piélago para
nuevos descubrimientos, la usurpación, el fanatismo, la crueldad,
la barbarie, desplegaron su furia contra los inocentes adoradores
del Sol. Los indios, sin mas armas que su arco y sus flechas de
madera, o espinas de pescados, en vano aventuraban choques con
enemigos, cuyas armas, cuya disciplina les daban tantas ventajas.
Mirados como dioses por sus débiles víctimas, antes de combatir
entonaban la victoria, y sus trofeos eran bárbaramente
ensangrentados. Colón empero aterraba a los malvados, y era el
ángel protector de los indios; pero Colón sería el primer guerrero
virtuoso que no fuera el juguete de los cortesanos y que no
siguiera al fin las huellas de Belisario. La calumnia le asestó sus
bárbaros tiros, y mandado encadenar en Santo Domingo, fue conducido
a España como el más vil de los criminales. La corte, avergonzada
de proceder tan ignominioso, le puso en libertad, pero sin vengarle
de sus calumniadores, y sin restablecerle en sus títulos y
funciones. ¡Tal fue el fin de este hombre extraordinario! El
reconocimiento público hubiera debido dar al menos a este nuevo
hemisferio, el nombre del atrevido navegante que lo había
descubierto; y fuera el menos homenaje que pudiese tributar a su
memoria; pero ya la envidia, ya la ingratitud, ya los caprichos de
la fortuna que así disponen de la gloria, le arrebataron el don que
le habían concedido los destinos, y se lo tributaron a Florentino
Américo Vespucio, que sólo hizo seguir sus huellas. El primer
instante en que la América fue conocida por el resto de la tierra,
se selló con una injusticia; ¡fatal presagio de las de que habían
de ser teatro aquellos desgraciados países!
Después de la caída de Colón y de la muerte de Isabel, los
insulares comenzaron a sentir todo el horror de la suerte que les
amenazaba. La religión y la política del siglo dieciséis, sirvieron
de velo a la impía ley, que en 1506 dio Fernando el Católico,
repartiendo los indios entre los conquistadores, para que los
empleasen en las explotaciones de las minas y en todos los trabajos
más penosos. En cuanto dejemos a estos bárbaros, se decía el libre
ejercicio de sus supersticiones, ni abrazarán el cristianismo, ni
doblarán la cerviz a la obediencia. ¡Oh digna política del siglo
dieciséis!… Las islas se dividieron en multitud de distritos, y
cada expedicionario obtuvo más a menos terreno, según su grado, su
favor, o su nacimiento; y desde ese instante los indios quedaron
esclavos, que debían a sus señores su sudor y su sangre; y esta
horrible disposición se siguió en todos los establecimientos del
Nuevo Mundo, recogiendo la corona exorbitantes derechos sobre los
trabajos.
Los expedicionarios llenaron su ambición por algunos instantes;
pero los débiles indios fatigados de un trabajo insoportable, o
muertos al rigor de bárbaros castigos, desaparecían de sus fértiles
campiñas, y apenas ya quedaran brazos vengadores para cuando
tronara el instante de la venganza. En vano en el siglo dieciséis
se clamara por los buenos principios de colonización; en vano se
invocaran los derechos de la humanidad; la espada levantada, y el
nombre del conquistador; el crucifijo en la siniestra y en la
diestra la tea; la esclavitud o la muerte, el cristianismo o la
hoguera; he aquí todos los grandes principios de la corte católica,
como de todas las cortes de Europa, en el ominoso siglo
dieciséis.
Capítulo 3 México
Las preocupaciones religiosas y el fanatismo decidían en mucho en el siglo dieciséis la suerte de las naciones; y si los pueblos del antiguo mundo, después de haber recorrido varios sistemas filosóficos, y diferentes creencias, se habían, puede decirse, agrupado alrededor de la cruz, las naciones de los nuevos continentes eran víctimas también de las falsas predicciones de sus sacerdotes y profetas, y el terror religioso contribuyó a la dominación de aquellos imperios, tanto como el terror de las armas de sus conquistadores. Antes pues, de que nos alejemos a las playas del Perú, escena de nuestro inmortal protagonista, será preciso tender una mirada filosófica sobre los primeros continentes de América, descubiertos por los españoles, y particularmente sobre el colosal imperio mexicano, conquistado por el siempre inmortal Fernando Hernán Cortés. Los imperios de México y del Perú, reunían muchos puntos de contacto entre sí en sus preocupaciones religiosas y en las predicciones de sus profetas: en uno y otro imperio se esperaban grandes revoluciones que habían de venir de la parte del oriente, y esta semejanza de profecías resaltará tanto más a nuestros lectores, cuanto que tuvieron por origen religiones y sacerdotes, que formaban entre sí la antítesis más espantosa. En México se adoraba falsos y crueles ídolos, y antropófagos; sus sacerdotes tenían las santas aras de sangre humana: en el Perú se adoraba a la sublime deidad del sol, y los sacerdotes le ofrecían en el templo inocentes sacrificios de los frutos que prodigaba a sus adoradores. ¡0 inexplicables arcanos de las aberraciones de la razón humana!
Después de la muerte de Colón, los españoles fueron formando importantes establecimientos en la Jamaica, Puerto Rico y Cuba; y Francisco Hernández de Córdoba y Juan Grijalva, en 1517 y 1518, adquirieron extensos conocimientos acerca del imperio mexicano, de su poder, de su extensión, de sus leyes y costumbres, etc.
La voz pública aclamaba para conquistador de México a Fernando Cortés, mas conocido entonces por las esperanzas que prometía, que por las hazañas que contaba. Robusto, vigoroso, elocuente, intrépido, sagaz y animado de todo el entusiasmo por la gloria, que forma la primera virtud de los hombres, Cortés tremolaría el estandarte de Castilla sobre las ruinas del trono de Motezuma. Tan halagüeña perspectiva presentara el primer héroe de América, si aun mayores crímenes no oscurecieran tanta gloria. Después de haber superado los obstáculos que le suscitaron los celos, y el aborrecimiento, se dio al fin a la vela el diez de febrero de 1519, con 518 soldados, 109 marineros, algunos caballos y alguna artillería. ¡Tan débil ejército iba a abrir una feroz campaña de tres siglos! Por cortos gastos que ocasionasen tan reducidas expediciones, nada suministraba el gobierno; todas se costeaban por particulares que se arruinaban y eran desgraciadas, pero que su buen éxito siempre extendía el imperio de la Metrópoli. Desde las primeras expediciones, jamás la corte trazó el plan, jamás abrió sus tesoros; jamás hizo levantamientos de gente; la sed de oro, el espíritu aventurero que entonces reinaba, excitaban la industria y la actividad.
Cortés desembarcó felizmente y atacó y venció a los indios de Tabasco, y los hizo sus aliados. Los españoles más frugales, más endurecidos en las fatigas, más acostumbrados a la intemperie de su clima ardiente que ningún otro pueblo de Europa, fueron entonces los únicos que pudieran sufrir las aflicciones de la guerra en la zona tórrida, y prepararse a tan desigual campaña. Apenas Cortés apareció en las costas de México, Motezuma que allí reinaba con el poder más absoluto, no pudo ocultar el terror que helaba sus miembros. Este terror que inspiraron a tan poderoso monarca un puñado de aventureros, excedería todo lo probable, si no se explicara por satisfactorias conjeturas y tradiciones.
El movimiento aparente o real de los astros en sus órbitas; los sorprendentes efectos de la mayor o menor oblicuidad de la esfera, las acciones y reacciones del mar, como primer agente de estos fenómenos, los combates eternos de los elementos, lanzan a los habitantes del globo en su peligro sensible, y en continuas alarmas sobre sus destinos. La superstición, el fanatismo han divinizado estas revoluciones físicas, y ha sido consiguiente el terror de los pueblos, sobre todo en los que son más sensibles y recientes las señales de estos fenómenos.
Tal cuadro presenta América, donde son más frecuentes las inundaciones, los volcanes y los grandes sacudimientos de la naturaleza; vastos golfos, inmensos lagos, innumerables islas, caudalosos ríos, altísimas montañas, todo atestigua los azotes y calam...
Table of contents
- Título
- Introducción
- Capítulo 1 - Los Reyes Católicos
- Capítulo 2 - Colón
- Capítulo 3 - México
- Capítulo 4 - Pizarro, Luque y Almagro
- Capítulo 5 - El Perú
- Capítulo 6 - Tumbez
- Capítulo 7 - Homenaje
- Capítulo 8 - Ceremonia religiosa
- Capítulo 9 - Treguas
- Capítulo 10 - Funerales
- Capítulo 11 - Bautismo
- Capítulo 12 - Hostilidades
- Capítulo 13 - Atahulpa
- Capítulo 14 - Cajamalca
- Capítulo 15 - Servidumbre
- Capítulo 16 - Refuerzo
- Capítulo 17 - Cuzco
- Capítulo 18 - Mensaje
- Capítulo 19 - Victoria
- Capítulo 20 - Duelo
- Capítulo 21 - Política
- Capítulo 22 - Condenación
- Capítulo 23 - Los Andes
- Capítulo 24 - Venganza
- Conclusión
Frequently asked questions
Yes, you can cancel anytime from the Subscription tab in your account settings on the Perlego website. Your subscription will stay active until the end of your current billing period. Learn how to cancel your subscription
No, books cannot be downloaded as external files, such as PDFs, for use outside of Perlego. However, you can download books within the Perlego app for offline reading on mobile or tablet. Learn how to download books offline
Perlego offers two plans: Essential and Complete
- Essential is ideal for learners and professionals who enjoy exploring a wide range of subjects. Access the Essential Library with 800,000+ trusted titles and best-sellers across business, personal growth, and the humanities. Includes unlimited reading time and Standard Read Aloud voice.
- Complete: Perfect for advanced learners and researchers needing full, unrestricted access. Unlock 1.5M+ books across hundreds of subjects, including academic and specialized titles. The Complete Plan also includes advanced features like Premium Read Aloud and Research Assistant.
We are an online textbook subscription service, where you can get access to an entire online library for less than the price of a single book per month. With over 1.5 million books across 990+ topics, we’ve got you covered! Learn about our mission
Look out for the read-aloud symbol on your next book to see if you can listen to it. The read-aloud tool reads text aloud for you, highlighting the text as it is being read. You can pause it, speed it up and slow it down. Learn more about Read Aloud
Yes! You can use the Perlego app on both iOS and Android devices to read anytime, anywhere — even offline. Perfect for commutes or when you’re on the go.
Please note we cannot support devices running on iOS 13 and Android 7 or earlier. Learn more about using the app
Please note we cannot support devices running on iOS 13 and Android 7 or earlier. Learn more about using the app
Yes, you can access La Conquista del Perú novela histórica original by Pablo Alonso (de la) Avecilla in PDF and/or ePUB format, as well as other popular books in Literature & Literary Criticism. We have over 1.5 million books available in our catalogue for you to explore.