A través de una prosa límpida, Amado Nervo postula que toda la dicha humana reside en su precariedad: el goce seguro y durable no constituye felicidad alguna, sino ennui, spleen-, y extranas incursiones en los terrenos de la personalidad o conciencia doble o múltiple.

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El diamante de la inquietud
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Literature GeneralIndex
LiteratureCapítulo 1
¿Que dónde la conocí?
Verás: Fue en América, en Nueva York. ¿Has ido a Nueva York? Es
una ciudad monstruosa; pero muy bella. Bella sin estética, con un
género de belleza que pocos hombres pueden comprender.
Iba yo bobeando hasta donde se puede bobear en esa nerviosa
metrópoli, en que la actividad humana parece un Niágara; iba yo
bobeando y divagando por la octava Avenida. Miraba… ¡Oh
vulgaridad!, calzado, calzado por todas partes, en casi todos los
almacenes; ese calzado sin gracia, pero lleno de fortaleza, que ya
conoces, amigo, y con el que los yanquis posan enérgica y
decididamente el pie en el camino de la existencia.
Detúveme ante uno de los escaparates innumerables y un par de
botas más feas, más chatas, más desmesuradas y estrafalarias que
las vistas hasta entonces, me trajeron a los labios esta
exclamación:
-Parece mentira…
«Parece mentira… » qué, dirás.
No sé; yo sólo dije: «¡Parece mentira!».
Y entonces, amigo, advertí, escúchame bien, advertí que muy
cerca, viendo el escaparate contiguo (dedicado a las botas y
zapatos de señora) estaba una mujer, alta, morena, pálida,
interesantísima, de ojos profundos y cabellera negra. Y esa mujer,
al oír mi exclamación, sonrió…
Yo, al ver su sonrisa, comprendí, naturalmente, que hablaba
español: su tipo además lo decía bien a las claras (a las obscuras
más bien por su cabello de ébano y sus ojos tan negros que no
parecía sino que llevaban luto por los corazones asesinados y que
los enlutaban todavía más aún el remordimiento).
-¿Es usted española, señora? -la pregunté.
No contestó; pero seguía sonriendo.
-Comprendo -añadí- que no tengo derecho para interrogarla… ,
pero ha sonreído usted de una manera… ¿Es usted española,
verdad?
Y me respondió con la voz más bella del mundo:
-Sí, señor.
-¿Andaluza?
Me miró sin contestar, con un poquito de ironía en los ojos
profundos.
Aquella mirada parecía decir:
-¡Vaya un preguntón!
Se disponía a seguir su camino. Pero yo no he sido nunca de esos
hombres indecisos que dejan irse; quizá para siempre, a una mujer
hermosa. (Además: ¿no me empujaba hacia ella mi destino?)
-Perdone usted mi insistencia -la dije-; pero llevo más de un
mes en Nueva York, me aburro como una ostra (doctos autores afirman
que las ostras se aburren; ¡ellos sabrán por qué!). No he hablado
desde que llegué, una sola vez español. Sería en usted una falta de
caridad negarme la ocasión de hablarlo ahora… Permítame, pues, que
con todos los respetos y consideraciones debidas, y sin que esto
envuelva la menor ofensa para usted, la invite a tomar un refresco,
un ice cream soda, o, si a usted le parece mejor una taza de
té…
No respondió y echó a andar lo más deprisa que pudo; pero yo
apreté el paso y empecé a esgrimir toda la elocuencia de que era
capaz. Al fin, después de unos cien metros de «recorrido» a gran
velocidad, noté que alguna frase mía, más afortunada que las otras,
lograba abrir brecha en su curiosidad. Insistí, empleando afiladas
sutilezas dialécticos y ella aflojó aún el paso… Una palabra
oportuna la hizo reír… La partida estaba ganada… Por fin, con una
gracia infinita, me dijo:
-No sé qué hacer: si le respondo a usted que no, va a creerme
una mujer sin caridad; y si le respondo que sí, ¡va a creerme una
mujer liviana!
Le recordé enseguida la redondilla de sor Juana Inés:
Opinión ninguna gana;pues la que más se recata,si no os admite es ingrata,y si os admite es liviana…
-¡Eso es, eso es! -exclamó-. ¡Qué bien dicho!
-Le prometo a usted que me limitaré a creer que sólo es usted
caritativa; es decir, santa, porque como dice el catecismo del
padre Ripalda, el mayor y más santo para Dios es el que
tiene mayor caridad, sea quien fuere…
-En ese caso, acepto una taza de té.
Y buscamos, amigo, un rinconcito en una pastelería elegante.
Capítulo 2
Ocho días después nos habíamos ya encontrado siete veces (¡siete veces, amigo, el número por excelencia, el que, según el divino Valles, no produce ni es producido; el rey de los impares, gratos a los dioses!), y en cierta tarde de un día de mayo, a las seis, iniciada ya una amistad honesta, delicada, charlábamos en un frondoso rincón del Central Park.
En ocho días se habla de muchas cosas.
Yo tenía treinta y cinco años y había amado ya por lo menos cuarenta veces, con lo cual dicho está que había ganado cinco años, al revés de cierto famoso avaro, el cual murió a los ochenta y tantos, harto de despellejar al prójimo, y es voz pública que decía: «Tengo ochenta y dos años y sólo ochenta millones de francos: he perdido, pues, dos años de mi vida».
Aquella mujer tendría a lo sumo veinticinco.
A estas edades el dúo de amor empieza blando, lento, reflexivo; es una melodía tenue, acompasada; un andante maestoso…
Estábamos ya, después de aquella semana, en el capítulo de las confidencias.
-Mi vida -decíame ella- no tiene nada de particular. Soy hija de un escultor español que se estableció en los Estados Unidos hace algunos años, y murió aquí. Me casé muy joven. Enviudé hace cuatro años; no tuve hijos desgraciadamente. Poseo un modesto patrimonio, lo suficiente para vivir sin trabajar… o trabajando en lo que me plazca. Leo mucho. Soy… relativamente feliz. Un poquito melancólica…
-¿No dijo Víctor Hugo que la melancolía es el placer de estar triste?
-Eso es -asintió sonriendo.
-¿De suerte que no hay un misterio, un solo misterio en su vida?… Creo que sí, porque nunca he visto ojos que más denuncien un estado de ánimo doloroso y excepcional…
-¡Qué vida no tiene un misterio! -me preguntó a su vez… misteriosamente- ¿Pero, es usted por desgracia poeta, o por ventura, que
«a serlo forzosamente había de ser por ventura»como dice el paje de La Gitanilla?
-Ni por ventura ni por desgracia; pero me parece imposible que unos ojos tan negros, tan profundos y tan extraños como los de usted, no recaten algún enigma.
-¡Uno esconden!
-¡Eureka! Ya lo decía yo…
Uno esconden y es tal que más vale no saberlo; quien me ame será la víctima de ese enigma.
-¿Pues?
-Sí, óigalo usted bien para que no se le ocurra amarme: ...
Table of contents
- Título
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
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