Mi testamento filosófico
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Jean Guitton

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"La noche de mi muerte ocurrieron cosas extrañas en mi apartamento parisino...".Un Jean Guitton casi centenario imagina en Mi testamento filosóficosu muerte, su entierro y su juicio. En su lecho de muerte dialoga con Pascal sobre las razones para creer en Dios, con Bergson sobre las razones para ser cristiano y con Pablo VI sobre las razones de ser católico.Durante su entierro conversa sobre el arte con el Greco, sobre el mal con de Gaulle, sobre el amor y la poesía con Dante y sobre la filosofía con Sócrates. En su juicio intervienen santa Teresa de Lisieux y François Mitterrand...Una obra de deliciosa lectura, en la que uno de los filósofos católicos más importantes del siglo XX renueva las cuestiones esenciales sobre el sentido de la vida y nos regala un testimonio lleno de sabiduría y humildad.

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Information

Jahr
2011
ISBN
9788499205359
SEGUNDA PARTE
MI ENTIERRO

MI ÚLTIMO VIAJE A TOLEDO Y MI ENCUENTRO CON EL GRECO

Había entrado en una sala amplia, que parecía un gran corredor. Se veía sobre todo un gran muro, recubierto por un velo. Sobre una consola, un teléfono. Fui derecho hacia el muro, me detuve ante el velo, silencioso, alargué la mano para quitarlo, dudé. Me puse a hablar a media voz, completamente solo.
—Me encuentro más que nunca suspendido entre el tiempo y la eternidad. ¡Qué curioso es este momento que corre entre la muerte y el juicio!
Pensaba. Pero resulta que me puse de nuevo a mascullar.
—El ángel de la guarda me ha dicho que prepare mi defensa. Pero cuando uno muere con cien años ya no tiene nada que preparar. Sé muy bien lo que diré dentro de un rato. También me aconsejó rezar. Siempre hay gente para decirte lo que tienes que hacer, no dicen nunca cómo. No he rezado nunca mucho. Prefiero pensar, pensar en Dios. Me han dicho cien veces que no era lo mismo, Claro, para ellos no es lo mismo, no piensan, o lo hacen poco. Pero yo no puedo rezar sin pensar. Cuando empiezo a pensar, siempre termino rezando. Pero cuando empiezo por rezar a secas, ya no pienso y me duermo. Nunca he conseguido saber si yo era demasiado místico o no lo suficiente. ¿Soy místico o tengo el poder de contentarme con el pensamiento único de las cosas de Dios? Dentro de poco tendré la respuesta, sobre eso y muchas otras cosas. Anda, a mi edad uno no se rehace. Además, como estoy libre de los lazos del cuerpo, he preferido venir aquí en un abrir y cerrar de ojos sobre las alas del alma, con el fin de ver y de pensar de nuevo sobre la cosa más sublime del mundo. Pero me he quedado atontado delante de un velo e intimidado como siempre para poder correrlo. ¿Quién podría ayudarme?
Entró un hombre con ropas castellanas del siglo XVI. Lo llamé.
—Caballero, me gustaría mirar detrás de este velo.
Sin pronunciar palabra, el hombre se acercó, quitó el velo, que cubría un gran cuadro, y dio dos pasos hacia atrás. Me encontraba realmente en Toledo, frente a la obra maestra del Greco, El entierro del conde de Orgaz. Contemplaba, sin decir palabra. Mis miradas iban de la tierra al cielo y del cielo a la tierra. El hombre que había corrido el velo rompió el primero el silencio.
—¿Es la primera vez que viene a Toledo, señor?
—¡Oh no! La primera vez fue en 1924. Tenía veintitrés años. Ya vine a ver El entierro del conde de Orgaz. En esa época la sala no estaba iluminada como hoy día. El cuadro estaba inmerso en la oscuridad. Para verlo, había que encender una pequeña lámpara. Me veo de nuevo entonces. A la luz de la llama, entre el humo luminoso, entre los reflejos de latón, descubrí la tierra y los caballeros, el cielo y los ángeles, y el alma del conde que subía de la tierra al cielo. Iba yo, así, del tiempo a la eternidad y de la eternidad al tiempo, como los ángeles del sueño de Jacob, que suben y bajan por una escalera tendida de la tierra al cielo. Arriba, la Virgen me acogía. Abajo, había un extático en oración. La armadura del conde era tan fría como su rostro de piedra. Un obispo con casulla de oro. Los rostros tenían la gravedad de los misterios más augustos.
—¿Por qué evocar ese recuerdo?
—En aquellos tiempos nadie podía abrazar con una sola mirada todo el cuadro. Teníamos que ir de un sitio a otro y a veces razonar para recomponer el todo gracias a la imaginación. Hoy se me ofrece todo entero y de un solo golpe. Es la imagen de la diferencia entre nuestro conocimiento de aquí arriba y la que se tiene allí abajo.
—Guitton, ¿le gusta ver?
—Cuando vivía en el tiempo, no me gustaba ver. Prefería haber visto. Hoy prefiero ver. (Pausa.) Es curioso, le hablo desde el más allá y le parece normal. Además, está usted vestido extrañamente. Estamos en el siglo XXI. ¿Es carnaval? ¿Quién es usted?
—Soy el Greco.
—¡Es usted el Greco!
—Tan real como usted es Jean Guitton. Le entierran en París y está a la espera de juicio. Me cae simpático. Y como vino usted a Toledo, he vuelto para hacerle compañía. ¿Qué hace usted aquí?
—Greco, he venido a Toledo con un solo objetivo: contemplar su obra de arte. En el momento en que me entierran en mi país, he venido a España, a mi patria mística y espiritual, a contemplar la verdad eterna de ese instante de mi vida. Sólo usted supo expresar el misterio de ese momento que transcurre entre la muerte y la hora del juicio.
—También usted, Guitton, es pintor de la eternidad.
—¡Oh! Greco, no hay punto de comparación.
—Sin embargo, pintó usted y me gusta lo que hizo. ¿Por qué pintaba usted?
—He pintado y he escrito. Cuando había escrito mis páginas tenía la sensación de que no había dicho nada y hubiera hecho mejor callándome. Entonces cogía el pincel y le encomendaba la tarea de ir allí donde la pluma no había podido llegar.
—Y a mí, cuando mi pincel temblaba por haber conseguido llegar a la evocación del misterio, me hubiera gustado poder filosofar. Qué felicidad hubiera sido para mí adquirir la inteligencia de lo que yo hacía tan sólo por trabajo o por instinto.
—Por genio.
—Por gracia, Guitton, por gracia.
—Tenía usted el genio de dejar al Espíritu de Dios reposar como Señor Todopoderoso sobre la fecundidad de la naturaleza de usted. Consentía usted a sus propósitos. Seguía usted sus inspiraciones. Y se quedaba usted delante de esa belleza admirada por todos, salida de sus ojos y de sus manos, como la Virgen Madre en la adoración de los Magos.
—Guitton, ¿qué es el dibujo?
—La derrota del tiempo, el honor del espacio.
—Veo que entiende de estas cosas y que nuestros pensamientos son parecidos. La pintura, en el siglo XX, ha olvidado el dibujo y desprecia el espacio. El renacimiento lo había absolutizado demasiado. Bastaba con relativizarlo. Usted también, Guitton, ha relativizado el espacio, sin anularlo.
—No he hecho más que imitarle, y es tal la diferencia que toda idea de parecido ofende. El espacio ideal y puro, en su estabilidad estática, es una cierta imagen de la eternidad. La forma de las cosas es el símbolo de la verdad eterna. Pero la forma y el espacio no son la sustancia y no son divinas. No son más que imágenes. Sin embargo, sin ellas no podemos pensar en lo que las sobrepasa.
—Así, pues, nuestro arte, Guitton, respeta la dignidad de las formas sin sacralizar la perspectiva, sin ser esclavo de las medidas, sin idolatrar la geometría.
—Greco, ¿qué es el color?
—Mire la armadura del conde, el manto de la Virgen, la casulla del obispo. El mundo sensible es la luz cristalizada, su sustancia es irradiación. El color es la gloria de la luz.
—Palabras misteriosas. Yo las he pronunciado alguna vez, como fórmulas sacramentales. Pero, ¿qué significan?
—Tendrá que comprenderlas antes de poder entrar en el paraíso. Pero Dios le enviará un ángel y comprenderá.
En esos momento sonó el teléfono. El Greco descolgó.
—¿Diga? Aquí el Greco. ... Sí, aquí está. ... ¿Inmediatamente? ... Comprendo. ... Hasta pronto.
Colgó. Se dirigió a mí:
—Le llaman a París.
—¿Ya? Bueno. Estaré allí en un segundo. Adiós, maestro. Siento mucho tener que dejarle tan rápidamente. En todo caso, gracias por haber venido a sostenerme en estas circunstancias.
—Todo el placer fue mío. Cuando esté en el cielo, venga a hacerme una visita. Vivo en un pequeño monasterio que bordea el barrio de los artistas. Continuaremos con la conversación.

CÓMO ME INSTALO EN LA TRIBUNA DE LOS INVÁLIDOS, A FIN DE SEGUIR MÁS CÓMODAMENTE LA CEREMONIA DE MI FUNERAL

Ya en París, me fui corriendo a los Inválidos, donde tenían lugar mis exequias. Me instalé en el fondo, arriba, en la galería, a una cierta distancia del órgano. Desde allí podía ver todo el espectáculo de la nave central. Mi ángel ya estaba allí. Me trató con frialdad.
—Fui yo el que le llamó urgentemente. Le estábamos buscando por todos sitios. El reglamento prevé que los grandes de este mundo tienen que asistir a su funeral, antes de ser juzgados. No, sin excepción. Forma parte del examen. Le ha faltado poco para llegar tarde. Por fin está usted aquí. El coche fúnebre acaba de entrar en el patio de los Inválidos.
—¿El general gobernador de los Inválidos?
—Está aqu...

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