El marco necesarioLa verdad os hará libres.
(Jn 8, 32)
Al emprender el estudio de los distintos mandamientos de Cristo, conviene hacer algunas consideraciones que enmarcan las palabras de Jesús y ayudan a comprenderlas.
La autoridad de Jesús
Encontramos en los evangelios bastantes momentos en donde Jesús rectifica o cambia la ley mosaica. Se enfrenta con los fariseos o los escribas y les indica que no han sabido entender la ley de Dios respecto al sábado, a la misericordia, al perdón, o a otros varios aspectos de la ley.
El evangelista san Mateo recoge, en el quinto capítulo de su evangelio, el famoso «Sermón de la montaña». En ese capítulo, después de las bienaventuranzas, Jesús sigue hablando y puntualiza la doctrina antigua, utilizando con frecuencia la frase pero yo os digo…
En varias ocasiones lo hace elevando el nivel de exigencia de un mandamiento ya existente: Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: Todo el que se llene de ira contra su hermano será reo de juicio (Mt 5, 21-22).
En otras parece que rectifica o pone nuevas leyes: Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón (Mt 5, 27-28).
Y otras, finalmente, son mandamientos nuevos, insospechados para quienes le escuchaban: Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los Cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores (Mt 5, 43-45).
Esa expresión, pero yo os digo, la utilizan los teólogos para demostrar la conciencia que Jesús tenía de sí mismo, de su divinidad: solo Dios podía atreverse a rectificar una ley entregada por Dios mismo a los judíos. Incluso los fariseos así lo entienden y, cuando le quieren acusar, utilizan el argumento de que Jesús estaba revolucionando la ley de Moisés, intocable para ellos.
El cristianismo tiene una verdad central, en torno a la cual se ha construido toda la fe. Esa verdad es muy sencilla en su expresión, pero enormemente enriquecedora y luminosa en sus consecuencias. Es, en su formulación más simple, decir «yo creo que Jesucristo es Dios». Una persona que afirme esta verdad es cristiana, aunque pueda pertenecer a distintas confesiones (como la ortodoxa, la anglicana, diversas comunidades protestantes, etc.). Por el contrario, si una persona se declara cristiana, pero no afirma la divinidad de Jesús, hay que decirle: «Tú no eres cristiano, porque solo somos cristianos los que reconocemos la divinidad de Cristo-Jesús».
Esa verdad, tan sencilla de formular, contiene en germen una enorme y trascendental exigencia. Si yo creo que Jesús es Dios, entonces debo admitir todo lo dicho por Jesús como verdades venidas de Dios; no puedo seleccionar de entre sus palabras qué cosas acepto y cuáles no.
Si alguna persona, declarándose cristiana, dice que no cree algunas de las cosas enseñadas por Jesús, de algún modo está negando la divinidad de Cristo, ya que Dios no puede equivocarse. Eso sucede con frecuencia cuando alguien ve a Jesús como un hombre extraordinario, un profeta quizás, pero no termina de admitir que sea Dios. Pero si, gracias a Dios, tenemos una fe firme en que Jesús es Dios, entonces cualquier palabra de Jesús es Palabra de Dios, y todo lo que Jesús dijo nos compromete hasta el fondo del alma.
Máximos o mínimos
A pesar de las escenas del evangelio donde Cristo, con su autoridad divina, rectifica, amplía o eleva las exigencias de la ley antigua, deja claro simultáneamente que no está derogando la ley de Moisés, los Diez Mandamientos, sino llevándolos a un escalón superior. Como hemos visto, afirma en san Mateo: No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud (Mt 5, 17). Los Diez Mandamientos siguen siendo actuales, aunque Jesús reforme algunos aspectos de la ley mosaica. Con esta premisa es lógico preguntarse: si los Diez Mandamientos están vigentes, ¿para qué unos mandamientos nuevos?
Pensemos unos momentos en una realidad conocida por todos: las autopistas, esas largas carreteras habitualmente con vallas a los lados. Los mandamientos de Moisés serían, en su mayor parte, como esas vallas que jalonan la carretera: lo importante sería no estrellarse contra ellas.
En cambio, las indicaciones de Jesús son en su mayoría para enseñarnos a correr, para ir más rápido por el camino hacia Dios. Un coche puede estar detenido en una autopista, o a una velocidad mínima: no tendrá riesgo de sufrir un accidente; pero no va a llegar a ningún lado. Su velocidad es tan mísera que empleará toda la vida para recorrer unos pocos kilómetros. Es importante no tener accidentes; pero no es menos importante una cierta velocidad si deseamos alcanzar nuestro destino.
Con una terminología más tradicional en el cristianismo, se podría decir que los mandamientos de Moisés, en su formulación inmediata, nos enseñan a evitar el infierno cuando llegue a su fin nuestra vida en la tierra. Los mandatos de Jesús, en cambio, nos enseñan el camino de la santidad y del cielo.
¿No es lo mismo? ¿Si evito el infierno no acabaré en el cielo, más o menos tarde? Pues sí, eso es bastante seguro; pero que un negocio no quiebre, no quiere decir que su dueño se haga multimillonario: puede estar trabajando toda la vida y no llegar a conseguir más que el dinero mínimo para ir sobreviviendo día a día. Los mandamiento...