Estebán Beltrán Verdes, director de Amnistía Internacional España, se adentra en este poemario en una historia de amor ciego y extraordinario.¿Se puede desear a quien no quiere vivir? ¿Se puede uno guiar por la presencia obsesiva de la esperanza y, a la vez, afirmar que la vida no es más que un curso avanzado de escepticismo? ¿Cómo esconderse de alguien cuando ocupa toda tu vida? ¿Cómo no esperar nada si te educaste en la verdad incuestionable de intercambio de golpes y recompensas? Este poemario se adentra, a través de un lenguaje descarnado repleto de exabruptos medidos, en la historia de un amor ciego y extraordinario, la agonía consciente, la muerte inesperada, la amenaza de suicidio y la locura del psiquiátrico. Ésta es la jodida intensidad de vivir.

- 144 páginas
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La jodida intensidad de vivir
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PoetryCuaderno desvergonzado número 3
LOS MESES EN QUE MI VIDA SE VACIÓ
He cumplido más de cincuenta años y sé que me empieza a faltar espacio donde cobijar el futuro. Sé también que las decisiones que adopto a estas alturas de la vida son casi irreversibles: más que decisiones son últimas voluntades. No sé si todo lo de ahora regresará de nuevo o se marchará lejos para siempre. Hoy pareciera que lo que tengo y tuve está en riesgo de desaparecer y que aquello que me falta ya nunca pudiera llegar a mis manos. Sí, necesito ser condescendiente con la vida porque ya no podré cambiarla radicalmente.
Sólo eres dueño de tu vida cuando eres dueño de tu tiempo. En el principio todo podía repararse, todo era posible de nuevo; y por qué no la próxima vez, pensaba. Ahora ando a la intemperie, temeroso de abdicar de lo vivido. En aquel tiempo todo lo que te abandonaba –amigos, novias, trabajo, familia– te esperaba a la esquina del día siguiente. En el peor de los casos sólo era un mal recuerdo y, a veces, ni siquiera eso, porque, en un sentimental como yo, la fuerza de la nostalgia se imponía, con el paso de los años, a la tristeza. Nada se perdía sin remedio, nada te abandonaba del todo, quedaba tiempo y espacio para una y muchas veces más, no se percibía la angustia de lo irreparable, ni la cercanía del resumen de tu vida ni, por supuesto, su final.
Y hoy, cuando cumplo tantos años, la obviedad que he ido rumiando como una intuición se ha instalado en mí de forma definitiva; cada vez hay menos tiempo para la próxima vez. Ya noto algunos síntomas físicos como la hinchazón del tobillo izquierdo –probablemente un comienzo de gota– o la dificultad para levantarme por las mañanas desde esa maldita cama que se extiende casi al ras del suelo, pero el más inquietante de todos los síntomas, la alarma ruidosa que señala peligro, es el hecho cierto de que ya llevo a cuestas varios muertos de mi generación, incluidos algunos de los que amé y me amaron.
Hace unos meses murió V, inesperadamente; un amigo con polio desde niño y que, contra toda lógica y contra su cuerpo, corría la banda del patio de nuestra casa en Jaén tras una pelota de tenis o una piedra intentando, una y otra vez, el centro perfecto al área. Me acompañó y lo seguí toda la vida hasta que la vida lo mató dejándolo sin defensas, a la intemperie de cualquier infección. Quizá lo remató una gripe o, peor, un resfriado.
Hace dos semanas, esta vez de una enfermedad recurrente que amenazó varios años con matarla, murió M, el amor de mi vida. Me contó que se moría al final de una tarde de enero después de tocarnos y besarnos como siempre hacíamos, acostumbrados a estar cada uno al alcance de otro. Decidí acompañarla hasta el final y más allá, hacia ninguna parte quiero decir, mientras la gozaba y la sufría casi cada tarde durante siete meses.
Una noche de agosto terminó de morirse y la busqué en el tanatorio de la M-30 después de precipitar mi viaje de vuelta desde Londres. Siempre son amarillos los muertos. A la mañana siguiente fuimos unos cuantos amigos y familiares al crematorio y ahí aprendí que la muerte de los que amamos, resistida en compañía, disminuye, aún sea ligeramente, la soledad de los que seguimos vivos. En el momento en que se cierran las cortinas y el cuerpo se quema sentí la presencia casi insultante del vacío, como si el fuego se llevara consigo una buena parte de mi vida junto a M.
No fue así. Mi teléfono, inconscientemente, involuntariamente, no paraba de llamar al móvil de M. Me di cuenta de que sólo su número, entre los más de quinientos que almacenaba, tenía instalado el sistema de marcación rápida y cada vez que pulsaba la letra p llamaba a M. Fueron centenares de llamadas en esos primeros quince días de muerta hasta que, también misteriosamente, se desconectó el sistema. No he contado tampoco a nadie, por vergüenza y pudor que, a mi lado, a mis pies, cada noche, durante estas dos semanas, al irme a dormir, siento un peso, como si alguien, invisible pero real, se sentara sobre la cama. No tengo miedo. La echo de menos y me alivia pensar que ella también me extraña y que por esa razón se acerca por casa al anochecer. M era el único lugar realmente abierto en mi vida: podía irme y regresar cuando quisiera, sin preguntas, sin el más mínimo reproche.
En ambos casos tengo la sensación de que, afortunadamente, llegué a tiempo de despedirme y de compartir con ellos los meses soleados del verano. Con la muerte de V y, especialmente de M, he llegado a disfrutar –no he equivocado el verbo, no– de los momentos únicos que proporciona frecuentar la extinción de alguien querido: llena de instantes definitivos e irrepetibles, la agonía, si se prolonga con cierta apariencia de vida, te puede hacer olvidar la amenaza de la muerte, como si el deterioro físico te acercara a otra forma de existencia, y no necesariamente a su final. Hubo algunos días, pocos, en que M se parecía a la M que recordaba; otro días, muchos, no podía levantarse de la cama, o moqueaba indefensa o sencillamente se desvanecía, y, sin embargo, llegué a acostumbrarme a verla morir sin pensar que se moría.
La muerte y la locura, juntas, han rondado en estos meses la cabeza de Polonia. Nunca había compartido el tiempo de vivir con una suicida vocacional, con una pensadora de la muerte, con una negacionista de las bondades de la vida. La amo tanto que no soporto pensarla muerta. A veces sueña que es un bicho que, de espaldas, con las patitas al aire, reclama, a la vez, una mano que lo enderece y otra que lo aplaste. Vive al borde de morir y al borde de la vida, sin decidir todavía donde quedarse. Ahora, después de ser sometida por los médicos a la micronarcosis y a toneladas de pastillas, vive en estado mental vacío.
Me parece que tengo muchos años. M y V no volverán. Polonia todavía sigue conmigo, a este lado de la vida, aunque temo que un día se suicide. Y este miedo, hace dos madrugadas, se instaló en mi casa. Polonia vino a Madrid con el fin de recuperarse de una depresión diagnosticada y amortiguar la tristeza de vivir. Compartimos una noche de caricias, vino blanco y jamón sobre la terraza de un sexto piso con vistas al atardecer y a las torres de Plaza de Castilla. En un momento dado me levanté del sofá, fui al baño y la dejé sola mirando por la ventana. Volví diez minutos después y había desaparecido: todas sus cosas –bolso, sujetador, abrigo y Libro del desasosiego– seguían sobre la mesa. La llamé repetidamente y cada vez más fuerte por su nombre, luego vi la ventana abierta y me asomé con angustia al vacío, pero, afortunadamente, su cuerpo no se encontraba tendido sobre el césped del jardín. Abrí luego, cada vez más inquieto, la puerta de la casa con la esperanza de que estuviera fumando en el descansillo de la escalera o se hubiera marchado de allí en un impulso rabioso. ¿Adónde había ido a parar Polonia? Fueron apenas dos minutos de búsqueda; de repente salió del armario del cuarto sonriendo como una criatura, casi satisfecha de que la hubiese pensado suicida.
Impedir que se mate y el recuerdo del sexo rabioso quizá sean los dos motivos fundamentales que me sujetan a la vida de Polonia. No quisiera esta vez, como me ocurrió con M, llegar a tiempo al final de su existencia y tarde al resto de su vida.
La tentación de Polonia
Son, a la vez, sicarios de la emoción y cobradores del frac,
basura que deja tras de sí la intensidad cuando se evapora,
habitantes incómodos del después cuando es forever,
impulsores de este reflujo ácido que me sube por la garganta,
imprescindibles en un estómago bajo la tiranía de la ausencia.
Hasta ayer me rodeaban, sin resistencia ni escondite posible…
La fábrica de sueños y la insensatez de la esperanza,
la metralla del rencor y el espejismo de la nostalgia,
el tiempo lento y groseramente disponible a todas horas,
el masoquismo de almacenar desperdicios y destierros,
una arcada sin asco, un recuerdo s...
Índice
- Portada
- Créditos
- Título
- Contenido
- LO EXTRAORDINARIO, OTRA VEZ
- LO ORDINARIO, COMO NUNCA
- UNIDAD DE CUIDADOS INTENSIVOS
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