La voz en el viento y la lira en la onda.
Un movimiento de los brazos previo al despertar.
No en el color de los ojos, antigüedad sin nombre.
Dónde el sendero de los múltiples florecimientos?
Dónde la liebre de promesas o tortuga del tiempo?
Un fuego que arde adentro de las manos
mientras atentos esperamos que algo pase finalmente.
Por la noche, en la linde del bosque despierto, más allá del ligustro omnipresente y sus gorgojos en constante y lacerante murmullo, las edades del silencio maduran su pena.
No cuentes las gotas de la lluvia, ni estés atento para siempre al trabajo del musgo.
Vendrán solas las formas a plagar el espacio, se abrirá solo el regalo durante tu ausencia.
Y siempre el mar para guardarte companía, con sus navíos naufragantes y su luz de miel.
Cuando con la palabra imaginaria busco tentar al silencio,
que sabio vuelve a ponerme su beso en los labios.
Cuando arrojo piedras hacia la intemperie y cada una de ellas
prolijamente me es devuelta,
depositada por el viento en mi mano cerrada.
Cementerio marino, sepulcro secreto.
Oigo todavía respirar a tu fauna, que a despecho de la memoria muere lentamente...
Oigo aún a la muerte murmurar tu nombre... (Un nombre prohibido).
Lleno de muerte está el viento, hijo mío perdido. Lleno de muerte el viento.
Das la entrada a tantas naves cuya historia es la sangre.
(¡Dios mío!)
Das la entrada a tantas naves cuyo sueño es la sangre.
(Y debe ser así.)
Los adoradores del Triángulo no te conocen.
(¿Cómo podrían conocerte, monstruo?)
Las níveas velas navegan blandamente hacia el cielo, giran en el espanto y finalmente se hunden...
Nubes en torno a la imagen del rostro más amado.
(Pues tú no me recuerdas...)
Ni un ejército entero de brazos o de siglos se atrevería a arrebatarle a las manos de la hierba la posesión de esta espada en que el silencio florece.
Tú comprendes que hay cosas que no deben decirse...
A las arenas de Arabia descendió el Espíritu, el agua fresca que corre entre mis brazos.
Hecha de noche la cabeza y con estrellas en los ojos.
Entre orillas solitarias donde reina el girasol...
Entre orillas de fuego que son tronos distantes.
Donde en el fondo lo único que reina es un nombre. (Un nombre cuya profundidad no se compara a los aljibes...)
Siempre morir mi deseo, hijo mío perdido, entre las orillas de un tiempo donde reina el girasol...
El estruendo de la historia yace aún en las aguas, como un espectro flotante que avanza en la luz...
Torres en el Mar Muerto, hijo mío perdido, y a los pies de estas torres fronda de las estrellas.
Él tiene algo que decirte todavía, créeme.
Puedo verte admirar el corazón de la tormenta, ¡oh hijo sagrado del mayor espanto!
A través de ventanales que no son más que fuego, oír por sobre el viento el murmullo distante, y ensordecedor, como un canto cuya fuente fuera el Infinito...